Heartless Beloved (North Shore 2) 23
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ALEXANDRA

Better With Friday Pilots Club

Aparto de un soplido el mechón de pelo que me cae delante de la cara y el corazón me explota en el pecho.

Ahora mismo parece un dios. Lleva las manos en los bolsillos de los pantalones cargo negros y una camiseta caqui que parece algo pequeña y se le ajusta a los hombros anchos y los preciosos bíceps.

Y una pulsera de cuentas rosas en forma de corazón.

Lleva la pulsera que le hice después de que ayer rompiera la máquina expendedora por mí. Me pasé la tarde haciéndola mientras él pintaba y se la di antes de irme. Y ahora la lleva puesta.

El corazón amenaza con salírseme del pecho.

Me limpio la frente sudorosa con el antebrazo, y por cómo se le curva la comisura de la boca, algo me dice que él también está disfrutando de la vista.

—Llevas mi pulsera —susurro, pero no reacciona a mi sorpresa.

—Estoy bastante seguro de que soñé con esto anoche. —Se muerde el labio inferior con sus perfectos dientes—. Empezaba contigo de rodillas…

Me siento sobre los talones sin dejar de mirar en todas las direcciones.

—¿Qué haces aquí? Y con mi pulsera.

Mi tono serio no parece calmarlo en absoluto. Da un paso adelante, tan cerca que tengo que forzar el cuello para mirarlo a los ojos.

—Estaba con Dickie en su despacho, viendo la pelea de Billie. Fue su entrenador. Y sí, llevo mi pulsera, la que mi chica me hizo.

Sacude la muñeca delante de mi cara, pero, en realidad, no lo estoy escuchando.

No he dejado de darle vueltas al tema de la banda desde la conversación del autobús, y quiero aclararlo antes de que la ansiedad me consuma por completo.

Al no estar muy cómoda hablando así, dejo la esponja y me pongo de pie.

—Necesito preguntarte algo…

—Estás sangrando —me interrumpe.

Sigo su mirada hasta mi rodilla izquierda y me percato del agujero en las medias y de la sangre.

—Ah. —Cojo una servilleta de papel del cubo de la limpieza que tengo al lado—. Ni me había dado cuenta, no es más que un rasguño por llevar tanto tiempo de rodillas.

Me la limpio antes de mirarlo.

—Bueno, lo que decía… Sé que no viene a nada y odio tener que preguntártelo, pero… Dios, no quiero que pienses que te estoy juzgando ni nada por el estilo, solo…

—Alexandra —escupe Xi en voz baja, sin apartar la mirada de mi rodilla—. Sigues sangrando, no puedo concentrarme, joder.

—Solo es un rasguño —le espeto—. Estoy intentando decirte algo importante.

Le resuena un gruñido dentro del pecho cuando su expresión se endurece. Me agarra por la muñeca con firmeza y empieza a caminar, arrastrándome con él.

—¡Xi! —chillo mientras cruza la sala a grandes zancadas en dirección a las escaleras.

Echo un vistazo a nuestro alrededor y veo cómo las chicas de Xi Ep nos observan con los ojos como platos.

Nos mete en el despacho de Dickie y cierra la puerta. Dickie no está, pero eso no me tranquiliza en absoluto.

—Xi —susurro con enfado en cuanto me suelta la muñeca para agarrarme por la cintura y sentarme sobre el viejo escritorio. Se tambalea bajo mi peso y temo que no aguante.

Xi se da la vuelta y abre una taquilla metálica. Apoyo las manos en el escritorio, lista para bajarme de un salto.

Sigue de espaldas a mí cuando dice con toda la calma:

—Ni se te ocurra.

Me quedo quieta, sin hacerme gracia lo fácil que me resulta obedecerle.

Vuelve con una bolsa roja con una cruz blanca. Leo el texto grueso impreso.

—¿Botiquín? —murmuro en voz alta. Lo deja sobre el escritorio, lo abre y saca algunos suministros antes de arrodillarse frente a mí. Lo observo con los ojos muy abiertos mientras me limpia la rodilla con una toallita desinfectante—. ¿Qué estás…?

Pero está claro lo que hace. Está perdiendo la cabeza por un cortecito de nada.

Un. Cortecito. Diminuto.

Desliza las manos bajo mi falda y me baja las medias hasta los tobillos. Me quita las zapatillas, se deshace por completo de las medias, y saca otra cosa del botiquín.

Abre una tirita y me la pega en la rodilla. Es grande, cuadrada y de color carne, como si de verdad me hubiera hecho daño.

Le da un beso a la tirita y por fin levanta la vista hacia mí.

—¿Qué decías? —me pregunta, todavía de rodillas.

Me cuesta horrores respirar. Tiene la cabeza justo entre mis muslos y llevo puesta la falda del uniforme.

No me cabe ninguna duda de que tiene una vista más que perfecta de mis bragas rosas a juego con el sujetador.

Aun así, no quiero esconderme ni apartarme.

Si acaso, quiero apretarme contra sus labios y alimentar el hambre insaciable que me invade cuando está cerca.

—¿Alex? —insiste, inexpresivo, pero veo el brillo juguetón en su mirada. Sabe perfectamente lo que está haciendo.

—¿Formas parte de una banda? —suelto de golpe—. ¿Amenazaste a Harper? Fue maja conmigo, te tiene miedo. ¿Qué le has hecho?

Las palabras me salen atropelladas y confusas, pero creo que se entiende lo que quiero decir.

Se le escapa una risa.

—Eres experta en darle demasiadas vueltas a todo, ¿eh?

—Y tú en evitar los temas de los que no quieres hablar.

—Qué observadora —añade con suavidad mientras me besa la cara interna del muslo—. Me resulta muy molesto.

—Xi —suspiro—. Solo responde a mi pregunta. Preguntas . Contéstame.

Lentamente, sube la boca por mi muslo, con la cabeza ya casi bajo mi falda. Me aferro al borde del escritorio, pero no retrocedo.

—Respóndeme.

Mete la mano bajo la falda y me aparta las bragas despacio, dejándolas a un lado. Levanta la vista hacia mí y se pasa la lengua por los dientes delanteros.

—No formo parte de ninguna banda. Ahora, túmbate y pon los pies en el borde.

—¿Y lo de Harper? ¿Le hiciste daño? ¿La amenazaste? No quiero que hagas eso por mí.

—No me gustaba cómo te trataba. Me alegro de que se haya solucionado.

—¿Qué le dijiste? Está aterrorizada. No puedes hacer eso. Las cosas no funcionan así. —Me cuesta respirar; mi pregunta es más un jadeo que otra cosa.

—¿A ella? Nada. Pero sabe Dios que tiene muchos coches a los que puedo seguir prendiéndoles fuego si vuelve a incomodarte. Ya van dos.

—Xi —suspiro en cuanto me roza el clítoris con el pulgar. Joder, me cuesta muchísimo ponerme seria cuando lo único que quiero es sentir su lengua contra mi piel—. No puedes hacer eso, es…

—Alexandra —gruñe entre mis piernas. Su aliento me acaricia y me enciende todo el cuerpo—. Hago lo que me da la puta gana por ti, y hago lo que me da la puta gana contigo . Ahora, sé una buena chica, túmbate y pon los pies en el borde del escritorio.

—N-no podemos hacer esto. Dickie podría… —Un gemido me interrumpe cuando presiona el pulgar contra mi entrada húmeda.

—Haz lo que te digo, Alexandra.

La cabeza me da vueltas por el deseo cuando me dejo caer hacia atrás sobre el escritorio y coloco los pies en el borde.

¿De verdad tengo tan poco aguante?

Su lengua se abalanza sobre mí al segundo siguiente. Se hunde dentro de mí, saboreando mi humedad antes de subir hasta mi clítoris. Tengo las piernas abiertas para él y me devora como si fuera un festín.

Tengo que llevarme la mano a la boca para ahogar mis gemidos mientras me acaricia una y otra vez. No se detiene, no reduce el ritmo. Me pregunto si siquiera respira. Estoy tan mojada que hasta lo noto deslizarse entre las nalgas y me arde la cara.

Por mucha vergüenza que sienta, no lo detengo. No puedo. Me gusta demasiado. Me corro con tanta fuerza que cierro las piernas y atrapo su rostro entre los muslos. Él presiona la lengua una vez más antes de separarme las piernas y ponerse de pie.

Parece completamente satisfecho al verme hecha un desastre, tumbada sobre el escritorio, jadeando. Debo de parecer ridícula.

—Eres preciosa —susurra mientras recorre con la mirada cada centímetro de mi cuerpo.

Me llevo las manos a la cara para ocultar que me ruborizo. Él me agarra por las muñecas y me las aparta.

—No te tapes. Me gusta cuando te pones roja.

Me río, sin parar de forcejear para intentar cubrirme la cara con los brazos.

—Tengo que volver —suspiro—. No puedo escaquearme del día de voluntariado.

Cuando el subidón del orgasmo empieza a desvanecerse, las palabras de mis amigas regresan a mi mente. Ella está convencida de haberle visto un tatuaje, pero Xi me dice que no forma parte de la NSC.

¿Por qué me mentiría?

Agarro el dobladillo de su camiseta, lista para quitársela, pero me detengo cuando siento que su agarre se tensa alrededor de mis muñecas. En una fracción de segundo, me levanta el brazo izquierdo con brusquedad.

—¿Qué cojones es esto? —escupe con rabia al ver el moratón que tengo en la parte superior y en el antebrazo.

Ha pasado una semana, pero todavía son ligeramente visibles. De un tono marrón apagado.

Me quedo en blanco durante unos segundos mientras sus ojos me examinan todo el cuerpo. Se percata del hematoma que me cubre el muslo, el cual todavía sigue hinchado y morado.

—Alex. —Percibo el pánico en su voz, algo que nunca le había oído antes; emociones mezcladas con preocupación.

—Ah. —Fuerzo una sonrisa y actúo impávida pese a que siento que se me va a salir el corazón por la boca—. No es nada, solo…

Me suelta la muñeca derecha y me agarra de la camiseta. Tira de mí con tanta fuerza que me obliga a bajarme del escritorio. Me sube la tela hasta la garganta y me observa el pecho y las tetas, hasta que su mirada se detiene en el otro moratón de las costillas.

Una única palabra sale de sus labios.

Una pregunta sencilla.

—¿Quién? —gruñe.

—Yo —miento con un tono tranquilizador—. ¿Quieres dejar de preocuparte tanto de una vez? Me caí estando borracha. Todavía no ha acabado la iniciación, por lo que me emborracho prácticamente todas las noches.

Me rodea la mandíbula con una mano y tira de mí hasta que apoyo la espalda contra la pared.

—Xi —jadeo—. Para…

—Te lo volveré a preguntar, y espero que esta vez me digas la verdad. —Su aliento áspero me calienta el rostro; sus preciosos ojos están igual de oscuros que el carbón—. ¿Quién te hizo esto?