Heartless Beloved (North Shore 2) 25
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ALEXANDRA

I fucked up convolk

Abro los ojos poco a poco. Me doy la vuelta en la cama para intentar acomodarme mejor bajo las sábanas. El espasmo repentino que siento en el brazo hace que me golpee todo lo ocurrido. Respiro hondo mientras intento incorporarme, pero mis músculos se niegan a cooperar.

—No —me regaña suavemente la voz de Xi.

Me sobresalto al darme cuenta de que está sentado en una silla junto a mí.

No estoy en mi cama, eso está claro. Creo que estoy en la suya. En su habitación. La luz es tenue, proviene del pasillo, por lo que no se ve mucho. Huele a él, a su deliciosa colonia y a pintura fresca. Odio que, a pesar de todo lo que sé, eso me tranquilice.

Se levanta y se sienta al borde de la cama.

—No intentes levantarte —repite—. Seguías temblando hasta hace menos de un minuto.

—¿Qué? —pregunto con voz ronca—. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

—No mucho. Vivo cerca del almacén, así que te he traído aquí rápido.

Me llevo las manos a la cara y me escondo tras ellas antes de pasarme los dedos por el pelo.

—Tengo que irme a casa.

—Alex —me reprende—. Tienes que descansar.

—No quiero dormir contigo —le suelto. Se me escapa un gimoteo cuando se me contraen el estómago y los muslos—. Uf —resoplo de dolor—. Joder.

—Todavía no te encuentras bien. No puedes irte a ninguna parte ahora mismo.

Se me llenan los ojos de lágrimas y aparto la mirada.

—Quiero irme.

No sé cuán realista es mi exigencia. Estoy agotada, apenas puedo mantener los ojos abiertos.

—No. —Se pone de pie—. No te vas a ir, punto y final. —Una orden cortante que me deja claro que, básicamente, me está reteniendo contra mi voluntad—. Te traeré agua.

En cuanto sale de la habitación, obligo a mi cuerpo a incorporarse. Me quito las sábanas de encima y me siento en el borde de la cama. El corazón me da un vuelco cuando me doy cuenta de que llevo puesta la camiseta y los calzoncillos de Xi.

—¿Qué narices…? —murmuro.

No lo haría, ¿verdad? No se aprovecharía de mí así. Le dije que las CPNE estaban ocasionadas por el trauma. Él nunca…

Aprieto los labios y revivo el momento en el que le subí la manga para dejar al descubierto su tatuaje.

Es de la NSC. Forma parte de una banda. Me utilizó.

Todavía no consigo procesarlo.

Vuelve a entrar en la habitación cuando intento levantarme por tercera vez.

—¿Qué haces? —Camina hacia mí y vuelve a meterme en la cama—. Te he dicho que te quedaras aquí.

—¿Por qué llevo puesta tu ropa?

Aparto las sábanas en cuanto se aleja. Él vuelve a echármelas encima.

—Porque quería que estuvieras cómoda.

—Mentiroso —escupo entre dientes al quitármelas de nuevo—. Eres un mentiroso. No puedo creerme nada de lo que digas.

Me aparta las manos y me echa la ropa de cama encima.

—Deja de comportarte como una cría. He hecho todo esto por ti.

—¿Y mi ropa? —intento deshacerme de las sábanas otra vez, pero en esta ocasión las sujeta y yo no tengo fuerza para tirar.

—En la lavadora —ladra. Después, su tono se suaviza de nuevo, como si se arrepintiera de haberme levantado la voz—. Te measte encima, ¿vale? Estate quieta de una vez.

Me quedo con la boca abierta, muerta de vergüenza. Esto no puede ser cierto. Me arden las orejas a causa de la humillación cuando bajo la mirada. Suelto la sábana, sin saber qué más hacer.

—Oye, no pasa nada, pero no iba a meterte en la cama con la ropa toda mojada. Así que te di una ducha y te puse la mía.

—Madre mía —gimo de vergüenza, dejándome caer sobre el colchón y escondiéndome bajo la manta.

Es raro, pero no es la primera vez que me pasa. Peach y Ella han tenido que lidiar con ello varias veces. No es algo que pueda controlar, y mis amigas nunca me han hecho sentir incómoda por ello. ¿Pero Xi? ¿Podría haber ido peor la noche?

Se me cierra la garganta y siento cómo me caen los lagrimones por las mejillas.

—Alex —me dice con dulzura al destaparme la cabeza—. No te preocupes. No es la primera vez que le pasa algo así a alguien cercano a mí. No tienes nada de lo que avergonzarte, te lo prometo.

Sacudo la cabeza y me hundo todavía más en las almohadas. Él sube la mano para acariciarme el pelo y suspira.

—Mi padre solía sufrir convulsiones por el tratamiento para el cáncer. Yo era quien lo cuidaba. Esto no es nada para mí.

Respiro hondo y por fin hago lo que debería.

—No me toques.

Le alejo la mano para incorporarme de nuevo a pesar del dolor que me recorre todo el cuerpo.

Esta vez aparto la sábana y me bajo de la cama por el otro lado.

—Lo digo en serio, Xi. Mantente alejado de mí.

Observo cómo aprieta la mandíbula cuando rodeo la cama y me dirijo hacia la puerta. Da un paso a un lado y me bloquea la salida.

—No.

—¿No? —escupo—. ¿Te has vuelto loco?

Saca barbilla y señala mis piernas desnudas.

—¿Te vas a ir medio desnuda?

—Me importa una mierda cómo me vaya mientras acabe lejos de tus mentiras. Ahora mismo te odio, ¿te enteras?

—Puedo vivir con ello. Te acabará entrando en la cabeza que, desde el momento en el que te dije que tenía dos obsesiones y que tú eras una de ellas, ya no había vuelta atrás.

Tú misma lo afirmaste: la vida se basa en tomar elecciones.

Podrías haber elegido al príncipe encantador, pero me elegiste a mí.

—Se inclina hacia delante para ponerse a mi altura y añade—: Supongo que elegiste mal.

Siento cómo se me ensanchan las fosas nasales mientras intento calmarme, pero no hay suerte. Estoy muy cabreada. Por primera vez en mi vida, estoy completamente furiosa. Así que le doy una bofetada.

Aprovecho su sorpresa para intentar pasar por su lado, cargando contra él como un jugador de la NFL e ignorando el dolor que se extiende por todo mi cuerpo.

Él me atrapa por la cintura sin ningún esfuerzo; mi peso y mi estatura no son nada para él, por lo que me levanta del suelo.

Con solo una zancada, me lanza de vuelta a la cama.

—Te arrepentirás de esto, pastelito.

—¡Ni se te ocurra llamarme así! —grito. Ruedo cuando intenta agarrarme del tobillo y le doy una patada en el hombro—. ¡No me toques!

—Alexandra —gruñe—. No quieres verme cabreado.

—Creía que estar cabreado era tu estado habitual. ¿No es por eso por lo que elegiste salir con la chica dulce? ¿Para tener un poco de sol en tu vida? Ah, espera… —Llevo las rodillas al pecho cuando intenta agarrarme otra vez—. Que solo me estabas utilizando para llegar hasta mi padre.

Me agarra por los tobillos y tira de mí hasta dejarme abierta de piernas sobre la cama.

—¡Suéltame!

Me retuerzo e intento pegarle otra patada, pero no cede. Cuando se echa sobre mí, no le doy tiempo a hablar. Le pego un mordisco en el hombro con tanta fuerza que le hago un agujero en la camiseta.

Su gruñido de dolor me provoca un revoltijo de sentimientos: mariposas en el estómago, una presión en la parte baja del vientre y un hormigueo entre las piernas. Me agarra del pelo y tira de él hasta obligarme a soltarlo; después, se incorpora.

—Elegiste al chico malo, Alex. —Tira de mí y su camiseta se me sube hasta justo por debajo de los pechos—. Elegiste al tío del que todos te advirtieron. —Me agarra por las caderas y me da la vuelta para dejarme boca abajo, lo que me arranca un grito—. ¿Sabes por qué?

Gruño en respuesta, negándome a darle una.

—Porque te gusta el peligro y la sensación de estar con alguien capaz de quitarte el poder de decisión, nena —gruñe mientras me baja los calzoncillos que llevo puestos.

—¡Ni se te ocurra! —grito.

—Te gusta que te trate como la puta que eres. Siempre con ganas de que te la meta…

Me pega un azote en el culo y chillo.

—¡Que te jodan!

«¿En dónde coño me metí cuando empecé a salir con este tío?».

—Elegiste al tío que te degrada y te humilla porque te encanta y, por desgracia para ti, no se aceptan devoluciones.

Me separa las nalgas antes de darme otro azote. Siento que se arrodilla entre mis piernas cuando intento darme la vuelta, pero me agarra por la nuca y enreda los dedos en mi pelo.

—Quédate quieta, te daré lo que deseas.

—No —suplico, presa del pánico.

Presiona con más fuerza y me hunde la cara en el colchón.

—Tengo malas noticias para ti, Alex —se burla detrás de mí—. Estás tan mojada que lo veo a pesar de la oscuridad.

—No…

El colchón amortigua mis palabras. Siento cómo la humedad me resbala entre las piernas, pero me niego a admitirlo.

—Eres mía, ¿verdad, nena? Tu coño lo sabe.

—Por favor —gimoteo—. Necesito alejarme de ti.

—Y yo necesito estar dentro de ti.

Siento dos dedos contra mi entrada, estimulándome, y el gemido que se me escapa solo aumenta mi rabia. Pues claro que estoy cachonda cuando lo que debería estar es cabreada. Obviamente todo se ha intensificado por la pelea.

—¿Cuántos dedos crees que eres capaz de soportar?

Me folla con dos hasta que estoy jadeando contra la cama, empujando las caderas contra su mano en busca de placer. Y entonces, añade otro.

—Dios —gimo—. Son demasiados…

—Sé una buena chica, Alex. Demuéstrame que puedo jugar contigo como me dé la puta gana.

Cierro los ojos con fuerza mientras el placer se intensifica y mi cuerpo se adapta a él.

—Muy bien, nena. Mira cómo se abre para mí ese precioso coño.

Siento su pulgar en mi entrada trasera.

—¡No!

Refuerza su agarre en mi nuca.

—Quédate quieta, no quiero hacerte daño. Sé que no te gusta el dolor.

—Xi, por favor —lloriqueo mientras extiende mi humedad hasta mi agujero apretado—. Joder —jadeo cuando presiona el pulgar contra él.

Se me escapa un gemido y él se ríe.

—Solo a las zorras les gusta que les den por el culo. ¿Eres una zorra, Alex? —me pregunta a la vez que curva los dedos dentro de mi coño y presiona los nudillos contra mi punto G.

—Sí —grito de placer—. S-sí.

—Eso pensaba.

Hace fuerza con el pulgar hasta metérmelo y yo me contraigo a su alrededor, con el placer apoderándose de mí.

Empieza a follarme el culo, a mover el pulgar al mismo ritmo que el resto de los dedos, y siento que estoy a punto de explotar.

La sensación es increíble y abrumadora, y no puedo evitar moverme contra él.

—Muy bien, buena chica. Fóllame los dedos.