Heartless Beloved (North Shore 2) 25 #3
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La realidad me golpea en este momento, aunque debería haberlo hecho hace semanas. Me entran ganas de pegarme una bofetada por haber estado tan ciega como para no verlo.

—Nunca te obsesionas, ¿verdad, Xi?

Niega con la cabeza.

—Te prometo que no.

—Solo con dos cosas. Eso fue lo que me dijiste.

Asiente lentamente, temiendo a donde quiero llegar.

—¿Cuál es la otra? —grito—. ¿Yo y qué más?

—Recuperar North Shore —murmura y esta vez, el arrepentimiento es más que evidente en su voz.

Quién me iba a decir a mí que esta sería la primera vez que le oiría decir algo con honestidad. Ha desaparecido la indiferencia, ahora solo queda el arrepentimiento. Podría haber sido amor, pero es culpa.

Me tiembla la barbilla.

—Ese es el problema, Xi. —Respiro con dificultad—. No puedes tener ambas.

Doy un paso atrás para darme la vuelta, aunque su voz áspera me detiene.

—Tú también me mentiste. —Su aclaración es más bien una acusación—. He visto infinidad de heridas a lo largo de mi vida como para saber que esos moratones no son por una caída, Alex.

Aprieto la mandíbula y la muevo de un lado al otro mientras busco algo que decir, pero no se me ocurre nada.

—Supongo que ambos somos unos mentirosos —me acusa.

—Pues qué bien que estemos rompiendo, entonces —le espeto con malicia.

No puedo negarle que le mentí. No voy a ser hipócrita.

—No estamos rompiendo —gruñe—. Sácate esa puta idea de la cabeza.

En lugar de ceder a su sinsentido, le hago una última pregunta.

—¿Hay algo más sobre lo que me hayas mentido? —Él duda—. Dímelo ahora, Xi. Al menos me debes eso.

Apenas puedo verlo, pero noto el destello de sus dientes blancos y cómo se pasa la lengua por ellos. Hace ese mismo gesto todo el tiempo.

—No, nena. Ya lo sabes todo.

Se levanta despacio y da un paso hacia mí.

Iluminado por la luz por fin, se alza como un dios frente a la simple mortal que soy yo.

Su hermoso pecho sube y baja lentamente, inhalando el oxígeno que alimenta sus mentiras.

Recorro con la mirada sus abdominales, esculpidos como en bronce.

Hasta el último centímetro de su cuerpo te golpea en la cara con su perfección.

—Quédate conmigo, Alex —suplica con voz ronca.

Y lo sé.

Sé en este preciso momento que nunca podré volver a confiar en este hombre.

Si no fuera la personificación de la inmoralidad, habría sido mi salvador.

Podría haber amado a un héroe roto, pero no puedo amar a un villano que es consciente de serlo.

—Adiós, Xi —susurro, decepcionada.

Ni siquiera tuvo la decencia de poner fin a esto con la verdad.

En cuanto cruzo la puerta de su casa, las lágrimas se vuelven imparables. Apuro el paso por la calle sin saber siquiera en qué dirección ir. El cielo está naranja y gris, y el sol apenas ilumina algunas nubes al salir. Necesito llegar a casa y no sé cómo.

El pánico me oprime el pecho y me hiela las venas. Estoy completamente sola en North Shore sin Xi y su protección. Fue él quien lo echó todo a perder, y ahora me encuentro abandonada en este lugar, siendo consciente del peligro que eso implica.

Un coche se detiene a unos metros de la casa de Xi y una chica que reconozco se baja. Su hermanastra.

—¿Alex? —La sorpresa en la voz de Billie va acompañada de preocupación—. ¿Qué narices haces aquí sola? ¿Dónde está Xi?

Sacudo la cabeza, sin parar de llorar.

—Hemos roto —sollozo—. Necesito irme a casa.

Todo se derrumba. Me llevo las manos al pelo, me tiro de las raíces y me pongo de cuclillas. Las piernas ya no me sostienen y acabo cayéndome de culo al suelo.

—Iré a buscar a Xi.

—¡No! —grito—. No quiero verlo. Por favor…, no quiero.

Ella asiente.

—Vale, vale. Respira —me dice con dulzura al arrodillarse a mi lado. Me aparta mechones de pelo de la frente sudorosa—. Tranquila, todo irá bien.

—Quiero irme a casa, por favor —sollozo.

—Te llevaré a casa, pero respira.

Lo que necesito no es una bocanada de aire como otra cualquiera; necesito respirar hondo contra la mano de Xi. Él sabría qué hacer. Pondría una mano sobre mi pecho y presionaría con fuerza para obligarme a ralentizar mi respiración agitada.

Billie me ayuda a levantarme, me abre la puerta del coche y me echa una mano para sentarme en el asiento del copiloto.

Un silencio pesado nos acompaña durante todo el trayecto hasta mi casa. Billie no es muy habladora y no me hace preguntas cuya respuesta no quiere saber. Tampoco me hace sentir incómoda. Estoy convencida de que Xi le contará su versión de la historia. Al fin y al cabo, son familia.

—Gracias —susurro con voz ronca cuando aparca frente a Xi Ep.

Abro la puerta, pero me detiene con un tono de voz cargado de empatía.

—Oye. —Aparta la mirada un segundo antes de volver a observarme—. A veces puede ser un capullo.

—Y que lo digas —respondo entre sollozos.

Veo que busca palabras tranquilizadoras, aunque estas no llegan. En su lugar, me quita el bolso de las manos y saca mi móvil; lo desbloquea y guarda su número.

—Si necesitas algo, llámame.

—V-vale —asiento.

—Descansa.

Y entonces, por fin llega lo que quería decirme en realidad.

—Supongo que has descubierto la verdad.

Me tiembla la barbilla cuando asiento.

—Mira, sé que lo que hizo no está bien y que probablemente no quieras escuchar esto de mí, pero iba a contártelo.

—Claro —resoplo—. ¿Y cuándo pensaba decirme que forma parte de la NSC?

—Te estaba protegiendo.

—Es un mentiroso, Billie, y creo que ni siquiera él lo entiende. «La gente se cree antes una gran mentira que una pequeña, y si la repites con la suficiente frecuencia, la acabarán confundiendo con la verdad».

—No… No me refiero a eso.

Niego con la cabeza.

—Es una cita de Walter Langer. Fue un psicoanalista… —Me detengo y cierro los ojos despacio; me estoy molestando hasta a mí misma. Los vuelvo a abrir y le dedico una sonrisa amable—. No importa. Gracias por traerme.

—Te estaba protegiendo de los peligros de nuestras vidas, Alex. Así es cómo él demuestra su amor. Se vuelve sobreprotector y se preocupa todo el tiempo. Tenía miedo por ti, porque una vez que te involucras con la NSC, la paz desaparece de tu vida.

Ni que no lo supiera. La amenaza de Ethan y Elliot todavía me resuena en la cabeza, pero no se lo diré a Xi.

Pronto verán que ya no formo parte de su vida.

Si algo he aprendido de mi padre es que no se negocia con terroristas.

No se les da nada. No pienso dejar que me arrastren a la guerra que libran con Xi.

—Así es como demuestra su amor —repite Billie—. Es molesto y confuso, pero no sabe hacerlo de otra forma.

Se me escapa una risa que se convierte en una pequeña carcajada antes de echarme a reír como una desquiciada.

—¿Estás… bien?

Niego con la cabeza, porque la verdad es que estoy de todo menos bien.

—Qué tonta soy. Madre mía, es que soy estúpida. Es como White Horse —hipo entre risitas histéricas—. White Horse , la canción de Taylor Swift. Esto no es un puto cuento de hadas. Qué… —bajo la voz hasta un susurro desesperado cuando la cruda realidad apaga mi risa—. Qué irónico.

Billie abre los ojos como platos mientras ladea la cabeza. Seguro que piensa que estoy como una cabra, que he perdido la cabeza. Yo también lo creo.

—Eres la única persona que conozco que es capaz de pasar de citar a un psicoanalista a citar a Taylor Swift en menos de un minuto.

—Sí, bueno, es que soy especial . ¿No te lo dijo Xi? —escupo, sin creerme ni una sola palabra. No soy especial. No soy nada. Le dedico una sonrisa tensa —. Adiós, Billie.

Cierro la puerta y en menos de un segundo desaparece. Me doy la vuelta para contemplar la grandeza de la mansión Xi Ep.

Ya nada es igual. Me percato de que mi nueva vida no era increíble por las clases o las fiestas, tampoco por la sororidad o por mis hermanas, ni siquiera por vivir con mis mejores amigas.

Era por Xi. El hombre que me ha utilizado fue quien me hizo sentir que valía la pena, que era más que una fachada para mi padre, más que el fracaso que él me repite que soy, más que los golpes de su cinturón.

No era una idiota ni una «niñita estúpida e inútil».

Ahora ya no sé qué soy, pero necesito averiguarlo pronto. No puedo seguir viviendo a través de los hombres que me rodean, a la espera de que me digan si soy importante o no.

Eso va a cambiar. Es una promesa que me hago a mí misma. Sin embargo, esta tendrá que esperar hasta que me recupere y deje de sentir que alguien me robó el corazón y lo apuñaló un millón de veces antes de pisotearlo.