Heartless Beloved (North Shore 2) 22
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ALEXANDRA

Xi Ep ha alquilado un autobús para llevarnos a donde sea que vayamos a hacer voluntariado hoy.

Uno negro y elegante, con asientos de cuero, como si fuéramos superestrellas.

Me voy al fondo con Peach, y Ella se sienta justo delante de nosotras.

Apoyo la cabeza contra la ventana y cierro los ojos mientras las palabras de mi padre de la semana pasada regresan a mi mente.

« Me niego a tener una hija idiota que me avergüenza».

Nunca escaparé de las garras de mi padre. Siempre estará ahí, irrumpiendo en mi vida para recordarme que soy una decepción.

El autobús arranca y Peach me pone una mano en el muslo.

—Eh. —Me da un leve apretón cuando la miro—. Tienes cara de no haber dormido mucho.

—Es que no he dormido —gruño.

Estaba demasiado preocupada pensando en que mi padre se enterara de que Xi me quitó la pulsera. En cuanto volvimos a la universidad, nos pusimos a buscarla y ahora la llevo en mi mochila para que no sospeche.

—¿Y el no dormir tuvo algo que ver con cierta persona de North Shore?

Como no respondo, me tiende algo. Bajo la mirada y veo un mensaje que le envió Chester en el que le cuenta que ayer me vio irme en el coche de Xi y que no aparecí por clase en toda la tarde. Me muerdo el interior de la mejilla y levanto la vista hacia mi amiga.

—¿Qué tal está Chester?

—Bueno —resopla—, según él, ayer te secuestró por segunda vez un pandillero de North Shore.

—Dios, qué dramático es.

Pongo los ojos en blanco.

—Xi le rompió la muñeca la semana pasada.

Hago una mueca.

—Vale, reconozco que eso estuvo completamente fuera de lugar, pero no forma parte de ninguna banda.

Peach levanta las cejas hasta el nacimiento del pelo y su mirada se endurece.

—¿Me estás tomando el pelo, Alex?

—No asumas cosas solo porque vive en North Shore.

—Y porque es un camello.

—Eso no significa que forme parte de una banda, Peach —replico entre dientes.

Hoy no tengo fuerzas ni paciencia para discutir.

—Ella lo conoció en una fiesta de la NSC, Alex. Abre los ojos de una puta vez —me espeta con rabia—. ¡Ella! —Le da un golpecito en el hombro a nuestra amiga, quien se quita los auriculares y se vuelve hacia nosotras—. Alex vuelve a comportarse como una niñita ingenua.

—No estoy siendo ingenua. Pensé lo mismo que tú el día que lo conocí, y hasta le hizo gracia.

No forma parte de una banda, Peach. Simplemente vive en el lado equivocado de la ciudad, pero eso no lo convierte en un pandillero.

Eres tú la que lo está juzgando basándote en tus prejuicios solo porque una de tus amigas lo vio en una fiesta de la NSC en una ocasión.

Eso no significa nada. Me cuida, es un buen hombre.

Fue él quien encontró mi coche, quien lo llevó a arreglar y quien me lo devolvió.

—Ya, y lo más probable es que también fuera él quien te lo robó —murmura.

—Cállate. Hoy no tengo energía para esto.

Me cruzo de brazos y me apoyo contra la ventana con la mirada al frente para no tener que verla.

—No soporto lo crédula que es —le dice Peach a Ella—. El tío va a aprovecharse de ella. Lo sabes, ¿no?

—Estoy aquí —le espeto—. No hagas eso. Odio cuando hablas de mí como si no estuviera justo delante escuchándolo todo.

—Alex —interviene Ella—. Cálmate, cielo.

—Que ella no sepa gestionar su relación con Wren no le da derecho a meterse en la mía.

—No tenéis ninguna relación —replica Peach—. Él solo chasquea los dedos cuando quiere follarte y tú corres hacia él. Hace lo mismo con todas las tías.

—Vale, se acabó —ladra Ella—. Estoy hasta aquí —levanta la mano por encima de la cabeza— de que seáis incapaces de tener una conversación civilizada que dure más de un minuto.

Ambas nos quedamos calladas, con la boca abierta. Ella está de mal humor, y eso es algo que no pasa nunca.

—Lo siento —murmuro como una niña a la que le están echando una buena regañina—. ¿Estás bien?

—Anoche la llamó un fantasma del pasado —me susurra Peach.

—¿Chris te ha llamado? —chillo.

—¡No! —Niega con la cabeza—. Bueno, sí, pero eso no importa. No significa nada. Solo…

—Estaba borracho —añade Peach junto a mi oído, aunque Ella también lo escucha.

—Ya basta —le advierte.

—Le dijo que quería dejar a su novia por ella.

—Peach, cállate —le escupe Ella—. Joder, cierra la boca de una vez.

—Qué fuerte —digo—. Ella, ¿qué vas a hacer?

Hay muchas cosas que se interpusieron en la relación de Ella con su ex.

Él estaba en último curso cuando nosotras íbamos a primero, pero Ella repitió un año, así que solo se llevaban dos.

Ahora estudia en Harvard, lo que complicaría que volvieran a estar juntos.

Pero el principal problema siempre fue que él es el mejor amigo de su hermano.

Y Luke, el susodicho, lleva toda la vida siendo extremadamente protector con ella.

Lo que menos quiere es que su amistad se eche a perder por un hombre, por mucho que lo haya querido en el instituto.

Ella se pasa una mano por el rostro.

—Peach tiene razón. Eres demasiado ingenua.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque estaba borracho, Alex. Es un hombre. Un hombre borracho.

Clava sus ojos azules cabreados en los míos.

—Vale, estaba borracho. ¿Y qué?

—Que eso es lo que hacen —me explica Ella como si fuera una niña—. Los tíos te dicen que quieren dejar a su novia por ti solo para tenerte cerca, para que no sigas con tu vida, porque les gusta tener opciones. A Chris no le importo. —Se aclara la garganta y aparta la mirada—. Nunca le he importado.

—Además, tú ya lo has superado, ¿no? —insiste Peach.

Ella se humedece los labios y baja la mirada a sus dedos, que juguetean con los auriculares.

—Sí, claro.

La mentira resulta tan evidente que se me parte el corazón.

—Los hombres son una puta mierda —bufa Peach. Después, me señala con el pulgar—. Por si eso no fuera suficiente, la tía va y decide liarse con el pandillero mujeriego de North Shore porque ¿por qué no complicarse la vida un poco más?

—Que no es un pandillero —le espeto a mi amiga.

—Alex. —Ella me lanza una mirada mordaz—. Lo es. Y si prefieres tragarte sus mentiras antes que fiarte de nosotras, fíjate en su hombro izquierdo. Tiene un tatuaje, una daga con las letras de la NSC en la empuñadura.

Aprieto los labios, sin querer discutir con mis dos amigas. Somos un trío. Normalmente, si dos tienen razón, la tercera es la que está equivocada.

—Quizá viste mal… —respondo con cautela.

De repente, Ella se da cuenta de algo.

—Espera, ¿cómo es que todavía no se lo has visto? Os habéis acostado.

No es hasta este momento que caigo en que nunca he visto a Xi sin camiseta. Cada vez que nos hemos acostado, de una forma u otra, se ha quedado casi con toda la ropa puesta. ¿Será porque me está escondiendo el tatuaje?

—Bueno…

Las orejas se me ponen coloradas y mis amigas se miran entre ellas.

—¿Llegaste siquiera a preguntárselo? En plan, una pregunta clara y directa —dice Peach con suavidad, ahorrándome el mal trago de tener que explicarme.

Me ignoró cuando lo hice. Algo que tampoco puedo contarles.

—Se molestó cuando asumí que formaba parte de una banda y…

—Pregúntaselo y a ver qué te dice. Ella sabe que es verdad, le vio el tatuaje. Así que comprueba si está siendo sincero, ya que eso te proporcionará mucha información sobre él.

Asiento, no muy contenta de tener que hacerlo, pero consciente de que es lo correcto.

—Alex —añade Ella mientras desliza las manos entre los dos asientos que nos separan y me toca la rodilla—, no tiene nada de malo acostarse con el malote por diversión, pero no puedes tener una relación con Xi.

—Por favor, no me digas que crees que somos mejores que él porque vivimos en Stoneview. No te pega nada.

—Claro que no —resopla—. Ya sabes lo que pienso de Stoneview.

—Entonces, ¿qué? —insisto.

—No te conviene estar en medio de la guerra entre la NSC y los Kings.

La gente muere, Alex, es algo muy serio.

Xi es de la NSC. No sé hasta qué punto está involucrado, pero da igual.

Forma parte de la banda, y podría pasarte cualquier cosa si te relacionaran con ellos. Mantente al margen, por favor.

Hago todo lo posible por no mostrar lo mucho que me aterrorizan sus palabras. Asiento y vuelvo a mirar por la ventana, dándome cuenta de que hemos dejado atrás el lujo de la ribera sur.

—No te preocupes —intento decir con la mayor naturalidad posible—. Hablaré con él y aclararé todo esto. Además, ni que estuviéramos coladitos el uno por el otro.

La mentira se me escapa con demasiada facilidad. Sobre todo porque Xi me ha dejado bastante claro lo nuestro. Y sé perfectamente lo salvaje que se vuelve mi corazón cuando estoy cerca de él.

—Atención, señoritas —exclama Camila desde la parte delantera del autobús.

Estamos aparcando frente a un edificio destartalado de dos plantas—.

Hoy vamos a trabajar de voluntarias en un gimnasio de boxeo.

Hemos decido apoyar a «Una vida, un sueño», una organización que ayuda a lugares que ofrecen clases y actividades gratuitas en zonas de bajos recursos.

Nos dividiremos en tres grupos y rotaremos para que todas hagáis las mismas tareas.

El primer grupo empezará dentro del gimnasio.

Le echaréis una mano a Dickie, el dueño, para despejar algunas de las salas del fondo.

El segundo grupo limpiará la sala principal, y al tercero le entregaremos algunos folletos que deberán repartir por el barrio.

Se oye un leve murmullo de aprobación antes de que Camila continúe.

—Chicas, no olvidéis que nos encontramos en North Shore, así que no perdáis de vista vuestras pertenencias y andaos con mil ojos, sobre todo al repartir los folletos. Aseguraos de ir en parejas. No quiero decir que corráis peligro, pero estad atentas por si acaso. ¿De acuerdo?

—Genial —murmuro. Mis amigas me miran y añado—: Tranquilas, estoy bien.

Se miran entre ellas sin decir nada. Saben que no deben insistir cuando no quiero hablar del tema. No me preocupa estar en North Shore, de hecho, hasta me gusta un poco porque eso significa que cabe la posibilidad de encontrarme con Xi.

Nos bajamos todas del autobús y sacamos un número al azar de una bolsa que sostiene Harper para saber a qué grupo nos toca ir. Cuando me toca el uno, Harper me sonríe.

—Dickie es un tío majísimo, ya lo verás.

—Asiento, sin darle mayor importancia. Cuando estoy a punto de apartarme, me agarra del codo—.

Alex. —Se aclara la garganta—. Mira, sé cómo te sientes al estar aquí, así que si no quieres repartir folletos, no pasa nada.

Puedes hacer la misma tarea dos veces sin ningún problema.

Ah, y… solo para que lo sepas, borré el vídeo de tu habitación.

Entrecierro los ojos al mirarla, intentando adivinar dónde está la trampa.

—¿Por qué eres tan amable? Las iniciaciones todavía no han acabado.

Da un paso atrás, nerviosa, sin parar de mirar en todas las direcciones.

—N-no sé de qué me hablas.

Está asustada. ¿Por qué está tan asustada?

—Madre mía. ¿Xi…? —No puede ser—. ¿Te dijo Xi…?

—Solo intento ser amable, ¿vale? —me espeta—. Asegúrate de decírselo a tu novio.

—Harper, yo no le pedí… No sé qué fue lo que te dijo, pero…

—Alex, muévete. —La voz cortante de Camila me sobresalta, y me aparto al darme cuenta de que estoy bloqueando la fila.

Peach y Ella están en el grupo número tres, así que me despido de ellas cuando se alejan del aparcamiento con los folletos.

Entro con mi grupo y conozco a Dickie. Es un hombre enorme con voz ronca.

Harper tenía razón: a pesar de su aspecto, es muy agradable y nos ofrece bebidas y aperitivos antes de ponernos manos a la obra.

Entramos en la sala principal del gimnasio y el segundo grupo se dirige a la habitación del fondo.

La oficina de Dickie se encuentra en una especie de altillo, con vistas a la sala de entrenamientos en la que nos encontramos.

Ha añadido unas paredes finas con una ventana de plexiglás para separar bien los espacios.

Desde aquí abajo no podemos ver lo que pasa allí arriba.

Una chica de Xi Ep me da una esponja y un cubo de agua.

—Yo voy a fregar, pero hay algunas manchas que se resisten, así que te toca darles un repaso si es necesario.

—Claro —asiento.

Media hora después, estoy de rodillas, con ambas manos alrededor de la esponja áspera mientras ataco con furia una mancha que no se va ni queriendo.

Pongo todo mi empeño, sin parar de frotar de un lado a otro.

Tengo las medias y las rodillas empapadas de estar sobre el suelo recién fregado.

Se me han soltado algunos mechones de pelo de la coleta y me caen delante de los ojos.

—Uf —gruño frustrada.

También se me ha mojado la camiseta blanca de Xi Ep, por lo que se me transparenta el sujetador fucsia por debajo. Se supone que estoy haciendo voluntariado, no actuando en una película porno de las malas.

Un par de botas negras y gastadas aparecen en mi campo de visión, justo al lado de la mancha que estoy limpiando.

Y al levantar la vista me encuentro con la figura alta y robusta de Xi.