Heartless Beloved (North Shore 2) 27 #2
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Me paso la lengua por los dientes antes de intentar cortarla de nuevo.

—No me interesan tus datos aleatorios.

Mentira. Me encantan sus datos aleatorios, joder, pero esto me está sobrepasando. No creo que aguante mucho más sin arrodillarme y suplicarle que vuelva conmigo.

—«Es malo perseverar en la barbarie, es peor recaer en ella, pero lo peor de todo es buscarla de forma consciente».

Me vibra el móvil y sé que Sam se está impacientando.

—Tengo que irme —le digo—. Iré a esa fiesta de cumpleaños lo quieras o no.

Me doy la vuelta, pero su tono afilado me detiene.

—Y luego, ¿qué? Te presentas allí, haces todo lo posible por conseguir algo sobre mi padre, lo cual seguramente no sea complicado porque, al fin y al cabo, es un político, y después, ¿qué?

¿Una vez hayas destruido a mi familia, caminamos juntitos de la mano hacia el atardecer? ¿De verdad crees que te lo perdonaré?

—No estamos rompiendo —repito por millonésima vez esta semana.

—Pues espero que te diviertas teniendo una novia que te odia.

—Puedo cambiarlo.

—No si sigues haci é ndome daño.

Me paso la lengua por los incisivos para intentar calmarme.

—No volveré a hacerte daño —le aseguro—. Ten un poquito de fe en mí, joder.

Ella resopla y aparta la mirada.

—Mentiroso.

Me vibra el móvil de nuevo, y claramente esta vez se trata de una llamada.

—Tengo que irme —murmuro.

—Cómo no —bufa—. Eres incapaz de mantener una conversación en condiciones conmigo cuando no te gusta lo que digo. Luego tienes las narices de decirme que debo enfrentarme a mis problemas en lugar de huir.

Me suena el móvil otra vez, y en lugar de luchar por nosotros, me alejo.

—¿Qué? —espeto mientras me dirijo a mi coche.

—¿Puedes apuntar una dirección? —me pregunta la voz monótona de Sam.

Desde donde he aparcado, soy capaz de ver a Alex secándose las lágrimas y dándose media vuelta. Cruza el patio delantero y desaparece por el lateral de la casa.

Soy un puto cobarde. La abandono para encargarme de los problemas de otras personas porque soy incapaz de plantarle cara a los míos. Estoy tan empecinado en darle a Vito lo que quiere que estoy decepcionando a la mujer de mis sueños y lo único que hago es disculparme por ello.

Pero las disculpas no son suficientes. Debería saberlo.

Tengo que tomar una decisión: Alex o recuperar North Shore. No puedo tener una sin la otra. Si logro recabar información sobre su padre y se la llevo a Vito, nunca me lo perdonará.

Me paso una mano por la cara.

Soy un mentiroso. Un fraude. Una mala persona.

La única forma de cambiar es empezar por la persona a la que amo. Porque por ella, al menos, valdrá la pena.

Voy a decirle la verdad, como pensaba hacerlo aquella noche junto al río. Quería contárselo todo antes de que me entregara su virginidad. Quería arriesgarme a cagarla para poder empezar a arreglarlo.

Querer cambiar algo de forma consciente es una sensación de lo más extraña. ¿Cuántas veces se promete uno dejar de hacer algo que no es sano?

«Mañana me levantaré pronto».

«Empezaré a hacer deporte».

Nos hacemos un flaco favor cuando traicionamos nuestra propia voluntad de cambiar. Creamos un patrón de fallarnos a nosotros mismos.

«Iré a ver a mi madre más de una vez a la semana». Perdóname, mamá, por aparecer solo cuando me lo pides.

«Dejaré de pelear en el almacén solo por la satisfacción momentánea de partirle la cara a los Kings». Pero ahí estoy, dos veces por semana, solo por pura diversión. Para mantener viva la guerra.

«Le demostraré a Alex que puedo ser un buen hombre». Pero sigo haciéndole daño al elegir North Shore antes que a ella.

—Xi. —El acento británico de Sam resuena a través del móvil—. ¿Puedes apuntar una dirección? —repite, que en nuestro código secreto significa: «¿Puedes librarte de un cuerpo en la dirección que te voy a dar?».

«Le contaré la verdad a Alex».

Necesito contarle la verdad a Alex.

Respiro hondo.

—No.

—¿Qué te tiene tan ocupado?

—Tengo que recuperar a la mujer que amo —resoplo.

Escucho su risa grave al otro lado de la línea.

—Yo también he estado en esa situación. Buena suerte.

Cuando me cuelga, vuelvo a mirar hacia el jardín. Maldita Alexandra Delacroix.

Regreso a Xi Ep a grandes zancadas. Paso de largo la puerta principal y me dirijo al lateral de la casa, por donde la he visto irse.

Aquí fuera no hay luz y solo se escucha el bajo de la música.

Caminando junto a la pared, sumido en la oscuridad, intento buscar cualquier sonido.

La puerta para acceder al patio trasero está cerrada con llave, pero no he visto a Alex volver a pasar por delante.

Tiene que estar por aquí, en alguna parte.

—Para. —Es un gimoteo que proviene de los arbustos.

Reconocería la voz de Alex entre un millón. Reconocería su susurro en medio de la tormenta y sus gritos de auxilio al otro lado del océano.

Nadie le hace daño. Solo yo.

—Déjame hacerlo de una puta vez —gruñe alguien.

—Ya te dije que no antes… ¡Au! Para… Suéltam…

—Solo es un reto. Hazlo y punto.

Me adentro en los arbustos y me encuentro a uno de los chicos de la fraternidad con los pantalones bajados y la polla fuera de los calzoncillos.

Tiene el móvil en la mano izquierda apuntando hacia Alex.

La está sujetando del pelo y la mantiene de rodillas delante de él.

Cuesta verle la cara a causa de la oscuridad, pero sus sollozos se escuchan a la perfección.

—Xi —grita.

Sin necesidad de que diga nada, el tipo la suelta de inmediato. Ella retrocede tambaleándose, intenta sostenerse sobre las piernas temblorosas y corre hacia mí.

—Vámonos —lloriquea al cogerme de la mano.

Evidentemente, no me muevo.

Ella tira de mí con más fuerza, pero no hay nada que pueda hacer para que la siga.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto al tío, con un tono de voz que anuncia que se avecina tormenta.

Él traga saliva mientras se apresura a subirse los pantalones.

—Duncan.

Asiento.

—Bueno, Duncan. —Camino hacia él y veo cómo se echa a temblar a la vez que hincha el pecho para parecer más grande—. Te recomiendo que empieces a pensar las palabras que quieres que escriban en tu lápida. Me aseguraré de hacérselas llegar a tu familia.

Antes de que pueda reaccionar, me abalanzo sobre él. Lo agarro por la nuca y le quito el móvil.

—¡Ayuda! —grita.

—¿Querías grabar a mi chica haciéndote una mamada, Duncan? —escupo.

—¡No! Solo es un reto —lloriquea.

—¡Xi, para!

—Eres demasiado buena, Alex —gruño—. Y tu puta bondad será tu fin.

—Por favor, no quiero que te metas en líos.

Cómo no, eso es lo único que le importa. ¿Por qué iba a preocuparse por que la agredan sexualmente cuando lo único que le importa son los demás y no ella?

—Alex —digo mientras refuerzo mi agarre sobre Duncan cuando intenta zafarse—, no sé por qué crees que no mereces que te protejan, no sé por qué te empeñas en hacerte pequeña y maleable, en decir que sí con una sonrisa de oreja a oreja cuando quieres gritar que no…

, pero se acabó. —La miro a los ojos apretando el móvil de Duncan con todas mis fuerzas—.

Importas, nena. Tus sentimientos importan, tus opiniones importan. Tu. Puta. Felicidad. Importa.

Antes de que pueda responder, le estampo el móvil a Duncan contra el cráneo. El grito de Alex no es más que ruido de fondo frente a la ira que me martillea la cabeza. Una vez, dos veces, tres veces hasta que el objeto se parte y él empieza a perder la consciencia.

—Eh, eh. —Le doy una bofetada—. Despierta. —Se le balancea la cabeza de lado a lado e intenta apoyarse contra mí para levantarse—. Todavía no hemos acabado. ¿Te gustan los juegos? Pues aquí tienes tu reto: paga las consecuencias de ponerle la mano encima a mi chica.

— ¡ Madre mía! —grita Alex—. Xi, para.

Agarro a Duncan de la camiseta y lo arrastro por los arbustos mientras él gorgotea algo que suena como: «Por favor, déjame en paz». Alex corre detrás de mí e intenta agarrarme del brazo, pero la aparto. Trata de seguirme el paso mientras arrastro a ese cabrón hasta mi coche.

—¿Qué estás haciendo? —me pregunta, presa del pánico—. Xi, por favor. —Se le acelera la respiración de trotar—. No le hagas daño.

—Demasiado tarde.

—No le hagas más daño. Podría demandarte.

—Los muertos no demandan, pastelito.

— ¡¿Qué? ! —chilla—. No. No, no, no.

Abro la parte trasera de mi camioneta y lo lanzo dentro. Él gimotea e intenta sentarse justo cuando cierro la puerta. Alex echa un vistazo a nuestro alrededor para asegurarse de que no hay testigos de mi secuestro.

—Para —escupe—. Tomarte la justicia por tu mano podría meterte en muchos problemas. La cárcel es uno de ellos.

Me vuelvo hacia ella y la agarro con fuerza por la mandíbula para atraerla hacia mí.

—Escúchame —escupo con rabia—, no me cargué a Chester porque me dijiste que no era nada.

No sé quién te hizo todos esos moratones, por lo que me estoy portando bien.

Creo que, en general, he sido indulgente de cojones.

—Respiro hondo y le suplico a mi cerebro que no accione el interruptor de matar a todos a mi paso—.

Pero, aquí y ahora, te juro por Dios, Alex, que este hijo de puta no sobrevivirá a esta noche.

—¡No puedes hacer eso! —me grita—. En South Bank no puedes tomarte la justicia por tu mano, Xi. Te lo digo en serio.

—Menos mal que a Duncan lo vamos a sentenciar en North Shore, entonces.

La suelto y regreso a la parte delantera de mi camioneta. Ella está a mi lado en cuanto me subo, ocupando su lugar en el asiento del copiloto.

—No lo hagas. Por favor, por favor, no quiero que te manches las manos de sangre. No por mí.

Arranco el coche y me vuelvo hacia ella; la adrenalina y la rabia me recorren las venas.

—Alexandra —digo con suavidad. En la oscuridad de la noche, sus ojos color avellana parecen negros. Lo único que veo es su pintalabios fucsia y su piel de porcelana—. Creo que estoy enamorado de ti, nena —añado antes de volver la vista al frente.