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ALEXANDRA
The Night We Met Lord Huron
Observo a una pata caminar desde la orilla del lago hasta el agua con cuatro patitos siguiéndola.
Desde el balcón de madera de mi habitación tengo una vista perfecta del lago.
Contamos con un muelle privado que nos da acceso al agua cristalina.
En el horizonte no se ve más que agua y, muy muy lejos, la sombra de los acantilados que sé que pertenecen a North Shore.
Hoy está nevando; una capa blanca decora el hermoso paisaje.
Las ramas de los árboles de hoja perenne están cubiertas de nieve, y los estanques que rodean los lagos están congelados.
Pronto el lago también se congelará, y nuestros colegas multimillonarios y millonarios vendrán a patinar sobre el grueso hielo.
—Señorita Delacroix. —Una voz profunda me sobresalta y detiene la nube de condensación que me sale de la boca.
Al darme la vuelta me encuentro a Vincent, el guardaespaldas personal de mi madre, de pie junto a las puertas francesas que conducen a mi habitación. En las últimas semanas, Vincent ha sido la única persona autorizada a entrar en nuestra casa del lago.
Está rodeada de seguridad, pues nos preocupa que pueda pasarnos algo ahora que mi padre ha muerto.
Un accidente, eso fue lo que se dictaminó.
Al parecer, mi padre se quedó dormido en su despacho con un puro en la mano y eso provocó que toda la casa se incendiara. Mi madre y yo logramos escapar, pero nos vimos obligadas a dejar atrás a un senador muy querido.
Sus restos eran demasiado escasos como para saber que murió por una bala en el pecho antes de que Xi le prendiera fuego a toda la mansión.
Conoce muchas formas de deshacerse de un cuerpo, pero los incendios son su especialidad cuando se cabrea.
Y Dios sabe que estaba furioso con mi padre por haberme hecho daño.
No lo he visto desde entonces. Hemos estado cautivas en nuestra propia casa por culpa de los reporteros que rodean la propiedad como buitres.
Mientras tanto, el forense trabajaba y decidía qué había sucedido en realidad.
En cuanto se dictaminó que se trataba de un accidente, mi madre le pidió a su asistente que organizara el funeral.
Dos semanas, ni un día más. No quiere dedicarle más tiempo ni energía a un hombre al que ahora desprecia.
Esa misma asistente escribió un comunicado en nombre de su «afligida familia» que se publicó en el periódico.
Mi madre no ha hecho ninguna otra aparición pública.
Estaba demasiado enfadada, demasiado ocupada intentando compensármelo.
Nunca había visto a mi madre así, tan atenta y cariñosa.
Es un pequeño rayo de luz en la oscuridad que me rodea.
—Señorita Delacroix —repite Vincent—. Es hora de irnos.
Me doy cuenta de que sostiene mis enormes gafas de sol. Las necesito para asegurarme de que todo el mundo crea que estoy llorando.
Es curioso cómo la poca culpa que sent ía se ha transformado en orgullo durante las últimas semanas.
Me di cuenta de que, a pesar de las pesadillas que había tenido desde entonces, librarme de mi padre había merecido la pena.
Estoy segura de que su fantasma acabará desapareciendo, porque ya no puede hacerme daño.
Tomo las gafas que Vincent me ofrece. Hoy, por primera vez, he elegido la ropa que quiero ponerme para una aparición pública. Hasta ahora era mi padre quien se encargaba de ello; me prohibía usar un maquillaje cargado y vestirme como una puta.
Tiemblo bajo el vestido negro de encaje hasta la rodilla que llevo puesto. Cojo el abrigo negro de piel sintética que descansa sobre mi cama, aunque siento un hormigueo en la mano ante las ganas de ponerme la chaqueta de cuero fucsia que se encuentra al lado.
Vincent debe de notarlo.
—Una última vez, señorita Delacroix. —Cuando me vuelvo hacia él, confundida, añade—: Solo tiene que fingir una última vez. Después podrá ser usted misma para siempre.
Entiendo que lo sabe todo, y me sorprende que mi madre se lo haya contado, lo que me hace preguntarme qué clase de relación tienen realmente. ¿Cómo de unidos están?
Sus palabras se me quedan grabadas mientras me abrocho el abrigo.
«Después podrá ser usted misma para siempre».
¿Y no es ese el problema cuando no sabes quién eres en realidad?
Mi padre dictó mi vida entera. Solo sé un par de cosas sobre mis gustos y mi personalidad: me encanta el fucsia y Taylor Swift. Pero no sé quién soy como persona, porque dependía de mi padre para eso. No tenía otra opción.
La prensa sigue de cerca nuestro coche mientras nos dirigimos al cementerio de Stoneview. Tienen prohibido seguirnos más allá de las puertas, pero eso no les impide avasallarnos con preguntas durante el camino de escasos metros desde donde el chófer nos deja hasta la entrada.
—Señorita Delacroix, ¿es cierto que consumió drogas en la universidad?
Mi madre me pega a ella y me susurra que los ignore.
—Señora Delacroix, parece estar muy unida a su guardaespaldas… ¿Se enfrentó con su marido por ello?
La cojo de la mano y le dedico una pequeña sonrisa.
—Espero que eso sea cierto —le susurro antes de mirar a Vincent.
Ella se sonroja y niega con la cabeza.
—No seas tonta.
—¡Señorita Delacroix! ¡Señorita Delacroix! —Como no respondo, el hombre insiste—: ¡Elisabeth! —Me quedo paralizada al oír ese nombre. El tío se aprovecha de ello—. ¿Es cierto que está saliendo con un miembro de una banda criminal de North Shore?
No lo sé. ¿Lo es? No he sabido nada de Xi en las dos semanas posteriores a la muerte de mi padre. No le he escrito porque cambia de número con frecuencia, por lo que sabía que no lo recibiría después de un acontecimiento de tal magnitud.
Vincent me da un leve empujón, indicándome en silencio que siga caminando hasta que nos encontremos a salvo tras las puertas.
Saludo a Ella y a Peach con un leve asentimiento al pasar junto a las filas y filas de asientos.
Están sentadas entre sus padres. Su hermano Luke también está aquí, al igual que Christopher Murray y sus padres.
Es un barrio pequeño, y la mayoría nos conocemos.
Camila se encuentra cerca de la primera fila con la familia Diaz, su madre fue una de las muchas abogadas de mi padre.
El funeral se me hace eterno. Discurso tras discurso sobre lo buen hombre y político justo que era.
El himno nacional, una bandera doblada sobre su ataúd y, finalmente, después de estar de pie, sentadas y de pie otra vez durante una eternidad en la nieve bajo el paraguas que Vincent sostiene sobre mi madre y sobre mí, lo entierran.
Nunca en mi vida me había sentido tan aliviada, porque nada lo habría detenido excepto la muerte. De no haber sido por el disparo que recibió en el pecho, me habría atormentado para siempre. Nunca habría vivido, me habría limitado a ser una extensión de él.
Todo me impacta de golpe: el hecho de que odio los vestidos hasta las rodillas y el tobillo, que el tul es un material horrible que pica y que parece demasiado inocente, que me encantan las faldas cortas y bailar.
También me doy cuenta de que odio la política y todo lo que la rodea, que me encanta usar la palabra «cosa» cuando no sé cómo describir algo.
Un relámpago me atraviesa cuando entiendo lo mucho que deseo estar unida a mi madre, aunque apenas tengamos cosas en común.
Quiero que me hable sobre su amor por el arte y meter los dedos en la pintura pegajosa, quiero saltar en un charco y ensuciarme el vestido, quiero gritar a pleno pulmón que a veces soy una dama, pero, muchas otras, me convierto en una puta para el hombre al que amo.
Quiero encontrar a Xi y decirle lo mucho que lo quiero, que cuando vuelva a estar lista, cuando haya encontrado a la mujer que realmente soy, estaré preparada para amarlo por completo.
Se me caen las lágrimas, y espero que todos piensen que es por mi padre, porque nadie puede entender lo libre que me siento de repente. Esto es solo para mí.
Soportamos rondas y rondas de condolencias, abrazos y apretones de manos formales. No tiene fin, pero nunca había sido tan buena actriz. Espero que todo el mundo interprete mi silencio y mi indiferencia como parte del shock y del dolor.
No es hasta que un hombre vestido de negro de pies a cabeza se acerca para estrecharle la mano a mi madre cuando vuelvo al presente.
—Fleur —dice en voz baja.
Todo en él grita «criminal» de la forma más elegante posible. Su semblante serio no muestra ni un solo ápice de empatía, y sus ojos negros se cruzan con los míos antes de regresar a los de mi madre.
Lo acompaña una mujer alta con un traje azul medianoche.
Lleva las manos cruzadas a la espalda y sus ojos verdes miran en todas las direcciones, tan consciente de lo que nos rodea que debe de estar mareada.
Tiene el pelo largo y rojo, como Peach, pero a diferencia de mi mejor amiga, ella se aleja todo lo posible de la amabilidad.
—Lamento que haya acabado así —le dice a mi madre.
No presenta sus condolencias, solo una disculpa cargada de significado. Mi madre niega con la cabeza, y la sombra de una sonrisa le tiembla en la comisura de los labios.
—El resultado es más o menos el mismo.
El hombre vuelve a mirarme.
—Excepto por la inocencia —añade en un murmullo, con los ojos clavados en mí.
—Gracias por venir. —Es mi madre quien corta la conversación—. Estamos en contacto.
No me atrevo a hablar hasta que todos se han ido y cruzamos el cementerio.
—¿Quién era? —le pregunto, sin necesidad de especificarle a quién me refiero.
—Se llama Vito Luciano, es un viejo amigo.
De pronto, todo encaja en mi cabeza. No hace falta usar el cerebro cuando tu instinto te dice la verdad.
—Mamá, ¿tú… tú…?
—¿Que si le pedí al jefe de una familia criminal que encontrara trapos sucios sobre tu padre porque quería arruinar su carrera?
—Hace una pausa para evaluar mi reacción.
Cuando decide que puede confiar en mí, continúa—: Sí.
Como te he dicho, odiaba a ese hombre. Te juro por mi vida que no tenía ni idea de cómo iba a proceder Vito.