Heartless Beloved (North Shore 2) 23 #2
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—Fui yo. —Lo miro fijamente, con la mentira ácida en la lengua y quemándome en la garganta—. Te prometo que fue solo una caída yendo borracha cuando volvía a casa caminando de Zeta Nu. Me caí en unos arbustos.

Se le ensanchan las aletas de la nariz al intentar calmarse.

No quiero que pierda el control. No quiero que vuelva a ponerse como cuando Chester no me soltaba. Xi ni siquiera es capaz de mantener una conversación cuando tengo un corte en la rodilla. ¿Qué pasaría si se enterara de lo que me hace mi padre?

—Más te vale estar dici éndome la verdad, Alex, porque como descubra que me mientes, te obligaré a ver cómo me cargo a la persona por la que me mentiste.

Trago saliva y asiento, incapaz de hablar.

—Esta noche tengo mucho trabajo, pero quiero que me escribas en cuanto llegues a casa. Te llamaré antes de dormir.

Asiento de nuevo.

—Dime que me avisarás cuando llegues a casa sana y salva —añade con ese tono cabreado habitual.

—T-te avisaré cuando llegue a casa sana y salva.

Exhala mientras cierra los ojos, y sus largas pestañas le acarician las mejillas.

—Buena chica —murmura.

Me aprieta contra la pared, con la mano todavía alrededor de mi mandíbula, y planta sus labios sobre los míos.

Así de simple, el miedo desaparece. Solo necesito un beso profundo que hace que el corazón me dé un vuelco para que toda mi ansiedad se esfume.

No puedo controlar el bostezo que se me escapa.

Llevamos cuarenta y cinco minutos en el aparcamiento frente a una tienda.

Repartimos folletos e invitamos a la gente a unirse a las clases de boxeo que imparten en el gimnasio de Dickie.

Los panfletos dicen: «Sal de las calles, ¡es gratis!

» en letras grandes, y me estremezco cada vez que los veo.

Cómo no dirigirse a los jóvenes: parte uno.

Cassie, la chica que me acompaña, resopla mientras cambia el peso de un pie a otro.

—Tengo que ir al baño —repite por quinta vez.

Le sonrío con amabilidad.

—Hay un restaurante al otro lado de la calle. Ve y pregunta si puedes usar el baño.

—Se supone que no debemos dejar a la otra sola.

—Solo serán dos minutos —la tranquilizo. No me puedo creer que sea yo quien tranquilice a alguien en North Shore—. No me preocupa quedarme sola.

Asiente y se muerde el labio, pensativa.

—Vale. Seré rapidísima.

Me da sus folletos y sale corriendo hacia el paso de peatones.

Me siento en el banco metálico de fuera de la tienda y me obligo a parecer relajada. No pasa nada. Volverá enseguida.

Una camioneta verde oscura mate aparca frente a mí, y de ella se bajan dos hombres.

Son altos; uno de ellos tiene el pelo rubio ondulado hasta las orejas y lo sacude al bajarse del asiento del copiloto mientras se ríe.

Rodea el vehículo para unirse con el otro, de pelo negro y expresión seria.

No podrían ser más distintos el uno del otro ni aunque lo intentaran.

Se quedan mirándome al pasar por mi lado, como si me conocieran de alguna parte pero no lograran identificar de dónde. Yo estoy bastante segura de que no los conozco.

Entran en la tienda y suelto el aire, con el corazón martilleándome el pecho. Miro al otro lado de la calle, pero Cassie todavía no ha vuelto del restaurante. Ni siquiera me he fijado en si ha entrado. Como no la veo, asumo que ha debido de hacerlo.

Unos minutos después, los dos chicos de la camioneta verde salen de la tienda. Caminan hacia mí otra vez y, con discreción, tapo los folletos con la mano para que no les pique la curiosidad de ver qué es lo que ponen. Rezo para que no me hablen porque tengo un extraño presentimiento.

No hay suerte.

El rubio se detiene justo delante de mí, tapando el sol y cubriéndome con su sombra.

—¿Qué es eso que estás repartiendo? —me pregunta con una sonrisa radiante. Le brillan los ojos azules con entusiasmo.

—Eh, pues…

Cojo un folleto y se lo doy. Lo mira y se burla antes de pasárselo a su amigo. Al hacerlo, veo un tatuaje en su antebrazo. Una corona.

El corazón me da un vuelco. Es el tatuaje de la banda de los Kings. Este tipo pertenece a una banda, y no me cabe la menor duda de que el otro también.

El más serio baja la mirada al folleto y apenas se le curvan las comisuras de los labios. Supongo que esa es su cara de diversión.

—Qué amable por vuestra parte el sacarnos de las calles, ricachones —dice con sarcasmo.

Me encojo en el banco, sin saber qué decir. Quiero irme con Cassie al restaurante, pero tal y como me tienen rodeada, ni siquiera puedo levantarme.

—Creo que te he visto en alguna parte —interviene de nuevo el rubio.

—L-lo dudo.

Chasquea los dedos y me señala.

—Xi. Eres la chica de Xi.

Baja la mirada a mi camiseta.

—Solo es el nombre de mi sororidad —digo negando con la cabeza.

Se ríe.

—Pero te he visto con él por el barrio. El otro día, en su coche, en mitad de la carretera. Si no recuerdo mal, os lo estabais pasando bastante bien.

Abro los ojos de par en par; me arden las mejillas. Me quedo sin palabras. Nos adelantaron muchos coches mientras follábamos sin ningún tapujo en mitad de la carretera. Al parecer, uno debió de ser el suyo.

—Parecéis muy unidos —se ríe—. ¿Vas a pasarte esta noche por su pelea?

El tiempo se detiene durante unos segundos.

—¿Su pelea? —repito.

—Sí, en el almacén. Deberías venir.

«Una pelea en el almacén».

¿Qué es eso? Nunca me ha hablado de ello. Dijo que tenía trabajo.

Igual que nunca me ha dicho si tiene un tatuaje de la NSC en el hombro izquierdo o no.

¿De verdad mi novio acaba de mentirme cuando le he preguntado si formaba parte de una banda?

—Vale.

Mi voz me resulta tan extraña que apenas creo que sea yo la que acaba de aceptar ir a una pelea en North Shore esta noche.

—Dame tu número y te paso la dirección.

Se lo doy y observo, paralizada, cómo guarda mi número en su móvil. Se me vienen a la cabeza los nudillos magullados de Xi; por fin entiendo por qué los tenía así. El rubio me sonríe con entusiasmo antes de hablar.

—Me llamo Elliot, por cierto. Y este es mi hermano, Ethan.

Asiento sin pensar, con el corazón encogido por el dolor.

—Alex.

—Nos vemos allí, Alex.