31
ALEXANDRA
i hope ur miserable until ur dead Nessa Barrett
Doy vueltas en la cama, medio dormida. No soy consciente de la hora que es, solo sé que llevo en este estado muchas horas.
Primero no podía dormir porque estaba preocupada por Xi.
No dejaba de pensar en que le había pasado algo terrible.
No me ha devuelto ninguna de las llamadas ni ha respondido a mis mensajes, y no hay nada que pueda hacer.
Cuando finalmente acepté que me tocaría esperar hasta mañana, mi cuerpo estaba demasiado ansioso como para conciliar el sueño.
No había pensado en lo mucho que me afectaría volver a mi antigua habitación.
Después de mi cumpleaños, me pasé incontables noches con los ojos abiertos, a la espera de que alguien entrara en cualquier momento.
Pensaba que, si no habían atrapado a mi secuestrador, volvería a por mí para terminar el trabajo.
Mi único consuelo era pensar en que, como no le había visto la cara ni a él ni a sus cómplices, no me consideraban una amenaza.
Aun así, me sentía aterrorizada y permanecía despierta a causa de las convulsiones. Mis padres incluso contrataron a una enfermera privada para que durmiera en la habitación de al lado para cuidarme. ¿ Porque para qué encargarse ellos mismos?
Papá me confinó en mi habitación durante semanas porque le daba miedo que hiciera algo socialmente inaceptable si me dejaba salir, lo que no hizo más que empeorarlo. Este lugar se convirtió en mi prisión y, a mayores, era incapaz de sacármelo a él de la cabeza.
¿Por qué no conseguía odiarlo por l as razones correctas? Me secuestró, me violó y me traumatizó para siempre.
En cambio, lo odiaba porque despertó mis deseos dormidos. Hizo que mis sucios secretos cobraran vida. Me hizo odiarme por el despertar al que me sometió. Me cambió para siempre, y supe que nadie volvería a hacerme sentir como ese hombre lo había hecho.
Excepto Xi.
El loco que decidió por sí solo que lo nuestro era para siempre y que yo no tenía ni voz ni voto en ello. Tener a alguien que se obsesionara locamente conmigo… ¿No era eso lo que había estado buscando?
Que Xi no haya aparecido esta noche me provoca cierta decepción.
Lo había organizado todo, pero al final me quedo dormida sabiendo que mañana podré estar a su lado.
Que él me mantiene a salvo. Que su amor es lo que me mantiene fuerte ahora mismo, y que una noche aquí sola no significa nada cuando en cuestión de horas me encontraré a salvo de nuevo entre sus brazos.
Nada en específico me despierta. Probablemente se trate del mismo miedo y ansiedad que me impidieron quedarme dormida de primeras.
No hay ni un solo ruido ni un movimiento. Nada me toca.
Y, aun así, en cuanto abro los ojos con dificultad por el sueño que tengo, suelto un grito ahogado al ver una alta figura a los pies de mi cama.
Se me hiela la sangre cuando me incorporo de golpe y me pego al carísimo cabecero acolchado de la cama. Solo que no grito, porque, en el fondo, lo reconozco.
Xi está de pie, observándome. Ahora duermo con una lucecita encendida y su cálido resplandor ilumina su cuerpo.
Se me revuelve el estómago cuando lo miro.
Lleva un traje negro, las manos dentro de los bolsillos del pantalón. Tiene la chaqueta rota a la altura de los hombros, como si fuera demasiado pequeña y hubiera hecho un movimiento brusco con los brazos. Lleva la corbata desanudada, colgando sobre una camisa blanca de botones cubierta de sangre.
«Cubierta. De. Sangre».
Está empapada.
Está sangrando, y eso es lo único que me preocupa ahora mismo.
—Madre mía, Xi —susurro, presa del pánico.
Mi instinto es apartar el edredón y sacar las piernas de la cama para correr hacia él. Pero en el momento en que agarro las sábanas, su voz ronca llega a mis oídos.
—No te muevas. —Es un susurro bajo y amenazante, de esos que me frenan al instante.
Nunca lo había escuchado así. A ver, está claro que Xi es un chico malhumorado que nunca te regala una sonrisa y al que todo el mundo lo saca de quicio.
Pero yo no.
Soy especial, lo s é . Es lo que me hizo enamorarme de él: la forma en la que siempre se ha portado de manera diferente conmigo, el esfuerzo, la protección que me ha brindado…, incluso esas veces en las que me protege de sí mismo.
—¿E-estás bien? Estás sangrando —susurro con preocupación.
—No es mi sangre.
—¿De quién es? —grito.
—¿Por qué no me contaste que los hermanos te amenazaron?
El silencio cae sobre nosotros, y lo único que lo rompe es mi intento de tragarme la arena que tengo en la garganta. Después de dejarlo, consideré que la amenaza de Ethan y Elliot no tenía mayor importancia, pero no había vuelto a acordarme de ella desde que volvimos.
Su figura amenazante camina lentamente hasta mi cama, acercándose más a mí. Ahora la ventana queda a sus espaldas, y la luz de la luna proyecta sombras en su rostro. Un escalofrío me recorre el cuerpo; la escena es bastante similar a la de la noche de mi cumpleaños.
—¿Podemos encender la luz? —murmuro—. No… No estoy cómoda.
—¿Por. Qué. No. Me. Lo. Dijiste? —repite entre dientes.
—Porque nunca se negocia con terroristas —respondo con una seguridad que no sabía que tenía—.
Si algo sé, es que no se cede ante las amenazas.
Si te lo hubiera contado, habrías hecho algo al respecto, y no quería que corrieras peligro.
Hablaron conmigo, y yo tomé la decisión de que no llegarían a nosotros. Además, ¿qué es lo que quieren?
Ignora mi pregunta y se inclina sobre mí, apoyando una mano en el colchón junto a mi cadera. Bajo la mirada hasta ella y luego la subo de nuevo a su rostro.
—¿Creías que no llegarían a nosotros? —se burla.
Trago saliva y asiento, pero empiezo a ser consciente de que debí de equivocarme con mi decisión—.
Claro que no llegarán hasta ti, pastelito.
Vives en tu precioso castillo y tenías a tu caballero de North Shore protegiéndote.
Nunca llegarían hasta ti porque tu papi te protegería, construiría un fuerte con montones de billetes si fuera necesario.
—Para —le pido con voz ronca. Se me llenan los ojos de lágrimas, pero intento tragármelas—. Habla conmigo y dime qué ha pasado. Aceptaré mis errores y lo arreglaré, pero no levantes un muro entre nosotros.
Desliza la otra mano bajo la sábana y me rodea el muslo.
—No llegaron hasta ti, Alex. Pero sí hasta nosotros .
En un movimiento brusco, tira de mi pierna hacia abajo hasta dejarme tumbada de espaldas, jadeando por la violencia del gesto.
Me agarra de las muñecas antes de que pueda reaccionar y me las coloca encima de la cabeza mientras me retuerzo.
—Xi —gimoteo, su agarre es doloroso.
Se lleva la mano al bolsillo trasero y abro los ojos de par en par cuando veo brillar el metal a la luz de la luna.
Grito cuando me coloca la primera esposa alrededor de la muñeca.
Me agarra el otro brazo con brusquedad y me obliga a flexionarlo.
El miedo me invade cuando siento cómo desliza la segunda esposa alrededor de mi otra muñeca.
El metal me hace daño al pellizcarme la piel.
En cuanto me suelta, me incorporo y pego de nuevo la espalda al cabecero.
Tengo las muñecas esposadas a la espalda, y una oleada de náuseas me invade.
—Nosotros —repite—. ¿Sabes? La gente que no tiene dinero para protegerse.
—Para —sollozo—. Deja de pensar que nunca nadie llegó hasta mí. No es verdad, Xi. Quítame esto. No quiero… Me va a dar algo —jadeo—. Con lo que me ocurrió aquí…
—Ah —me interrumpe con frialdad—. Sí, eso .
El silencio regresa, marcado únicamente por los latidos de mi corazón. Me martillea en la cabeza, a punto de explotar.
—Me estás asustando —admito en un susurro apenas audible.
La cabeza me da vueltas mientras intento entender por qué me está haciendo esto.
—No es sano ocultarle la verdad a tu pareja. —Apoya una rodilla en el colchón y se acerca más a mí. El olor a sangre de su camisa me provoca arcadas—. Ahora que sé lo que me estabas ocultando, creo que ya es hora de que pongamos todas las cartas sobre la mesa.
Mi mirada preocupada recorre su cuerpo de arriba abajo. El corazón me golpea las costillas al intentar escapar de mi pecho, a la espera del veredicto que decidirá mi destino.
—He intentado contártelo, nena. Te lo prometo.
Pero nunca encontraba el momento adecuado.
Me daba demasiado miedo perderte. —Me pasa los nudillos por la mejilla y me aparta unos mechones de pelo del rostro—.
Estás preciosa cuando tienes miedo. Esos ojos…
no pueden ocultarme nada. Así fue cómo supe que podía llevarte al límite la primera vez.
La sonrisa torcida que aparece en su rostro me resulta aterradora. No fui hecha para ver esta faceta de Xi. La reserva para sus enemigos, y yo no soy lo suficientemente fuerte como para enfrentarme a él.
—Para —suplico—. Por favor…, tengo miedo.
Mi voz temblorosa es una mezcla de terror y confusión. Me estrujo el cerebro para intentar comprender qué ha tenido que pasar esta noche como para que haya tomado la decisión de destruirnos.
—¿Por qué crees que me enamoré de ti tan rápido?
—dice en voz baja, y su aliento cálido me acaricia las mejillas.
Las tengo congeladas porque la sangre ha abandonado mi rostro—.
Ya estaba consumido por ti. Desde el momento en el que nos conocimos, Alex, me tenías en la palma de tu mano.
Intenté olvidarte, intenté dejarte en paz.
Siete meses… ¿Sabes lo largos que se hacen cuando estás completamente obsesionado con alguien?
Y entonces apareciste en North Shore aquel día, entraste en esa tienda…
y el destino quiso que volviéramos a encontrarnos. Estoy seguro.
Estoy temblando de miedo; mi cuerpo sabe que esto va mucho más allá de un simple susto. Gimoteo cuando las lágrimas empiezan a caerme por las mejillas.
—¿Cómo crees que supe que te gustaba que te degradaran cuando apenas nos conocíamos? Una chica tan lista como tú debería haberse pispado de que eso tenía que significar que ya te conocía de antes.
Niego con la cabeza y cierro los ojos con todas mis fuerzas.
—Dios, cómo me gusta tenerte otra vez en esta posición. Lo echaba mucho de menos. El miedo real.
No. Esto no está pasando.
—Abre los ojos, nena —dice mientras me seca las lágrimas con el pulgar.
Parpadeo y abro los ojos en cuanto siento que levanta la rodilla de la cama.
—¿Cómo es que nunca me reconociste, Elisabeth?
Un gemido incontrolable se me escapa, y cuando saca una pistola de la parte trasera de sus vaqueros, abro la boca para pedir ayuda. Se lleva un dedo a los labios antes de presionarme el arma contra la frente, y sus palabras susurradas son igual de tranquilas que el mar en un día hermoso.
—No grites.
Está exactamente en la misma posición que aquella fatídica noche, solo que ahora por fin veo a mi agresor con claridad.
Es el rostro del hombre al que amo.