Heartless Beloved (North Shore 2) 18 #2
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18 #2

Inclino la cabeza, con el pelo cayéndome a ambos lados de la cara, y en lugar de machacarme por algo que claramente deseo, en lugar de torturarme por lo que me gusta y por quién soy, voy a por ello.

Apoyo la lengua contra el cuero y la paso por toda su bota. Lamo mi propia humedad una y otra vez.

—Joder —jadea encima de mí.

Oigo el inconfundible sonido de una cremallera y lo siento moverse. No levanto la vista para ver si se está sacando la polla; sé que lo está haciendo. Porque, al igual que yo, no puede resistirse. Le consume por dentro; un fuego imposible de apagar le prende las venas.

Sé que su bota ya está perfectamente limpia y que he lamido más superficie de la que toqué, pero me da igual. Sabe a libertad. Sabe a que por fin estoy haciendo lo que me da la gana con alguien en quien puedo confiar.

Oigo un gruñido sobre mí cuando gimo contra el cuero y beso el zapato húmedo. Un segundo después, me agarra por los hombros y me obliga a ponerme de pie. Me sujeta por la cintura, me empuja hacia atrás y me levanta para sentarme sobre su escritorio.

—No te muevas. —La oscuridad de su voz me hace temblar, al igual que el deseo ardiente que percibo en su mirada.

Coge un par de cosas a mi lado, algunas que han caído al suelo, pero yo solo puedo fijarme en lo dura que la tiene. Lleva el pantalón abierto y los calzoncillos un poco bajados, y su miembro no para de llamarme.

—No —gruñe, como si supiera que estaba a punto de cogérsela para sentir la piel sedosa entre mis dedos, para presionar su dureza contra mi coño hambriento.

Miro hacia un lado y lo observo mezclar colores en una paleta.

—¿Qué haces? —jadeo.

—Abre la boca. —Es lo único que me responde.

La abro, y entonces me mete dos pinceles de madera dentro.

—Muerde. —Cierro la boca y los sostengo entre los dientes—. No demasiado fuerte —añade.

Asiento para que sepa que lo he entendido.

Coge un tercero y lo moja en la pintura que acaba de mezclar. Es de un rosa brillante, y mi mirada cargada de preguntas se clava en la suya, que es confiada.

—Cierra los ojos —susurra.

Obedezco.

—Pon las manos detrás de la espalda y saca las tetas.

Coloco las manos temblorosas a la espalda y me agarro las muñecas para mantenerme quieta. La postura ya me obliga a sacar el pecho, pero lo hago todavía más por voluntad propia.

—Buena chica. No te muevas. Y, Alex…, ni se te ocurra soltar los pinceles, o ya te puedes ir despidiendo de tus orgasmos.

Inhalo bruscamente por la nariz.

No de un orgasmo. De varios orgasmos.

Me sobresalto cuando siento las cerdas húmedas de un pincel sobre mi pezón derecho. Me da una pasada, dos, y cambia al otro. Me retuerzo sobre su escritorio, gimiendo alrededor de la madera que tengo entre los dientes.

Es áspero y suave a la vez. Está frío contra mi piel ardiente. Es justo la presión que necesito contra mis pezones endurecidos.

Persigo la sensación cuando aparta el pincel. La pintura es espesa, húmeda.

—Relaja la mandíbula. —Su voz cargada de deseo hace que junte los muslos—. Y mantén las piernas abiertas.

Me saca un pincel de la boca y lo sustituye por otro.

Esta vez es más grande. Las cerdas son más gruesas y tiene muchas más. Empieza a pintarme con trazos amplios.

El pincel me acaricia las caderas y presiona con firmeza la carne de mis michelines antes de seguir la curva hasta mi cintura.

Se detiene, y luego regresa a mi vientre mientras deja caer más pintura y me provoca escalofríos allá por donde pasa.

Extiende el líquido espeso por todo mi cuerpo: el pecho, las curvas de mis tetas, las piernas, los brazos.

Más y más. El olor me toma por sorpresa.

Estoy cubierta por completo menos en dos lugares: mi coño empapado y mis pezones.

Estos últimos solo tienen esas dos primeras capas que pintó y que se están secando lentamente. Y cuanto más lo hacen, más se endurece la pintura y más me pellizca.

Gimo cuando me roza uno de ellos con los dedos.

—¿Cómo los notas? —susurra.

Me pellizca uno.

—Sensibles —gimo.

No sé si es capaz de oírme con todos los pinceles en la boca.

—Eso parece. —Pasa el pincel grueso justo por debajo del pezón, acentuando todavía más la diferencia entre la pintura espesa y húmeda y la capa fina que ya se está secando—. Nunca había tenido una musa —lo oigo murmurar para sí mismo.

Siento que escucharlo es un acto prohibido, como si no debiera ser partícipe de los pensamientos del artista.

No soy más que otro utensilio sobre su escritorio. Una paleta de mezclas, un pincel, una botella de aguarrás y el cuerpo de Alexandra Delacroix. Todos ellos son herramientas que él utiliza a su antojo para crear magia.

En silencio, sigue pintando un poco más. Está absorto en la fina pieza que está creando, cubriéndome con pintura espesa e ignorando que, debajo, mi cuerpo se retuerce, desesperado por su contacto. Mi placer ha pasado a un segundo plano, ahora toda su atención está puesta en el arte.

Está en todas partes.

En todas partes menos en mis pezones, y la pintura seca empieza a volverse insoportable en comparación con la humedad espesa con la que juguetea por todo mi cuerpo.

—Xi —gimoteo contra los pinceles que sostengo en la boca—. Por favor.

Necesito que me toque las tetas, que me las lama, que juegue con ellas. Tengo el cuerpo hipersensible y el coño empapado.

—Shhh —me tranquiliza. Apoya una mano en mi mejilla. Está húmeda, y siento cómo me unta pintura por la mandíbula—. Querías que te pintara de nuevo.

Me saca un último pincel de la boca y vuelve a meterme el más grueso.

Abro los ojos y me encuentro con el hombre más hermoso que he visto nunca. Tiene el pelo alborotado, manchas de pintura por toda la camiseta y el rostro, y su mirada clavada en el color rosa que cubre mi cuerpo.

Cuando sus ojos se encuentran con los míos, se le curvan las comisuras de los labios.

—Chica mala —se burla.

Extiende la mano para coger algo, y antes de que me dé cuenta de lo que ocurre, me coloca un paño alrededor de los ojos y me lo anuda por detrás de la cabeza.

Huele a él. Huele a aguarrás y a pintura.

Y siento como si todo lo demás se intensificara. No es lo mismo que cerrar los ojos. Es mejor .

Mucho mejor.

Esta vez, el pincel no tiene pintura cuando me toca, y roza el único lugar de mi cuerpo que no había recibido atención hasta ese momento.

—Oh —gimo contra los palitos de madera.

Aunque ha sido tan delicado que apenas lo he sentido, prende mi cuerpo entero en llamas.

Espero, sin saber si me lo he imaginado o no. Pero entonces vuelve a hacerlo. Las cerdas suaves y delicadas me acarician el clítoris, descienden por él y rozan mi entrada húmeda. Igual de rápido que llega, se va, y empujo las cadera hacia delante en busca de esa sensación devastadora.

—Tranquila —me dice.