Heartless Beloved (North Shore 2) 32 #2
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32 #2

La primera embestida desplaza su cuerpo hacia arriba, deslizándose sobre el colchón mientras gime alrededor del arma.

Respira de forma agitada, el sudor le cubre la garganta.

Le acaricio los pezones duros con los dedos a través de la tela sedosa que los cubre.

Uno tras otro, la observo retorcerse y mover la pelvis para intentar darse placer con mi polla.

Permanezco inmóvil dentro de ella.

—Tu corazón me pertenece, nena, y a ti el mío. Desde el momento en el que volví a entrar en aquella casa en llamas. Yo mismo provoqué el incendio solo para salvarte de él. Es lo que haré una y otra vez, Alex. Te salvaré de los fuegos que yo empiece, te protegeré de todo.

¿Qué estoy diciendo? Se supone que esto es el final.

La saco y la embisto con fuerza. Ella gime, y yo empiezo a mover las caderas al mismo ritmo que el arma.

—Chúpala como si fuera mi polla, nena.

Y lo hace. Porque no hay nadie más en este mundo que encaje con mi tipo de locura como Alexandra Elisabeth Delacroix. Por cada movimiento inesperado, ella me lo devuelve multiplicado por diez, igualando mi demencia con su necesidad de oscuridad.

Observo cómo mueve la cabeza alrededor del arma, cómo la echa hacia atrás solo para rodearla con la lengua y volver a metérsela hasta el fondo.

—Joder —jadeo. Mis embestidas se vuelven despiadadas—. Eres la mujer más hermosa que he visto nunca.

Se la meto con más fuerza; le agarro las piernas y las coloco alrededor de mis caderas. Ella empuja contra mí y se mueve al mismo ritmo que yo. El corazón me va a mil, pero no por el sexo, sino por saber que esta será la última vez que la tendré así de cerca.

La última vez que puedo permitirme amar a Alex por completo y dejar que ella me ame a mí.

Empujó el arma un poco más.

—Traga —le ordeno con brusquedad.

Se le ilumina la mirada con lujuria y le pellizco uno de los pezones antes de aumentar el ritmo.

Se corre alrededor de mi polla mientras intenta tragarse el cañón de la pistola.

Su coño se aprieta a mi alrededor y me envía oleadas de placer por todo el cuerpo, lo que me hace explotar dentro de ella.

Se produce el silencio mientras ambos recuperamos el aliento. Después, le saco el arma de la boca. Quiero dejarme caer sobre su cuerpo tembloroso, quiero abrazarla y acariciarle el pelo.

Pero ella ya sabe a qué he venido.

—Supongo que ahora quieres que te lleve al despacho de mi padre —jadea.

Me aparto y recojo sus pantalones cortos para dárselos.

—Sí. Levántate —le ordeno con dureza al agarrarla del brazo para levantarla.

Se queja por la violencia del gesto; le fallan las rodillas cuando por fin logra mantenerse de pie. La agarro y la miro; cierra los ojos y respira hondo. Cuando los abre de nuevo, percibo en ellos algo que nunca antes había visto, aunque no logro identificar de qué se trata.

—No tienes corazón —susurra con voz áspera.

—Y, aun así, me amas. Dime en qué te convierte eso.

No lo niega, y ambos lo aceptamos como una verdad irracional pero franca.

—Vamos —digo con suavidad—. No hagas que esto sea más difícil para ninguno de los dos.

La ayudo a llegar hasta la puerta de su habitación, y una vez en el pasillo, ella me conduce por las escaleras; mi agarre alrededor de su brazo es firme pero suave.

Tamar nos está esperando en el piso de abajo. No es la clase de chica que suele acompañarme a cometer crímenes, pero esta noche me la traje por si necesitaba su ayuda para quebrantar la seguridad informática para conseguir lo que necesito.

Tamar mira a Alex y después a mí; su mirada de preocupación me obliga a ponerme serio.

—Alex —susurra—. ¿Estás bi…?

—Está bien —gruño a modo de respuesta.

Ahora mismo no hay tiempo para ponerse sentimentales.

Se cuela luz por debajo de la puerta del despacho de su padre, una línea recta que nos ilumina a los tres en la oscuridad de la casa.

—Está despierto —dice Alex, presa del pánico, retrocediendo contra mí.

—Eso no cambia nada.

La agarro por la nuca y la culpa amenaza con destrozarme por dentro. Estoy enamorado de esta mujer, pero, aun así, he sido la fuente de su dolor desde el momento en el que nos conocimos.

Apoyo el arma contra su sien.

—Xi —susurra Tamar—, ¿qué estás haciendo?

Me vuelvo hacia ella.

—Necesito que confíes en mí y que me hagas caso, Tam. —Después le susurro a Alex—: Solo hago esto para asustarlo. No te haré daño. Te lo juro por mi vida.

—Ya me has hecho daño, y no tiene arreglo. —Es lo único que responde.

Asimilo el dolor, consciente de que me lo merezco. Abro la puerta del despacho y vuelvo a poner la mano en la nuca de Alex. Respiro hondo cuando su padre levanta la cabeza del portátil.

—Senador Delacroix.

Todas las emociones que me recorrían el cuerpo hace apenas unos segundos, todo lo que Alex consigue hacerme sentir, desaparece. Soy frío como el hielo. Igual de muerto que las vidas que he arrebatado.

—¿Qué demonios es est…?

—Silencio —lo corto con dureza—. Sería una pena que su hija recibiera una bala en la cabeza solo para proteger su orgullo.

Tamar cierra la puerta del despacho detrás de mí mientras mantengo a Alex al frente.

Noto que tiembla, pero sé que no está llorando.

Joder, al final lo he conseguido: est á igual de muerta por dentro que yo.

Se ha tirado semanas intentando encender mi alma con su brillante luz, y, en lugar de eso, he apagado la llama que ardía dentro de ella. La he matado con mi propia oscuridad.

Qué ironía para alguien a quien acusan de ser un pirómano.

—Siéntese ahí, senador —digo, y señalo el sofá con la barbilla.

Empujo a Alex para que también se siente. Tamar cierra el despacho con llave y se la guarda.

—Voy a echar un vistazo. Vosotros dos no os mováis.

No me molesto en atar a Delacroix. Su teléfono está sobre el escritorio, así que no tiene a quien llamar ni a dónde ir. No es lo bastante fuerte como para enfrentarse a mí y, además, la vida de su hija está en juego. Así que estoy a salvo. Y Tamar no les quita el ojo de encima.

Me lleva menos de un minuto encontrar la caja fuerte oculta bajo el suelo de madera. He robado en suficientes casas como para saber dónde encontrar el dinero y los secretos.

—El código —digo sin rodeos.

No quiero estar aquí más tiempo del necesario. No por el riesgo de que nos pillen, sino porque no soporto la expresión de traición que le cruza el rostro a Alex. Cada vez que nuestras miradas se encuentran, se me parte el corazón.

Trago saliva con la garganta tensa y la paciencia agotándoseme a cada segundo que pasa.

—El puto código, senador —repito—. Antes de que le vuele los sesos a su hija. Limpiarlo es un fastidio, se lo aseguro.

La mirada que le lanza a su hija me cabrea. La culpa a ella en lugar de a mí. Culpa a la mujer que tiene las manos esposadas a la espalda en lugar de al hombre que sostiene el arma.

Agarro a Alex del pelo, lo que la hace gritar, la levanto del sofá y la obligo a ponerse de rodillas frente a su padre. Me tiemblan las manos al hacerlo, pero me obligo a calmarme para que Delacroix no lo note.

—El. Código. Ahora —escupo al presionar el arma contra su sien.

Se le ensanchan las aletas de la nariz.

—Así que tu novio, ¿eh? —dice dirigiéndose a Alex—. Ahora ya sabes por qué salía contigo.

El asco que percibo en su voz me revuelve el estómago.

—¿Lo sabías? —Suelta un grito ahogado.

—¿Que te veías con un delincuente de North Shore? Lo sé todo, Alexandra. La única estúpida que cree que puede ocultarme algo eres tú.

El cabronazo se atreve a mirar por encima del hombro a esta reina.

—¡El código! —ladro al mover el arma y apuntarlo a él a la frente—. Si la vida de su hija le importa una mierda, quizá valore un poco más la suya.

—2371A.

—Buen chico.

Me arrodillo junto a la caja fuerte y la abro. Dentro solo hay un teléfono desechable. Lo cojo, pero está bloqueado.

Este hombre solo lo usa para cosas que nadie quiere que sepa. ¿Asesinatos, quizá? Eso me sería útil.

—¿Qué hace eso ahí? —gruñe Delacroix.

No se le da mal hacerse el sorprendido.

—Venga, otra vez —resoplo—. La contraseña.

—No la tengo —responde al momento.

—No me toque los cojones.

—Ese teléfono… Ese teléfono ni siquiera debería estar ahí. Lo suele guardar mi guardia de seguridad, al igual que la contraseña. Por casos como este. Yo no puedo darte una contraseña que no conozco. No se queda por la noche. —Hace una pausa antes de añadir—: Parece que estamos atrapados.

—¿Me ve cara de ser un puto principiante? —gruño. Le paso el móvil a Tamar—. Date prisa.

Saca el portátil de la mochila y se sienta en el escritorio.

Me coloco detrás de ella y observo cómo trabaja mientras empieza a intentar tirar abajo la barrera de seguridad.

Ambos estamos concentrados en la pantalla cuando el sonido de una bofetada y el gimoteo de Alex hacen que los dedos de Tamar se queden inmóviles sobre el teclado.

Levanto la vista y veo a Alex en el suelo, con la mejilla roja y los ojos llenos de lágrimas.

—Me das asco —escupe su padre con rabia, de pie frente a ella.

Sabía que yo estaba a salvo de él, pero no me había dado cuenta de que era Alex quien no lo estaba.

—Lo siento —solloza ella cuando él se le acerca.

Se encoge sobre sí misma para intentar hacerse más pequeña.

—Tus errores se van a cargar mi carrera, Alexandra. Si él no te pega un tiro, te mataré yo mismo. He invertido tanto tiempo en ti, ¿y todo para qué? ¿Para que te conviertas en la mayor decepción de mi vida? No te conviene averiguar lo que pasa cuando dejas de serme útil.

Tengo que estar alucinando ahora mismo.

—Papá…, lo siento…

—Te follaste a un tío que se va a cargar todo por lo que he trabajado.

Dejaste que te utilizara, que te tomara por tonta.

¿De verdad creías que alguien podría quererte?

¿A ti? —ladra—. ¡Veo cómo te resbala su semen por la pierna!

A las chicas que no saben comportarse como señoritas se las manda con las putas, Alexandra.

¿Es eso lo que quieres? ¿Que te eche de casa y te mande con mis amigos para que te enseñen lo que es que te usen como una zorra?