Heartless Beloved (North Shore 2) 32
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XI

Young, In Love & Depressed Af Call Me Karizma

—¿Por qué? —solloza.

Sus lágrimas deberían romperme el corazón, pero ya lo tengo hecho añicos por la muerte de mi mejor amiga.

Le di muchas vueltas antes de venir a casa de Alex esta noche, aunque al final llegué a dos conclusiones: si ella me hubiera advertido sobre la amenaza de los hermanos, habría estado más atento, me habría cubierto las espaldas, habría sido más consciente de que iban a por las personas a las que quiero.

Y la segunda cosa sobre la que me di cuenta fue que lo mío con Alex nunca estuvo destinado a durar.

No solo somos diferentes, sino que vivimos en realidades completamente opuestas.

No puedo seguir con las mentiras. No puedo seguir viviendo preocupado por las repercusiones que mis actos puedan tener en su bienestar. No hay forma de proteger a Alex si está conmigo. Siempre estará en peligro.

Ella quiere que deje atrás una vida que me hace ser quien soy.

Brutal y letal. Una vida en la que las personas que me importan podrían desaparecer al día siguiente.

La venganza nunca se detiene, la violencia no tiene fin.

Fue bonito soñar durante un tiempo con aquello que podría cambiar, pero todo sueño debe acabar cuando se convierte en una pesadilla.

Tienes que obligarte a despertar y enfrentarte a lo que la vida es en realidad: un juego de supervivencia.

Y por ese mismo motivo, estoy a punto de explicarle todo eso cuando vuelve a hablar y sus palabras me toman por sorpresa.

—¿Por qué me lo cuentas? —Su voz temblorosa me sacude el pecho y me retuerce el corazón—. Podrías habértelo callado para siempre. Podría haberte amado hasta la muerte si simplemente te lo hubieras guardado.

—¿Y después de la muerte qué, nena?, ¿cuando no nos quede otra opción que quitarnos las máscaras y revelar nuestros secretos?

Ella ignora mi pregunta y niega con la cabeza mientras solloza. Se le arruga la nariz, y es la cosa más adorable que existe, joder.

—¿Y entonces qué? —insisto—. Tienes que saber con quién te las estás viendo antes de que te arrastre al infierno conmigo.

—El único que va a ir al infierno eres tú —escupe.

Le sonrío con dulzura. Para tratarse de alguien que siempre ha querido verme sonreír, sé que ahora no encuentran ninguna clase de consuelo en ello.

—El cielo está sobrevalorado, pastelito. Lo odiarías. —Uso el arma para limpiarle las lágrimas y observo cómo se estremece—. Te lo cuento porque debes saber quién soy. Si eliges amarme después de eso, es cosa tuya. Tú solita te pones en peligro. La vida está hecha de elecciones, ¿no?

Sus preciosos ojos color avellana parpadean al mirarme.

—Eso a mí no me lo digas —susurra—. Nadie podría amarte sabiendo lo que has hecho.

Por extraño que parezca, percibo más culpa que sorpresa en su voz. Casi como… si me hubiera amado aun sabiendo lo que he hecho.

Me inclino hacia ella, asegurándome de que estamos frente a frente.

—Lo sé, Elisabeth. De eso se trata. Seguiremos adelante cada uno por su lado, volveremos a nuestras vidas de antes de empezar a salir. Apaga ese amor, nena.

Me tiré siete meses intentando sacarme de la cabeza a Alexandra Delacroix.

Siete meses obligándome a no ponerme en contacto con ella, a no volver nunca a la escena el crimen, a no intentar entrar en su vida.

¿Y si contactaba con ella y acudía a la policía?

No podía actuar dejándome llevar por mi obsesión de aquella noche ni correr hacia ella para hablarle de la poderosa conexión que sentía entre nosotros.

Pero entonces entró en aquella tienda, viniendo directa hacia mí como un regalo divino.

Cuando no me reconoció, supe que no la volvería a dejar ir nunca más.

Hasta que comprendí que al estar conmigo ponía en riesgo su vida todos los días.

Deslizo el arma por su pecho. Se mueve con facilidad sobre la camisola de seda que lleva puesta. La hago desaparecer debajo de las sábanas hasta presionarla contra la tela que le cubre el coño.

Ella jadea, y el sonido es precioso.

—Estuve a punto de decírtelo varias veces. Quería que supieras quién era en realidad. Quería que me amaras a pesar de ello. Hacer lo correcto. —La miro fijamente a los ojos—. Pero ya no hay vuelta atrás… —Hago una pausa, sin saber muy bien qué espero de ella. Tal vez que me contradiga—. ¿Verdad?

Permanece en silencio, guardándose sus pensamientos, casi como si me estuviera castigando, y no por haber cometido lo imperdonable, sino por haberlo dicho en voz alta.

Presiono el cañón con más fuerza.

—No —gimotea.

—Me temo que tengo malas noticias para ti, Elisabeth.

—Deja de llamarme así —gruñe antes de intentar apartarse del arma.

—Pero así es como te llamó él, ¿no? Tu secuestrador.

Niega con la cabeza y cierra los ojos con fuerza, como si quisiera ignorar la verdad: que el hombre que la recompuso es el mismo que la rompió.

Que soy su secuestrador y su salvador.

La persona a la que más teme fue quien la protegió.

Su espejismo de seguridad se ha hecho añicos.

Froto la pistola entre sus piernas y observó cómo se muerde el labio inferior, intentado reprimir un gemido suave.

—Conozco tu secreto, Elisabeth. Conozco tu cuerpo.

Lo conocía cuando te saqué de tu casa y te obligué a correrte en contra de tu voluntad.

Lo conocía cuando te llevé de vuelta a la seguridad de tu habitación aquella noche después de la fiesta.

Lo conocía cuando te até con mi cinturón.

¿Cómo pretendías que me mantuviera alejado de ti cuando era plenamente consciente de nuestra compatibilidad, incluso cuando tú ni siquiera sabías quién era yo?

Te encanta que te degraden. Te encanta que te humillen y que te obliguen a llevar a cabo actos denigrantes.

Y , joder, nena, cómo me pone degradarte.

Aparto el arma de su sexo y uso la otra mano para arrancarle los pantalones cortos. Grita cuando le agarro las caderas y la muevo para que quede tumbada justo delante de mí, con el culo pegado al borde de la cama.

—¿Debería comprobar lo mojada que estás?

Ella niega con la cabeza y tira de las esposas, que ahora quedan aplastadas entre su espalda y el colchón.

—¿Para qué me lo preguntas? —me escupe—. Creía que tú nunca pedías permiso.

—Nunca te lo pido porque sé que eso es lo que te gusta.

—Sin bajar el arma, que ahora le apunta a la cabeza, le separo las piernas y coloco una rodilla entre ellas en el borde de la cama—.

Me odiarías si no te llevara hasta el límite, nena.

—Su coño queda abierto ante mí cuando presiono el pulgar contra su clítoris.

Se estremece y se le acelera la respiración—.

Me mandarías a paseo, como hiciste con tu ex.

Ese chico no podía darte lo que anhelabas. Me necesitabas a mí para eso.

—Anhelo esas cosas porque fuiste tú quien me rompió de primeras —dice entre dientes.

Sin dudarlo, le pego un manotazo en el coño con fuerza. Grita y presiono la pistola contra su frente.

—Las mentiras se castigan. Las mentiras nos rompieron.

Las tuyas y las mías. Ahora afronta la puta verdad.

Ya eras así antes de conocerme. Puede que aquella noche te cambiara, puede que te demostrara lo que necesitabas, pero tus sucias fantasías empezaron antes de que te secuestrara.

—Uso la punta del dedo corazón para extender su humedad. Está empapada—. ¿Me equivoco?

Lo introduzco lentamente, hasta que no puede seguir conteniendo el gemido.

—No —susurra.

—Muy bien. Ahora quédate callada mientras te follo como la puta que eres. Después nos ocuparemos del resto.

—Xi… —jadea cuando introduzco un segundo dedo. Levanta la cabeza a pesar de que le estoy apuntando con una puta pistola. Le brillan los ojos con fuego y muerte—. Hemos terminado —masculla entre dientes—. Que te jodan.

Lo único que hago es sonreír a modo de respuesta. Mi preciosa princesa por fin está enseñando los dientes. A mi bonita flor le han salido espinas, y no podría estar más satisfecho.

—Estoy muy orgulloso de ti —le digo con dulzura. Sin embargo, lentamente, arrastro el arma desde su frente por sus mejillas húmedas hasta llegar a sus labios apretados—. Ahora pídele perdón a tu dueño por faltarle al respeto.

Puedo leer el rotundo «vete a la mierda » en su expresión, pero no puede decirlo, ya que se arriesga a que deslice el cañón del arma dentro de su boca.

Curvo los dedos en su interior y le presiono el punto G mientras me muevo dentro y fuera de ella. Se le escapa un pequeño gemido que por fin me da acceso a su boca y le meto la pistola de forma gradual. El miedo es más que evidente en su rostro, incluso cuando entrecierra los ojos con odio.

Gime en cuanto acelero los movimientos, embistiendo los dedos con brusquedad y haciendo que le tiemblen los mulos.

—Pídeme perdón, nena. Sé una buena mascotita y suplícale perdón a tu dueño.

Solo le lleva un par de segundos gemir un «perdón» con fuerza mientras se le ponen los ojos en blanco. Le cubro el coño con la mano y muevo la pistola para obligarla a chuparla.

—¿De quién es esto, Alex? —gruño al rozar su entrada con la punta de los dedos.

—Tuyo —masculla alrededor del cañón.

—Eres toda mía, nena. ¿Verdad?

Asiente, y mientras me oye desabrocharme el pantalón, se frota contra mi mano.

—Por favor… —El sonido ahogado es música para mis oídos.

Sé que se acabó, sé que ya no queda nada de nosotros…, pero ¿cómo voy a ser capaz de aceptarlo cuando todo su ser encaja con el mío como si estuviéramos hechos el uno para el otro? Todo en ella me pertenece.

—Tu cuerpo es mío —gruño al presionar la punta de mi polla contra su entrada.

Ella asiente y cierra los ojos cuando empiezo a metérsela—.

Tu alma es mía. Desde el momento en el que te saqué de esta misma cama, pasaste a ser mía.

—Me deslizo dentro de ella despacio, su humedad me da la bienvenida y su cuerpo se estremece debajo del mío—.

Fuiste mía cuanto te corriste en la mano de tu secuestrador.