24 #2
Con la mano derecha me agarra por la nuca, obligándome a ponerme de puntillas mientras se inclina hacia mí.
—Como no te pires a casa, te juro por Dios que te voy a dejar el culo rojo y lo voy a disfrutar.
En lugar de intentar zafarme de su agarre, le rodeo el bíceps izquierdo con los dedos y le subo la manga corta de la camiseta.
Apenas puedo contener el jadeo que se me escapa cuando veo el tatuaje de una daga en su brazo desnudo. Ahí está, en el hombro izquierdo, justo como Ella me lo describió, con las letras «NSC» en la empuñadora.
Xi forma parte de la North Shore Crew, tal y como mis amigas me habían advertido. Y en lugar de escucharlas, opté por creerme sus mentiras.
—Puto mentiroso de mierda —escupo con los ojos llenos de lágrimas.
—Alex —dice con voz ronca. Echa un vistazo a su alrededor; parece haber cambiado de opinión sobre que me vaya al darse cuenta de la gravedad de la situación—. Hablemos.
—No hay nada de qué hablar. —Mi tono es plano, y el corazón me late despacio mientras siento que la oscuridad me invade—. Lo he escuchado todo.
Se queda quieto y la sorpresa se le refleja en la mirada. Se pensaba que no los había oído. El cabronazo iba a seguir mintiéndome.
—Puedo explicártelo.
—Qué pena que no me interesen tus explicaciones. Suéltame.
Me retuerzo, pero su agarre no cede.
—Quería contártelo, Alex. —Vuelve a mirar a sus amigos—. No puedo hablar de esto aquí.
—Xi, suéltame —espeto—. Hemos terminado. Lo nuestro se ha acabado…
Me agarra por la mandíbula con la otra mano y me clava los dedos en la piel.
—Tienes todo el derecho a estar cabreada, pero más te vale retirar eso ahora mismo, joder.
Frunzo el ceño.
—¡Me has traicionado! Y eso no tiene arreglo.
—Lo tiene cuando no te queda otra puta opción —me escupe en la cara—. Te lo compensaré, pero no te librarás de mí.
—Estás como una cabra —gimoteo cuando hunde más los dedos y me obliga a separar los labios.
—Sí —gruñe—. Repítelo para que se te grabe bien en la cabeza.
—Xi —dice alguien detrás de él—, suéltala. —Reconozco la voz de Zara aunque no pueda verla. El enorme cuerpo de Xi me bloquea la vista—. Xi —repite Zara al posar una mano en su hombro—. Hay Kings furiosos por todo el almacén. Protégela y deja que se vaya.
«Kings furiosos por todo el almacén».
Así es su vida. Dos bandas que apenas coexisten en su ruinoso lado de la ciudad. Siempre al borde de una guerra abierta. Pelean en un ring , animando desde ambos lados del mismo almacén. Conspiran en silencio para acabar con la otra banda.
Usan a mujeres inocentes para conseguir lo que quieren.
Este hombre está tan inmerso en la guerra entre los Kings y la NSC que se me encoge el pecho al darme cuenta de que nunca tuve ninguna oportunidad. Si la elección es entre su banda o yo, Xi siempre los elegirá a ellos.
Me suelta, pero justo cuando voy a apartarme, estampa la mano contra la pared junto a mi cara.
—Voy a dejar que te vayas —dice en voz baja—, pero no pienso dejar que te vayas. ¿Te queda claro?
Me echo a temblar. Es por la necesidad de llorar, por la traición. Sus palabras son claras: no puedo escapar de él. Excepto que se equivoca. No le permitiré volver a mi vida.
—Aparta la mano —le ordeno con una frialdad que me pone la piel de gallina—. Ya.
Baja el brazo y echo a correr por el pasillo sin mirar atrás.
No respiro hasta que me encuentro de vuelta en el aparcamiento. Me limpio las lágrimas conforme caen y por fin aminoro el paso.
¿Cómo he podido ser tan tonta? El hombre del que estaba enamorada hasta las trancas forma parte de una banda.
Me estaba utilizando.
Poco a poco dejo atrás a la multitud que se reúne en el aparcamiento. Estoy bajando la calle cuando alguien grita mi nombre. Me doy la vuelta y veo a Elliot y a Ethan acercándose.
—¿Te ha gustado la pelea? —me pregunta Elliot cuando se detienen delante de mí.
Me limpio las lágrimas y niego con la cabeza.
—¿Por qué me invitasteis a venir esta noche?
—¿Qué pasa? —me pregunta con el ceño fruncido—. ¿No le ha hecho ilusión verte aquí?
—Pues… no. No quería que estuviera aquí, la verdad.
—Joder. —Elliot se pasa una mano por el pelo rubio—. ¿Sabes lo que significa eso?
—No —sollozo—. No tengo ni idea.
—Significa que le importas. —Su voz adquiere un tono diferente. Amenazante.
—¿Q-qué? —tartamudeo, completamente confundida.
Me siento tan aturdida por la cantidad de cosas que he descubierto esta noche que, sumado a lo roto que tengo el corazón, no entiendo nada.
Entonces la realidad me golpea justo cuando Ethan se mueve para colocarse detrás de mí, pero soy demasiado lenta, claro. Demasiado lenta, demasiado ingenua, demasiado crédula. Como siempre.
Ojalá me hubiera acordado un par de segundos antes de que el tatuaje de Xi demuestra que pertenece a la NSC, y sé con certeza que Ethan y Elliot forman parte de los Kings.
Lo que significa que son enemigos.
Elliot me dedica una sonrisa de oreja a oreja, como si se me reflejara en la cara que acabo de encajar todas las piezas del puzle. Retrocedo, pero Ethan me rodea el cuello con la mano desde detrás.
—¿Y sabes qué significa que se preocupe por ti? —se burla Elliot.
El corazón me martillea en el pecho y la espalda se me pone rígida del miedo.
Niego con la cabeza, incapaz de hablar.
Elliot se inclina hacia mí con una sonrisa de depredador.
—Significa que si te hacemos daño, también se lo haremos a él.
Se me escapa un quejido cuando saca una navaja del bolsillo y la abre.
—P-por favor. —Me llevo las manos a las de Ethan, que siguen alrededor de mi cuello—. No quiero problemas, solo quiero…
«Irme a casa». Mi voz resuena con fuerza en mi cabeza. Igual que aquella noche.
«Quiero irme a casa».
«Quiero irme a casa».
Cierro los ojos con fuerza y me obligo a mantener la calma.
—Me estaba utilizando. No le importo. O-os lo prometo. No conseguiréis nada.
—Vas a encargarte de transmitirle un mensaje de nuestra parte. —Ahora el tono de Elliot es cortante, y los rasgos amables que vi antes han desaparecido de su rostro—. ¿Podrás hacerlo? A cambio…, te dejaremos vivir.
Intento asentir, pero la mano de Ethan no me lo permite.
—S-sí —chillo.
—Vas a decirle que queremos la información que nos ha estado ocultando.
Y que si no nos la entrega… —Me acerca la navaja a la mejilla y presiona la punta contra mi piel.
No empuja, no me corta, pero el miedo basta para hacerme gimotear.
Me ha quedado claro el mensaje—. ¿Te parece un mensaje fácil de transmitir? —insiste Elliot.
Mi «sí» apenas es audible porque no me atrevo a tomar otra bocanada de aire.
—Genial. Porque de lo contrario, me temo que tendremos que hacerte mucho daño. Y no queremos eso, ¿verdad?
—N-no, por favor.
Ethan baja la boca hasta mi oído.
—No intentes colárnosla. Sabemos dónde vives.
—Por favor, dejad que me vaya —estallo en sollozos sintiendo cómo el suelo se inclina bajo mis pies.
Con la respiración agitada, el eco de mi propia voz resuena por todas partes cuando por fin me sueltan.
«Quiero irme a casa».
Me pitan los oídos y siento cómo pierdo el control de mis extremidades. No paro de temblar, tengo espasmos.
Los dos desaparecen. Percibo que ya no están cerca.
Huele a humo, como cada vez que me veo arrastrada de vuelta a aquella noche.
Caigo sobre el asfalto y empiezo a perder el conocimiento.
«No. Aquí no, ahora no».
—Alex —grita una voz. Siento una mano contra mi pecho—. Respira hondo, haz fuerza contra mi mano. —Me coloca otra mano debajo de la cabeza—. Respira, nena. Estoy aquí.
Pero es demasiado tarde. Oscuridad total.