29
ALEXANDRA
From Hell With Love Ryan Caraveo
Sonrío al recordar la conversación que tuvimos Xi y yo al volver a Xi Ep.
La forma en la que se abrió conmigo y me explicó con todo lujo de detalles por qué buscaba información sobre mi padre.
Los Luciano son una familia criminal de renombre de la Costa Este, y no me sorprende la clase de exigencias que les hacen a las bandas pequeñas a cambio de su protección.
Aunque eso no es lo que me hace sonreír, sino el hecho de que por fin habláramos sobre el futuro sin incluir sus actividades ilegales en él.
Xi no quiere irse de North Shore, le gusta estar cerca de su madre y de su familia, y lo entiendo.
Pero lo que sí quiere es convertirlo en un lugar mejor.
Me reconoció que, si volvía a atacar a los Kings, la guerra nunca terminaría, y que prefería trabajar en convertir el barrio en un lugar mejor.
Dijo que hablaría con Dickie al respecto, pues él es el único hombre que conoce que hace todo lo posible por permanecer neutral y mantener a los niños que acuden a su gimnasio alejados de los problemas.
Al parecer, eso es lo que hizo con Billie.
Sin embargo, lo más duro será dejar la NSC para siempre. Dijo que se lo mencionó a Emma, pero que no se lo tomó bien. Todavía lo están discutiendo… desde hace dos semanas.
—Oh, no, caballero, no entre en esa habitación, y menos con las botas sucias. Ahí dentro hay una alfombra persa de un millón y medio de dólares. —La voz severa de mi madre me devuelve a Stoneview.
El florista que sostiene un jarrón de claveles y lirios del doble del tamaño de mi cabeza se detiene en seco.
—Lo lamento, señora. Pensaba que era esta habitación.
Mi madre pone los ojos en blanco.
—¿Por qué celebraríamos una fiesta de cumpleaños en nuestra sala de estar?
Es la tercera puerta a la derecha, en la sala de visitas.
Ahí es donde tiene que ir. —Pone los ojos en blanco de nuevo a medida que el señor se acerca a la habitación indicada y se vuelve hacia mí—. Incompetentes, eso es lo que son.
—Tranquila, mamá. No ha entrado.
Le pongo una mano en el hombro antes de frotarla contra mis mallas negras cuando me doy cuenta de lo sudorosa que la tengo.
Es el cumpleaños del padre de Ella, y la ansiedad me ha estado consumiendo. Hay tantas cosas que no me gustan de este día que lo único que me he metido en el estómago en las últimas cuarenta y ocho horas es una rebanada de pan.
Lo principal es que viene Xi, y voy a presentárselo a mis padres como mi novio.
Ni siquiera les he dicho que mi novio va a venir.
Quiero que haya gente alrededor cuando se lo cuente a mi padre para que se vea obligado a reaccionar de una forma decente.
Sé perfectamente lo que me va a decir en cuanto estemos en privado: que no debería salir con nadie y que debería concentrarme en mis estudios.
Ni siquiera sé en qué momento tendremos la conversación de «¿a qué se dedica?
» o, peor aún, la de «¿a qué se dedican sus padres? ».
—Ponte recta, Alex.
La voz de mi padre me sobresalta y echo los hombros hacia atrás de forma automática a la vez que estiro la espalda.
—Perdón —murmuro.
Mi madre le dedica una sonrisa de oreja a oreja a mi padre.
—Qué ilusión me hace que podamos estar todos aquí para el cumpleaños de Gerald.
Mi padre asiente sin apartar la vista del móvil.
—Espléndido —masculla.
No me cae bien el padre de Ella. A ella tampoco. Es un hombre muy turbio que siempre nos hace sentir incómodas a mis amigas y a mí.
—Deberíais empezar a prepararos —nos dice mi padre antes de dirigirse a su despacho—. Los invitados llegarán en dos horas.
Mi madre aplaude, emocionada por otro evento social en el que ser el centro de atención. Todo el mundo quiere ser amigo de la heredera multimillonaria de un artista francés de renombre.
—Alex —añade mi padre, todavía con la vista clavada en su móvil—, le pedí a Lydia que te dejara la ropa sobre la cama. No te pases con el maquillaje, vendrá gente de mi partido.
Maravilloso.
—Ni se te ocurra ponerte ese pintalabios rosa chillón que tanto te gusta, te hace parecer una prostituta barata.
Me estremezco ligeramente al oírlo y me vuelvo hacia mi madre para comprobar si lo ha escuchado. Finge que no, como cada vez que mi padre me insulta.
—Es fucsia —mascullo mientras me dirijo a la gran escalera en dirección a mi habitación.
Cuando mi padre entra en mi cuarto para asegurarse de que voy presentable para la fiesta, siento que el sudor frío me resbala por la espalda.
Me compré la misma pulsera que me regaló, solo que esta no lleva un rastreador.
Si hubiera comprobado el extracto de mi tarjeta de crédito, lo habría visto, pero no me ha dicho nada.
Llevo puesta la nueva desde que Xi me cortó la otra.
Por lo general, llevo la del rastreador en el bolso y uso la falsa.
Me observa como un halcón a su presa, preparado para abalanzarse sobre mí en cualquier momento. Hago todo lo posible por no temblar bajo su mirada, por no venirme abajo y admitirlo todo. Puede que mi padre intente hacerme daño esta noche, pero será la última vez que lo haga.
Cuando no encuentra nada que criticar de mi atuendo, mi pelo o mi maquillaje, pasa a mi cuerpo. A las cosas que no puedo controlar.
—Estás algo pálida.
Pues claro que lo estoy; me aterra que descubra lo que hice.
—Me encuentro un poco mal —admito—. Seguro que la fiesta me ayuda.
—Tienes el pecho demasiado grande. Quizá deberíamos plantearnos una reducción de pecho antes de que la gente empiece a creer que eso es lo único que tienes.
Trago saliva. ¿De verdad sería capaz? Ignora mi reacción y continúa.
—Una sola copa de champán esta noche, ni una más. Venga, enséñame esa sonrisa.
Me humedezco los labios secos. El pintalabios rosa palo sabe amargo. En cuanto pongo mi sonrisa perfecta de Stoneview, se le cambia la cara.
—Dios santo —resopla—. Ni que un traficante estuviera intentando sacarte por la frontera. ¿Qué te ocurre, Alexandra?
—Lo siento —murmuro con resignación—, pero dudo que a la gente le importe cómo sonrío…
Cuando me abofetea, aprieto los dientes en lugar de gritar.
—Ya sabes lo que opino de tus «pero ». No hay peros que valga n. Cuando te digo algo, me escuchas, punto.
Respiro hondo para calmarme.
«No puede dejarte marcas antes de la fiesta. La gente se daría cuenta».
—Por supuesto. Lo siento.
—Siempre lo sientes, Alex. —Da un paso amenazante que me hace retroceder—. ¿No puedes hacerlo mejor? ¿No puedes intentar hacer que me sienta orgulloso? Con la cantidad de tiempo, energía y dinero que me gasto en ti, ¿no podrías ser agradecida?
—Lo intento. —Tengo la garganta tan cerrada que apenas oigo mi propia voz.
—Pues inténtalo con más ganas, porque me resulta agotador tener una hija que es una decepción.
Se da la vuelta para salir de mi habitación, pero antes de cruzar el umbral, lo llamo.
—Papá.
—¿Y ahora qué? —suspira a la vez que se da la vuelta.
Me tiembla la barbilla; mi voz está cargada de miedo y esperanza.
—¿Tú me quieres?
Necesito saberlo. ¿Puede alguien ser así de cruel y aun así quererte? ¿Puede la misma persona que te rompe a diario sentir algo que no sea odio? ¿Es un comportamiento normal en un padre?
¿Qué he hecho? ¿Por qué no soy suficiente? ¿Qué errores he cometido para que me valore tan poco?
—No seas ridícula, Alexandra —se burla—. Eres mi hija.
Se marcha y me deja con esa única respuesta, logrando esquivar mi pregunta.
Creo que… si hubiera sido capaz de pronunciar esas dos palabras tan simples, quizá habría sido lo bastante estúpida como para perdonarlo por todo el daño que me hizo.
Pero no lo ha hecho.
Y creo que eso es lo que sella nuestros destinos.
Yo solo quería ser suficiente.
Media hora después, los chóferes van dejando a los invitados con sus mejores y más caras galas en nuestra casa tras rodear la fuente de la entrada.
Algunos conducen sus propios coches lujosos y se los entregan a los aparcacoches que contratamos.
Los invitados les proporcionan sus invitaciones a los guardias de seguridad de la puerta y van pasando.
Mi padre, mi madre y yo permanecemos de pie junto a la puerta principal para darles la bienvenida a todos.
Me duelen las mejillas de tanto fingir sonreír, y me pitan los oídos por la voz chillona de mi madre cada vez que dice: «Qué bien que hayáis podido venir», mientras mi padre les estrecha la mano con firmeza.
Yo me limito a estar entre ellos, con las manos entrelazadas frente a mí, asintiendo, sonriendo y dando las gracias cuando me dicen lo guapa que estoy.
Mi padre me obligó a ponerme un vestido rosa empolvado con un corsé de satén ajustado y una falda de tul que me llega hasta los tobillos.
Los tirantes finos me mantienen el escote en forma de corazón bien pegado al pecho, así que no corro el riesgo de que se me escape una teta, por lo que puede quedarse tranquilo; no tiene que temer que la gente piense que eso es todo lo que tengo para ofrecer.
Dios, lo odio.
Odio a mi padre, pero sonrío para mis adentros. Pronto todo habrá acabado.
Ella me abraza mientras sus padres saludan a los míos y se ríe en mi oído.
—No te veía con un modelito de «hija de senador» desde que empezamos la USF, y no es para nada tu estilo.
—Lo sé —resoplo junto a su oído.
—Alexandra Delacroix sin nada fucsia no me pega nada.
—Nada de nada —me río.
Nos separamos y saludo de forma vaga a su padre.
Su manera de mirar a las mujeres me hace sentir profundamente incómoda y me hace creer que las acusaciones contra él podrían ser ciertas.
Es algo de lo que jamás hemos hablado con Ella, pues prefiere ignorarlo y ni siquiera ha expresado su opinión al respecto.
—¿Y Lucas? —le pregunta mi madre a la esposa de Gerald.
—Su avión no aterriza hasta más tarde —explica su padre.
—Baker’s Café lo tiene liado en Los Ángeles, ¿ eh? —apostilla mi padre.
—Por supuesto. Ya era hora de que demostrara que es capaz de gestionar un negocio de verdad.
Ella me lanza una miradita, molesta por las palabras de su padre y con ganas de defender a su hermano mayor.
Si Luke viene más tarde, seguro que aparece con sus amigos, y en parte siento cierta emoción al pensar en volver a ver a Jake White.
El rey de Stoneview sin duda seguirá igual de guapo que siempre, y no conozco a una sola chica de nuestro instituto que no haya estado perdidamente enamorada de él.
Peach va preciosa, como siempre, cuando llega con un vestido largo de satén verde esmeralda y el pelo rojo suelto hasta la cintura.
Sus dos padres están con ella. Uno de ellos, George Sanderson, es mucho mayor y fue concejal local durante años.
Ahora forma parte del partido de mi padre porque quiere demostrar que apoya a la comunidad LGBTQIA+.
Su otro padre es Georgio Menacci, un famoso actor italiano que triunfó en Hollywood a principios de los 2000.
Se retiró cuando se casó con George y decidieron tener una hija.
—Penelope. —Mi madre le dedica una sonrisa radiante a mi amiga mientras la toma entre sus brazos—. Estás igual de guapa que siempre.
—Gracias, señora Delacroix.
—Georgio —dice mi padre con calidez al estrecharle la mano—. Me alegro de que hayáis podido venir. Tenemos mucho de qué hablar hoy.
—Si no te importa, que sea después de una copa de champán, senador —responde el otro con una risa grave.
Nos tiramos otra media hora en la puerta saludando a todos.
Xi todavía no ha llegado, y el estómago se me retuerce.
¿Qué estará haciendo? No tengo acceso a mi móvil ahora mismo, así que no puedo echarles un ojo a las notificaciones.
Espero que no pretenda hacer una de las suyas, porque mi padre odia a la gente que llega tarde.
Irán llegando más invitados mientras bebemos y tomamos un par de aperitivos en la sala de visitas, así que seguro que aparecerá entonces. Necesito que lo haga.
El murmullo de las conversaciones y el tintinear de las copas llenan el ruido de fondo de la habitación. Chester, Wren, Peach, Ella y yo permanecemos en una esquina; no aparto la mirada de la puerta mientras ellos se ríen.
Wren me pone una mano en el hombro y el gesto me sobresalta.
—Vendrá, no te preocupes. La cena ni siquiera ha empezado.
—¿Viene con alguien? —pregunta Ella al instante, y su emoción es más que evidente.
Luke y sus amigos todavía no han llegado, así que no hemos visto a Chris. Aunque sé que ella no tiene muchas ganas de verlo s ni a él ni a su novia.
—Supuestamente iba a venir con Logan, pero Logan odia Stoneview, así que no sé si habrá logrado convencerlo —explico.
—Ah. —Ella mira a su alrededor—. Bueno, pues me tocará empezar a tontear con los aquí presentes. Oye, Chester, ¿tu padre sigue soltero?
—Que te den —resopla Chester cuando todos nos echamos a reír.
Antes de darme cuenta, estamos saludando a Luke y a sus amigos. Hemos estado bromeando y echándole una mano a Ella para que no se sienta incómoda con Chris.
Pero todavía falta alguien.
El sonido de los cubiertos al golpear una copa interrumpe todas las conversaciones. El barullo de la habitación disminuye a medida que todos se concentran en mi padre, con mi madre de pie justo a su lado.
—Damas y caballeros, háganme el favor de dirigirse al comedor. La cena está servida.
Todos se retiran y siguen a los camareros hasta nuestro comedor de invitados en otra parte de la casa. Pero yo soy incapaz de moverme, porque lo único en lo que puedo pensar es en que Xi todavía no ha llegado.