Heartless Beloved (North Shore 2) 26 #2
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—Vale —sonrío con dulzura—. Bueno, pues dile a Xi que no nací ayer y que sé cuidarme sola.

Por el amor de Dios, ¿cuántos años se cree que tengo?

Ah, y dile también que como no deje de acosarme, pienso bloquear su número.

De hecho… —Saco mi móvil de la mochila y busco el número de Xi.

Se ha pasado. Me ha cabreado de verdad. Bloqueo su contacto y vuelvo a mirar a Zara—. Hecho.

—Sabes que cambia de número cada dos por tres, así que dudo que te sirva de mucho.

—Me da igual. Bloquearé todos.

Cruzo el césped con paso firme en dirección a la sororidad.

Menudos huevazos.

—No te creo. —Ella se atraganta con su bebida.

Acabo de contarle lo del novato de Zeta Nu llamado Duncan, quien me dijo que su última prueba era conseguir una foto de una tía chupándole la polla y que, muy amablemente, había pensado que esa chica podría ser yo.

Me negué, claro está.

Hace una hora, mis dos mejores amigas y yo por fin juramos en Xi Épsilon y nos han invitado a una fiesta con Zeta Nu para celebrarlo.

Es un alivio estar en una fiesta y no tener que preocuparme por nada de lo que diga o haga.

Todas llevamos disfraces de Halloween, y yo opté por ir de Barbie muerta.

Llevo una falda de vinilo fucsia con una camiseta blanca que lleva la palabra «Barbie» escrita a la altura de las tetas.

Me he recogido el pelo rubio en una coleta y me he pintado los labios de un tono fucsia a juego.

Mi bolso Gucci de siempre que llevo colgado al hombro le da el toque Barbie perfecto.

—Con esas perolas, el «Barbie» se estira tanto que cuesta concentrarse —admite Peach antes de darle un sorbo a su bebida.

—Gracias —me río.

Sé que es un cumplido viniendo de ella.

—Hola, chicas —dice alguien detrás de nosotras.

Al volvernos nos encontramos con Chester y Wren. Me cambia la cara cuando veo la férula de Chester. No hemos hablado desde toda la movida con Xi. Nunca se puso en contacto conmigo para disculparse, y me niego a ser yo la que dé el primer paso.

Wren le pasa el brazo a Peach por los hombros, pero ella se lo quita de encima. Parece que ellos también tienen asuntos pendientes.

—Chicos, oficialmente tenéis delante a tres chicas Xi Ep. ¿Y nuestras felicitaciones? —celebra Ella.

Chester levanta su bebida en el aire y nosotras lo imitamos.

—Por las tres tías Xi Ep más buenorras que he visto en mi vida —balbucea. Se termina la copa de un trago y echa un vistazo a su alrededor—. Creo que necesito otra.

—Joder, vas borrachísimo —dice Peach.

Él se encoge de hombros.

—Es la última noche de la iniciación. Habrá que aprovecharla.

—He oído que los tíos tenéis una misión que cumplir antes de jurar. ¿Cuál es la vuestra? —Ella los observa al dar otro sorbo, y su mirada curiosa me hace reír.

Es Wren quien responde.

—Lo siento, no podemos decíroslo. Es un secreto.

—Venga ya. —Le doy una palmada amistosa en el hombro—. Podéis contárnoslo. Somos nosotras .

Ambos niegan con la cabeza.

—No vamos a poner en riesgo nuestras iniciaciones por unos ojos bonitos. —Chester se ríe, me señala y me apoya un dedo en el pecho—. Estoy hablando de ti. De tus ojos bonitos.

Una mano aparta la suya de un manotazo.

—¿No te llega con una muñeca rota? —le reprende Peach—. Sois ex. Deja de tirarle la caña.

Sonrío a mi amiga y le doy las gracias en silencio.

—Yo no veo a su novio por ninguna parte. —Chester se encoge de hombros.

De pronto, la bebida me sabe amarga. Mi novio ya no es mi novio.

—El tío casi te mata. No te recomiendo descubrir qué te hará como te vea poniéndole las manos encima —bromea Ella.

—¿Matarme? Seguro —se burla—. ¿Y qué pasa con mis manos? ¿Qué va a hacer si no está aquí, eh? ¿Y si pongo las manos así? —Presiona las palmas contra mi pecho y pongo los ojos en blanco.

Abro la boca para decirle que las quite, pero otra voz se me adelanta.

—Entonces te romperé los dedos uno por uno.

Me sobresalto al sentir una mano posesiva en la nuca. Al levantar la vista, veo cómo Xi fulmina a Chester con la mirada.

—Está de coña.

Suelto una risa falsa y miro a mis amigos.

—Ya te digo yo que no. Alex, tengo que hablar contigo. A solas.

Su tono indiferente me recuerda todo lo que odio de él.

Fuerzo una sonrisa, aunque su agarre en mi nuca no es que me deje otra opción.

—Vuelvo enseguida —les digo mientras él me arrastra.

—No volverá —suelta antes de alejarnos.

Atravesamos toda la planta baja y me conduce por las escaleras hasta el sótano. Es una sala de juegos enorme que debe de estar vetada esta noche, porque no hay nadie. Cierra la puerta con llave antes de volverse hacia mí.

Estoy sola con Xi en una habitación cerrada con llave.

Al instante, me sube la temperatura del cuerpo. Me he tirado todas las noches de esta semana tocándome pensando en la de cosas depravadas que este hombre me hace.

—¿Qué fue lo que te dije sobre esta fiesta, Alexandra? —Su voz adopta ese matiz oscuro que hace que se me estremezca el vientre.

Con posición firme, me cruzo de brazos.

—Bueno, técnicamente, tú no me dijiste nada. Al parecer, necesitas una mensajera para decirme que no vaya a una fiesta. ¿En qué coño estabas pensando? Hemos roto, Xi. No tengo por qué hacerte caso. No me importa lo que quieras que haga o lo que no.

—Te dije que hicieras algo y te negaste. Ya sabes lo que toca.

—No.

Doy un pisotón. Joder, ¿cuántos años tengo?

Se ríe entre dientes y se pasa la lengua por el labio inferior.

—De rodillas.

—¿Perdón? —Descruzo los brazos y doy un paso atrás.

—Te advertí de tomar la decisión correcta mientras todavía tenías opción de elegir. El reloj ha dejado de correr, Alex. Fin del juego.

—No… Yo… Lo nuestro se acabó.

—Creo que ya te dejé bastante claro lo que opino yo de eso. Ahora, ponte de rodillas y empieza a pensar en cómo te vas a disculpar por desobedecerme. Y quiero que las disculpas vengan acompañadas de algunas lágrimas.

Niego con la cabeza y levanto los brazos frente a mí cuando da un paso en mi dirección.

—No… Xi, estamos en una fiesta.

Hoy lleva unos vaqueros negros y una camiseta negra en lugar de sus habituales pantalones cargo. Clavo la mirada en su cinturón cuando se lo desabrocha. Me percato de que todavía lleva puesta la pulsera que le hice, lo que me cabrea.

—¿Qué… qué estás haciendo?

—Te recomiendo que te ahorres los lloriqueos y hagas lo que te digo.

Saca el cinturón de las presillas y abro los ojos de par en par.

—Xi…

Me choco contra la mesa de billar que tengo detrás; me quedo paralizada y el bolso se me resbala del hombro. Lo último que quiero ahora mismo es acabar sobre la mesa mientras él avanza hacia mí con el cinturón en la mano.

Cuando llega hasta mí, enreda los dedos en mi coleta y me obliga a levantar la mirada. Sus labios se estrellan contra los míos y yo me aferro a su camiseta. Devora mi boca con pasión, nuestras lenguas se entrelazan y mi cuerpo se relaja bajo su agarre.

Siento su otra mano alrededor de mi cuello, pero no entiendo lo que está haciendo hasta que nos separamos, demasiado absorta en nuestro abrazo. Solo me doy cuenta cuando me suelta, retrocede y yo me veo obliga a seguirlo.

—¿Qué coño…? —Me atraganto cuando algo se tensa alrededor de mi cuello. Al mirar su mano, veo el extremo del cinturón, y sigo el cuero hasta mi…—. ¡Xi! —chillo a la vez que me llevo las manos al cuello.

Tira de nuevo y, esta vez, caigo de rodillas.

—Te voy a matar —toso. Está demasiado apretado como para que pueda meter los dedos por debajo, y entro en pánico cuando lo veo dar un paso atrás otra vez—. ¡Para!

Me desplomo hacia delante y me apoyo en el suelo con las palmas de las manos.

—Otra vez a cuatro patas para mí, nena. Qué buena chica.

Levanto la vista con los ojos entrecerrados.

—Te odio. No te imaginas cuánto te odio ahora mismo.

—Me encanta verte peleona por una vez, pero no es así como debes disculparte por desobedecerme. Inténtalo de nuevo.

Sin soltar el cinturón, camina hacia atrás, y yo me veo obligada a arrastrarme tras él.

—Deja de moverte…, está muy apretado. —Toso de nuevo.

—Pues gatea más rápido.

—¡Xi! —gimoteo; me falta el aire—. Para, por favor. Lo pillo. ¡Lo siento!

Ahora mismo me odio por disculparme, pero no me queda otra.

—No es suficiente, pero ni de lejos.

Se da la vuelta, mostrándome la parte trasera de sus piernas mientras tira un poco más.

La habitación es enorme; es una sala de juegos con una mesa de billar en el centro y varias máquinas recreativas antiguas. Es tan gigantesca que incluso tiene su propia bolera. Xi pisa la pista y me obliga a arrastrarme tras él.

—Para —jadeo al intentar acelerar para no asfixiarme—. Por favor…, lo siento. Siento haber venido a la fiesta.

—Muy bien. Sigue.

Ni siquiera me mira, se limita a recorrer la minibolera.

—Debería haberte escuchado y haberme quedado en casa.

—¿Y qué me dices de los mensajes que has estado ignorando? Durante. Tres. Putas. Semanas.

—¡Ya no estamos juntos! —Un tirón rápido y toso—. ¡Vale! Siento eso también. Por favor, para.

Al llegar al final, por fin se detiene y se da la vuelta. Tiene los ojos oscuros por la rabia y la mandíbula apretada.

—Llevo asistiendo a estas fiestas mucho más tiempo que tú, Alex. Llevo vendiéndoles droga a los niños ricos desde que tengo memoria. Estas fiestas no son seguras. No quiero que pongas un pie en ellas cuando yo no esté, ¿te queda claro?

Asiento e intento sentarme sobre los talones, pero vuelve a tirar con brusquedad y me obliga a permanecer a cuatro patas.

—Te he hecho una pregunta: ¿te queda claro?

—¡Sí! —Tomo aire con desesperación.

—Dime lo mucho que lo sientes por ponerte en peligro.

—Siento haberme puesto en peligro —mascullo.

Sin soltar el cinturón, se coloca detrás de mí y pasa la mano por mi ajustada falda de vinilo fucsia.

—¿Te vistes así de sexy para todas las fiestas a las que no voy? —gruñe mientras me sube la falda hasta la cintura.

Quería ligar esta noche. Quería que algún chico que no fuera Xi tonteara conmigo, pero no puedo decírselo.

—Y-yo… Solo es un disfraz.