Heartless Beloved (North Shore 2) 21
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XI

Eyes Off You PRETTYMUCH

Cuando salimos de la cafetería, Alex todavía sigue tomándose su batido.

Me coge de la mano mientras cierro la puerta detrás de nosotros.

Me suplicó pagar la comida, pero se lo prohibí, y es demasiado buena chica como para insistir.

Eso sí, logró convencerme de que la llevara a tomar el postre a Stoneview para poder regalarme algo.

—Madre mía —jadea—. ¿Cómo no las vi antes?

Me suelta la mano y corre hacia las dos máquinas expendedoras que hay junto al restaurante.

Son como las de mi infancia, de esas que tienen un depósito redondo transparente en la parte de arriba para que puedas ver lo que venden y una ranura para las monedas.

Una es una máquina de chicles que lleva a saber cuánto tiempo sin usarse, y la otra tiene bolitas con tonterías dentro.

Alex apoya la mano libre sobre la parte redonda de una de ellas, con los ojos brillándole de la emoción.

—Hace siglos que no veía una. Me encantaban cuando era niña. Por favor, dime que tienes una moneda de veinticinco centavos.

El corazón me da un vuelco de felicidad cuando rebusco en el bolsillo y saco tres monedas. Las mira y se vuelve hacia las máquinas.

—Vale —dice con la seriedad de una directora ejecutiva a punto de dar paso a una reunión sobre una fusión empresarial—. Quiero un chicle, así que nos guardamos una para eso, lo que significa que tenemos dos oportunidades para conseguir esto.

Señala con exigencia la pegatina de la máquina que muestra todo lo que puedes ganar. Su uña pintada apunta a un pequeño corazón rosa.

—¿Un corazón rosa? —pregunto haciendo todo lo posible por ocultar la emoción que me provoca verla tan ilusionada.

— «¿ Un corazón rosa?» —se burla—. Es una cajita con abalorios fucsias en forma de corazón, amigo mío.

—Vuelve a llamarme « amigo » y te enteras.

Pone esos preciosos ojos color avellana en blanco y prosigue.

—Cuando era niña le pedía monedas a mi madre y no paraba de girar la manivela hasta que conseguía estos. Después, hacía mis propios collares y pulseras. Son del color perfecto .

—No quiero saber cuánto dinero se gastó tu madre en eso.

—Demasiado como para admitirlo. Dame una moneda.

—¿Cuál es la palabra mágica, nena?

Se vuelve hacia mí, se pone de puntillas y me rodea el cuello con los brazos. Siento el frío del vaso del batido contra mi hombro. El aire a nuestro alrededor está muy cargado; ya ha amainado la tormenta, pero sigue lloviznando y huele a cemento mojado.

—Por favor —susurra antes de darme un beso suave.

Se me derrite el corazón y le doy las monedas en cuanto se separa. Empieza por la máquina de chicles. Se mete la bola enorme en la boca y hace una mueca al morderla.

—No recordaba que estuvieran tan duros.

Se mueve hacia la derecha y mete una moneda en la otra máquina. Gira la manivela y cae la bola. Al cogerla, veo cómo se le hunden los hombros.

—Es un anillo de plástico. —Se vuelve hacia mí y me da la bolita—. Me queda otra oportunidad. Quiero mis corazones fucsias. —Coloca la moneda frente a mis labios—. Sóplale para que me dé buena suerte.

Endurezco la mirada, fingiendo que no es lo más jodidamente adorable que he visto en mi vida. Tiene las mejillas hinchadas por el chicle gigante que está masticando, y veo que el interior de los labios se le empieza a poner de color azul cuando me dedica una sonrisa de oreja a oreja.

Le soplo a la moneda.

Se da la vuelta, se agacha y repite el mismo proceso para sacar otra bola.

—Oh… —Hace un puchero al girarse—. Son pegatinas de estrellas. —También me las da—. Bueno, lo hemos intentado.

La pequeña arruga que se le dibuja entre las cejas hace que se me encoja el corazón. La forma en la que su sonrisa abandona su rostro me recuerda que estoy metido hasta el cuello en esta mierda.

—Espérame aquí —murmuro.

Regreso al coche, abro la parte trasera de la camioneta, cojo mi bolsa de deporte y saco la palanqueta.

Alex abre los ojos de par en par cuando me ve volver.

—Aparta.

—Xi —dice con cautela—. ¿Qué vas a…? —Se calla en el momento en que golpeo el cristal de la máquina—. ¡No! —grita.

El compartimento se hace añicos y todas las bolas caen al suelo. Me agacho y rebusco entre ellas hasta encontrar los pequeños corazones que quería.

—Toma —digo al ponerme de pie.

—No era necesario.

Echa un vistazo a nuestro alrededor, y el pánico se apodera de su precioso rostro.

—Relájate, pastelito. No nos van a arrestar por romper una máquina que lleva años sin usarse.

—Esto no está bien —admite.

—Querías los corazones rosas, pues tienes los corazones rosas.

—Son fucsias.

No entiendo muy bien por qué, pero me encanta cuando me corrige los colores.

Si hay algo sobre lo que de verdad controlo, son los putísimos colores.

Pinto desde que era niño. Nadie puede corregirme sobre las distintas tonalidades de los pigmentos.

Y aun así, insisto en llamar «rosa» a su color favorito solo para oírla decir « fucsia » .

Solo para ver cómo su cerebro arroja automáticamente el color correcto, porque sé que es incapaz de evitarlo.

Durante un segundo, no respondo. Me recreo en el placer de tener a Alex cerca, en el hecho de que no sepa nada de quién soy en realidad y de que pueda amar a esta versión de mí.

—Aquí lo que importa es que te entre en la cabeza que, cuando estés conmigo, tendrás todo lo que quieras. ¿Te queda claro?

Ella asiente, incapaz de ocultar la sonrisa que se le extiende por el rostro.

—Estás loco.

—No lo sabes tú bien. Y ahora vamos a por el postre.

— Mine —murmura mientras nos dirigimos al coche.

—¿Una canción de Taylor Swift? —le pregunto con total naturalidad al abrirle la puerta. Ella asiente, emocionada—. ¿Quieres ponerl a en el coche?

Su enorme sonrisa me retuerce el corazón y hace que me lata el doble de rápido.

Me cago en mi estúpido corazón.