16 #2
Aparta el dedo de mi clítoris justo antes de introducir dos dedos dentro de mí.
—Xi —chillo.
La sensación es demasiado intensa a pesar de lo mojada que estoy.
—Dilo —jadea contra mi cuello—. No más tíos.
—No más tíos —gimo—. Solo t-tú.
—Buena chica. —Sin soltarme el pelo, retira la mano de mi coño para agarrarse la polla. Restriega la punta contra mi entrada húmeda, golpeándome el clítoris y haciéndome temblar—. ¿Crees que te mereces que te folle?
—Sí —jadeo—. Sí, por favor.
—Mmm —gruñe al rozar sus labios con los míos—. Voy a ser tu ruina, Alexandra. —Presiona la punta contra mi entrada y siento cómo me baja el sudor por la nuca de la desesperación—. Y tú serás mi puta, nena. Vivirás única y exclusivamente para el placer que puedo darte.
Se hunde en mi interior y me hace gritar dentro del coche.
Sin darme tiempo a recuperar el aliento, sale y vuelve a metérmela de nuevo.
Me suelta el pelo, me agarra de las caderas y me mantiene en el sitio mientras me destroza el alma.
Yo le devuelvo el movimiento, frotando mi clítoris contra él.
Todo en mi interior se derrite por él. Creo que apenas han pasado unos minutos cuando, de repente, me corro.
Él apoya una mano en mi espalda antes de empujarme el pecho con la otra hasta que me dejo caer hacia atrás.
Sujetándome así, continúa follándome hasta que no puedo respirar.
Hasta que soy incapaz de mantener los ojos abiertos y lo único que veo son estrellitas de puro placer.
—Mírame —gruñe al agarrarme la mandíbula—. Mira lo que me haces.
Echa la cabeza hacia atrás justo cuando cierra los ojos. Es hermoso. Impresionante. Se me corta la respiración cuando se corre dentro de mí. Una oleada de emociones confusas se mezcla con el placer y hace que se me cierre la garganta.
Me atrae de nuevo hacia él, sin parar de besarme mientras se calma y ambos volvemos del subidón.
Varios claxonazos me hacen sobresaltarme. Cojo mi camiseta y me cubro con ella.
—Hostia —jadeo—. S-se me había olvidado que estábamos en medio de la carretera.
Se le contrae el rostro y sisea.
—Me estás apretando.
Abro los ojos de par en par al entender a qué se refiere, ya que sigue dentro de mí. Me ayuda a quitarme de encima y me acomoda de nuevo en mi asiento. Después, como si nada de esto hubiera pasado, arranca el coche y nos aparta del camino.
Cuando apaga el motor, echo un vistazo a nuestro alrededor. Dejé de preocuparme por a dónde íbamos mientras intentaba recuperarme del subidón.
—¿Dónde estamos?
Hemos parado en una calle en la que todas las casas se encuentran en ruinas.
Me fijó en el lugar exacto en el que estamos aparcados: un pequeño rectángulo que parece una vivienda prefabricada.
La pintura color magnolia de la fachada está descascarillada a más no poder, y una de las ventanas está cubierta con tablones de madera.
Siento una punzada en el estómago.
—Xi, ¿dónde estamos? —pregunto de nuevo.
Se vuelve hacia mí y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—En mi casa.
—¿Me has traído a North Shore? —balbuceo. Se me revuelve el estómago cuando echo otro vistazo a mi alrededor—. No quiero estar aquí.
Él me ignora, sale del coche y camina hasta mi lado. En cuanto abre la puerta, lo intento de nuevo.
—Llévame a casa, por favor. No… No puedo… Tengo miedo. —La última palabra apenas es un susurro cargado de vergüenza.
Clava sus fascinantes ojos en los míos.
—Alexandra, mírame.
No finge que el lugar donde vive no es peligroso. No actúa como si estuviera loca por tener miedo de estar aquí. Aun así, lo que dice me tranquiliza.
—Cuando estés conmigo, no tienes nada de lo que preocuparte. —Me acaricia la mejilla—. Te lo prometo.
Y, por un segundo, el hecho de que Xi sea un hombre violento y bruto me tranquiliza más que cualquier otra cosa.
Me agarra de la mano, me ayuda a bajarme del coche y me guía hasta la puerta principal.
Tiene que abrir varios cerrojos antes de que podamos entrar.
Me conduce directamente a lo que parece una sala de estar, un área pequeña con una alfombra raída.
Hay un sofá y una televisión sobre una mesa de plástico que parece de exterior, al igual que varios botes de pintura esparcidos sobre una lona de plástico.
Todas las paredes excepto una están pintadas de blanco.
También veo una mesa de madera pequeña y redonda, con tres sillas; a una de ellas le falta una pata y está apoyada bocabajo sobre la mesa.
—Vamos a limpiarte —dice antes de conducirme a través de la habitación hasta un pasillo.
Gira a la derecha y atravesamos un marco sin puerta. Dentro hay una bañera, pero ni rastro de un lavabo; parece que lo han arrancado de la pared. Cuando abre el agua, también me percato de que falta la cortina.
Debe de percibir la forma en la que analizo todos los rincones de la habitación porque se pasa una mano por el pelo.
—Estoy reformando el baño y pintando el salón. Estoy… liado con muchos proyectos. Me está llevando mucho tiempo porque tengo que hacerlo cuando no estoy currando y…
—Oye. —Apoyo una mano en su mejilla—. No tienes que justificarte. Me da igual cómo sea tu casa.
—Seguro que no se parece en nada a la tuya —murmura.
Me encojo de hombros.
—Bueno, tú al menos eres independiente. No tienes que pedirle dinero a nadie. Nadie puede decirte qué hacer. Eso vale más que el oro.
Me mira a los ojos y asiente. Levanta las manos para coger mi camiseta y quitármela. Lentamente, me desviste por completo y me ayuda a meterme en la bañera. Suelto un gemido cuando me hundo en el agua caliente. El calor me relaja los músculos agarrotados y sonrío.
—Métete.
Niega con la cabeza y se pasa la lengua por los dientes.
—Déjame cuidarte.
Coge una esponja y le echa jabón. Sujetándome la muñeca izquierda, comienza a frotarme por la parte superior del brazo y baja lentamente. Lo gira un poco y se detiene justo cuando está a punto de limpiarme la cara interna del antebrazo.
—Pedazo cicatriz —dice sin apartar la vista de ella.
Pasa la esponja azul sobre ella una vez, y luego otra, como si le fascinara. Siento que debo decir algo, así que me limito a dar la mínima información.
—Me rompí el brazo.
—Parece reciente.
—Fue en febrero de este año —explico—. No… —Me tomo mi tiempo para tragarme la ansiedad que amenaza con asfixiarme—. No me gusta hablar de ello.
Me mira a los ojos. Frunce el ceño mientras intenta leer mi alma con las pupilas dilatadas.
—¿Tiene algo que ver con tu ataque del otro día? ¿Y con la razón por la que le tienes miedo a North Shore?
No tengo control sobre mi cuerpo cuando este intenta retroceder. Xi todavía me sujeta por la muñeca y la bañera es diminuta, por lo que no tengo a dónde ir cuando me atrae de nuevo hacia él con suma facilidad.
Niego con la cabeza.
—Ya me conoces. —Le dirijo una sonrisa falsa—. No soy más que un pollito bebé.
Se le curvan las comisuras de los labios, pero no hay ni un solo ápice de humor en el gesto.
—Voy a hacerte una pregunta personal, y si no estás preparada para abrirte conmigo, no pasa nada. Pero te prometo que esto es un espacio seguro, por lo que puedes hacerlo si es lo que quieres.
Me paso la lengua por el labio inferior y asiento.
—Los ataques que sufres… —Deja la frase en el aire, incitándome a terminarla, aunque mi cerebro se niega a hacerlo—. ¿Tienes epilepsia? —me pregunta.
Giro la cabeza hacia un lado.
—No —respondo con voz rasposa—. Se llama CPNE.
—¿CPNE?
Por lo que parece, está decidido a conocerme, a explotar las profundidades de mi alma y de mi complicada mente.
Bajo la mirada hacia su mano, que todavía sostiene mi antebrazo, con la esponja presionada ligeramente contra mi piel.
—Convulsiones psicógenas no epilépticas. Es… Eh… Les ocurre a algunas personas como una… como una… —Siento que me pitan los oídos mientras tartamudeo—. Lo siento.
Su agarre se vuelve más firme.
—Oye, no tienes de qué disculparte. —Me agarra por el mentón y me obliga a mirarlo—. Tómate tu tiempo. Si no hablamos de ello esta noche, ya lo haremos en otro momento. ¿Vale?
Parpadeo al mirarlo; me devuelve una mirada cargada de comprensión.
—Es una respuesta a un trauma intenso.
Observo cómo se le corta la respiración durante unos segundos, sin dejar de mirarme a los ojos. Asiente antes de pasarse una mano por el rostro. Me he fijado en que lo hace cuando se siente superado por la situación.
—Entiendo —responde.
—He aprendido a vivir con ello —añado, invadida por la necesidad de tranquilizarlo.
Quiero borrar esa expresión culpable de su rostro.
Él no ha hecho nada malo, es cosa mía—. No ocurren tan a menudo.
Quiero decir, últimamente sí porque… todo en mi vida está cambiando, pero te prometo que no es algo con lo que tengas que lidiar. Bueno, ya lo has hecho, pero…
Sus labios sobre los míos interrumpen mi parloteo. Su lengua exige paso y yo se lo concedo; le permito demostrarme cuánto le importo a través de un beso apasionado. En cuanto se separa, vuelve a acariciarme los labios con el pulgar.
—Lo siento.
La profunda sinceridad de sus palabras me hace estremecer.
—¿Por qué? —Mis labios todavía rozan su pulgar cuando respondo.
—Por lo que te pasó. De verdad que lo siento.
Existe cierta conexión especial entre los seres humanos. Somos animales antes que cualquier otra cosa, y a veces no hacen falta palabras para que alguien entienda por lo que has pasado.
—Si tú has aprendido a vivir con tus ataques, yo también aprenderé a vivir con ellos.
Mi corazón… está haciendo cosas rarísimas ahora mismo.
Hace una hora estaba furiosa con él por desaparecer.
Todo dentro de mí me dice que huya de este hombre.
Y, sin embargo, cuando desliza las manos hacia la parte posterior de mi cabeza y me da un beso rápido en los labios, me derrito por él como nunca lo he hecho por nadie antes.
Entrelaza sus dedos con los míos, observando mis uñas pintadas. Y como parece comprenderme como nadie lo ha hecho nunca, cambia de tema.
—Rosa. Te encanta ese color.