Heartless Beloved (North Shore 2) 30 #2
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—Zara —empiezo—. La han apuñalado… Ella… —Se le cierran los ojos de nuevo—. No. No, no, no. Emma, date prisa, se está…

Siento el instante exacto en el que todo termina. Se le abre la boca ligeramente y exhala una última bocanada de aire, como si su alma estuviera abandonando su cuerpo.

Un segundo después, la expresión de preocupación y dolor que marcaba su rostro desaparece a la vez que todo su cuerpo se relaja.

—¿Xi? —pregunta Emma. Oigo que arranca el coche.

Pero se me cae el móvil al suelo con un estrépito que apenas escucho mientras abrazo a mi mejor amiga y la aprieto contra mí.

— ¡ No! —grito. La sostengo entre mis brazos y un temblor se apodera de mí—. Zara… Zara, cariño, háblame.

Sé que no lo hará.

Sé que se ha ido.

Y sé que el último recuerdo que tendré de ella será la decepción que oí en su voz cuando le dije que ya no protegería a la NSC.

Le beso la coronilla una y otra vez, su sangre me empapa la camisa y su cuerpo me pesa entre los brazos.

Un grito atraviesa el aire y se me tensan los músculos. Emma ha debido de llamar a Tamar, dado que estamos al lado de su casa.

—¡Zara! —Cae de rodillas junto a nosotros, con las manos a ambos lados del cuerpo, sin atreverse a tocarla, como si tuviera miedo de hacerle daño—. Voy a llamar a una ambulancia —dice, presa del pánico.

Es algo que nunca hacemos en North Shore, ya que no podemos permitírnoslo y no queremos responder ante nuestros crímenes. No nos gusta sumar cifras a los datos de violencia entre bandas que tanto les gusta usar contra nosotros.

Sin dejar de abrazar a Zara, pongo una mano sobre el móvil de Tamar y niego con la cabeza.

—Es demasiado tarde —le digo con voz ronca. Tengo la garganta tan cerrada que apenas puedo respirar.

Siento una presión en el pecho al apretar su cuerpo contra el mío. El peso de la culpa, el dolor, el corazón roto… algo. Me doy cuenta de que me balanceo hacia delante y hacia atrás, como si la estuviera arrullando para que duerma.

Un lamento desgarrador brota de Tamar antes de abrazarnos. No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Los tres mejores amigos de la infancia que no se separaron ni un solo día. El insoportable trío que siempre se mantuvo en el lado equivocado de la ley.

Cuando llega Emma, Tamar y yo estamos sentados un poco más lejos. Dejamos a Zara en el suelo y la tapamos con mi chaqueta. Sostengo a mi otra amiga entre mis brazos mientras llora contra mi hombro. Sus lágrimas no se acaban nunca, y cada una de ellas añade más peso sobre mí.

La líder de la NSC echa un vistazo a su alrededor antes de clavar la mirada en el cuerpo sin vida de Zara. Está cubierta de sangre y tiñe la acera de un charco carmesí, una mancha que permanecerá durante meses.

A lo lejos, los truenos rugen, como si Dios hubiera oído nuestro dolor. No es tan fuerte como el grito que se me quedó atrapado en la garganta en el momento en que escuché el último aliento de mi mejor amiga. Todavía lo oigo resonar en mi cabeza, prisionero dentro de mi cuerpo.

Emma se permite estar triste durante un total de dos segundos. Veo cómo mira a Zara, con labios temblorosos, antes de que su mirada se endurezca de nuevo cuando vuelve a mirarnos. Esta mujer es despiadada.

—¿Quién?

—Los hermanos —murmuro.

Le doy un empujoncito a Tamar, me levanto y la ayudo a hacer lo mismo. Se agarra a mí mientras camino hacia Emma, evitando mirar a Zara.

—¿Qué querían? —pregunta Emma, ya que siempre hay un motivo detrás de un asesinato.

—Lo mismo que siguen pidiendo.

Emma se enrolla un mechón de pelo alrededor del dedo y luego lo suelta.

—No se lo vas a dar —me ordena—. Te odian. En cuanto tengan la información, te matarán.

—No pensaba hacerlo —respondo de mala manera.

El cuerpo de Tamar tiembla contra el mío cuando se le escapa otro sollozo.

—Ya hablaremos de esto —concluye Emma—. Idos a casa los dos. Haré una llamada anónima a la policía.

—¡No puedo dejarla aquí! —grita Tamar—. Y menos para que la encuentre esa chusma. ¿Te has vuelto loca?

—Alguien tiene que decírselo a su madre antes de que lo haga la poli —añado.

—Yo me quedaré y vigilaré desde lejos para asegurarme de que se encarguen de ella —resopla Emma, pensándoselo mejor—.

Tamar, ve a contárselo a su madre. Xi, acompáñala y deshazte de todas las drogas que tenga guardadas en su habitación.

La poli querrá revisar su casa en algún momento para poder decir que fue un intercambio que acabó en tragedia.

No queremos meter a su madre en problemas.

—Quiero ir a por los hermanos.

—Ahora no —dice Emma con una mirada seria—. La venganza tendrá que esperar. Te conocen. Saben lo volátil que eres y esperarán que ataques de inmediato.

—Me suda los cojones lo que esperen —le espeto. Echo a andar hacia ella y dejo a Tamar atrás llorando—. Los Kings vienen a nuestro territorio a matar a nuestra gente. Así no funcionan las cosas, joder.

—Creía que querías largarte —se burla.

—Quería convertir este barrio en un lugar mejor, quería acabar con las constantes masacres sangrientas.

Ella resopla y ladea la cabeza.

—Esas palabras no son tuyas, Xi. No son tus pensamientos. Son las palabras de una niña pija de Stoneview que no tiene ni idea de cómo funcionan las cosas aquí y que te ha llenado la cabeza de sueños bonitos de unicornios y arcoíris.

Se me ensanchan las fosas nasales cuando la realidad me golpea.

—No cambias la forma en la que funcionan las calles, te adaptas. Y si no puedes…, la gente muere. Los Luciano eran una solución, pero la rechazaste. —Clava la mirada en Zara—. Las acciones tienen consecuencias.

El peso de la culpa casi me hace caer de rodillas. Le he fallado a mis amigos, a mi familia, a la NSC. Y todo por los preciosos ojos de Alexandra Delacroix y su capacidad de ver la bondad en todo el mundo.

Fue un error.

—Quiero pelear en la Jaula de Muerte contra uno de los hermanos.

La Jaula de la Muerte ha decidido el destino de North Shore durante años. Un oponente de cada banda, una jaula, solo uno sale con vida. Quien gana esa pelea, gana North Shore. Hace tres años tuvo lugar una, y esa noche perdimos nuestra ciudad frente a los Kings.

Es hora de pelear de nuevo en la Jaula de la Muerte. Quiero asesinar a uno de los hermanos mientras toda su banda me observa.

—No te lo permitirán, es demasiado peligroso.

—Su negativa es categórica, como cada vez que se lo he pedido.

De todas formas, los hermanos siempre se niegan.

Son unos putos cobardes—. Incluso aunque consiga convencer a Kayla King de aceptar una pelea, no puedo obligarla a enviar a Ethan o a Elliot.

Lo más probable es que escoja a su mejor luchador, y entonces podrías acabar muerto. —Respira hondo—. No.

Sin querer oír nada más, miro a Zara una última vez y siento que el corazón se me rompe en mil pedazos.

—Pagaremos su funeral entre todos. No quiero que su madre se gaste ni un solo centavo en él —le advierto a Emma—. Quiero que todos los putos miembros de la NSC aporten algo.

—Hecho —responde en voz baja. Ella también mira a Zara de nuevo—. Coge tu chaqueta, no queremos que la poli la encuentre aquí.

Lo hago. Y después le paso el brazo a Tamar por los hombros y la conduzco hasta mi camioneta.

Nos pasamos horas en casa de Zara. La primera consiste en soportar la retahíla de insultos que profiere su madre.

Después de los gritos de horror y de un dolor que me parte el alma, me llama de todas las formas posibles en árabe, pero «asesino» es la que más me destroza.

Me lo trago todo mientras Tamar intenta calmarla.

«Si no la hubieras arrastrado a esto».

«Tú la convertiste en una criminal. La convertiste en un objetivo».

«Le advertí durante años que tuviera cuidado contigo».

«Mira lo que le has hecho».

Es todo cierto.

La madre de Zara tiene razón. Nuestras madres eran mejores amigas, por lo que nosotros también nos hicimos amigos.

Los tres niños magrebís de nuestra comunidad.

Hasta que entr é en la NSC y arrastré a las chicas conmigo.

Dinero fácil, independencia, libertad. Eso fue lo que nos prometieron. Eso fue por lo que sacrificamos todo.

Me dirijo a la habitación de Zara en busca de cualquier escondite que pudiera tener.

Pero mi mejor amiga es más lista que el hambre, por lo que sé que nunca guardaría nada aquí si eso significaba poner en peligro a su madre.

Me dejo caer en el suelo y me deslizo bajo su cama para coger la llave de su apartado de correos.

Cuando por fin regreso al salón, mi madre está aquí, sirviendo té de menta marroquí en un vaso pequeño para Jamila.

Deja la tetera sobre la mesa y se acerca lentamente a mí.

Su bofetada es lo bastante fuerte como para girarme la cabeza.

Me vuelvo hacia su figura menuda, y sus ojos oscuros lo dicen todo.

Niega despacio con la cabeza, llena de decepción.

— Weldi. — « Hijo mío » . Giro la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada porque sé que está a punto de soltarme unas palabras que acabarán conmigo—. Si tu padre pudiera verte… —me dice en árabe—. Espero que Dios te perdone por tus pecados, Ziad.

Me paso una mano por el rostro y asiento. No hay nada que decir, solo dolor que sentir.

Nos quedamos con Jamila hasta que llega la policía y le confirma por segunda vez que su única hija ha muerto. Su marido tampoco está vivo. Yo tuve que esconderme en la habitación porque estaba cubierto de la sangre de Zara.

Al final de la noche, no queda nada del buen hombre en el que Alex intentó convertirme. Ni siquiera recuerdo que me he perdido esa estúpida cena de cumpleaños hasta que cojo mi móvil y veo sus llamadas perdidas y un mensaje preguntándome si estoy bien.

Pero no respondo.

La persona que ella conocía ya no existe.

Solo quedan la rabia y la tristeza. La furia y la culpa. Lo siento todo.

Es hora de que Alex conozca a mi verdadero yo de una vez por todas.