14 #6
Entro en pánico e intento zafarme de su agarre cuando su sabor me llega a la lengua. Pego un chillido y una bofetada suave en la mejilla me devuelve al presente. Sigue apretándome las mejillas; su mirada oscura me deja paralizada.
—Trágatelo, puta.
Lo hago. El asco y la humillación me retuercen las entrañas en el mejor de los sentidos. Y cuando después apenas me roza un pezón, gimo con fuerza.
—Creo que sabes perfectamente qué es lo que más te pone —se burla desde encima de mí. Frota su polla contra mi entrada y me hace desesperarme—. Dímelo. —Me acaricia el clítoris con la punta—. Dime que eres una puta a la que le gusta que la degraden.
Mi intento de tomar aire se convierte en un gemido en el momento en que presiona su polla contra mi entrada.
—Dilo, Alexandra.
—S-soy… —jadeo.
Me siento mareada por todo lo que está pasando al mismo tiempo. Mi cuerpo está atravesando un millón de sensaciones por minuto, y no consigo elegir cuál me gusta más.
—Hazlo.
—Soy una p-puta… —jadeo cuando empieza a metérmela.
—Continúa —gruñe. Me agarra de los muslos para mantenerlos apretados contra él, que permanece de rodillas, y me la mete un poco más—. ¿Eres una puta a la que le gusta qué ?
—A la que le gusta… —Gimo cuando me acaricia el clítoris con el pulgar—. A la que le gusta que la d-degraden.
—Eso es.
Me la mete y me la saca un par de veces, hasta que ya no puedo más.
—Por favor, Xi —gimo.
—¿Quieres que me folle ese precioso coño, Alexandra?
Asiento. Muevo las manos con la intención de agarrarlo, pero entonces me aprieta los muslos.
—Pon las manos por encima de la cabeza ahora mismo.
Dejo caer las muñecas contra el colchón de nuevo.
—Las putas solo toman lo que se les da, ¿verdad?
Me la mete un poco más y me retuerzo.
—S-sí.
—Y tú eres una puta, ¿verdad, Alex?
—Sí —jadeo.
Esta vez no la saca.
—¿Te vas a correr para mí, pastelito? —Asiento y cierro los ojos.
Echo la cabeza hacia atrás, pero una mano me agarra del pelo y tira de él.
Xi me obliga a levantar la cabeza de nuevo, y desde este ángulo puedo ver cómo se mueven sus caderas, ver el punto en el que nos unimos y cómo desaparece dentro de mí—.
Lo estás aguantando muy bien. Qué puta eres.
Exploto por la mezcla de sensaciones: él moviéndose dentro de mí, su pulgar en mi clítoris, la forma degradante en la que sostiene mi cuerpo y me habla.
Grito de placer y me entrego al orgasmo hasta que de pronto me la saca. Se baja de la cama y me tira del pelo hasta colocarme en el borde.
—Abre la boca.
Con la cabeza colgando por fuera del colchón, se toca y se corre en mi boca. Usa los dedos para extender su semen por mis labios.
—Mantén la boca abierta, nena. Enséñame esa lengua cubierta de mi semen. —Gime satisfecho cuando lo hago—. No te muevas.
Se aparta un momento y vuelve a colocarse delante de mí. Oigo un clic. Se produce un destello y, un segundo después, algo empieza a imprimirse.
«Mi cámara Polaroid».
Sacude la foto recién impresa sobre mi cabeza.
—Estás preciosa.
Tira la cámara sobre la cama, se sube los vaqueros y se la guarda en el bolsillo.
Me ayuda a incorporarme, pero me siento aturdida, completamente confundida.
Se me agolpan demasiadas cosas en la cabeza.
Sentada frente a él, despeinada y sin aliento, presiono los dedos contra mi coño dolorido y los miro con curiosidad.
Quiero entender qué es lo que este hombre le hace a mi cuerpo. Están resbaladizos, húmedos.
Después de otra ducha, me tumbo en la cama a su lado.
—¿Estás bien? —me pregunta Xi en un susurro mientras yo miro al techo.
Todavía no he dicho ni una sola palabra, es como si no encontrara mi voz.
Me acaricia el rostro.
—Te he hecho una pregunta, Alex.
Incluso ahora, su voz grave me provoca algo que no entiendo. No estoy enfadada, no estoy asustada; solo estoy confundida. Me avergüenza lo que me gusta. No entiendo cómo funciona mi cuerpo.
—Alex —resopla—. Di algo. Te lo advertí. Me dijiste que podías soportarlo. Necesito que seas sincera conmigo.
—Puedo soportarlo —digo con voz ronca antes de mirarlo—. Solo estoy… avergonzada.
—No lo estés. Hay tantos fetiches como personas en el mundo, nena. Lo que a ti te gusta encaja con lo que me gusta a mí. Tienes derecho a disfrutar. Olvídate de todo lo que te han hecho creer que está mal. Deja que yo me encargue de ello.
Cierro los ojos y suspiro.
—Puedo soportar cualquier cosa mientras no me rompas el corazón.
Se le escapa un risa seca y traza el contorno de mis labios con el pulgar.
—Venga, ahora descansa.
Quiero hablar con él. Disfrutar de este momento lo máximo posible porque esa vocecita al fondo de mi mente no para de repetirme que, cuando me despierte por la mañana, ya se habrá ido.
La parte de mi cerebro que no está prendada de él, mi lado realista, lo sabe por la forma en la que no se quita la ropa.
Lo sabe porque no se mete dentro de las sábanas conmigo.
Me acaricia el pelo y empiezan a pesarme los párpados, demasiado como para mantenerlos abiertos.
—Por favor, no te vayas —murmuro antes de caer en la oscuridad.