34
ALEXANDRA
The Heart Wants What It Wants Selena Gomez
No es sucio. Xi ha apartado el arma de la cabeza y le ha disparado en el pecho.
Directo al corazón.
Y me ha mirado fijamente mientras lo hacía.
El cuerpo de mi padre vence hacia atrás contra el sofá en el que estaba sentado, y no es hasta que veo la sangre que le cubre el pecho caer sobre la costosa alfombra cuando me doy cuenta de lo que he hecho.
—Madre mía —digo. El olor a pólvora quemada y a sangre me provoca arcadas—. Lo… Lo has hecho.
Me agarra por la nuca y me obliga a mirarlo.
—No era necesario que montaras este plan tan elaborado —gruñe—. Podrías habérmelo pedido y ya.
Le sonrío. El orgullo me calienta el cuerpo, me provoca un cosquilleo, me pone cachonda.
—¿Y qué gracia tendría eso? —me burlo—. No es plato de buen gusto que te utilice la persona a la que amas, ¿verdad? Ser ajeno al control que tienen sobre ti.
Xi niega con la cabeza y yo sonrío. Todavía soy capaz de relacionar una canción de Taylor Swift con mi situación actual. Ahora mismo estoy en Vigilante Shit , y la gente está pagando por sus errores.
—Alex, te amo. Estoy completamente enamorado de ti. Haría cualquier cosa por ti.
—Y ya la has hecho. Ahora estamos en paz. Ahora no me siento como una niña tonta a la que utilizaron.
—Estáis como cabras. —La voz de Tamar suena conmocionada, ahogada.
Nos volvemos hacia ella.
—Se llama amor —me río—. Solo que es nuestra propia versión.
—Lo van a arrestar —replica ella con brusquedad.
—Tamar —dice Xi, con las manos alrededor de mi cintura. Puedo ver el deseo en sus ojos—. Ve a por su madre.
A pesar de su desacuerdo, Tamar sale corriendo de la habitación.
En cuanto se va, estampa sus labios contra los míos, su lengua se abre paso en mi boca y todo dentro de mí explota.
Me fallan las rodillas y él me sostiene.
Me tiemblan las manos cuando me aferro a su camisa.
No puedo respirar, pero ¿quién necesita aire cuando te besan así?
Es devastador para el alma, tan enternecedor que puedo sentir su puño alrededor del corazón, obligándolo a bombear sangre caliente por mis venas.
—Nunca en mi vida me había sentido tan orgulloso de ti —murmura al apartarse.
Solo cuando sollozo me doy cuenta de que se me caen las lágrimas.
—Te quiero, Alex —susurra al abrazarme—. Te amo con todo mi ser.
Cierro los ojos con fuerza y obligo a las lágrimas a caer por las comisuras; asiento para aceptar sus palabras.
—Yo también te amo —murmuro con voz ronca a pesar de no quererlo, a pesar de desear cualquier cosa menos esta sensación desgarradora.
—Buena chica —suspira con alivio. Es como si nada de esto hubiera tenido sentido si no hubiera añadido que todavía lo amo.
Todo indica que habría cogido esa pistola y se habría pegado un tiro en el pecho si yo no le hubiera dado una razón para seguir viviendo—.
Tamar te llevará al coche de tu madre. Estará allí esperándote.
Cuando se me escapa un pequeño jadeo, presiona su pulgar contra mi labio inferior, hipnotizado.
—Quiero que le cuentes lo que tu padre te hizo. La verdad sobre el abuso. Todo. Luego quiero que le expliques lo que ha pasado esta noche con todo lujo de detalles: tu plan, lo que he hecho, todo.
Frunzo el ceño al mirarlo.
—No lo entiendo.
—No hay nada que entender, solo una verdad que contar.
—¿Pero qué pasa contigo…?
—No te preocupes por mí. Ahora vete, nena.
—Mis conejitos —susurro.
Creo que, en el fondo, conozco tan bien a Xi que me puedo llegar a imaginar lo que está a punto de hacerle a mi casa.
—Joder, Alex —se ríe al recordar con quién está hablando—. Yo me encargo de tus conejitos, no te preocupes.
Tamar regresa antes de que me dé cuenta, me coge de la mano y tira de mí.
—Vamos, Alex. Cada segundo que perdemos es un segundo más cerca del caos.
Xi me besa la coronilla, y en su mirada ya hay añoranza.
¿Acaso no ve que mi corazón intenta arrastrarse fuera de su cavidad para quedarse con él? ¿Acaso no entiende que yo también mataría a cualquier a por él?
Tamar me conduce afuera. Mi madre está de pie junto a su coche, con una bata de seda puesta. Lleva el antifaz que usa para dormir en la frente y corre hacia mí en cuanto me ve.
— ¡ Alex! —grita tomando mi rostro entre sus manos. Me examina de arriba abajo—. ¿Te encuentras bien, cariño?
—Estoy bien —asiento con firmeza—. Sube al coche.
La ayudo a entrar, y ni siquiera sé quién está conduciendo. Solo sé que ella me estrecha contra su pecho y que el latido de su corazón calma al mío. No sé a dónde vamos, pero sí sé que me agarra la mano, y eso es lo único que me importa ahora mismo.
La adrenalina desaparece a medida que nos alejamos de la casa, y el miedo empieza a asfixiarme. De pronto, tener a mi madre cerca es algo que no sabía cuánto necesitaba. Y cuando me pregunta qué ha pasado por décima vez en lo que va de noche… se lo cuento.
Llora conmigo cuando le hablo sobre el abuso al que su marido me sometió.
Veo la culpa en sus ojos cuando comprende la magnitud de todo lo que no vio.
Y cuando le digo que mi propio padre fue quién orquestó mi secuestro para limpiar su reputación y ganarse la simpatía del público, siento cómo se le rompe el corazón.
—Debería haberlo sabido —dice con voz rota.
—¿Cómo? —resoplo—. Se le daba genial infundirme miedo para que no se lo contara a nadie.
—Porque en una ocasión lo intentó conmigo. —Abro los ojos como platos mientras mi madre me acaricia la mejilla hinchada en la que mi padre me ha pegado la bofetada—. Se detuvo en cuanto lo amenacé con dejarlo y llevarme el dinero conmigo.
Pues claro. Toda la carrera de mi padre, joder, toda su vida, dependía de que mi madre fuera una multimillonaria de renombre.
—Pero llevabais casados mucho tiempo. Seguro que a día de hoy ya le correspondía una parte de la fortuna.
Ella resopla.
—No subestimes a tu madre, Alex. No soy tan tonta como para casarme con un hombre tan hambriento de poder sin firmar un acuerdo prenupcial.
Me quedo con la boca abierta. No conozco a mi madre, solo de lejos.
Soy una extraña para ella, igual que toda la gente que invita a sus fiestas al más estilo Gatsby.
Siempre la he visto como una esposa débil y mantenida.
Creía que, mientras alguien tomara las decisiones por ella para que pudiera limitarse a divertirse, no movería ni un dedo.
Pero es más lista de lo que pensaba. O, al menos, no es una completa idiota.
—Entonces, ¿por qué te quedaste con él? Lo tienes todo, no lo necesitabas.
Debe percibir la desesperación en mi voz, porque cierra los ojos con suavidad durante unos segundos.
—Al principio pensé que lo amaba. Después nos casamos, y lo que yo creía que era amor desapareció rápidamente.
Para aquel entonces estaba embarazada. La vida pasa volando cuando envejeces.
Pestañeas y tu bebé ya tiene dieciocho años y nunca llegaste a conocerla de verdad.
Estás con un hombre al que odias, pero no quieres convertirte en la horrible madre que rompió su familia.
—Me recorre el cuerpo con la mirada antes de volver a hablar—.
Por supuesto… no tenía ni idea. Debería haberlo sabido, pero no fue así porque… —Su voz se apaga y traga saliva.
—Nunca me quisiste, ¿verdad?
—Tu padre es un gran manipulador —admite—. En cuanto vio que mi amor se estaba apagando, no dejó de aferrarse a mí. Y, de pronto, tú estabas aquí.
Me recuesto y observo el techo del coche. Las lágrimas me resbalan por las mejillas por algo que llevo sabiendo toda mi vida.
—Alexandra —dice mi madre al poner su mano sobre la mía—, te quiero.
Tomo una bocanada de aire temblorosa, aunque me niego a volverme hacia ella cuando oigo que se le rompe la voz.
—No fui una buena madre para ti. Nunca quise ser madre, pero eso no cambia el hecho de que te quiero con todo mi corazón.
No espero que me perdones por no haber visto lo que pasaba justo delante de mis ojos, y mucho menos por el dolor que te he causado al no cuidarte como una madre debería hacerlo.
Pero no necesito tu perdón para empezar a reparar el daño que te he causado.
Sollozo y una sensación de alivio me invade. Lo único que siempre he querido es que me viera, que uno de mis padres me dijera que me quería. No estoy preparada para forjar un vínculo con ella, pero aceptaré lo que tiene para ofrecerme.
Me giro hacia ella y asiento. Sonríe entre lágrimas y le digo algo que nunca antes le había dicho.
—Mamá… —Me tiembla la barbilla, y la realidad de lo que he hecho me golpea—. Tengo miedo —consigo decir a pesar de la opresión que siento en la garganta.
—Ay, cariño —solloza—. Mamá está aquí.
Me tumbo en el coche, con la cabeza sobre su regazo y su mano acariciándome el pelo.
—Te quiero, Alex —dice entre sollozos—. Lo siento.
Por primera vez en mi vida, me siento a salvo en los brazos de mi madre. La adrenalina se desvanece y me quedo dormida antes de que lleguemos a nuestro destino.