16
ALEXANDRA
Hate The Way G-Eazy, blackbear
—Es la tercera vez que pasas por esta calle. —Quería decírselo ya a la segunda, pero no podía ni hablar.
También quería llamar a Ella para que comprobara que Chester se encuentra bien, pero tengo el móvil en el bolso, y mi bolso sigue en el césped de la USF.
Xi gira a la izquierda en un cruce y luego vuelve a girar a la izquierda.
Llevamos quince minutos dando vueltas a la manzana.
Aprieta el volante con tanta fuerza que se le ponen los nudillos blancos, y me percato de que también los tiene cubiertos de sangre seca.
No le ha pegado a Chester, así que debe de ser de otra persona.
Al cabo de unos minutos, gira a la izquierda de nuevo y volvemos a la misma carretera.
Me rasco la garganta.
—Si te has perdido, puedo guiarte hasta el campus.
Sin decir nada, continúa conduciendo, probablemente planeando tomar la salida de la izquierda de nuevo.
—Si…
—No me he perdido, Alexandra —bufa. Tiene la voz ronca por llevar este tiempo callado.
—Vale —murmuro. Haciendo un esfuerzo por hablar un poco más alto, añado—: Es que llevamos un rato dando vueltas y tengo clase esta tarde.
Es mentira, pero quizá eso lo convenza de llevarme de vuelta al campus.
Aprieta la mandíbula y no dice nada.
Permanezco en silencio otro minuto antes de resoplar.
—Xi, ¿cuánto va a durar esto?
—El tiempo que haga falta.
—¿Qué se supone que intentas hacer?
—Intento calmarme para no hacerte daño.
Me vuelvo hacia él de golpe, siento una punzada en el corazón.
—¿Quieres hacerme daño? —susurro con la voz rota.
—No, no quiero hacerte daño.
Se le ensanchan las aletas de la nariz al coger aire.
El corazón me martillea en los oídos, lo noto en el cuello y en las muñecas.
—No te gusta el dolor —añade, esforzándose por controlarse—. Solo te gusta que te humillen, ¿verdad?
Trago saliva. Xi conoce mi cuerpo a la perfección. Yo ni siquiera me entiendo, pero é l parece tenerlo todo bajo control.
Por fin cambia de trayectoria: sigue recto y vuelve al centro de la ciudad de Silver Falls en lugar de tomar las carreteras que rodean el campus. Cambia de marcha con toda la naturalidad del mundo; estrangula la palanca con fuerza antes de deslizar la mano hacia mi muslo.
—¿Qué te había dicho sobre tu ex, Alex? —No me mira, mantiene la vista clavada en la carretera. La confusión me hace permanecer en silencio. Adelanta a un coche y me aprieta el muslo—. Cuando hago una pregunta, espero una respuesta.
—N-no lo sé —admito.
Se detiene en un semáforo en rojo y se vuelve hacia mí.
—Ya se interpuso entre tú y yo una vez, cuando sufriste un ataque y paré el coche en el arcén para ayudarte. Intentó detenerme.
—Solo intentaba ayudarme. Para él no eres más que un desconocido.
—Un desconocido. —Se ríe con sequedad—. ¿Hay más desconocidos que te hayan hecho correrte?
Evito su mirada.
Sí. Otro más. De hecho, el cien por cien de los hombres que me han hecho llegar al orgasmo son desconocidos.
Sacudo la cabeza para apartar esos pensamientos.
—A lo que me refiero es que él no tenía ni idea de que nos conocíamos.
—Y tuve la decencia de no meterme para no empeorar la situación. Pero te lo advertí, ¿verdad? Te dije que la próxima vez que se interpusiera entre nosotros…
Enarca una ceja, a la espera de que sea yo la que termine la frase.
—Que… que le prenderías fuego. Lo cual, por lo que puedes observar, es de estar bastante mal de la cabeza. —Le aparto la mano de mi muslo—. Xi, solo estábamos discutiendo.
No sé por qué estoy defendiendo a Chester. Estoy cabreada con él por haber hablado con mi padre y por las barbaridades que me ha soltado, pero, aun así, no creo que se merezca la ira que Xi ha desatado contra él.
—Parecía una discusión que no querías tener.
—Eso no significa que la violencia sea necesaria —le espeto—. No me gusta. Le has roto la muñeca, por el amor de Dios.
—Tiene suerte de que le haya roto la muñeca, joder —gruñe. Me agarra del antebrazo y lo levanta frente a mi cara. Tengo la muñeca roja y con moratones, justo donde me ha sujetado Chester—. Debería estar a tres metros bajo tierra.
Aparto el brazo de un tirón.
—Ya basta. —El semáforo se pone en verde y vuelve la vista al frente—. Tu ghosting me ha hecho más da ño.
Se pasa la lengua por los dientes.
—No te he hecho ghosting .
—No me jodas —resoplo—. Nos acostamos y desapareciste. No me has dado señales de vida en cuatro días. Ambos sabemos que tu reputación te precede. Ignorarme para luego aparecer de la nada y pretender ser un héroe no tiene sentido. No juegues conmigo.
—No hables sobre mi reputación. Fui muy claro con a quién le perteneces, así que puedes esperar lo mismo por mi parte.
Abro la boca para decir algo, pero me he quedado sin palabras.
—Estaba ocupado, Alex.
Le miro fijamente los nudillos y él clava la vista en mí.
Frunzo el ceño.
—Y no has sacado un solo hueco para responderme en cuatro días. No me interesan estos jueguecitos. —Me río—. Dios, se te da de lujo, ¿eh? Bonitas palabras para alguien que desapareció de la faz de la tierra.
Se pasa una mano por el pelo mientras gira a la derecha.
—No he recibido tus mensajes, suelo cambiar de número a menudo. No puedo permitir que me rastreen los teléfonos. Estoy intentando hablar contigo ahora. Olvídate de todo lo que has oído sobre mí, joder.
—No quiero hablar contigo. La vida se basa en tomar decisiones y tú ya has tomado la tuya.
¿Un teléfono nuevo? Pues entonces escríbeme tú.
¿Cómo iba a saberlo? Tú elegiste no quedarte, elegiste follarme y desaparecer.
Y me da igual, lo soportaré. Fóllate a la próxima, no te preocupes por mí.
Yo haré lo mismo. Me tiraré a todo lo que se mueva. Ya es hora de que empiece a disfrutar.
Frena tan bruscamente que me agarro a los bordes del asiento y el cinturón evita que me coma el cristal. La banda se me clava en la piel y me corta la respiración. Se vuelve hacia mí, con el coche parado en mitad de la carretera, mientras alguien nos pita y nos adelanta.
—Ten huevos a repetirlo.
Aunque no me toca, percibo la amenaza en su mirada y en su voz, en la forma en la que aprieta el volante. Se me atascan las palabras en la garganta; mis cuerdas vocales ni siquiera se atreven a temblar. Alguien más nos pita antes de adelantarnos.
—Hazlo, Alexandra —gruñe. Esta vez, me rodea la mandíbula con la mano derecha y me acerca a él a la vez que se inclina hacia mí—. Acércate a otro tío y te obligaré a ver cómo le prendo fuego.
Me mira a los ojos y el corazón se me acelera. Siento la forma en la que mi cuerpo responde al suyo. Pero por primera vez en mi vida, me mantengo firme.
—Eres un desgrac…
Estampa su labios contra los míos y desliza la mano hacia mi nuca mientras con la otra tira del freno de mano.
Me presiona contra él y exige acceso a mi boca.
Mis labios se separan por sí solos y cierro los ojos.
Dejo que su lengua roce la mía. No me ayuda ser conocedora de las maravillas que puede hacer con ella.
Hala, a la mierda lo de mantenerse firme.
Gimo en su boca cuando me acaricia el pecho por encima de la camiseta. Acelero el ritmo y lo devoro cuando me desabrocha el cinturón con su mano libre. Se aparta lo justo para agarrarme por las caderas y atraerme hacia él. Con un movimiento rápido, reclina su asiento y me coloca sobre su regazo.
—No entiendo cómo, hagas lo que hagas, lo único que quiero es callarte con mi polla.
Baja la boca a mi cuello y me rasga la camiseta. Sigue bajando, depositando besos ardientes por mi piel.
—Te quiero obediente y sumisa… —Otro peligroso beso hace que me retuerza—. Pero cuando lo eres, quiero llevarte al límite, hasta que no puedas soportarlo más.
Desliza las manos por mi cintura y me aplasta en su abrazo posesivo. Me estremezco, luchando por respirar.
—Quiero que le eches ovarios y me plantes cara… —Me muerde la clavícula y el pecho, y el cuerpo se me enciende a su paso mientras me lame las heridas—. Pero cada vez que me respondes, quiero hacerte callar follándote hasta el olvido.
Me desabrocha el sujetador y empieza a chuparme el pecho, dejándome una marca como la que me hizo en el cuello la semana pasada.
—Oh —jadeo cuando se mete el pezón en la boca.
Empieza a chuparlo y a mordisquearlo, y yo echo la cabeza hacia atrás.
Deslizo las manos por su pelo y me deleito con sus fuertes mechones.
Tiro de ellos cuando se aparta para intentar atraerlo de nuevo hacia mí.
Esta vez, ataca mi pecho derecho y juega con el pezón de la misma forma que antes.
Mis gemidos se vuelven fuertes e incontrolables cuando me embiste con las caderas y presiona mi sexo a través de sus vaqueros.
La tiene tan dura que me muero por sentirlo contra mí. Piel con piel.
Desliza la mano por debajo de mi falda y me aparta las bragas. Acaricia la humedad de mi entrada con el pulgar antes de presionarlo contra mi clítoris hinchado.
—Dios —gimo cuando empieza a moverlo en círculos.
Dejo caer la cabeza contra su hombro. Tomo una bocanada de aire, se me cierran los ojos por el placer.
—Creo que tenemos que establecer un par de reglas, Alexandra —me dice al oído con voz ronca—. De ahora en adelante, no quiero más dudas sobre mí. Olvídate de mi reputación y olvídate del resto de las chicas. Solo somos tú y yo.
Se me escapa un gemido.
—Dilo. Di que solo somos tú y yo.
—Somos tú y yo —jadeo—. Joder… —gimo—. Me voy a correr.
—Bien. —Noto su sonrisa contra mi mejilla cuando me da un beso—. Te correrás en cuanto aceptes todas mis reglas. Me darás acceso a tu precioso cuerpo siempre que quiera.
Asiento, sin importarme a qué estoy accediendo.
—Siempre que te lo pida, te quiero de rodillas, anhelando mi polla. Quiero ese precioso coño preparado para mí a todas horas. ¿Te queda claro?
—Sí —gimo frotándome contra él.
—Y, Alex —baja la voz y me tira del pelo con fuerza; lo miro, retorciéndome de placer—, no quiero verte con ningún otro tío. —Me frota contra él y me estremezco—. No llevo bien los celos, nena. No quieres cargar con ninguna muerte en tu conciencia. Pesan demasiado.