25 #2
Empujo con más fuerza, separo más las piernas y uso las rodillas para impulsarme. Estoy a punto de correrme cuando se aparta.
—¡No! Por favor…, iba a acabar.
—Ya —gruñe —, pero las mascotas que se olvidan de a quién le pertenecen no se corren.
—Por favor —gimo—. Lo necesito… Yo…
Todo esto es demasiado. Me pesa la cabeza y tengo los ojos llenos de lágrimas. Solo necesito correrme para que la niebla desaparezca y pueda volver a ver con claridad. Entonces me enfadaré y mire iré. Pero ahora…
Un azote en el culo me devuelve a la realidad.
—Quédate conmigo.
Escucho el sonido de una botella de plástico al abrirse antes de que un líquido frío me caiga por el culo.
—No… Por ahí no… Necesito…
—¿Necesitas que me folle este precioso coño? —Desliza la mano con la que me sujetaba del pelo hasta mi mejilla para acariciarla—. Lástima que esto sea un castigo.
Siento la cabeza de su enorme polla contra mi agujero y la ansiedad me envuelve.
—Te va a doler. —Levanto la cabeza en un intento de encontrarme con su mirada—. Alexandra —gruñe—. Vas a quedarte quietecita y a dejar que te la meta, ¿entendido?
Empuja las caderas hacia delante para meterme la punta, y yo dejo caer la cabeza contra el colchón de nuevo.
—Joder —jadeo cuando sigue avanzando—. La tienes demasiado grande.
Apoya una mano en la parte baja de mi espalda y el gesto me sobresalta. Un consuelo que no sabía que fuera posible.
—Voy por la mitad, nena, lo estás haciendo muy bien.
—N-no puedo —balbuceo contra las sábanas.
Siento que me está partiendo en dos con su tamaño. Desliza la otra mano por debajo de mí y me acaricia el clítoris en círculos lentamente.
—Dios —jadeo—. Por favor, déjame correrme…
—Todavía no.
Detiene el movimiento y me la mete un poco más. Cada vez que lo hace, la saca un poco y vuelve a meterla.
—Ya casi está —susurra—. Ojalá pudieras ver lo preciosa que estás con mi polla dentro.
Se me escapa un sonidito extraño: palabras ahogadas que no puedo controlar.
La saca un poco y la mete una última vez. Noto su pubis contra mi culo y sus huevos contra mi coño. Me siento tan llena que me entran ganas de llorar.
—Buena chica —dice con la voz tensa, inmóvil dentro de mí—. Lo has conseguido, nena. Está enterita dentro. Ahora quédate quieta mientras te follo hasta dejarte sin sentido.
La saca y vuelve a embestirme con dureza, empujándome contra la cama.
Grito de dolor, pero eso no parece detenerlo, probablemente porque siento cómo me mojo cada vez más.
Me tiemblan las piernas bajo la violencia de sus embestidas.
Entra y sale sin piedad, sin pararse a pensar en mí ni un solo segundo.
—Vas a acordarte de mí durante días, joder —gruñe—. ¿Quieres irte? Pues saldrás cojeando de esta puta casa con el recuerdo de mi polla partiéndote en dos.
Gimo cuando me pellizca el clítoris para después acariciarlo.
—Pídeme perdón.
—Me mentiste —gimo, y el placer se me escapa en contraste con mi acusación.
—Joder —gruñe, y descarga toda su rabia contra mi cuerpo. Sus movimientos se vuelven más rápidos, sus dedos no se detienen y, justo antes de correrme, su voz amenazante me atraviesa los oídos—. No me vas a dejar, Alex.
Entonces exploto, y siento cómo mis músculos se aprietan a su alrededor. Él gruñe al correrse dentro de mí y me sigue embistiendo hasta quedarse sin fuerzas.
Casi me duele lo mismo cuando me la saca que cuando me la ha metido. Gimoteo, abierta de piernas sobre la cama, completamente exhausta.
Cae sobre mí y me aplasta con su peso mientras descansa sobre mi espalda.
—Tienes que dejar que me vaya —digo con voz ronca.
—No tengo que hacer nada. —Siento su corazón acelerado contra mi espalda, pero su voz es igual de plana que siempre.
—No puedes mantenerme secuestrada para siempre.
Estoy pegajosa por todas partes, sudada, con su semen escurriéndoseme por los muslos, pero podría haberme quedado así durante días si no me hubiera traicionado. Ahora lo único que quiero es estar lejos de él para poder pensar con claridad y recomponer mi corazón roto.
Xi se aparta y se pone de pie.
—No te muevas —me ordena antes de dirigirse a la puerta del dormitorio—. A menos que quieras que te ate a la cama.
Me quedo quieta, con los ojos cerrados, consciente de que su amenaza va en serio. Vuelve al cabo de un minuto y me sobresalto cuando siento un paño caliente entre las piernas. Se toma su tiempo en limpiarme antes de lanzar el paño a un lado y masajearme la espalda.
—Dormirás aquí esta noche —me dice con calma. Es como si nada de lo ocurrido hubiera pasado—. Y mañana —me masajea los hombros— hablaremos de esto otra vez.
Me ayuda a meterme bajo las sábanas y se mete en la cama conmigo. Me hace la cucharita, me agarra por la cintura y se acerca para susurrarme al oído.
—No quiero hacerte daño, Alex —dice con total naturalidad—, pero si me veo obligado a esposarte a la cama, lo har é . ¿Te queda claro?
Cierro los ojos con fuerza para evitar que se me caigan las lágrimas.
Asiento al mismo tiempo que me pregunto cómo he podido acabar envuelta en una situación tan angustiante. Me culpo por haber confiado en un hombre de North Shore, alguien sobre el que todo el mundo me advirtió.
—Dime que lo entiendes —susurra.
Solo quiero dormir y olvidarme de todo.
—Lo entiendo —sollozo.
«No puede retenerme aquí para siempre», me repito una y otra vez mientras espero a que se duerma. Yo también finjo quedarme dormida, hasta que siento que su respiración se ralentiza y su agarre se afloja.
A pesar de ello, espero y espero… y espero. Necesito salir de aquí, pero me da pánico que se despierte.
Después de lo que me parecen horas, me muevo. El más mínimo movimiento, solo para tantear el terreno. No reacciona, así que lo hago de nuevo. Un movimiento más notorio. Al tercer intento, consigo liberarme de su agarre flojo. Me pongo de pie junto a la cama, con la puerta al otro lado.
Avanzando de puntillas, llego hasta la puerta entreabierta.
La empujo, mordiéndome el labio inferior y rezando por que no haga ruido.
El más leve chirrido resuena en la habitación y yo me quedo paralizada, pero lo oigo respirar hondo y moverse en la cama.
Cierro los ojos con fuerza, a la espera de que me vea en cualquier momento.
Nada.
Los abro y lo veo estirado boca abajo. Se quitó la camiseta en algún momento de la noche, aunque no estoy segura de cuándo. Tal vez yo también me quedé dormida mientras esperaba. Lo último que recuerdo es que se metió bajo las sábanas con la camiseta y los calzoncillos puestos.
Se me retuerce el estómago al observar su espalda fornida; hasta dormido se le ven los músculos tirantes, como si cargara con una tensión permanente en el cuerpo.
Me apresuro hacia el pasillo y encuentro mis vaqueros secándose en el baño. Una oleada de vergüenza me invade al saber que fue él quien tuvo que cuidarme. El ataque fue horrible, pero se aseguró de que llegara a casa sana y salva. Me duchó y me metió en la cama.
Me protegió.
«Para, Alex».
Te mintió.
Te utilizó.
Los vaqueros siguen húmedos, pero me los pongo de todos modos. Encuentro mi bolso encima de la lavadora y compruebo que est é el móvil dentro antes de volver al pasillo.
Tengo que pasar de nuevo por delante de su habitación, y casi me da un infarto cuando escucho su voz.
—Que deje que te vayas de esta casa no significa que te permita acabar con lo nuestro.
Con una mano en el pecho, me vuelvo para mirarlo.
Está sentado en la cama. En la oscuridad apenas puedo distinguir su figura. Parece haberse calmado un poco si está dispuesto a dejar que me vaya.
—Me has mentido, Xi.
Veo cómo se pasa una mano por el pelo, aunque sigo sin distinguir su expresión con claridad. Indiferente, probablemente. Impasible. Apático.
—No tenía otra opción. —Su tono no muestra ni un leve ápice de arrepentimiento. Nunca transmite nada.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
—Siempre hay otra opción —susurro con voz ronca.
—Alex, la cagué. —Hace una pausa—. Sé que no me crees, pero lo siento. Lo siento muchísimo. Intenté…
Me limpio los ojos antes de que se me caigan las lágrimas.
—¿Cuándo empezó? —Los cierro con fuerza e intento tragarme el nudo que se me forma en la garganta.
Que te rompan el corazón duele. Muchísimo—.
¿Cuándo empezaste a utilizarme? ¿Lo tenías todo planeado?
¿Lo de aquel día en el aparcamiento? ¿Hiciste que alguien me robara el coche para poder rescatarme?
Niega con la cabeza.
—Fueron mis hombres quienes robaron tu coche, pero eso no tenía nada que ver con tu padre. Solo era un coche carísimo del que podíamos sacar mucho dinero.
Sollozo cuando empiezo a asimilar todo su plan y siento que el pecho me va a explotar.
—Pero devolvérmelo sí era parte del plan. Seducirme era el plan.
—Intenté decírtel…
—Escucharme, cuidarme y protegerme… Todo eso también era parte del plan.
Dios, decirlo en voz alta es mucho peor. Está claro que todo fue una mentira, porque ¿por qué otro motivo alguien se preocuparía tanto por mí?
Tomo aire con dificultad, con el corazón constreñido dentro del pecho. No tiene sitio suficiente ahí dentro.
—Alex…
—¡Me hiciste sentir especial! —grito con desesperación. Se me caen las lágrimas y un sollozo me sacude. Me trago el dolor antes de añadir en un susurro—: Me prometiste que no me romperías el corazón.
—Alex, por favor.
Intenta levantarse, pero pongo una mano delante de mí.
—No… No te acerques.
—Lo hice por mi familia —dice con voz contenida—. No tienes ni idea de lo jodido que es vivir aquí. Los Kings nos lo están quitando todo. Lo único que nos queda es conseguir cualquier mínima ayuda, y quieren trapos sucios sobre tu padre. Lo hice por la NSC. Ellos lo son todo para mí.
—Y yo solo era el plan.
—No —masculla—. Joder. —Aprieta la sábana con frustración. Veo que quiere levantarse, pero respeta mi deseo de no acercarse—. Sí, empezó así, pero enamorarme de ti no entraba dentro del plan. Desarrollar una conciencia. La obsesión cada vez mayor…, ¡eso no era parte del plan, joder!