26 #3
—Bien —aprueba, para mi sorpresa—. Quiero que todos vean lo que no pueden tener. —Me agarra el tanga y me lo baja hasta las rodillas—. ¿Me quieres explicar por qué gatear a cuatro patas con una correa hace que te mojes tanto?
Cierro los ojos con fuerza y me muerdo el labio antes de negar con la cabeza. Me pega un manotazo en mi humedad, lo que me hace gemir. Vuelve a colocarse delante de mí y me sonríe.
—Estás hecha toda una zorra, ¿verdad, Alex? —se ríe—. Ponte de rodillas y siéntate. Me vas a regalar unas cuantas lágrimas.
Me siento y lo miro con las manos sobre los muslos. Se desabrocha los pantalones y se saca la polla.
—Te pones cachonda cuando te trato como una perra en celo y a mí se me pone dura al degradarte. Estamos hechos el uno para el otro, nena. ¿Por qué querrías cargarte eso?
Me recorre el contorno de los labios con la punta mojada de líquido preseminal.
Cuando se aparta ligeramente, me paso la lengua por los labios sin poder evitarlo.
Cierro los ojos y se me escapa un gemido, como si acabara de degustar un plato exquisito.
Abro los ojos como platos cuando me doy cuenta de lo que acabo de hacer y, al levantar la mirada, me encuentro con las comisuras de sus labios curvadas.
—Abre.
No vacilo. Abro bien la boca y saco la lengua mientras desliza la polla dentro. Envuelvo los labios alrededor de su miembro y me mojo todavía más en cuanto lo pruebo.
En lugar de agarrarme del pelo para controlar el ritmo, se enrolla el cinturón alrededor del puño varias veces, acortando la correa. Ahora que tiene el control de mi cuello, tira y afloja para ayudarme a encontrar la velocidad que quiere.
—Has sido una chica mala —jadea—. Trágatela entera y demuéstrame lo arrepentida que estás.
Me dejo caer contra él para obedecerlo. No sé de dónde viene ese ansia, pero siento cómo me golpea el fondo de la garganta y el placer se acumula entre mis piernas. Gimo a su alrededor, aunque se me corta la voz en cuanto aprieta el cinturón alrededor de mi cuello.
Me sujeta con fuerza y me la mete un poco más. Ojalá pudiera decir que el pánico se apodera de mí al hacerlo, pero lo único que siento es felicidad por conseguir tragármela. Disfruto de las babas que me caen por la barbilla.
—Quiero esa naricita contra mi piel, nena. —Empiezo a ahogarme, necesito respirar. Intento apartarme, pero Xi tira de la correa—. Más. Demuéstrame que quieres que te perdone y trágatela hasta el fondo.
En cuanto le rozo el estómago con la nariz, una extraña sensación de orgullo me invade a pesar de que se me caen las lágrimas y de que necesito respirar urgentemente.
—Quieta —me ordena de la misma forma en que se lo diría a un perro. O a una perra—. Buena chica. Ahora dime lo mucho que lo sientes. —Abro los ojos, pero apenas puedo verlo. Él debe de percatarse de mi confusión porque añade—: Dilo, Alexandra. Dime que lo sientes mientras te ahogas con mi polla.
Gimo solo de escucharlo. Me muevo y presiono mi pantorrilla entre mis piernas.
Le digo que lo siento, pero no se me entiende nada porque los sonidos se me quedan atascados al fondo de la garganta. Él echa la cabeza hacia atrás y jadea al notar la vibración de mis palabras contra su polla.
—Otra vez.
No paran de caérseme las lágrimas, siento cómo se me forman grumos de máscara de pestañas en las pestañas inferiores.
Le repito que lo siento.
—Sí, nena. Lo noto.
De repente la saca de golpe y me la mete de una embestida.
—¿Te haces una idea de lo preocupado que estaba? ¿De lo desesperado que estoy por mantenerte a salvo?
Una y otra vez, me folla la boca mientras yo me vuelvo loca porque necesito que me toque por todas partes. Pero no lo hace. Se limita a sujetar el cinturón con fuerza hasta que por fin se corre. Se aparta, y yo echo un vistazo a mi alrededor en busca de un sitio donde escupir.
Cuando entiende lo que intento hacer, tira de mí hacia él y me tapa la boca con la mano.
—Trágate hasta la última gota, zorra.
Cierro los ojos con fuerza y me obligo a tragarme el líquido espeso que me llena la boca.
Finalmente me suelta y caigo sobre el suelo pulido de la bolera. Me falta el aliento, estoy mareada por cómo me ha follado la boca, pero lo único en lo que puedo pensar es en sentirlo entre mis piernas.
—Xi —gimoteo al deslizar la mano entre los muslos. Sin poder evitarlo, empiezo a frotarme el clítoris. Observo con desesperación cómo se abrocha los pantalones y niego con la cabeza—. No, no, por favor.
Se inclina sobre mí, me aparta la mano del coño y me agarra la otra para después sujetarme las muñecas contra el suelo sobre la cabeza. Mete una pierna entre las mía y presiona la rodilla contra mi sexo.
—Madre mía —gimo.
—¿Quieres correrte, nena?
—Sí… Sí, por favor —jadeo.
—¿Mi putita tiene ganas de que me folle ese precioso coño?
—Sí —gimo, restregándome sin pudor contra su rodilla.
—Me estás manchando los pantalones, Alex —se burla—. ¿No te da vergüenza ver lo desesperada que estás ahora mismo?
Niego con la cabeza, cierro los ojos y separo un poco más las piernas para notar el vaquero áspero contra mi clítoris. Me permite frotarme contra él como una perra salida durante unos segundos más. Siento c ó mo se me corta la respiración y cómo se me tensan los músculos.
—Madre mía, Xi… Xi… —gimo.
Justo cuando estoy a punto de explotar, aparta la rodilla, lo que me hace gritar de frustración.
—¿Qué haces? —le grito—. ¡Estaba a punto de correrme!
Me suelta y se levanta.
—Te estaba castigando, ¿recuerdas? Las chicas malas no se corren.
Me incorporo a trompicones, casi cayéndome de morros cuando el tanga se me desliza hasta los tobillos. Me apoyo en Xi y lo agarro con fuerza de la camiseta.
—No puedes dejarme así. —El cinturón me cuelga del cuello mientras me aprieto contra él. El simple roce de mis pezones duros contra su pecho hace que me derrita—. Por favor…
Me acaricia la mejilla y me limpia las lágrimas con el pulgar.
—Vuelve a ponerte de rodillas.
Obedezco a la velocidad de la luz; me arrodillo ante él como si fuera mi dios.
—Abre. —Coge el extremo del cinturón que cuelga y me lo pone entre los dientes—. Muerde. —Lo hago al instante.
Él se pone recto y da un paso atrás.
—Y ahora pon las manos a la altura de los hombros como un cachorrito que suplica.
Cierro los ojos con fuerza y obedezco su orden humillante. El tío me está tratando como a su mascota y, en lugar de resistirme, siento que mi necesidad de correrme se duplica.
—Buena chica —me dice con orgullo—. Quieta.
—Abro los ojos y lo veo ir a por mi bolso.
Regresa a mi lado con él y saca mi cámara Polaroid—.
No te muevas —murmura antes de llevarse la cámara al ojo derecho y sacarme una foto.
Cuando se imprime, empieza a sacudirla—.
Joder, cómo me pones —suspira al mirar la imagen.
—Xi —gimo con el cinturón en la boca—. Por favor…
Se guarda la foto en el bolsillo de los pantalones, devuelve la cámara a mi bolso y se acerca para acariciarme la cabeza.
—Te correrás cuando yo te lo diga, Alex. Y ahora no toca. Quiero que te tires toda la noche con el tanga empapado y la necesidad de restregarte contra mi pierna como la zorra que eres. Quizá así actúes como una buena mascota la próxima vez que te dé una orden.
Lloriqueo al dejar caer la cabeza contra su mano.
—No me hagas esto. —El cinturón se me cae de la boca al decirlo—. Por favor.
Se pone de cuclillas delante de mí.
—Esto es lo que pasa cuando intentas abandonarme, nena.
Consigo que vuelvas arrastrándote y me supliques.
Atrévete a repetir que hemos roto y verás cómo te obligo a hacer esto delante de todo el mundo.
—Me aparta el pelo de la cara—. Como te pille tocándote antes de que yo te dé permiso, este castigo no será nada en comparación con lo que te haré. ¿Entendido?
Asiento y cierro los ojos con fuerza mientras unas lágrimas de desesperación me resbalan por las mejillas.
—Buena chica. —Me desabrocha el cinturón del cuello—. Venga, arréglate, tus amigos te están esperando.