Heartless Beloved (North Shore 2) 16 #3
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—Es fucsia —lo corrijo—. Es mi favorito.

Enarca una ceja, consciente de que soy incapaz de evitar corregir hasta el más mínimo error.

—Te queda bien.

Pasa al resto de mi cuerpo y suelto un quejido cuando me lava entre las piernas.

—¿Te duele? —me pregunta con voz ronca, sin duda excitado por la idea.

—S-sí —murmuro cuando sus movimientos se vuelven un poco más fuertes.

Me agarra del cuello y me lo aprieta hasta que lo miro a los ojos.

—Bien. Acuérdate de esto la próxima vez que tu ex quiera hablar contigo.

Trago saliva y siento un hormigueo por todo el cuerpo otra vez. ¿Por qué me pone tanto esto?

Termina de lavarme y me ayuda a salir de la bañera. Mientras me seco, coge una sudadera limpia y me la da. Es una negra básica. Justo cuando me estoy poniendo de nuevo la falda del uniforme, le suena el móvil. Se lo saca del bolsillo trasero y frunce el ceño.

—Tengo que cogerlo. Tardo un segundo.

Sale del baño, y para cuando termino de vestirme, todavía sigue hablando por teléfono con alguien en la sala de estar, así que me tomo la libertad de visitar el resto de la casa.

Tiene otros dos dormitorios. Uno está vacío, lleno de utensilios de bares y botes de pintura, y el último debe de tratarse del suyo.

Me quedo con la boca abierta en cuanto abro la puerta y veo la pared de la ventana.

La han pintado de tal forma que parece que la pared no existe y que ha sido reemplazada por un cielo nocturno con miles de estrellas.

Una ilusión óptica que da la impresión de que la persona que la mira esté sentada al borde de un acantilado, contemplando una noche despejada en medio de la nada.

Hay una pequeña mesa rectangular justo debajo de la ventana, con botes de acrílico y pintura al óleo, una paleta, espátulas y más pinceles de los que soy capaz de contar.

Es un desastre, pero se me olvida en cuanto miro el arte de la pared.

Toda la superficie está pintada, y la ventana parece un simple marco flotando en el cielo nocturno.

—No es aquí donde te he dejado —susurra una voz a mis espaldas.

No percibo alegría en su tono, pero así es como habla Xi. Sé que me está tomando el pelo.

—¿Lo has pintado tú?

Permanece detrás de mí, me recoge el pelo húmedo con una mano y lo echa hacia un lado.

—Es mi proyecto de medianoche.

—¿Proyecto de medianoche? —repito.

—Lo pinto cuando no puedo dormir.

—Hala —balbuceo cuando me acerco y rozo la pintura con la yema de los dedos—. Los detalles son increíbles.

Me fijo en la botella de líquido transparente que hay sobre la mesa y por fin entiendo algo.

—Aguarrás —me río para mí misma—. Era eso.

Su cuerpo vuelve a estar cerca del mío. Me rodea con los brazos por detrás y me da un beso en el cuello.

—¿Qué pasa?

—Siempre huelo algo más aparte de tu colonia, algo con un toque amaderado y terroso. Es aguarrás. ¿Para qué lo usas?

—Para limpiar los pinceles y diluir los óleos.

Ahora todo tiene sentido; esa sensación reconfortante que me provoca.

—Mi madre es artista. Viene de un largo legado de pintores famosos. Cuando yo era niña, intentó pintar conmigo, pero se me daba tan mal que se rindió muy rápido.

—¿Alexandra Delacroix mala en algo? No te creo.

—Oh, créeme —me río—. El olor a aguarrás me recuerda a esos momentos en su taller.

Doy un paso y me alejo de él, con ganas de ver más.

—¿Has pintado más cosas? —Tuerzo la boca.

He usado la palabra «cosas». A mi padre le daría un ataque—.

Tal vez podría hablarle a mi madre de ti.

—Muevo unos papeles y unos cuadernos de dibujo que hay desperdigados por su escritorio—.

Le encantan las personas talentosas y apasionadas.

Podría ayudarte a dar a conocer tus obras…

Se me para el corazón cuando descubro un pequeño lienzo.

Es más o menos del tamaño de una hoja A4.

A su lado está la foto Polaroid que me sacó en mi habitación, esa en la que estoy tumbada en la cama, con la cabeza colgando hacia atrás y la boca abierta de par en par.

Su semen está por toda mi lengua y se desliza por mis labios.

Aprieto los muslos al recordar la noche de nuestra primera vez.

Me ha pintado con óleos en el pequeño lienzo.

Es precioso, erótico. No lo llamaría realista, pero sí increíble mente artístico.

Me pintó los labios de color negro y el semen de un rosa brillante.

Mis pezones también son de un tono rosado, mientras que el resto de la habitación está teñida de negro por completo.

Lo ha firmado como «XI», con dos letras mayúsculas, en la esquina inferior derecha.

—Mierda —bufa antes de abalanzarse sobre el cuadro y empujar el resto de cosas al suelo. Termina con los dedos manchados de pintura de la paleta que todavía no estaba seca.

—Era yo —digo con los labios entumecidos, sin ser capaz de creérmelo.

Se pasa una mano por el rostro y se mancha la mejilla de pintura.

—Xi —insisto—. Era yo.

—No lo hice en plan perturbador. Me gusta pintar… cosas hermosas.

Clava sus ojos en los míos.

—Eres un pintor increíblemente talentoso. Es una pasada.

Enarca las cejas un ápice, con cara de sorpresa.

Parece un adolescente al que su padre le acaba de decir que está orgulloso de él.

Puede que sea el pelo alborotado y la mancha de pintura en la mejilla lo que le da ese aire juvenil.

Tal vez de verdad sea importante para él que yo diga que su arte me parece increíble.

—¿Me pintarás más veces? —pregunto con entusiasmo a la vez que le rodeo la cintura con los brazos—. ¿Así? —Tomo una de sus manos y la deslizo bajo mi falda, presionándola contra mi ropa interior húmeda—. Me pone.

Le nace un gruñido gutural al fondo del pecho que me hace temblar.

—Alex —resopla—. No tienes ni idea de las ganas que tengo de follarte ahora mismo.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

Sonrío y le beso el cuello.

—Cena familiar.

Es como una jarra de agua fría sobre mi piel ardiente. Retrocedo.

—¿Cena familiar?

—Me ha llamado mi madre, toda la familia está en su casa ahora mismo. Última mente es muy difícil juntarnos, así que quiere que vaya.

—Por supuesto. Lo entiendo. Me iré a casa.

Niega con la cabeza.

—Ven conmigo.

Me quedo quieta, sin dejar de mirarlo.

—¿Ir contigo?

—Sí.

—¿A tu cena familiar?

—Claro.

—¿Con tu madre?

Se ríe.

—Sí, Alex. Quiero que la conozcas. Es una gran mujer, como tú.

—¿No te parece… un poco pronto? Por el amor de Dios, si voy a conocer a tu madre, ¿no crees que merezco verte sonreír al menos?

Se le curvan las comisuras de los labios. Como siempre. No es una sonrisa sincera.

—No —responde con firmeza—. Y no es pronto. Hacemos las cosas cuando ambos queremos. Siempre será así. Tú y yo.

Ahora soy yo la que sonríe como una tonta.

—De acuerdo —susurro, incapaz de creérmelo—. Iré contigo.

Lo abrazo de nuevo, apoyo la oreja contra su pecho y escucho su corazón. Necesito saber cómo de rápido late. Necesito saber si ambos compartimos la alegría y la emoción de este momento.

Y así es.

Sonrío y cierro los ojos.

Fearless .