Heartless Beloved (North Shore 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

ALEXANDRA

Miss Americana los globos fucsias que sostiene me golpean la cabeza. Detrás de ella, Peach entra cargando una tarta enorme cubierta de glaseado blanco.

—Como no sea de chocolate, os echo —anuncio cuando Ella me suelta.

—Chocolate con glaseado de vainilla. Igual de aburrida que tú —se burla.

Me doy la vuelta y me pego un manotazo en el culo.

—Perdona, pero con este culo soy de todo menos aburrida.

—Vale, tú ganas. Tienes un culazo. Feliz cumpleaños, zorra —celebra Peach.

—¿Está tu madre? —me pregunta Ella con educación.

—En la cocina. Venid.

Le quito la tarta a Peach y las llevo hasta la cocina. Nos gusta estar junto al lago, así que nos quedamos. Mi madre está usando el dinero del seguro para reconstruir la casa vieja, pero no quiere vivir en ella, así que va a venderla.

Ha estado disfrutando de nuestro retiro prolongado en el lago. Sobre todo porque Vincent nos hace compañía.

—Hola, chicas —las saluda mi madre—. Qué bien que hayáis podido venir a celebrar el cumpleaños de Alex. ¿Os podéis creer que mi bebé ya tiene diecinueve años?

Pongo los ojos en blanco en un intento de fingir molestia.

—Está tan concentrada en sus estudios que casi no la vemos —se queja Peach—. La única solución era que nos plantáramos aquí.

Desde que me cambié de Ciencias Políticas a Educación Primaria, me han gustado tanto las clases que siempre tengo la nariz metida en un libro. Mis amigas están acostumbradas a verme estudiar todo el tiempo, pero no a verme disfrutarlo, por lo que tratan de no distraerme.

Durante las vacaciones de Navidad del año pasado, Xi Ep nos envió a hacer voluntariado con niños de entornos vulnerables.

Yo estuve en un centro comunitario en North Shore, donde me pasé las fiestas ayudando a los niños con los deberes y organizándoles actividades.

Fue entonces cuando me enamoré del trabajo.

Encontré mi verdadera vocación pasando tiempo con esos pequeñines y tomé la iniciativa de cambiar de carrera en cuanto volví a la USF. Mi madre me apoyó y ahora voy camino de convertirme en profesora de primaria.

—Qué dramática eres —le digo a Peach.

—Salistes refunfuñona, ¿eh? Si fuera dramática, ¿crees que estaría aquí? No, estaría cabreada.

Se produce una breve pausa en la que todas me miran, claramente esperando algo.

—¿Qué? —pregunto, perdida.

— Saliste —le dice Ella a Peach al ver que yo no estoy entendiendo nada.

—Joder, ni siquiera lo había oído. —Me río para dejarlo pasar—. ¿Podemos abrir los regalos?

—¿Y si comemos primero? —sugiere mi madre.

—De acuerdo. —Suelto un suspiro exagerado que las hace reír.

En casa solo estamos mi madre, mis dos mejores amigas y yo. Y Vincent, claro, quien nunca se separa de mi madre. Nos acecha desde la entrada de la cocina y la mira con ojitos de enamorado.

El guardaespaldas menos profesional que he conocido.

Disfrutamos de nuestra comida juntas, comemos tarta y abrimos los regalos. Ella me regala una pulsera de Tiffany que debería regalarse a una pareja y no a una amiga, pero la acepto encantada. Peach me regala un consolador gigante ya que «no salgo de casa en busca de rabos».

Me pongo roja como un tomate cuando mi madre estalla en carcajadas.

—Razón no le falta —se burla.

—Deberías venir a alguna de las fiestas de Xi Ep —insiste Peach—. Son mucho mejores desde que las hermanas mayores nos respetan.

Niego con la cabeza.

—No, gracias.

Dejé Xi Ep la primera semana de enero, cuando volvimos a la universidad.

Ahora que me conozco mejor, me he dado cuenta de que no soy una chica fiestera.

No me va eso de formar parte de una sororidad e hincharme a alcohol y a tíos.

Respeto a mis mejores amigas por seguir y forjar amistades sólidas con sus hermanas, pero he descubierto que, en efecto, soy más de quedarme en casa con un buen libro.

Sobre todo ahora que puedo disfrutar de los libros que yo quiera y no de los que mi padre me obligaba a leer.

Desde que mi madre y yo leemos juntas romances subidos de tono, se me ha abierto un mundo. Mi plan favorito por las noches es poner a Taylor Swift y leer junto a la chimenea.

—Gracias por los regalos, chicas. Me encantan.

—Sobre todo el mío, ¿verdad? —Peach me guiña un ojo.

—Hablando de pollones, ¿qué tal está Wren? —le pregunto.

Ella ignora mi pregunta.

—¿Os apetece ir a patinar sobre hielo?

—Bueno, ¿os importa esperar a que Alex abra mi regalo?

Abro los ojos como platos. No recuerdo el último cumpleaños en el que mi madre me compró un regalo ella misma. Normalmente mandaba a alguien a comprarlo y dármelo, o me lo enviaba por correo cuando estaba fuera por Europa con diversos artistas.

Es un sobre cuadrado y sencillo con mi nombre. Lo abro con manos temblorosas, intuyendo lo que podría ser.

Está usted invitada a la Galería de Arte Fleur Delacroix para la noche de inauguración de nuestra nueva colección:

Un amor que dura para siempre

Por favor, le rogamos que nos acompañe en una velada de cócteles y canapés mientras descubre a nuestro artista revelación del año: XI (Once).

Esperamos verla allí,

Fleur Delacroix

No me hacía falta leer lo de «Once». Sé que es el nombre que Xi usa como artista, pero me alegra que se haya asegurado de que apareciera especificado en la invitación.

—Mamá —jadeo, prácticamente ahogada con mis emociones.

—No estás obligada a ir —me aclara con calma—.

Solo quería darte la invitación. Es la primera exposición que tenemos en la galería este año.

Ese chico ha trabajado muy duro, y todo el mundo debería ver y apreciar su talento.

Tú incluida. Sé que será la única vez que esté en una galería tan pequeña, después venderá sus obras y acabará haciéndose un hueco en el mundo del arte.

Una sensación de orgullo me envuelve. Es cálida y electrizante.

Xi va a exponer sus obras en una galería por primera vez. ¿Cómo no voy a ir?

—Estoy deseando ver a Harper —digo con amargura, y todas a mi alrededor se echan a reír.

En los últimos meses, Harper ha estado haciendo las prácticas con mi madre mientras termina los estudios. Sé que ha estado trabajando en la galería, por lo que, sin duda, ha tenido que pasar tiempo con Xi.

—Cariño, estás preciosa —me dice mi madre cuando entro en su galería.

Llevo un vestido corto de satén, sin mangas, con un corpiño rígido que se ajusta a mi cuerpo, y la falda abierta desde las caderas.

Es blanco con puntitos fucsias. Parece como si alguien me hubiera lanzado gotas de pintura rosa, así que me pareció que pegaba.

Mis stilettos fucsias combinan a la perfección con el conjunto, al igual que, claro está, mi pintalabios característico.

—Gracias. —Sonrío tensa cuando me entrega una copa de champán.

Tengo el estómago revuelto y la piel sudada por la ansiedad de ver al hombre que me dejó un agujero en el corazón del tamaño del universo.

Es una sensación de lo más inverosímil el haberme encontrado a mí misma, haber aprendido a amar a la persona que soy y, aun así, saber que me falta algo.

Sobre todo cuando sé perfecta mente qué es ese algo.

O, más bien, quién .

—Déjame que te lo enseñe.

Ya hay gente dándole sorbitos al champán y comiendo canapés de lo más pitiminíes.

No mucha, eso sí. La galería de mi madre es bastante selectiva, por lo que invitan a muy poca gente a las noches de inauguración.

Solo individuos que de verdad entienden de arte, especialistas que pueden llevar a un artista al siguiente nivel, coleccionistas dispuestos a pagar precios desorbitados por una pieza excepcional.

Me quedo con la boca abierta cuando veo el primer lienzo.

Es abstracto a la vez que muy bello, y algo en él me resulta familiar, pero no logro identificar el qué.

El fondo es de un azul medianoche con motas grises plateadas.

Una figura negra se mezcla con tanta pintura rosa que crea un efecto tridimensional sobre el lienzo.

En la esquina inferior derecha, grabado en la pintura, está firmado como «XI». La obra se titula La primera vez .

Casi se me salen los ojos de las órbitas. No porque valga quince mil dólares —eso no es nada para la galería de mi madre—, sino por la pequeña nota que veo al lado y que pone «vendido».

—¿He… he llegado tarde? —pregunto en voz alta.

—Solo media hora —responde mi madre con naturalidad.

—Ya está vendido —digo señalando el cuadro.

—Ah, la mitad ya lo están.

—¿Qué? —exclamo.

Echo un vistazo a mi alrededor para localizar a Xi, pero no lo encuentro.

—Está al fondo. —Mi madre me apoya una mano en el hombro—. Los nervios de la noche de inauguración, ya sabes. Deja que te enseñe el resto.

Los fondos cambian, pero los colores principales se mantienen: una sombra negra y una inundación rosa tan espesa que parece dura sobre el lienzo.

Los títulos me dejan sin aliento.

La fiesta .

La noche en la que ella se enamoró .

La ruptura .

El castigo .

El titiritero .

El desamor .

Siete lienzos que retratan un vínculo innegable entre la sombra y su amante.

Para cuando terminamos el recorrido, estoy sudando. El vestido me aprieta y necesito aire fresco, pero lo que más necesito es ver a Xi.

El oxígeno abandona la sala en el momento en que entra. Todos corren hacia él para rodearlo y darle la enhorabuena. Está guapísimo: lleva un traje azul medianoche que combina a la perfección con el tono bronce de su piel.

Sonrío, llena de un orgullo que no sé describir. Tiene el pelo un poco más largo que la última vez que lo vi, casi rozándole las orejas. Es espeso y sedoso, como siempre. Lleva la barba perfectamente recortada y le brillan los ojos de orgullo.

Se me tensa la sonrisa en cuanto veo a Harper a su lado, y desaparece por completo en cuanto me percato de que tiene la mano apoyada en la parte baja de su espalda. Cuando empiezan a pitarme los oídos, temo desmayarme dentro de este corpiño opresivo.

No debería haber venido.

¿Qué narices hago aquí?