19
ALEXANDRA
Hazel Eyes Ollie
Creo que estoy tan acostumbrada a la ansiedad que mi cuerpo es capaz de anticipar cuándo algo horrible se avecina.
Me paso todo el día siguiente con Xi, ya que no tengo clases.
Cuando regreso por la noche y abro la puerta de Xi Ep, escucho voces que reconozco procedentes del salón.
A regañadientes, me dirijo hacia allí, sin ganas de encontrarme con mi madre.
Al haber sido una antigua chica de Xi Ep y una de las principales colaboradoras de la sororidad, se le permite venir siempre que quiera.
Además, es muy amiga de la madre de la casa, aunque esperaba no tener que verla tan pronto.
Las iniciaciones ni siquiera han acabado todavía.
Entro a la zona común albergando la esperanza de haber oído mal.
No solo me siento decepcionada de que esté aquí, sino que acabo completamente aterrada al ver que mi padre la acompaña.
—¡Alex! —me recibe mi madre con una sonrisa de oreja a oreja a la vez que se acerca para abrazarme, pero me siento como una muñeca de trapo cuando lo hace, incapaz de devolverle el gesto.
Los padres no tienen permitido entrar en las casas. Los hombres, en general, tienen prohibido poner un pie en ellas. Sabemos que muchas chicas los cuelan a escondidas después de las fiestas, pero mi padre no pinta nada aquí.
—¿Qué hacéis aquí? —les pregunto con más vehemencia de la que pretendía.
—Señorita, ¿qué forma es esa de saludar a tu madre? Hemos venido a ver qué tal estabas. En realidad, fue idea de tu padre. Ya sabes cómo es, siempre está preocupado.
Siempre está preocupado de que haga cosas que no me permite y de que empiece a forjar mi propia personalidad.
—Papá no puede estar aquí —añado en un intento de fingir preocupación por las repercusiones que me podría ocasionar en Xi Ep—. Las iniciaciones todavía no han terminado. Me vais a meter en problemas.
—Oh, por favor. —Mi madre se ríe y hace un ademán con la mano para quitarle importancia—. Cassandra nos dijo que no había ningún problema. ¿Verdad, Cass?
—Por supuesto —asiente la madre de la casa—. Estamos encantadas de teneros aquí.
En lugar de rendirme, intento darle la vuelta a la tortilla.
—La gente entrará en pánico si ve a papá. No todos los días se presenta un senador en tu casa. Deberíais haberlo pensado. Ya bastante complicado me resulta hacer amigos con el apellido Delacroix.
Mi madre se burla.
—Alex, tienes muchos amigos, no seas ridícula. Además, no nos quedaremos mucho tiempo. Queremos llevarte a cenar esta noche. —Me examina de arriba abajo—. ¿Qué llevas puesto? ¿Esa sudadera es parte del nuevo uniforme de la USF?
Niego con la cabeza.
—Es mía. Tenía frío.
Meto las manos en los bolsillos delanteros y, para mi sorpresa, me encuentro con un mechero. Presiono el pulgar contra la rueda para intentar controlar la rabia.
—Vale, pues ve a cambiarte. Tenemos una reserva en Stoneview a las siete y media.
Aprieto la mandíbula y hago todo lo posible para no gritarles que no quiero ir a cenar con ellos. Me limito a sonreír y a asentir antes de dirigirme a mi habitación.
En cuanto entro, cojo lo primero que pillo y lo lanzo contra la pared.
Es una caja de caramelos que me encantan.
Los pequeños dulces azucarados con forma de luna caen desparramados por todo el suelo de madera, pero eso no alivia mi frustración.
Por fin empezaba a vivir una vida sin tener a mi padre respirándome en la nuca a todas horas.
Y ahora, aquí está, asegurándose de que no me olvide de que siempre me está observando.
Me quito la sudadera de Xi y la lanzo a la cama, quedándome solo en sujetador y falda. Necesito encontrar un vestido lo bastante decente como para una cena en Stoneview. Y, probablemente, también unos tacones.
Daría cualquier cosa por pasar otra noche en casa de Xi en lugar de aquí.
Me ducho y me peino, encuentro un vestido de diseñador en mi armario y me lo pongo.
Es un vestido de seda color oliva que me llega hasta los tobillos.
El corpiño se me ajusta a la cintura, y estoy intentando apretar el corsé de la espalda cuando la puerta se abre detrás de mí.
Me doy la vuelta de golpe.
—Eh, habitación equivocad… —Me quedo sin voz cuando veo entrar a mi padre, quien cierra la puerta tras él. Se acomoda las mangas del traje y me mira con calma—. Y-ya casi estoy lista —balbuceo, sin parar de tirar de las cintas de la espalda.
—Te he llamado varias veces hoy. ¿Dónde tienes el móvil?
Trago saliva al recordar mi bolso con el teléfono dentro que dejé en el césped de la USF ayer. Lo más seguro es que lo encuentre en objetos perdidos o que alguna de las chicas se lo haya traído a casa. Pero lo importante ahora mismo es que no lo tenía conmigo.
—Es que… me dejé el bolso en el campus. Con el móvil dentro.
Camina hacia mí hasta que está tan cerca que puedo sentir su calor. Me agarra por los hombros, me da la vuelta con delicadeza hasta que me encuentro de cara al espejo y se coloca detrás de mí. Coge las cintas del corsé y me mira a los ojos a través del reflejo.
—¿Te lo olvidaste allí cuando te fuiste a North Shore?
Abro los ojos de par en par y el corazón me da un vuelco. Él tira con fuerza de las dos cintas y me corta la respiración justo al darme cuenta de lo que ocurre.
La pulsera. ¿Cómo pude olvidarme del rastreador que llevo en el brazalete que me regaló? Lleva tanto tiempo rastreándome que a veces se me olvida. Cuando soy feliz, por ejemplo, y estoy disfrutando.
Se me acelera el corazón y siento que se me comprimen los pulmones en cuanto tira un poco más.
Mi silencio lo anima.
—No estabas con un chico, ¿verdad?
—No —miento—. Claro que no.
—¿Hiciste nuevos amigos allí? ¿Gente que te demuestra lo que es formar parte del noventa y nueve por ciento de la población?
Niego con la cabeza, luchando por tomar aire.
—¿Necesitas que te conceda más tiempo para pensar una excusa?
—Papá, por favor —le suplico al mirarlo—. Yo solo… —No logro formular una mentira que resulte creíble.
Cambia el peso de un pie a otro y aplasta un caramelo bajo su zapato de cuero carísimo. Baja la vista al suelo y ascienden de nuevo hasta mí, con una mueca de desprecio.
—¿Este desastre es cosa tuya? —escupe.
Asiento, sin saber qué más hacer.
Aprieta las cintas a mi espalda y se aparta.
—Tienes suerte de que nadie te haya visto. Así no es cómo se comporta una dama, Alexandra. Te lo guardas, no te pones a tirar cosas al suelo como una degenerada.
—Lo sé, pero…
—¿Pero? —protesta.
Odia cuando lo contradigo.
—No he querido decir eso —respondo, presa del pánico, y levanto las manos frente a mí para calmarlo.
—¿Ya no te disculpas por tus comportamientos irracionales, Alex? —Su voz me resulta aterradora, una advertencia de que debo obedecerlo.
Xi se pasa horas obligándome a que deje de disculparme por todo y a que sea yo misma. Pero, entonces, mi padre llega de golpe y tira todo por tierra.
—Lo sient… ¡Au!
La bofetada es tan fuerte que caigo al suelo, llevándome la mano a la mejilla. Me ha hecho un corte en la comisura del labio con su anillo grabado, y puedo saborear la sangre en la lengua.
— ¡ Lo siento! —chillo a la vez que retrocedo a gatas—.
Papá, por favor… —Me choco contra los cajones de la cómoda y los tiradores se me clavan en la espalda mientras me acurruco contra ella.
Se me llenan los ojos de lágrimas cuando lo veo acercarse y desabrocharse el cinturón—. No, no, no. Papá…, por favor.
—Ni se te ocurra hacer ruido, no quiero que llames la atención —escupe.
Se saca el cinturón del pantalón del traje y se lo enrolla alrededor de la muñeca.
—Lo siento —lloro—. Lo siento mucho. Fui… fui… —El miedo me hace tartamudear.
—¿Ya no sabes ni formar una frase? ¿Eres tan estúpida que no puedes juntar dos palabras seguidas? ¿Quién te ha vuelto tan tonta, niñita?
Se me escapa un quejido.
Odio cuando me llama estúpida; odio todo de él.
Intento respirar hondo antes de volver a hablar.
—Solo estaba con unos amigos. Fuimos a las cataratas del lado norte. Por favor…, no me hagas daño.
Zas.
El sonido del cinturón cortando el aire me hace apretar los ojos con fuerza. Aprieto los labios cuando me golpea la parte superior del brazo izquierdo. Al caer de lado, me tumbo en posición fetal y me protejo la cabeza con ambos brazos.
—¿Y qué hay de esa casa? ¿Quién era? ¿Otro amigo ?
¡Zas!
Esta vez grito; el cinturón me rasga el vestido a la altura de la cadera, y él me golpea de nuevo por hacer demasiado ruido.
—Cállate —escupe.
Se aparta, pero lo siento al acecho, preparándose para su siguiente movimiento.
—¿Y ese aprobado raspado? ¿Fue porque sales demasiado con tus amigos?
¡ Zas!
Esta vez es el golpe en la parte externa del muslo lo que me hace gemir mientras me muerdo el labio inferior.
—Por favor —sollozo—. Lo siento. Me duele…
—Tiene que dolerte, niña estúpida. Vas a empezar a ponerte las pilas, Alexandra, porque me niego a tener una hija… —¡zas!, la cadera— idiota… —¡zas!, las costillas— que me avergüenza.
¡ Zas! El antebrazo con el que me protejo la cara.
Quería darme en la cara.
Las palizas no son algo inusual, pero, hasta el momento, nunca había querido que nadie se enterara.
Se aparta jadeando, observándome mientras sollozo. Me arde todo el cuerpo; siento cómo toman forma las marcas gruesas e hinchadas. Se vuelve a poner el cinturón, se pasa los dedos por el pelo y se acomoda las mangas.
—Limpia todo este desastre, dúchate y maquíllate. No nos hagas esperar. —Mis sollozos incontrolables no cesan mientras él me empuja con la punta de su zapato Oxford—. ¿Me has oído, Alexandra?
—S-sí —gimoteo.
—Pues hazlo.
Me obligo a levantarme y lo veo marcharse.
Esta vez, la ducha me quema y tengo que cambiarme el vestido porque me ha roto el que llevaba puesto.
Me toca maquillarme como una puerta para ocultar el pequeño moratón que me está saliendo al lado de la boca.
Me pinto los labios de un fucsia vibrante para ocultar el corte rojo que tengo en la comisura.
Me pongo un chal para esconder los otros dos moratones que empiezan a formárseme en el brazo izquierdo y practico mi sonrisa falsa frente al espejo.
—Gracias —sonrío y ensayo ciertas frases que quizá me hagan falta en el restaurante—. Ay, está delicioso —digo con voz alegre—. Disculpad, tengo que ir al baño.
Las lágrimas me brillan en los ojos mientras sonrío una y otra vez, hasta que parece tan real que casi yo misma me lo creo.
Trago saliva, cojo un abrigo negro de piel sintética y bajo las escaleras. Estoy lista para fingir que somos una familia perfecta ante la población entrometida de Stoneview.
Cuando regreso a casa más tarde, me tumbo en la cama en plena oscuridad, sin parar de dar vueltas en un intento de encontrar una posición que me resulte cómoda.
Me sumerjo en el dolor sin apartar la vista del techo.
Y, como la mayorías de las noches, antes de quedarme dormida, pienso en formas de matar a mi padre.
Me imagino que lo hago sufrir y que le recuerdo cada una de las veces que me hizo daño.
Eso me hace sentir mejor. Pero entonces me despierto por la mañana y me digo que es una lástima que sea una cobarde.