EPÍLOGO #3
Desciende, me agarra las nalgas y presiona su boca contra mi sexo.
—¡Joder! —grito cuando me devora como un hombre hambriento—. Xi… —gimo.
—Echaba de menos tu sabor, nena.
Se tira una eternidad lamiéndome y mordisqueándome, marcando el ritmo que él quiere y haciéndome retorcerme bajo su cuerpo.
Después de llevarme al orgasmo solo con la boca y la lengua, se levanta, toma mi mano y la coloca sobre su pecho. Cierra los ojos y respira hondo.
—¿Lo notas, nena? —Frunzo el ceño levemente—. Por fin puedo respirar —exhala.
La forma en la que Xi me hace el amor esa noche no se parece en nada a ninguno de nuestros anteriores encuentros. Se toma su tiempo y me hace correrme una y otra vez. Follamos hasta que la pintura casi se ha secado y ya no puedo mantener los ojos abiertos.
Me hace repetir que soy suya y solo suya, y me encanta. Nos tomamos nuestro tiempo, como si tuviéramos toda la vida por delante.
Y creo que así es.
Me despierto en su cama, pero él no está.
Después de ducharnos, me trajo hasta aquí y ambos nos quedamos dormidos en los brazos del otro.
Me deslizo fuera de las sábanas y lo llamo, pero no responde.
Durante el último mes terminó de reformar toda la casa, y ha quedado preciosa.
Este hombre es capaz de hacer maravillas con las manos, lo sé por experiencia.
Debe de estar en el cobertizo. Me pongo una de sus camisetas oversized y voy al jardín trasero.
Bueno, es más bien un jardín lateral, ya que se encuentra al costado de la casa.
Desde aquí se ve la carretera principal y, de no ser por la pequeña valla de madera, conectaría directamente con el jardín delantero.
Abro el cobertizo y entro. En el suelo, el cuadro está terminado.
Ha dejado el fondo blanco, y el arte rosa de nosotros follando durante horas está cubierto de motitas negras.
—¿Cuál es nuestra canción de Taylor Swift?
Me sobresalto, y al darme la vuelta me lo encuentro apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo.
—Ay, amor —me burlo—. No asocio canciones con personas. Las reglas son que tienen que cuadrar con situaciones.
—¿Las reglas? ¿Te inventaste tus propias reglas y las sigues a rajatabla? Sigues siendo una buena chica, ¿ eh?
Me encojo de hombros.
—Puedo ser una buena chica con un lado oscuro y manipulador con quienes se meten conmigo.
Se humedece los labios.
—Estoy enamorado de ambos lados, pero no tengo muchas ganas de volver a encontrarme con la Alex cruel. Da miedo.
—No juegues con fuego y no te cruzarás con ella.
Mi comentario nos hace reír a ambos.
—Venga. —Se acerca lentamente—. Sabes que te encanta romper las reglas por mí. Danos una canción.
Suspiro de forma dramática.
—Vale. Miss Americana & The Heartbreak Prince .
—No has tenido ni que pensarlo, ya la tenías escogida.
—Shhh, no te cargues el secreto.
—¿Entonces yo soy la señorita Americana?
—Sí —asiento, siguiéndole la broma y mordiéndome el labio para no reírme—. Y yo soy el Príncipe Rompecorazones.
—Cómo no —se ríe. Se lleva la mano al bolsillo trasero y añade—: Tengo un regalo para ti. Al fin y al cabo, fue tu cumpleaños.
Me muestra el puño cerrado y lo abre cuando lo acerca a mi cara. Un collar le cuelga del dedo.
Suelto un grito de sorpresa.
—Es el collar de mi abuela. Xi, ¿cómo…?
Un destello de culpa le atraviesa la mirada.
—Lo guardé durante un año. Lo mandé a arreglar por tu cumpleaños.
Parpadeo, impactada.
—¿Lo tenías desde…?
—Sí.
—¿Por qué?
—Por la misma razón por la que volví a esa casa abandonada para salvarte. Por la conexión que sentí, por la chispa de interés que creció hasta convertirse en la mayor obsesión de mi vida. Por ti.
Nunca desaparecerá esa extraña sensación que se instala entre nosotros en cuanto pensamos en la noche en la que nos conocimos. En mi decimoctavo cumpleaños…, cuando me secuestró. Pero mis pesadillas fueron desapareciendo al empezar a dormir junto al hombre que antes atormentaba mis noches.
Me doy la vuelta y me levanto el pelo. Me pone el collar mientras acaricio el relicario que me dio mi abuela.
—Gracias. Es mi segundo regalo favorito de hoy. El primero eres tú.
Me rodea la cintura desde atrás, el olor a aguarrás se mezcla con el del jabón de la ducha que nos dimos antes. Estaba trabajando mientras yo dormía.
—¿Te gusta? —Sé que no se refiere al collar.
—Me encanta —murmuro—. Lo abstracto es precioso. ¿Cómo se llamará esta colección?
—Esta es la última pieza de Un amor que dura para siempre .
Apoya la cabeza en la curva de mi cuello e inhala mi olor. Se me eriza todo el cuerpo. La idea de ser su musa me parece excéntrica, pero, aun así, me encanta muchísimo.
—Creía que ya la habías terminado.
—No, faltaba una última pieza. Una que no voy a vender.
—Oh. ¿Por qué?
—Porque significa mucho para mí. Mírala bien —me pide con dulzura.
Entrecierro los ojos frente al cuadro en busca de alguna pista. Lo ha firmado como «XI» en la esquina inferior derecha, pero veo algo escrito en un papel junto al lienzo.
La noche en la que ella me eligió .
Fin