Hecha de cicatrices
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Capítulo Uno
EL PITIDO AGUDO la arrancó de un sueño suspendido entre estrellas.
Giannina abrió los ojos y, por un instante, olvidó que estaba a cuatrocientos kilómetros de la Tierra, suspendida en un saco de dormir que flotaba como un sudario.
Frente a su rostro, la pantalla del ordenador parpadeaba con la fecha, la hora y una lista de tareas que latía como un recordatorio de que aquel no sería un día cualquiera.
Había dormido más de lo habitual, pero la fatiga seguía anclada en sus músculos, como si la ingravidez no pudiera aliviar el peso invisible del cansancio.
Fuera, más allá de la escotilla, la antena defectuosa la esperaba en el silencio absoluto del vacío.
Dentro, el aire reciclado olía a metal y a confinamiento.
Se desató con un gesto torpe, sintiendo cómo la emoción le recorría el cuerpo: ese día saldría al espacio; ese día, el riesgo y la belleza del cosmos serían suyos.
Luego se unió a sus compañeras, con las que desayunó los alimentos deshidratados de los que su madre tanto le había hablado en tantas ocasiones, incluido un café de la máquina ISSpresso en sobres de aluminio.
Una vez equipadas con las unidades de exploración extravehicular, Yelena y ella se aventuraron a salir de la base.
—Es asombroso —transmitió Yelena a través de la radio—. La visión de la Tierra desde esta perspectiva es abrumadora; estoy mirando los ojos de una divinidad que me hipnotiza.
—Parece surrealista. Somos dos niñas adentrándonos en la casa de dulces de la malvada bruja del cuento de Hansel y Gretel, demasiado bonita para ser buena —comentó Giannina.
La visión del planeta no fue lo único que las impactó.
También quedaron maravilladas por el imponente tamaño de la plataforma vista desde fuera.
Si por dentro tenía el espacio de una casa de unos cuatrocientos metros cuadrados, su aspecto exterior era espectacular.
Con gran esfuerzo, Giannina apartó la mirada y se centró en cumplir con el objetivo.
—¿Tú crees que alguien nos estará viendo desde allá abajo? Me refiero a si piensas que habrá alguien mirándonos desde la Tierra, viendo un punto luminoso en el firmamento —le comentó a Yelena mientras exploraban el exterior de la nave.
—Sin duda, habrá entusiastas espiándonos a través de un telescopio. O extraterrestres.
En ocasiones, Giannina se cuestionaba si la amabilidad de Yelena pudiese deberse a directrices impuestas por el Gobierno ruso.
Una parte del entrenamiento en la nasa había incluido la sensibilización por parte de los servicios de inteligencia de ee.
uu. Le habían repetido constantemente que, a pesar de la colaboración en el ámbito aeroespacial, Rusia era un enemigo para la seguridad nacional.
Todo el personal de la nasa debía ser cauteloso si interactuaba con miembros de la agencia aeroespacial de la antigua Unión Soviética.
—Ya he localizado la antena —anunció Yelena.
—¿Dónde está?
—Cerca del adaptador de acoplamiento presurizado, entre el nodo número uno y el bloque de carga funcional.
Se acercaron con los propulsores y, al alcanzar la posición correcta, acoplaron los enganches de los cables de seguridad para evitar alejarse demasiado de la base.
Apenas habían extraído las primeras piezas de repuesto del receptor que necesitaban reparar, cuando un destello cegó a Giannina.
No llegó a pestañear antes de que un nuevo relámpago iluminase la nave, seguido de un estruendo cuando un proyectil impactó cerca de la antena.
El pulso se le disparó. Sus ojos buscaron desesperadamente a Yelena en medio de la tormenta de luz y gritó.
—¡Yel!, ¿estás bien? —No obtuvo respuesta y gritó de nuevo—. ¡Yel!, ¿me escuchas?
—Tranquila, todo en orden. ¿Qué ha sido eso?
—No lo sé. Parecía un disparo, pero seguramente se haya tratado de meteoritos o de basura orbital que, si nos alcanza, perforará los trajes y pondrá fin a nuestra misión.
Entonces otro artefacto se abalanzó sobre ella y cumplió sus peores presagios al impactarle en el brazo izquierdo con un mordisco que agujereó el traje.
Giannina gritó de dolor por el golpe y giró descontrolada, tanto por el impacto como por la pérdida de oxígeno a través del orificio, que hacía de propulsor indeseado.
El objeto que la había alcanzado era un diminuto meteorito; viajaba a tal velocidad que había atravesado su traje y había rozado el músculo del brazo como una aguja incandescente.
Por suerte, su tamaño era minúsculo, y aunque había perforado la tela presurizada, no había causado daños graves.
Cuando movió el brazo la sangre que brotó apenas tuvo tiempo de dispersarse: al salir del traje, se congeló al instante, formando cristales escarlata suspendidos en el vacío, diminutas estrellas carmesíes.
Sintió un frío cortante que le recorrió el brazo al instante del impacto, mientras el aire escapaba con un silbido dentro de su traje.
El terror la paralizó por un segundo, la adrenalina le inundó el cuerpo y su corazón latió con fuerza desbocada.
Siguió girando como una marioneta rota, el vacío y la ingravidez intensificaban la sensación de vértigo, y cada segundo parecía estirarse en una eternidad de pánico absoluto.
Percibió un fuerte tirón del arnés de seguridad y dio gracias de que el accidente hubiese ocurrido después de haberse enganchado a la argolla de retención. De lo contrario, habría salido despedida y no habría regresado jamás a cubierta.
Acto seguido soltó el equipo, presionó con fuerza la herida y, por fin, frenó el giro caótico.
—¡GIN, GIN! ¿Todo en orden? —gritó Yelena, preocupada al ver la involuntaria coreografía de la compañera.
—Algo me ha perforado el traje.
—Lo he visto. Voy a aproximarme y te ayudo a tapar el agujero.
Yelena avanzó con cautela, suspendida por los arneses, temiendo que otro impacto la convirtiera en un fragmento más que flotara en el vacío.
Junto a su compañera, se resguardó tras la plataforma que usaban como escudo improvisado, sorteando la lluvia de desechos orbitales que había interrumpido las labores de mantenimiento.
Los destellos de los proyectiles tiznaban las mamparas mientras se alejaban de las dos astronautas, dejando un rastro de luz espectral en el cosmos. Bajo los últimos golpes contra la aeronave, Yelena logró sellar el agujero del traje antes de que el aire escapara del todo.
—¡Tenemos que abortar la misión, Giannina está herida! —dijo Yelena por el sistema de comunicación.
—Estoy bien. Mmm… Estoy bien.
—Desde la sala de control informan que no se espera la presencia de ningún otro objeto que pueda colisionar con vosotras —dijo Svetlana desde la cabina de mando.
—Puedo seguir. No quiero perderme este paseo por un rasguño.
—¿Segura? —preguntó Yelena.
—Sí, terminaremos la tarea y luego me curas en la base. No quiero que Houston envíe otra tripulación para que termine nuestro trabajo. ¿Te parece, Yel?
—De acuerdo. Si crees que puedes continuar, seguiremos adelante.
Después de que terminaran las maniobras de reparación y regresaran al interior, Giannina abrazó a su amiga y suspiró.
—Ha estado cerca.
—¡Podría habernos perforado el casco!
—Por suerte, todo ha salido bien.
—Me he sentido como Sandra Bullock en la película Gravedad —dijo Giannina, y evocó una escena de película con un gesto teatral. Acto seguido, descartó la posibilidad de enfrentarse a tragedias similares, diciendo—: Mejor olvidemos esas cosas.
—¿Qué tal te encuentras?
—Bien. Por suerte me ha dado solo de refilón.
En cuanto se quitó el equipo de exploración, Yelena le cosió la herida del brazo provocada por el proyectil.
—Un susto así pone las cosas en perspectiva —comentó Yelena—. Nos recuerda lo frágiles que somos.
—Espero que no haya más sobresaltos, que completemos el programa sin problemas y que solo me deje esta cicatriz.
Me fastidia tener tan mala pata. Por un momento, he temido por mi vida, que no volvería a casa de una pieza ni podría abrazar a mis padres.
Tenía muchas ganas de contarles mi primer paseo espacial, pero después de lo ocurrido, temo su reacción si les menciono el accidente.
—Mira el lado bueno: hemos esquivado la tragedia. Hemos salido casi ilesas, y lo que ha podido ser un desastre no ha sido más que una anécdota.