Hecha de cicatrices Capítulo Dos
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Capítulo Dos

EL MUNDO ENMUDECIÓ con el descenso. Solo el latido vibrante rompía el silencio, marcando el ritmo como un metrónomo agotado.

Intentó recuperar el control del cuerpo durante la inmersión, igual que cuando forzaba su rendimiento al máximo.

Giannina contuvo la respiración. Bajo el agua, solo escuchaba el bombeo insistente de su corazón —el mismo que, en unos meses, la impulsaría más allá de la Tierra—.

Nadar no era parte del protocolo oficial para astronautas, pero ella sabía que la calma se entrenaba así: llegando al límite.

El corazón de Giannina latía con la urgencia de alguien que huye de la realidad.

Justo antes de sumergirse, creyó ver el reflejo de un buitre o un águila cruzando el cielo sobre el lago.

No había nadie para interrumpirla; en ese rincón escondido del parque silvestre de Houston, el cielo y el agua conspiraban para mantener sus secretos.

A sus veintisiete años, su cuerpo se movía como un mecanismo preciso, pero su mente aún fluctuaba entre la ansiedad y la esperanza.

Encontraba en ese ritual algo más que ejercicio: se trataba de calibración emocional.

Meditar bajo el agua era lo más parecido que había encontrado a flotar en la ingravidez.

Todo en ella estaba entrenado: músculos, reflejos, mente.

Todo salvo el murmullo insistente de sus emociones cuando pensaba en lo que se avecinaba: el inminente viaje al espacio, la madre que le exigía perfección, el peso invisible que arrastraba desde la infancia. Pero bajo el agua era solo ella.

A medida que el pulso se le apaciguaba, percibió otros sonidos distintos de los que producía ella misma.

No tenía prisa por abandonar ese estado de meditación.

Agradecía el respiro, no solo de lo cotidiano, sino también del peso de la conciencia.

Esta solo se aquietaba en momentos como ese, en los que no fabricaba preguntas sin pausa, no cocinaba miedos con cualquier ingrediente que le ofreciera el entorno ni lanzaba inquietudes que la obligaran a una búsqueda perpetua de realización personal.

Instantes en los que su fuego interior no la impulsaba de manera desenfrenada a moverse.

Batir el récord de nadar un kilómetro y medio en menos de dieciocho minutos era de las mejores maneras de encontrar paz interior, como si al exigirse al máximo pudiera acallar toda anomalía indeseada.

Por eso disfrutaba tanto de la tranquilidad que le daba aquel remoto lago, libre de distracciones.

Además, el paisaje era precioso, un espejo donde se reflejaba el cielo infinito.

Sumergida, afinaba la mente al susurro del fondo.

Las piedras del lecho crujían como grillos en el jardín de sus abuelos, en Sicilia, danzando al compás del arrullo de las olas.

De niña había contemplado allí las estrellas junto a su madre.

Se había maravillado con la inmensidad del universo y se había preguntado si algún día podría verlas de cerca.

Faltaban apenas tres meses para que viajase al espacio a bordo de una Soyuz, rumbo a la Estación Espacial Internacional en una misión científica conjunta entre Roscosmos y la nasa .

 Una cápsula estrecha, una tripulación implacable y ella, especialista en microbiología del módulo internacional.

El entrenamiento había sido despiadado, diseñado para moldear cuerpos y voluntades.

Y, sin embargo, allí, en medio de aquel lago inmóvil, la gravedad parecía rendirse un instante, como si la propia naturaleza le concediese su deseo de flotar.

Esperaba que la experiencia orbital fuera como la paz que sentía al meditar. Soñaba con el momento en que iba a poder contarle a su madre todo lo vivido en su primera aventura fuera del planeta. Se deleitaría al ver su expresión de orgullo.

Como un paseo fuera de la Estación Espacial Internacional, la inmersión tenía un tiempo contado. Por eso emergió, tomó aire y volvió a orientarse. Al sacar la cabeza a la superficie, notó olas inusualmente fuertes. Cuando el agua despejó sus oídos, oyó un golpeteo constante de remos.

Le sorprendió ver una figura, conforme recuperaba el olor a pino y tierra húmeda que impregnaba el ambiente.

Se trataba de una chica que tendría unos quince años, a bordo de un bote hinchable.

El cabello castaño, suelto y algo despeinado, se movía con la brisa.

Con cada impulso del remo, el espejo líquido se rompía en suaves ondas que llegaban hasta Giannina.

Algo en la imagen le heló la sangre, aunque no supo por qué de inmediato.

Fue entonces cuando oyó los sollozos: secos, rotos, ajenos al paisaje.