Heartless Beloved (North Shore 2) 32 #3
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Me lanzo sobre él cuando levanta la mano para volver a pegarle. Le agarro la muñeca y lo detengo. Se vuelve hacia mí con el ceño fruncido mientras Alex gimotea de miedo.

—Señor Delacroix —digo con una calma mortal—. Péguele una vez y lo consideraré un error desafortunado. Póngale la mano encima de nuevo y prenderé fuego a la casa con usted dentro. —Me inclino un poco hacia él, pues es mucho más bajo que yo—. Y eso si me siento generoso.

Intenta zafarse de mi agarre, pero su fuerza no tiene comparación con la mía.

—Alex —ruge—. Te juro por Dios que más te vale quitarme a este delincuente de encima o si no…

—Le advierto —gruño— de que solo soporto cierto número de amenazas contra la vida de mi chica antes de volverme completamente loco. —Lo agarro por la corbata—. Bonita corbata. Sería una pena acabar colgado de ella.

Mientras observo cómo el sudor le corre por la frente, me doy cuenta de que, por primera vez desde que conozco a Alex, no intenta detenerme.

Defendió al imbécil de su ex cuando fue él quien la cagó, y siempre es la primera en decir que odia la violencia.

Sin embargo, ahora mismo me observa zarandear a su padre con los ojos como platos y en absoluto silencio.

Entonces es cuando la realidad me golpea.

La falta de autoestima, el miedo, el complacer a los demás, los infinitos «lo siento», los moratones…

Lo tenía interiorizado. Todo ello se lo inculcó su propio padre. El hombre que debía quererla de forma incondicional fue quien abusó de ella. Y a saber durante cuánto tiempo.

—Siéntese —le ordeno a su padre con un tono letal. Esta vez, le quito las esposas a Alex y se las pongo a él. Le doy el arma y la apunto hacia él—. Si se mueve, le disparas. —Me vuelvo para mirarlo—. Solo sigue vivo porque puede que todavía lo necesite.

Alex clava en mí sus ojos llorosos y, contra todo pronóstico…, asiente. Se sienta en el sillón opuesto y mantiene mi arma fija hacia el hombre al que realmente odia.

—Xi —me llama Tamar.

Me quedo mirando a Alex un par de segundos más, quien no aparta la vista de su padre y a la que le brilla la mirada con poder.

Regreso junto a mi amiga y ella niega con la cabeza.

—No hay nada —susurra para que él no nos oiga.

—¿Qué?

—Es un teléfono desechable, pero solo hay una conversación y… no es nada. Solo mensajes normales y corrientes.

Me inclino sobre ella y miro la pantalla.

Y cómo desearía que no fuera nada.

Leo en silencio, pues sé perfectamente de qué se trata.

Tamar suspira.

—Solo le pide a un marchante de arte un cuadro. A menos que ese cuadro sea robado, solo hablan del porcentaje que se llevará el vendedor. Vito Luciano no puede usar nada de esto en su contra.

—No es un cuadro —digo con voz ronca, sin poder creerme lo que veo.

—Sí lo es. Mira: «Recógelo después de la medianoche del 14 de febrero.

Estaremos de vacaciones por San Valent í n, así que encárgate de colarte en la casa».

—Murmura otras partes del mensaje—. Después, el tipo le pregunta cuánto debería pedir.

Delacroix le responde: «Dos coma cuatro millones, ni un centavo más.

Tú te llevas un millón». —Hace una pausa—.

Es una comisión bestial para un marchante de arte, ¿ eh?

Me paso la mano por la cara y me froto los ojos. No me puedo creer lo que estoy viendo.

—No es un cuadro —repito, y siento que el sudor me baja por la espalda.

He presenciado infinidad de cosas turbias en mi vida, pero esto… es algo que jamás me imaginé.

—Entonces, ¿qué es?

Mi voz apenas es audible porque me niego a creérmelo.

—Es Alex.

Mi mejor amiga aparta la mirada de la pantalla para mirarme.

—Estoy… confundida.

Me enderezo y siento que la habitación se inclina por el shock . Rodeo el escritorio y me coloco delante, con Tamar a mis espalda y nuestros rehenes frente a mí.

—Hijo de puta… Orquestaste el secuestro de tu propia hija.

Tamar suelta un grito ahogado a la vez que Alex se vuelve hacia mí, blanca como un fantasma.

—¿Qué?

Delacroix no dice nada.

—¿Papá?

—Ha perdido la cabeza —responde él con total naturalidad.

—¿Por qué haría algo así? —me pregunta Alex, completamente confundida.

—Por lástima, para que la gente hablara, para darle un empujón a su carrera… A saber qué cojones pretendía.

—No tiene sentido —interviene Tamar—. ¿Cómo sabes que pedir un cuadro en realidad significa «cuélate en mi casa y llévate a mi hija»?

—Porque fue a mí a quien contrató.

El silencio se alarga tanto que tengo que mirar a Tamar para asegurarme de que sigue viva. Mi mejor amiga me observa con los ojos como platos. Nunca le conté lo que había hecho.

—Por favor, dime que no te pasaste el día de San Valentín secuestrando a una niña…

—Tenía dieciocho años.

—… y luego empezaste a salir con ella.

—Nada de esto estaba planeado. En febrero significaba un millón de dólares para la NSC, pero, evidentemente, nueve meses después, significa otra cosa para mí.

—No… No puedo… Xi, tú no eres un secuestrador. —Arqueo una ceja. He secuestrado y torturado a muchos hombres, y ella lo sabe—. De gente inocente, quiero decir —aclara—. ¿En qué cojones estabas pensando?

—Estábamos desesperados.

—¿Quién estaba contigo? ¿Qué hiciste con el dinero?

—Logan, su hermano y Carreras. Nunca recibí el dinero porque la policía llegó a la casa. Ahora sé que fue Delacroix quien los envió, ya que estaba rastreando a su hija. El cabronazo nunca pretendió pagarnos, solo quería demostrarle al mundo que podía rescatarla. Quería publicidad.

Delacroix me mira y luego vuelve la vista hacia su hija.

—Está mintiendo —le dice, y la mentira se desliza entre sus dientes como una serpiente entre la hierba.

En un movimiento rápido, le quito el arma a Alex y la presiono contra la frente de su padre.

—No me llames mentiroso. He sido sincero con tu hija sobre mis errores. Es hora de que tú hagas lo mismo. Cuéntaselo.

—Papá —solloza Alex—. Por favor… No quiero que mueras. Dime la verdad.

Alterna la mirada entre su hija y yo, visiblemente aterrorizado.

—La opinión p ú blica decía que yo no era un hombre de familia, que era incapaz de amar. Pensaban que era frío contigo y con tu madre. Necesitaba ganarme su confianza, necesitaba demostrar que haría cualquier cosa por mi hija.

Cuando Alex vuelve a hablar, está justo a mi lado. Ya no llora, ya no tiembla.

—Entiendo —responde en voz baja y controlada—.

Así que enviaste a Xi y a su banda a secuestrarme y a retenerme por un rescate.

—Su tono hace que se me hiele la sangre.

Es la primera vez que la oigo hablar así.

Es como ese destello que he visto antes en sus ojos…

letal—. Me dejaste en una casa inmunda con un hombre peligroso que abusó de mí.

Permitiste que me torturara durante el tiempo suficiente para que la gente te viera llorar por tu hija.

Y solo entonces viniste a buscarme. Si la gente supiera cómo me « cuidaste» después de eso…

, que eras incapaz de mirarme, que me encerraste en la misma habitación de la que me secuestraron mientras sufría ataques de pánico por culpa de lo ocurrido aquella noche.

Dejaste que llorara hasta desmayarme, y no contrataste a una enfermera hasta que no entraste una mañana en mi habitación y pensaste que estaba muerta.

Dejaste que mi trauma empeorara, que se convirtiera en CPNE, que me muriera por dentro.

—¡Eres una puta que se corrió cuando su agresor le hizo dedos! —ruge—. ¡Esa no es mi hija!

La sorpresa me obliga a dar un paso atrás. Vio el vídeo entero.

—Sí —responde ella, casi con orgullo. Finge hacer un puchero y se junta las tetas con los brazos—. Se le da tan bien, papi.

—Zorra asquerosa. —Le escupe en los pies, y yo presiono el arma con más fuerza contra su frente.

—Repítelo y te hago lamer el suelo.

—Lo hará, papá —se ríe Alex, y es una risa helada—.

Xi es un hombre malo. —Ahora soy yo el blanco de su lengua afilada—.

Tú y tus amigos os tomasteis el papel muy en serio, ¿eh?

Vaya actorazos. Fingiendo que no sabíais en qué casa estabais, fingiendo que se trataba de un simple robo para que yo hiciera todo lo que me decíais.

Me humedezco los labios mientras me devano los sesos. ¿Qué está haciendo?

—¿Tengo razón? —insiste con los ojos entrecerrados.

—Sí —me limito a responder, atrapado por el poder que ejerce sobre todos nosotros.

—Vaya, vaya, lo que hay que ver. De menudos hombres estoy rodeada: por un lado, de un padre que ha abusado de mí desde que tengo uso de memoria y que lo único que me enseñó fue a esconder los moratones con maquillaje, y por el otro, de un novio que me ha mentido durante todo este tiempo sobre ser el hombre que me traumatizó.

Alex mira a Tamar, con esa preciosa sonrisita de nuevo en el rostro. Solo que es la más falsa del mundo.

—No es de extrañar que una mujer pierda la cabeza, ¿eh?

—Alex —digo con cautela—. ¿Estás bien?

Este comportamiento no es propio de ella. Está fuera de sí.

Hace una pausa antes de bufar.

—Pues claro que no estoy bien, joder.

Esta mujer me da miedo. Esta mujer suena poderosa y con el control de la situación. Es una nueva versión de Alex.

Creo que me encanta.

Mis pensamientos se ven interrumpidos por la carcajada que profiere su padre, una risa auténtica y man í aca.

—Pobrecito, ¿no ves lo que ha hecho?

Frunzo el ceño. Lo miro, y cuando vuelvo a mirar a Alex, la confusión se disipa. Me sonríe como lo haría el diablo a un alma pecadora que está a punto de arrebatar. Resulta inquietante y, joder, sexy de cojones.

—Ella orquestó lo de esta noche —continúa su padre sin parar de reír—. Estás hecha toda una zorra, Alex.

Y entonces lo entiendo.

Entiendo que mi preciosa novia me la ha jugado.

Lo he notado antes, en su habitación, pero no he confiado en mi instinto. No creía que mi dulce Alexandra fuera capaz de volverse contra todos nosotros.

«Podrías habértelo callado para siempre. Podría haberte amado hasta la muerte si simple mente te lo hubieras guardado».

—¿Desde cuándo lo sabes? —le pregunto con calma.