17
XI
— Mama —grito al abrir la puerta de la mano de Alex.
Me he tirado todo el trayecto tranquilizándola, diciéndole que a nadie le importaría que se presentara allí con una sudadera y la falda del uniforme, y que no era necesario que llevara ningún regalo.
Aun así, me obligó a acercarla a una chocolatería de la ribera sur para poder llevarle a mi familia unas cajas de chocolate caro, de ese que ninguno de nosotros ha visto jamás en su vida.
—¡Ziad! —La voz de mi madre resuena desde la cocina, por encima del barullo del salón, y llega hasta la entrada—. ¡Ven, weldi ! ¡Ven a la cocina!
Antes de que podamos llegar, una pequeña figura se abalanza sobre mí y me obliga a soltar a Alex.
—Madre mía —refunfuño, y tengo que dar un paso atrás para mantener el equilibrio mientras abrazo a Billie—. Cómo pesas.
—Yo también te he echado de menos.
Me dirige una sonrisa de oreja a oreja cuando nos separamos. Clava la mirada en Alex, en su uniforme, y estalla en carcajadas.
—Una chica de Stoneview, cómo no —dice entre hipidos.
—Cierra la puta boca —gruño, a punto de darle una patada—. Alex, te presento a mi hermanastra, Billie. Billie, te presento a mi novia , Alex.
Siento la necesidad de decirle que, a pesar de ser de Stoneview, Alex no es un simple polvo de una noche.
—Encantada de conocerte.
Alex sonríe con educación y le tiende la mano. Percibo la timidez en su voz, a pesar de que intenta mantener una fachada correcta.
Se la bajo y la tomo entre las mías.
—Ignórala. Cree que me conoce.
—Como la palma de mi mano —responde Billie antes de secarse las lágrimas—. Encantada de conocerte, Alex. Espero que seas de las buenas.
—¿De las buenas? —me pregunta Alex mientras la arrastro lejos de allí.
—Ignórala —respondo al abrir la puerta de nuestra cocina.
Mi madre está dentro, junto a los fogones. Austin se encuentra de pie a su lado, dici éndole algo que acaba de hacerla reír como una colegiala con su primer amor.
— Mama, salam aleikum. Shalom.
Se da la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja antes de pellizcarme la mejilla izquierda y besarme la derecha.
— Shalom, wa alaikum assalam. Te he echado de menos, hijo. Mucho.
—Estuve aquí hace tres días —respondo con dulzura—. Mamá, te presento a Alexandra, mi novia.
—H-hola, señora Benhaim —la saluda Alex, que vuelve a extender la mano—. Es un placer conocerla.
Mi madre agita su trapo de cocina en el aire, ignorando el gesto.
—Tienes que dejar de hacer eso —me río—. No somos tan formales. Y ahora es la señora Scott.
Sus preciosas mejillas de porcelana se sonrojan y sus labios se entreabren.
—Lo siento mucho —suelta.
—No lo sabías —la tranquilizo, y deslizo una mano a la parte baja de su espalda.
Mi madre, por supuesto, no deja de mirarla de arriba abajo. Soy su primer hijo, y esto es importante para ella.
Mira a Alex a los ojos fijamente y hace una mueca.
—Delgada.
Sin entender nada, Alex vuelve sus enormes ojos color avellana hacia mí.
—¿Q-qué?
—Se lo dice a todo el mundo. Ignórala. Le gusta cebar a la gente.
—A mí también me gusta cocinar —le dice Alex a mi madre con entusiasmo—. ¿Qué está preparando?
Ignorándola, mi madre se gira hacia mí.
—Está en los huesos, Ziad —me dice en árabe.
Alex no está así para nada. Tiene caderas y michelines, pechos generosos y muslos gruesos. A mi madre eso le da igual, siempre le gusta ponerle la puntilla a todo.
—Mamá —la regaño—. Que te entienda.
Me dedica una sonrisa burlona, preguntándome en silencio si de verdad quiero que lo repita.
—No. No lo repitas —añado en árabe.
—Les he traído esto —interviene Alex con una sonrisa educada.
Por fuera parece que nada puede afectarla, pero no se me pasa por alto cómo se acerca un poco más a mí en busca de tranquilidad.
Mi madre acepta los chocolates con una sonrisa forzada.
—Tienen pinta de caros. ¿Eres rica? ¿De Stoneview?
—Mamá —le espeto.
Alex coloca una mano tranquilizadora sobre mi hombro.
—Sí, soy de Stoneview —responde con una sonrisa tranquila, antes de señalar la caja y hacer uno de esos trucos tan elegantes suyos, cambiando de tema con suavidad—.
Están deliciosos. Debería probar los de trufa, son mis favoritos.
—Echa un vistazo a nuestro alrededor—. ¿Necesita que le eche una mano con algo?
—No necesito ayuda —responde mi madre con un orgullo tóxico.
—La cocina es su reino —aclaro—. Vamos a saludar a los demás.
Presentársela a Austin me resulta mucho más fácil. Él no fue igual de amable cuando su niñita le presentó a su novio. Después nos dirigimos al salón, donde mis hermanastras están viendo la televisión con mi hermano y su novia.
Está claro que todos están esperando a que les presente a Alex.
—Chicos, os presento a Alex —repito por tercera vez en lo que va de día—. Alex, este es mi hermano Lik, y Rose, su novia. Emma, mi hermanastra, y Billie, que ya la conoces.
—Hola a todos. Encantada de conoceros.
Esta vez no intenta estrecharles la mano. Creo que ya ha pillado que aquí nos va más el rollito informal.
—Rose… White, ¿verdad? —pregunta—. Estudiamos juntas en Stoneview.
—¿Ah, sí? —La voz ronca y poco impresionada de Rose no ayuda a que Alex se sienta bienvenida. Tiene suerte de ser la mujer más guapa del mundo, porque su personalidad es una basura.
—Yo estaba en el primer año cuando tú estabas en el último. Mi mejor amiga es Ella Baker, la hermana de Luke.
Rose asiente.
—Sí, conozco a El.
Alex y Rose empiezan a hablar, y yo me vuelvo hacia Lik.
—Mamá se ha puesto insoportable —murmuro—. No actuó así contigo ni con ninguna de tus parejas.
—¡Nadie es lo bastante bueno para mi hijo! —grita en árabe desde la cocina.
—Joder —resoplo—. ¿Quién tiene tan buen oído a esa edad?
—¡Te estoy oyendo, ya hmar !
Lik se encoge de hombros.
—Tú eres el hijo mayor. Yo soy el hijo de «haz lo que te dé la puta gana».
Y no podría ser más cierto.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo junto a mi chica.
—Ven, siéntate.
Solo cuando encuentro un sitio para que Alex se siente, me doy cuenta de la mirada asesina que me lanza Emma. Así, de golpe, la realidad me abofetea.
Pasar tiempo con Alex es como vivir dentro de una burbuja.
Una burbuja rosa que huele a jazmín y donde todo es suave y brillante, y el único sentimiento que existe es el de volar.
Es amable, dulce y gentil. Es como una tarde de verano, capaz de aligerar el peso del estrés de la vida de mi corazón.
Noto la misma sensación en el estómago que cuando un ascensor baja varios pisos de golpe.
Excepto que nosotros nunca llegamos al suelo. Alex y yo… seguimos volando.
Ver hoy a Emma es un crudo recordatorio de por qué empecé a ir detrás de ella. La culpa reemplaza la paz que me da mi chica dulce, y siento cómo todo el peso vuelve a caer sobre mis hombros.
He cometido un error bien gordo al traerla aquí.
La cena va más o menos bien, si ignoramos que mi madre le rellenó el plato a Alex tres veces y que ella tuvo que soportar que todo el mundo la fulminara con la mirada cuando empezó a comer como si estuviera en la mesa de la reina de Inglaterra.
El estrés hace que murmure cosas sin sentido, y veo que Lik se da cuenta.
Cada vez que lo hace, mi hermano me lanza una mirada curiosa, pero yo finjo ignorarlo.
Teniendo en cuenta que no deja de hacerlo, agradecería que Lik parara de una puta vez.
—¿Y tu novio? —le pregunta Lik a Billie cuando volvemos a acomodarnos en el salón. Siempre jugamos a algo antes de que cada uno se vaya a su casa.
—Mi prometido, querrás decir.
—En esta vida me da que no —resopla Emma.
Es la primera vez que abre la boca en lo que va de noche. Está de morros por mi culpa, y yo estoy más que preparado para devolvérsela.
Billie pone los ojos en blanco y se dirige a Lik.
—Está con su familia.
Billie sale con un King. Tal vez lo habríamos aceptado si hubiera empezado a salir con un cualquiera de la banda de los Kings, pero la tía tuvo que pillarse no solo de nuestro principal enemigo, sino del mismísimo Caden King.
Su familia fundó la banda de los Kings. Son el motivo por el que sufrimos a diario.
Caden y Billie se mudaron lejos de North Shore, pero nos negamos a verlos juntos cada vez que pisan la ciudad.
No menciono nada de esto, no delante de Alex.
Todavía estoy buscando el momento adecuado para decirle que formo parte de la NSC.
Para contarle toda la verdad. Lo intenté la semana pasada, antes de que nos acostáramos por primera vez, pero me interrumpió.
Quería que el momento fuera perfecto, y lo entiendo. Yo también lo quería.
—Billie y Caden tuvieron una especie de historia a lo Romeo y Julieta. Aunque ahora ya están bien. —Es lo único que digo para evitar dar más explicaciones, pero sin dejar que se quede fuera de la conversación.
—Entiendo —asiente Alex con una mirada de enamorada, porque es una romántica—. Love Story —murmura para sí misma.
—¿Qué mascullas? —pregunta mi hermano.
Justo lo que no quería que hiciera. Este tío no entiende lo que significa el espacio personal ni la privacidad.
Alex se pone roja, y soy capaz de sentir cómo le arden las mejillas de la vergüenza.
—Lik, cierra la boca —gruño.
—Tranquilo —responde ella mientras se coloca un mechón de su precioso pelo detrás de la oreja—.
Son canciones de Taylor Swift. Sé que es…
una estupidez, pero empecé a hacerlo cuando era pequeña, sobre todo cuando tenía miedo, y se convirtió en una costumbre: si una situación pega con una canción, la murmuro.
Es como una especie de broma interna conmigo misma.
Todos se la quedan mirando, parpadeando, sin palabras. Ella traga saliva; se le han puesto rojas hasta las puntas de las orejas.
—Es una tontería —se ríe, incómoda, frotándose la frente con la yema del dedo—. Olvidad lo que he dicho.
—A mí me parece adorable, pastelito —respondo con voz ronca.
Me mira y sus ojos color avellana se iluminan.
—¿De verdad? Pero es… una estupidez.
Me inclino hacia ella para susurrarle al oído.