Heartless Beloved (North Shore 2) 18 #3
63%

18 #3

Inhalo de forma entrecortada por la nariz y vuelvo a sentirlo. Más lento esta vez, arrancándome un gemido del fondo de la garganta. El cuerpo se me electriza, pero acaba demasiado pronto.

Se me escapa un gemido lastimero. Quiero llorar. Esto es una tortura.

Mi respiración pesada se vuelve ruidosa, quejumbrosa. Estoy temblando mientras espero la siguiente indulgencia que sé que solo durará un segundo.

—Estás empapada —dice con voz ronca—. Podría pintarte el clítoris con tu propia humedad una y otra vez mientras tiemblas bajo mi pincel.

Y lo hace.

Una vez.

Y otra vez.

Y otra vez.

Me retuerzo, persigo el placer, me tenso y, finalmente, me rompo.

—Por favor —sollozo.

Los pinceles amortiguan el sonido, pero mi desesperación resulta más que evidente.

Apenas me da tiempo a tomar aire de nuevo cuando ignora mi súplica y vuelve a pasar el pincel por mi piel con suavidad.

—¿Por qué? —grito.

No lo entiendo. ¿No dijo que me concedería orgasmos si me portaba bien? ¿Si hac í a lo que me decía? ¿Si le permitía amordazarme con algo tan simple como morder dos pinceles entre los dientes?

—Te correrás, nena. Paciencia.

Sacudo la cabeza, a punto de echarme a llorar.

Quiero verlo. Quiero soltarme los brazos y agarrarme a él. Quiero escupir los pinceles al suelo.

Pero si hay algo que de verdad quiero es correrme.

—Relájate. Lo harás despacio. Así.

—No —murmuro entre sollozos.

Necesito más presión, más velocidad.

—Shhh —insiste. Me frota el pezón cubierto de pintura seca con el pulgar, lo que me hace gemir todavía más—. Llegará.

Continúa con una caricia lenta y tortuosa tras otra. Su ritmo es pausado y erótico. La presión resulta tan ligera que tiemblo cada vez que lo hace. Y tal y como me prometió, el orgasmo coge fuerza dentro de mí de forma gradual. Es sensual y suave, pero rompe cada célula de mi ser.

Muerdo los pinceles. Me sacudo.

Y lloro.

Se me caen las lágrimas de pura liberación. No se detiene porque no estoy sobreestimulada. Sigo ansiando más, y él me lo da a la misma velocidad.

Una caricia lenta y deliberada.

Una pausa larga.

El sonido de un movimiento suave.

Otra caricia gradual.

Y durante el proceso, siento cómo todo explota dentro de mí. Una descarga de adrenalina como nunca antes.

Me pregunto cuánto tiempo dura y cuántas veces me corro. El tiempo es un concepto del pasado. Es débil e ineficaz. Mi vida ya no se mide por los segundos de un reloj. Se mide por las pinceladas de un pincel contra mis partes más íntimas.

Cuando me siento tan débil que me tiembla todo el cuerpo, el pincel que estaba usando se añade a los dos que tengo en la boca y me arranca la venda de los ojos.

Sus labios chocan contra los míos y gimo en su boca.

—Eres preciosa —gruñe contra mí—. Eres perfecta.

Se agarra la polla, la alinea con mi entrada, frota la punta contra mi humedad y gime.

—Eres mía, nena. Somos tú y yo, ¿verdad? Solo tú y yo.

Asiento.

—Dilo.

—Somos tú y yo —gorgoteo alrededor de los pinceles.

—Muy bien.

Se hunde dentro de mí con tanta fuerza que grito y se me cae todo lo de la boca. Pero me causa tantísimo placer que no me atrevo a detener los sonidos que se me escapan.

Gimo, sollozo y grito su nombre como el dios que es. Le rezo en su puto altar mientras me embiste y curva las caderas para rozarme en el punto perfecto. Lo agarro de la camiseta, después del cuello y del pelo. Le suplico que me haga correrme otra vez.

Me da la vuelta y presiona la parte superior de mi cuerpo contra un lienzo en blanco que descansa a mi lado, manchándolo de pintura.

Y me hace correrme de nuevo. Las suficientes veces como para que, cuando finalmente todo ha explotado dentro de mí y ha prendido fuego a mi alma, lo único que tenga que hacer sea recoger las cenizas e intentar recomponerme.

Me ducha y me lleva a la cama, donde me susurra las cosas más dulces que he escuchado jamás.

Soy su chica especial.

Soy su musa.

Soy la mujer que no se merece.

Y nunca va a dejarme ir.

—Alex —me murmura al oído cuando cierro los párpados, que empiezan a pesarme a causa del sueño.

Sus brazos fuertes me envuelven y apoyo la cabeza en su pecho.

Escucho sus palabras tranquilizadoras y el ritmo inestable de su corazón al mismo tiempo—.

Siempre que alguien te haga sentir que quien eres no es quien deberías ser, o que estar juntos no es lo correcto, quiero que recuerdes este momento.

Cuando te tengo entre mis brazos es el lugar al que perteneces, y los momentos que compartimos son tuyos.

Quiero que sepas que soy tuyo y que siempre te mantendré a salvo.

— I Know Places —bostezo, con el corazón rebosante de felicidad.

Nunca me he sentido tan a salvo en toda mi vida.

Su risita es lo último que escucho antes de quedarme dormida con una sonrisa en la cara, de esas que nadie puede quitarme.

Me despierto cuando siento que se levanta. Y, fingiendo estar dormida, lo observo trabajar en lo que no deja de murmurar que es su obra maestra.

Yo, la simplona Alexandra Delacroix, a quien siempre le han dicho que no hace nada bien, que siempre se ha sentido amenazada, que siempre ha tenido miedo de ser una decepción, soy una obra maestra.