Heartless Beloved (North Shore 2) 18
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ALEXANDRA

Mirrors on the Ceiling mike.

¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a mencionar a mi padre? A decir que me secará las lágrimas. Si mi padre supiera que estoy aquí…

Trago saliva.

La ansiedad me desgarra el pecho. Siento un bloque de hielo en los pulmones.

—¡Alex! —La voz de Xi resuena tan fuerte como sus pisadas contra el cemento cuando corre detrás de mí—. ¡Espera!

Me alcanza enseguida, ya que apenas camino a un paso acelerado.

—Me odia —mascullo en cuanto se pone a mi lado.

—Es una zorra.

—Tu madre también me odia.

—Mi madre odia a cualquiera que se acerque a su hijo mayor.

Freno en seco, me vuelvo hacia él y nuestras miradas se encuentran.

—Estás enamorado de Billie.

Niega con la cabeza.

— Estaba enamorado de Billie. —Después resopla—. Olvídalo, ni siquiera era amor. Éramos dos personas en busca de un refugio y paz. Este sitio te vuelve claustrofóbico. Fue algo… raro. Estúpido. Y, lo más importante, se acabó.

—¿Cómo sabes que no era amor? —pregunto—. ¿Cómo sabes que ya lo has superado?

Hay algo que chisporrotea entre nosotros.

No nos estamos tocando. De hecho, estamos bastante lejos, teniendo en cuenta que las últimas semanas nos las hemos pasado prácticamente pegados el uno al otro.

Pero el tirón del hilo invisible que me une a él es poderoso.

Me tira del corazón, y es algo muy auténtico que nunca antes había experimentado, algo que me obliga a ver con claridad.

Sé lo que siento por este hombre.

Y creo que él también lo sabe.

—Porque…. —vacila, y se humedece los labios—. Lo sé. —Clava sus ojos en los míos, pero parece mirar en lo más profundo de mi alma—. Créeme, sé que nunca me había enamorado tanto de nadie como de ti.

Quiere decirme algo más. Noto que lo tiene en la punta de la lengua.

—Alex, yo… —en una fracción de segundo, cambia de opinión— necesito que confíes en mí.

Dentro de mí, una voz me grita que le ponga fin a todo eso. Mi instinto me advierte de que me va a romper el corazón. No ahora, pero sí en algún momento.

—Lo de esta noche ha sido como un despertar, Xi —susurro. Bajo la vista a mis manos y entrelazo los dedos—. Deberíamos cortar por lo sano mientras podamos.

—Mírame, Alexandra. —Su voz grave despierta algo dentro de mí, y obedezco—. Ya es demasiado tarde para eso.

—Emma me ha hecho sentir que esto no está bien, que lo nuestro no está bien.

—Nena, por una vez, hazme el favor de no preocuparte por lo que está bien y lo que está mal.

Tomo aire cuando acorta la distancia que nos separa.

Lo de gritarle hoy a Emma es algo que nunca antes había hecho, ni siquiera sabía que era capaz de algo así.

Xi ha despertado una parte de mí que lleva todo este tiempo dormida.

Cada vez que me dice que no me disculpe, o cada vez que me obliga a verbalizar lo que pienso, a ponerle palabras a mi frustración, a simplemente ser yo misma, me hace echar un pulso con una Alex que nunca antes había conocido.

—Empieza a preocuparte por lo que Alex quiere, en lugar de por lo que todos los demás esperan de ella.

«Todo dice que no».

Acerca la mano a mi mejilla y me aparta los mechones rubios del rostro con los nudillos.

—Olvídate de ser una buena chica. Pórtate mal. Déjate llevar por aquello que te parece incorrecto.

«Todo excepto mi corazón».

Se inclina, sus labios rozan los míos.

—Solo por probar.

«Ese maldito corazón tonto».

Mis labios chocan contra los suyos, me pongo de puntillas y le rodeo el cuello con los brazos. Él me agarra por los muslos, me levanta y me lleva hasta el coche mientras yo me olvido de qué es el oxígeno.

Esta noche no vuelvo a casa.

Que le den a portarse bien.

Xi avanza de espaldas en dirección a su habitación, con nuestras bocas pegadas, hasta que se deja caer al fondo de la cama. Me muevo para seguirlo, pero entonces me detiene con una mano en el pecho.

—Mírame.

Lo hago. El corazón me late a toda velocidad y los labios me arden por su beso hambriento.

—¿Cómo quieres que te folle esta noche, Alexandra?

Trago saliva. No esperaba que me lo preguntara. Prefiero cuando es él quien toma lo que quiere. Me da demasiada vergüenza decir en voz alta lo que deseo y, por lo que veo en su mirada, entiendo que precisamente eso es lo que busca.

—Quiero… —Respiro hondo—. Quiero que tomes el control.

Se humedece los labios, pero no parece satisfecho con la respuesta.

—Quieres más que eso y lo sabes. —Frunce el ceño cuando ve que no pretendo decir nada más—. Camina hacia atrás.

Retrocedo tres pasos.

—Más.

Cuatro. Cinco. Estoy casi contra la pared.

—Quítate la ropa.

Lo hago con manos temblorosas. Primero, su sudadera. Después, los zapatos, la falda y el sujetador.

—Toda la ropa, nena.

Me bajo las bragas con un contoneo de caderas hasta liberarme de ellas. Se muerde el labio inferior y se acomoda en la cama.

—Bien —dice en voz baja.

La voz de Xi suele ser tan plana que resulta imposible no notar cuándo el deseo empieza a teñírsela. Se vuelve ronca, grave, impregnada de una oscuridad que apenas puede controlar.

He aprendido a aceptar que mi novio es lo que se llama un psicópata dulce, de esos que se mueven en silencio y te tratan como a una reina. Dulce con la mujer que quiere poseer, letal con cualquiera que se interponga en su camino.

Quiero saborear el peligro de Xi.

Quiero sentirlo en mi piel, que me lama con llamaradas ardientes.

Quiero que Xi alimente mi lujuria con la misma intensidad con la que destrozó mi cordura.

Lo miro fijamente a los ojos con la fuerza que él me ha ayudado a despertar y le permito observarme en silencio hasta que siento cómo la satisfacción hierve dentro de él.

—Ahora, arrodíllate —añade con una calma inigualable cuando decide que estoy lista.

Tardo apenas un segundo en hacerlo, aunque el descenso me resulta interminable. Sin romper el contacto visual y con nuestras respiraciones acompasadas, lo veo devorarme entera desde la distancia.

—Gatea hasta mí.

Cierro los ojos y me trago la necesidad que llevo dentro. Me cae al estómago y se vuelve líquida. La humedad que me cubre las piernas es la prueba de todo lo que creí odiar de mí misma; prueba de todo lo que ahora amo porque encaja con las necesidades de Xi.

Gateo hacia él despacio, haciendo todo lo posible para que parezca sensual. Arqueo la espalda y pongo el culo en pompa. Mi objetivo es complacerlo.

Cuando por fin me encuentro a sus pies, levanto la vista hacia él y le suplico en silencio todo lo que quiero.

«Tócame».

«Juega conmigo».

«Soy tuya para que me uses».

«Hazlo».

Dada su respuesta, sé que lo ha oído todo.

—Mírate. —Solo porque así lo ordena, bajo la mirada hacia mis piernas abiertas. Hacia mi postura de absoluta sumisión—. Tan desesperada por ser mía.

¿Y no es esa la definición más acertada de mí esta noche?

Apoya los codos en las rodillas y deja las manos colgando entre sus piernas, justo delante de mí. Se inclina levemente hacia delante y acerca los labios a mi oído.

—Date la vuelta, pega la cara al suelo y enséñame ese coño. Déjame ver las ganas que me tiene.

Me cuesta horrores no gemir al escuchar sus palabras. Pestañeo al mirarlo cuando se aparta de mi oído y roza mis labios con los suyos.

No me insiste ni me mete prisa. Tan solo espera a que esté tan desesperada por él que finalmente me mueva. Me doy la vuelta y extiendo las manos a cada lado de mi cuerpo. Después me inclino hacia delante hasta apoyar la mejilla contra su alfombra áspera y echo el culo hacia atrás.

—Ábrete más.

Me raspo las rodillas cuando separo más las piernas para él, concediéndole una vista despejada de mi coño empapado.

Presiona algo contra el interior de mi muslo. Me confunde no saber qué es.

—Estás mojada hasta aquí.

Y, para mi vergüenza, es bastante abajo. Gimoteo de necesidad cuando sube, y por fin entiendo con qué me está tocando.

Su bota.

La punta de cuero se desliza contra mi humedad, deteniéndose justo antes de acariciar mis labios, terriblemente cerca de rozar mi clítoris hinchado.

—Este soy yo tomando el control, Alexandra. Puedo pasarme toda la noche dándote órdenes y no concederte nunca lo que de verdad necesitas.

—Por favor.

Mi voz entrecortada me avergüenza todavía más. Ni siquiera me ha tocado todavía.

—¿Me deseas? —me desafía.

—S-sí —jadeo—. Te deseo.

—Dime lo que de verdad quieres.

—A ti. Te quiero a ti —suelto sin pensar—. Quiero… quiero que me hagas sentir bien. Por favor.

—¿Cómo? Dilo.

Con la respiración entrecortada, trago saliva y acepto la mujer que soy. La que decide qué quiere que su chico le dé.

—Humíllame —susurro.

Me ha oído, lo sé, pero aun así decide torturarme un poco más.

—¿Qué has dicho?

—H-humíllame —repito—. Por favor.

—Más fuerte.

Presiona la punta de su zapato contra mi culo, casi donde más lo necesito.

—Por favor —grito—. Humíllame.

Lo oigo reírse por lo bajo. Hay un segundo de silencio que me resulta eterno.

—Si tanto me deseas, humíllate tú sola para mí.

Presiona el cuero contra mi coño y froto el clítoris contra él sin dudarlo.

—Dios —gimo.

—Más —me ordena con voz grave.

Presiono con más fuerza y se me ponen los ojos en blanco de tanto placer. Se me acelera la respiración al mismo tiempo que mis movimientos ganan velocidad.

—Muy bien, nena, empápame la bota. Dentro de un minuto la lamerás para limpiarla.

Sus palabras añaden un placer que no puedo controlar.

Me froto como la mujer desvergonzada en la que me está convirtiendo.

Balanceo las caderas y me acerco más a él.

Dejo escapar un gemido que no podría contener ni aunque quisiera.

Pero antes de llegar al clímax, se aparta y se pone de pie detrás de mí.

—Date la vuelta.

A cuatro patas, me giro antes incluso de que me dé tiempo a pensármelo.

Él me mira desde su posición casi divina.

—Ya sabes lo que quiero, Alex. Cuanto más me hagas esperar, más retrasas tu recompensa.

Cuando veo que tiene la polla dura, me relamo los labios, pero él chasquea la lengua.

—Todavía no.

Bajo la mirada y veo mi humedad brillante sobre el cuero de su bota negra derecha.

—Tic, tac —me presiona.