Hecha de cicatrices Capítulo Tres
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Capítulo Tres

GIANNINA OBSERVÓ LA escena desde el borde del lago. El bote avanzaba lentamente, envuelto en un llanto. No era una pescadora. No había cañas. Solo un rifle.

Por un instante pensó que la joven estaría ahí para practicar el tiro con blancos fijos o móviles. Entonces recordó que otra chica se había suicidado en ese mismo lago. Lo había leído en el periódico. El lugar parecía atraer la desesperación.

Giannina hizo temblar el aire con sus chillidos feroces.

Intuía que estaba a punto de presenciar una nueva tragedia, una historia que también acabaría documentada en la prensa.

Se planteó si la primera noticia había desencadenado un efecto llamada, una receta perfecta para que otra persona, en un acto desesperado, buscara la misma salida al sufrimiento.

O si, por el contrario, de haberse hablado más del tema, los allegados de la persona afectada habrían podido identificar su aflicción a tiempo y brindarle la ayuda necesaria antes de que tomara la decisión de imitar a su antecesora.

En cualquier caso, si conseguía que la adolescente se percatara de que no estaba sola, quizá no seguiría adelante con su oscura hoja de ruta.

Así que nadó deslizándose por el agua cristalina en dirección al bote, que avanzaba sin prisa.

Cada pocas brazadas lanzaba un grito al aire, y eso alertó de su presencia a la chica en peligro, que se quedó petrificada en cuanto el chillido la alcanzó.

A lo lejos, el sol se coló entre las nubes y bañó el oasis en una cálida luz dorada.

La embarcación se detuvo. La única tripulante miró entre llantos a Giannina, que se acercaba decidida a estropearle el plan que había trazado para acabar con el calvario. Cuando por fin alcanzó el bote, se apoyó en la borda, se quitó las gafas de natación y miró a la abatida muchacha.

—Hola, me llamo Giannina Christofonti. —No obtuvo respuesta, así que continuó—. No dejaré que lo hagas —dijo sin apartar la vista del arma que llevaba la figura taciturna a la que acababa de abordar.

Observó a la chica que tenía delante, la viva imagen de la desesperación. Esta no dejó los remos, sino que se aferró a ellos con más fuerza todavía, porque eran parte de un proceso que seguía activo. Primero tenía que llegar hasta el centro del lago, donde pasaría al siguiente paso de la receta.

—No sé por lo que estás pasando, parece que experimentas un dolor intenso y que no encuentras una solución.

Imagino que tu problema es horrible… —No quería que la chica pudiera sentirse ofendida por algo que dijese, pero tampoco quería dejar de hablar por miedo a lo que hiciese después—.

Hay mucho por lo que vivir. Mi abuela me decía siempre que todo problema tiene solución.

—¡Mentía! —aseguró la joven entre lágrimas. Sus manos temblaban sobre los remos mientras miraba el rifle de reojo.

—Sé que buscas terminar con la angustia. Sea cual sea el origen, serás capaz de superarlo; no tienes por qué…

—No, es imposible.

—¿Cómo te llamas?

—Maia.

—Mira, Maia, todos llevamos dentro el poder de lograr cosas extraordinarias, incluso aquellas que jamás imaginaríamos alcanzar. A veces, basta con una chispa de apoyo o con atrevernos a creer en nosotros mismos para descubrir fuerzas que ni sabíamos que habitaban en nuestro interior.

—Ya no puedo más…

—No estás sola —susurró Giannina—. Estoy aquí. Si tú aguantas, yo también lo haré contigo. Quiero ayudarte. Seguro que hay mucha más gente que te puede ayudar y está dispuesta a hacerlo.

—Nadie puede ayudarme. Ni cambiar el pasado. Ni borrar lo que hice. Pero yo puedo acabar con esta pesadilla —aseguró, limpiándose los mocos que arrastraba la riada de lágrimas con un espasmódico movimiento del brazo—. Quiero que acabe todo…

—¿Qué es lo que ha ocurrido?

El canto de los pájaros acompañó los gemidos de la inexperta remera mientras cogía fuerzas para responder.

—Hace unos meses empecé a salir con un chico.

En una fiesta me emborraché y me acosté con un amigo suyo.

Fue un error. Lo peor de todo es que ni me gustaba.

Con tanto alcohol no era consciente de lo que hacía…

Cuando mi ex se enteró, se cabreó muchísimo, y para vengarse colgó en internet un vídeo que había grabado a escondidas mientras nos acostábamos.

Le contó a todo el mundo lo que había ocurrido.

Todos han visto el maldito video: compañeros, profesores, familia.

Todos me juzgan, me gritan zorra por la calle, no paran de llegarme mensajes en las redes sociales con insultos. Estoy harta. Mi mundo es un infierno.

—Lo siento muchísimo. Ni me imagino lo duro que es para ti y para tu familia.

—Quiero que se acabe. ¿Entiendes? La culpa es insoportable.

—Tú no tienes la culpa.

—¿Y por qué me siento como una mierda?

—Porque has sido la víctima de un cabrón.

Él es el que debería estar sufriendo, pero tú no.

Igual que todos los demás que te acosan.

No dejes que ganen. La vida te ha golpeado.

Lo sé. Pero todavía no ha dicho su última palabra.

Eres superjoven, tienes un montón de posibilidades a tu alcance.

Seguro que antes de que todo eso pasase, tenías sueños, aspiraciones…

—Ya no tengo nada de eso…

—Claro que sí, has llegado hasta aquí, tenías un plan y has hecho todo lo posible para ejecutarlo. Ahora necesitas… un plan diferente.

—¿Para qué vale la pena vivir si todo duele?

Giannina no sabía qué responderle. Nunca había pensado en el sentido de la vida y no encontraba una respuesta fácil a una pregunta tan profunda en tales circunstancias.

Sintió que regresaba al colegio, como en sus pesadillas.

Estaba sentada ante un pupitre, frente a un examen.

No había estudiado y le daba pavor suspender.

—¿Tú para qué quieres vivir? ¿Cuáles son tus sueños?

—Soy astronauta. En tres meses despego rumbo al espacio.

—¿Por qué lo haces? —preguntó la adolescente entre lágrimas.

—El mundo es increíble, igual que el universo.

Me muero de ganas por ver nuestro planeta desde lejos.

Dicen que es una experiencia alucinante y me lo he imaginado desde pequeña.

Además, soy científica, y mi propósito es realizar experimentos que impulsen el conocimiento y contribuyan al bienestar de la humanidad.

Permanecieron en silencio por un instante. El viento susurró, arrancando un cosquilleo a las hojas de los árboles que las rodeaban. El sol se deslizó hacia el horizonte, tiñendo el cielo con un suave arrebol.

—Sé que estás desesperada y deseas el fin de tu agonía.

Todavía te queda mucho por descubrir. Tal vez te preguntes por qué tu camino sobre la Tierra se ha hecho tan complicado, y no creas que existan respuestas a los problemas que enfrentas.

Supongo que eso hace que la agonía que experimentas se amplifique y que no veas ninguna salida.

Lo que sé es que, si coges ese rifle, se acaba la partida y pierdes cien por cien.

Por otro lado, si salimos de aquí, jugarás más rondas.

Unas las perderás, sobre todo al principio.

Y, aun así, te garantizo que ganarás muchas más.

Cambia de instituto, de ciudad, sal del país.

Estoy convencida de que hay un sinfín de opciones que todavía no has estudiado.

Hay gente que supera traumas ayudando a otros.

Los hay que asesoran a quienes han pasado por lo mismo.

Escribe un libro, compón una canción, pinta…

No sé. Existen varios profesionales que te ayudarán con el trauma.

No digo que sea fácil, solo que dudo que hayas agotado todas las opciones.

—Calló y evaluó la manera en que la quinceañera recibía las palabras—.

No soy quien para decirte lo que debes hacer.

Solo que me da pena que, por culpa de unos malnacidos, acabes con todo.

Yo no te conozco y de todas formas estoy dispuesta a ayudarte.

Ven conmigo. Busquemos otro camino juntas.

Te prometo que algún día te encontrarás mejor.

Incluso si no es inmediato, ¿no compensa que te arriesgues a vivir un día más si tengo razón?

¿Que vivas un año más si encontramos una forma de que calmes tu dolor?

¿Que disfrutes toda una vida si conseguimos que superes el trauma y seas feliz?

La chica lloró desconsolada, incapaz de rebatir a Giannina.

No respondió. Únicamente soltó los remos en señal de que había abandonado sus planes, al menos de momento.

La nadadora aprovechó la pequeña victoria, subió a la embarcación y abrazó a la navegante.

Quería ofrecerle un poco del consuelo que necesitaba, además de las gotas de agua que empaparon la ropa.

Pasado un rato, le susurró al oído los siguientes pasos que iban a dar.

—Te prometo algo, Maia —dijo Giannina, ya temblando—.

Si vuelves a la orilla conmigo, yo me encargaré de que el mundo te vea brillar.

Como a una estrella más. Ahora cogeré los remos y volveremos juntas a la orilla, ¿de acuerdo?

Luego, te acompañaré a casa. Pero solo si tú quieres. Si no, buscaremos otro sitio.

Se sintió reconfortada al ver que Maia asentía, y los gemidos se calmaron. Había logrado establecer una conexión con la joven desesperada.

—Primero deja que me cambie de ropa porque me estoy pelando de frío.

La remera soltó una pequeña risita y Giannina se alegró de haberla salvado. Pensó que quizá perder el vuelo no era lo peor que podía pasarle.