Heartless Beloved (North Shore 2) EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

La copa de champán que sostengo en la mano se estrella contra el suelo, lo que me sobresalta y me hace retroceder.

—Lo siento mucho —murmuro.

Un camarero se me acerca corriendo, pero insisto en ayudarlo a recoger los pedazos. Lo acompaño hasta la cocina mientras siento que me corto la piel por culpa de los cristales; la excusa perfecta para desaparecer.

En cuanto se cierran las puertas dobles de la cocina, suelto un gimoteo de dolor.

—Madre mía —dice el camarero, presa del pánico—. Señorita Delacroix, sus manos.

Tiro los cristales a la basura y me las lavo. Solo son unos cuantos cortes. El amable camarero me pasa un paño y lo presiona contra las heridas.

—¿Se encuentra bien?

Asiento, ya que sé de sobra que no puedo compartir cómo me siento realmente con un extraño. Cómo mi esperanza de que Xi me esperara hasta que estuviera preparada para volver a verlo ha acabado pisoteada por el carísimo tacón de Harper.

—Tengo hambre —admito.

Abre los ojos de par en par y echa un vistazo a su alrededor.

—Puedo pedirle al chef que le prepare algo.

—Por favor —asiento.

La verdad es que me niego a volver ahí fuera, y sé que en la cocina no hay ninguna salida.

Me siento en una de las mesas de acero y espero mi Philly Cheesesteak. En realidad no tengo mucha hambre, pero soy educada, así que me lo como despacio, con un vaso de zumo de naranja para acompañar, y espero.

El camarero entra y sale de la cocina toda la noche, hasta que finalmente se acerca a mí.

—Señorita Delacroix, la galería está a punto de cerrar. Ya se han ido todos. Me tomé la libertad de decirle a su madre que le pediría un taxi. Supuse que quería estar sola.

—Gracias —murmuro—. Lamento haberme pasado la noche aquí escondida.

—Lo que necesite, señorita.

Salto de la mesa de acero y me despido con un leve asentimiento, de él y del cocinero. Las luces principales de la galería están apagadas cuando salgo. Solo quedan encendidas las pequeñas luces LED que hay sobre los cuadros.

Soy una romántica sin remedio, qué vergüenza. Todos los libros de romance que he estado devorando últimamente se me han subido a la cabeza.

No siento odio, solo decepción conmigo misma. El tío estaba enamorado de mí y yo le pedí que me dejara en paz. Me pidió un plazo, y no le di ninguno. Podría haber sido un día como podría haber sido para siempre.

Esto me lo he buscado yo solita.

Miro el cuadro titulado La primera vez . Podría haber jurado que…

Da igual.

Al girarme, suelto un grito ahogado al ver a la sombra que se encuentra de pie detrás de mí. Retrocedo, pero cierra su mano alrededor de mi brazo y me detiene de chocar contra el cuadro.

—Hola, pastelito.

El corazón se me encoge al oír su voz. Se me electrifica todo el cuerpo y se me enciende justo desde el punto exacto en el que me está tocando.

—H-hola —tartamudeo.

—Has venido.

Su sonrisa es deslumbrante, algo que no me había dado cuenta de lo mucho que extrañaba hasta este preciso instante. ¿Cómo no iba a hacerlo? Es la cosa más rara y hermosa del mundo. Un diamante oculto en las cuevas más preciosas. Inaccesible para la humanidad.

—Así es. —Me aclaro la garganta—. Felicidades. Esto es… impresionante. E-estoy segura de que Harper y tú estaréis encantados.

—¿Harper? Los pinté yo, no me quites el mérito.

—Claro —suelto de forma atropellada—. Tienes muchísimo talento, siempre lo he sabido. Lo que quería decir es… que me alegro por vosotros. Seguro que te sirvió de inspiración para tu trabajo. Es precioso.

Un amor que dura para siempre .

Quiero morirme ahora mismo. Quiero que el suelo se abra y me trague. No puedo soportarlo más.

—Harper es mi mánager mientras hace las prácticas con tu madre —me aclara con calma.

Pero percibo algo en su tono de voz. ¿Confusión?

Lo dejo pasar y continúo.

—Valiente decisión la de salir y trabajar juntos —me río—. Pero bien por ti.

No puedo evitar decirlo con un ligero cinismo. Ya no soy tan dulce como antes. Cada vez me importa menos lo que la gente piense de mí, ya no me interesa gustarle a todo el mundo. Y, joder, no soy feliz. Seguro que eso no debería pillarlo por sorpresa.

Entrecierra los ojos al mirarme hasta que la claridad los atraviesa. Su rostro se endurece y la frustración hace que apriete su agarre.

—¿Estás loca? —gruñe.

—¿Loca? Estoy siendo lo bastante amable como para no echarme a llorar y ponerte en una situación incómoda. Acabo de ver al hombre del que estoy perdidamente enamorada con su nueva novia. Dame un respiro, ¿vale? —le espeto.

Un destello de emoción se refleja en su mirada, como si le encantara que le plantara cara. Aun así, está furioso.

—¿De qué color son los cuadros, pastelito?

—¿Q-qué?

Me da la vuelta de golpe, con una mano en mi cintura y la otra alrededor de mi mandíbula. Me levanta un poco la cabeza para obligarme a mirar el cuadro.

—El color predominante en cada lienzo que he pintado en los últimos cinco meses. ¿Cuál es? —dice en voz baja.

—Eh…

—Míralo —bufa—. Míralo y contesta la maldita pregunta.

—Rosa —respondo como puedo. Su agarre es letal—. Es rosa.

—Es fucsia —me gruñe al oído—. De hecho, es rosa fuerte. Nunca fuiste muy buena con los colores, pero yo conozco a mi musa. Te conozco mejor de lo que tú te conoces a ti misma, Alex.

El corazón me explota en el pecho y las rodillas me fallan. Él me sostiene y me gira para que vuelva a mirarlo.

—Te he dado suficiente tiempo. Un minuto más y acabaré implosionando, ¿entiendes? La vida está hecha de elecciones, así que hazlo. Elígeme. Elígenos .

Se me llenan los ojos de lágrimas y la respiración se me vuelve errática.

Asiento, incapaz de pronunciar una sola palabra. En lugar de eso, estrello mis labios contra los suyos. Y, por primera vez, siento cómo a Xi le tiemblan las manos mientras me sostiene. Como si de verdad hubiera temido perderme esta noche.

—Tengo que enseñarte algo —me dice entre besos mientras entramos tambaleándonos en su casa.

Cruzamos una puerta lateral junto a la cocina y me conduce al pequeño patio trasero. Hay un cobertizo. Lo abre y me arrastra dentro. Veo innumerables cubos de pintura. El fucsia —bueno, el rosa fuerte, supongo— es el color principal.

—Estás un poco obsesionado, ¿no? —me río.

—Ni te lo imaginas —gruñe a la vez que me quita la ropa.

En menos de un minuto, estoy desnuda. Él, t odavía vestido, coge uno de los enormes cubos de pintura y lo vacía sobre un lienzo blanco que yace en el suelo.

—¿Qué estás hac…? —Las palabras se me mueren en la boca cuando se quita la ropa.

Está bastante claro lo que está haciendo.

Avanza hacia mí y apoyo ambas manos sobre su pecho para detenerlo.

Me tomo un momento para apreciar al dios que me desea—.

Xi —digo con cautela—, ¿qué es eso ? —Señalo el tatuaje que tiene en la curva del cuello hasta el hombro—. ¿Es…?

—¿De cuando me mordiste? Sí.

—¿Te has tatuado las marcas de mis dientes?

—Necesitaba el recordatorio de cuando la cagué, de cuando me odiaste. El dolor. Nunca olvidaré que te hice daño.

El corazón me da un vuelco porque no puedo evitar sentir una punzada de posesión al saber que me lleva tatuada en la piel. Saber que durante los últimos meses, cada vez que se miraba al espejo, me veía a mí.

Bajo las manos por sus abdominales hasta las tres cicatrices. Las rozo con la yema de los dedos.

—Nunca me contaste qué fue lo que pasó.

—El novio de Billie me apuñaló por quemarle la casa.

—¿Perdón? —me atraganto.

—Es una larga historia, y ni de lejos tan bonita como la nuestra, pastelito. Te amo, ¿lo sabes, verdad?

Todo lo que hemos vivido juntos me atraviesa de golpe. Pero lo único que permanece mientras los pensamientos se arremolinan en mi cabeza es una sensación indescriptible de plenitud.

—Te amo —susurro, mirándolo a los ojos.

Me agarra por la base del pelo y me ahoga con un beso. Antes de darme cuenta, me empuja hacia el suelo… o eso creo, hasta que siento una frialdad húmeda en la espalda.

Estamos sobre el lienzo.

—¿De quién eres, Alexandra? —susurra contra mis labios mientras se coloca encima de mí.

—Tuya —respondo.

—Así es. Abre las piernas.

Obedezco y siento cómo la pintura se emborrona bajo mi cuerpo.

—Mírame.