20
ALEXANDRA
Without You Lana Del Rey
Reviso mi móvil mientras cruzo el césped en dirección a mi clase de la tarde.
Desconocido
Levanta la cabeza, pastelito.
He empezado a entender que cada vez que me llega un mensaje de un número desconocido, es el teléfono nuevo de Xi.
Supongo que esta clase de cosas vienen de la mano con salir con alguien que necesita ser una sombra.
Es ilocalizable. No se puede vincular nada a él, y el daño que le hace al medio ambiente con todos esos teléfonos que tira es un auténtico espanto.
Alzo la vista y lo veo apoyado contra un árbol, con una gorra de béisbol negra y la capucha de la sudadera por encima.
Por una vez, asumo que no lo hace para ser invisible, sino más bien para protegerse de la horrible lluvia que cae sobre nosotros.
Corro hacia él y me atrapa entre sus brazos, me sujeta por la cintura y me permite rodearle la suya con las piernas cuando me levanta.
Estampa sus labios contra los míos, le rodeo el cuello con los brazos y nos besamos como si lleváramos meses sin vernos. Solo han pasado unos días, pero después de tener que compartir tiempo con mis padres la semana pasada, me siento completa y a salvo a su lado.
—¿Qué haces aquí? —sonrío mientras recupero el aliento y apoyo de nuevo los pies en el suelo—. ¿Vienes a clase conmigo? No me digas que es porque el trabajo te ha traído hasta aquí. Quiero sentirme un poco más especial.
Bato las pestañas en su dirección, lo que lo hace soltar una risita. Eso equivale a revolcarse de risa en el suelo en la «tabla de emociones de Xi».
—No estoy aquí por trabajo, he venido porque te echaba de menos. Eres así de especial.
—Ay, Ziad Benhaim. —Pronuncio su nombre como «Zí-ad», tal y como se lo escuché decir a su madre, y le doy una palmadita en el pecho—. Sabes cómo hacer que una chica se ponga roja.
—¿Cómo me has llamado?
El corazón me da un vuelco cuando me doy cuenta de que quizá ha sido un error.
—Lo siento —balbuceo—. Se lo escuché a tu madre… Creía que se decía así.
Tardo un segundo en darme cuenta de que no está enfadado, sino sorprendido.
—No te disculpes, Alex. Se dice así.
—¿Y por qué no corriges a la gente?
Se encoge de hombros.
—Lo hacía cuando era niño, pero después me cansé. Me molestaba que a la gente le costara tanto decir un nombre tan simple con la excusa de que no lo oían a menudo porque no es estadounidense. Así que lo dejé pasar.
—Lo sient… —Me corto a mí misma—. Qué pena —digo en su lugar—. Me sorprende que dejes que la gente te llame Xi.
—Eso fue un malentendido un poco raro —me explica después de cogerme de la mano—.
En mi último año del colegio, apenas prestaba atención en clase.
Me ponía a dibujar y firmaba mis dibujos como « X.
I.». —Lo escribe en el aire con el dedo índice—.
Mi profesor creyó que se trataba de un apodo que yo mismo había elegido.
Xi. Así que todo el mundo empezó a usarlo, incluso yo.
Jugueteo con las yemas de sus dedos.
—¿No estabas firmando como Xi?
—No. Era once en números romanos.
Se me escapa una risa cuando entiendo el malentendido.
—¿Por qué firmabas tus dibujos con el número once?
—Quería tener un nombre artístico. Los once fueron…
—me mira a los ojos mientras busca la palabra adecuada— una edad decisiva para mí.
Fue el año antes de que descubriéramos que mi padre estaba enfermo.
Todo era mucho más fácil, m ás tranquilo.
Sin responsabilidades. Después de eso, todo se fue a la mierda.
De repente, yo era el hombre de la casa.
Empecé a trabajar , la gente dependía de mí y mi infancia se acabó para siempre. Los once fueron una pasada.
Le dedico una sonrisa dulce y le acaricio la mejilla. Está mojada. Ambos lo estamos por permanecer bajo la lluvia como dos amantes sin remedio.
—Sé que no te lo crees, pero te convertiste en un gran hombre, Ziad.
Resopla.
—Qué va.
Desliza una mano por mi nuca y enreda los dedos en mi pelo mojado. Tira de él hasta que levanto la cabeza y lo miro a los ojos.
—Así que te has puesto roja, ¿eh? —Sé que nuestro momento hablando de su pasado ha llegado a su fin—. Se me ocurren muchas otras formas de hacer que te sonrojes. ¿Qué te parece si te las enseño?
Me río, sintiendo cómo se me calientan las mejillas. Se le curvan las comisuras de los labios antes de humedecérselos con la lengua.
—Pero, primero, voy a llevarte a comer.
—No puedo. —Niego con la cabeza, sin seguirlo cuando da un paso y lo detengo—. Tengo clase en cinco minutos. ¿Nos vemos para cenar?
Refuerza su agarre alrededor de mi mano.
—No, esta noche tengo cosas que hacer. Quiero pasar tiempo contigo ahora.
—Lo sé, pero es que no quiero faltar a clase.
Levanta las cejas y un destello de malicia brilla en sus preciosos ojos.
—Alexandra Delacroix, no me digas que nunca has hecho pellas.
Siento c ó mo la vergüenza me sube por el cuello.
—He tenido una educación muy estricta.
—¿Y qué hay de la semana pasada? Cuando te llevé a mi casa.
—No tenía clase esa tarde. Mira, mi padre se cabreará si no voy.
—No tienes que contárselo a tu papi.
El corazón se me encoge de miedo. La lección de la semana pasada fue más que suficiente, no quiero volver a llamar su atención.
—Lo sé —resoplo—, pero… se enterará igualmente.
La confusión se disipa del rostro de Xi en cuanto lo entiende.
—Alex —dice con seriedad—. ¿Tu padre te rastrea el móvil?
—El móvil no —susurro, avergonzada.
Bajo la mirada a mi muñeca. Siento el sudor acumulándose en la parte baja de la espalda cuando Xi me agarra la mano y le echa un vistazo a la pulsera dorada.
Arquea una ceja.
—Dime que es coña.
Aprieto los labios y observo cómo sus ojos color bronce se oscurecen.
—Lo siento.
Entro en pánico e intento apartar el brazo. Su agarre se endurece.
—No te disculpes por algo que no es culpa tuya —me espeta en voz baja—. ¿Cuándo te entrará en la puta cabeza?
Me muerdo el carrillo y me trago otra disculpa que amenaza con salir.
—¿Desde cuándo lo hace?
Me arrastra hasta su camioneta y abre la parte trasera.
—Desde mi segundo año de instituto —admito con timidez—. Antes era un relicario que me había regalado mi abuela, pero…
—Pero ¿qué?
—Lo perdí. Bueno, me lo robaron, y el rastreador se rompió cuando ocurrió.
Detecto algo profundo en su mirada. Algo serio y… pesaroso.
Me agarra por la cintura, me levanta y me sienta en la parte trasera de la camioneta.
—No te muevas —gruñe cuando intento bajarme.
—Ese relicario era muy especial para mí. Odié que mi padre le hubiera puesto un rastreador, pero si hubiera estado funcionando, podría haberlo encontrado. Ahora ya está perdido para siempre.
—Siento oír eso, nena. Se nota que le guardabas mucho cariño.
Coge una bolsa de deporte y rebusca dentro hasta sacar unos alicates.
—Ay, Dios. —Suelto un grito ahogado—. No. —Me aparto, pero me pone una mano en el muslo y me detiene—. Xi, por favor —gimoteo—. No me lo quites.
—Alex, suplícame todo lo que quieras. Me la suda que te pongas de rodillas y me ofrezcas el puto mundo, porque pienso quitarte esta cosa por las buenas o por las malas.
—No. Escucha, mi padre… es muy estricto.
—No me digas. Pues adivina qué: yo también.
Quiero que encuentres tu independencia y que te conviertas en una mujer que no viva solo para complacer a los demás.
Te voy a quitar ese puto rastreador y te vas a venir a comer conmigo.
Y si tu padre quiere cabrearse con alguien, con mucho gusto tendré una charlita con él.
Aunque ya sabes que a mí lo de hablar no me va mucho, así que perdóname si recurro a los puños en vez de a las palabras.
Desliza los pequeños alicates entre mi piel y el metal; el brazalete está tan apretado que la herramienta se me clava en la piel.
—Respira hondo conmigo.
—Por favor, dime que nunca le has cortado los dedos a nadie con eso.
—No me hagas preguntas cuyas respuestas no quieres saber. Ahora, respira hondo.
En lugar de seguir resistiéndome, me aferro a la esperanza que me está brindando y cojo aire.
Se produce un clic apenas audible antes de sentir cómo la pulsera me cae sobre el regazo. Xi la coge y me la tiende. Me ayuda a bajar de la camioneta y a ponerme de pie. Me agarra por los hombros, me gira y señala el césped que rodea el edificio.
—Hazte un favor y tira esa mierda por ahí. No quiero volver a verla nunca más. Así tu padre creerá que fuistes a clase mientras yo te llevo a comer.
— Fuiste —lo corrijo sin pensar; me ayuda a lidiar con la ansiedad.
—Vaya, vaya —responde con naturalidad—. Puede que hasta te ganes un azote con la comida.
—Perdón. —Me muerdo el labio—. No puedo evitarlo cuando estoy agobiada.
—Vamos, pequeña sabelotodo. Tíralo.
Echo el brazo hacia atrás y lanzo el brazalete lo más lejos posible.
—Mierda —resoplo—. Ese brazalete vale cuarenta mil dólares.
—¡¿Qué?! —grita Xi mientras me da la vuelta para que lo mire—. Lo buscaremos cuando volvamos. Puedo venderlo.
—Bueno, ahora está roto. Además, tengo que llevarlo en el bolsillo. Dudo que mi padre se trague que me paso día y noche en la universidad.
Suelta un bufido poco convencido y nos subimos a la camioneta.
Comemos en un restaurante de North Shore.
La comida es grasienta, el dueño es un maleducado y el local entero ha visto días mejores.
Me encanta. Es todo lo que mi padre no querría para mí, pero me da igual.
Me gusta porque es un lugar que Xi conoce y que le encanta porque hay un plato en el menú que lleva el nombre de su padre.
Un sándwich de pollo que, al parecer, insistía en que se lo prepararan cada vez que venía.
—Pollo frito, lombarda, pimientos rojos y verdes cocinados en aceite de oliva y harissa —leo—. Suena a ardor de estómago asegurado —bromeo.
—Pruébalo —insiste—. No te arrepentirás.
—No tolero mucho el picante. ¿La salsa harissa pica?
—Nah. —Se encoge de hombros.
—No me transmites mucha confianza en cuanto a niveles de picante se refiere —añado antes de cerrar el menú plastificado y dejarlo sobre la mesa. Está hecho pedazos y una página se cae al suelo. La recojo y lo miro de nuevo—. Le echas salsa picante a todo.
—Te gustará, confía en mí.
El camarero se acerca a nuestra mesa y charla con Xi antes de tomarnos nota. Mi novio me mira, expectante, y yo le sonrío al camarero.
—Dos sándwiches Moshe, por favor.
En cuanto deja los platos sobre la mesa, sé que estoy a punto de morir. Tiene pinta de la clase de picante que no puedo soportar.
Respiro hondo y miro a Xi.
—Si me muero, te tocará explicárselo a mi familia. Buena suerte.
Le pega un bocado enorme al sándwich y me ignora. La lombarda y la harissa se desparraman por su plato, y me tomo un segundo para admirar cómo se le marca la mandíbula cuando mastica.
¿Por qué tiene que estar tan bueno siempre?
—Háblame de tu padre —le pido antes de darle un mordisquito al sándwich que lleva su nombre.
—¿Qué quieres saber? —Su voz carece de emoción, pero sé que eso no significa que no sienta nada.
—Dijiste que era marroquí. ¿De dónde exactamente?
—De una ciudad llamada Uchda, en la frontera con Argelia. Trabajó tanto en Argelia como en Marruecos, así es como conoció a mi madre. Ella vivía en Tremecén, justo en la frontera, del lado argelino.
Asiento y le pego otro bocado. Desliza su mirada de mis ojos a mi boca una y otra vez mientras se pasa la lengua por los labios. Él ya va por la mitad del sándwich y yo apenas estoy llegando a lo bueno.
—¿De qué trabajaba?
—Fabricaba sillas. La familia de mi madre le había encargado un juego, y él se lo llevó a su casa.
Mi madre fue quien lo recibió y se enamoró de ella al instante.
Volvió al día siente para pedirle permiso a su padre para salir con ella.
Le dijo que no, claro está. No eran de la misma región y, por aquel entonces, eso suponía un gran problema.
Pero a mi madre no le importó. Se escapaba de casa para verlo. Un mes después, se casaron.
Sonrío de oreja a oreja. Qué historia tan bonita. Me derrite el corazón al momento, como una cucharada de mantequilla en una sartén.
—Qué tiernos. Me encanta el amor —suspiro—. ¿Cuándo se mudaron a Estados Unidos?
—Cerca de los treinta. Mi madre ya estaba embarazada de mí, así que se mudaron a la casa en la que vivo yo ahora.
Nos quedamos allí después de que él muriera.
Luego conoció al padre de Emma y tuvimos que mudarnos.
Aguanté solo un par de meses antes de decirle que quería volver a mi antiguo hogar.
Echaba de menos a mi padre. —Debe notar mi expresión de confusión porque añade—: Sé que está muerto, pero esa casa es…
él. Estábamos muy unidos. Todo me recuerda a él.
Sobre todo, porque fue donde pasamos los últimos momentos de su vida.
Donde me pidió que ocupara su lugar y cuidara de mi madre y de mi hermano.
No puedo marcharme, sería como abandonarlo.
—Lo entiendo —digo—. Tenías catorce años cuando murió, ¿verdad?
Asiente mientras se traga el último bocado de su sándwich.
—¿Te acuerdas?
—Claro. Me parece información importante.
Le da un sorbo a su bebida, chupando la pajita.
—¿Fue su último deseo? —pregunto. Deja el vaso sobre la mesa y enarca una ceja—. Que cuidaras de tu familia. ¿Fue ese su último deseo?
—¿Cómo lo sabes? —me confirma con otra pregunta.
—Porque veo cómo lo haces, como si el mundo se fuera a desmoronar si fallaras. Te comportas de la misma forma conmigo. —Su silencio me dice que tengo razón—. El mundo no se acabará si decides cuidarte a ti también. No tienes que proteger a todo el mundo. No puedes.
Me empiezan a arder los ojos.
—Eso fue lo que hizo él. —La seriedad en su voz me rompe el corazón.
—Me encantaría cuidarte —admito en voz baja. Carraspeo y trago saliva para aflojar el nudo que se me forma en la garganta—. Creo que eres muy valiente, pero también tienes derecho a descansar.
Se me llenan los ojos de lágrimas y vuelvo a toser.
—¿Estás llorando? —me pregunta, confundido, sin tener claro el motivo.
—Este sándwich pica una barbaridad —chillo.
He intentado fingir que podía comérmelo, pero ya no puedo más.
—Pastelito —se ríe—. ¿Te lo estabas comiendo para hacerme feliz?
—Es que quieres muchísimo a tu padre —balbuceo mientras lo dejo de nuevo en el plato.
Me dedica una pequeñísima sonrisa sin siquiera separar los labios, y el corazón me retumba en el pecho. Sé reconocer cuándo está feliz. Y, Dios, me encanta ver feliz a este hombre.
—Voy a pedirte un batido.