14 #5
—Me encanta cómo suenas —murmura—. No me lo escondas.
Engancha el pulgar en mis dientes inferiores y tira hasta que me quedo con la boca abierta de par en par antes de presionar la yema contra mi lengua.
Debería girar la cabeza. Debería apartarlo.
Empuja un dedo contra mi entrada y, lentamente, lo introduce. Me muevo, intentando mecerme contra él, mientras un gemido se me escapa y resuena por toda la habitación.
—Quietecita —gruñe—. Tendrás tu placer, no te preocupes.
Gimoteo de necesidad cuando lo mete más adentro. Solo es un dedo, pero mi cuerpo se derrite por él. Siento cómo mis músculos se vuelven gelatina cuando otra oleada de placer me atraviesa. Gimo contra su pulgar. Me mantiene la boca abierta, impidiéndome esconder los ridículos sonidos que emito.
Saca el dedo antes de introducir de nuevo otros dos. Grito; esta sensación de tirantez me resulta demasiado. Sobre todo porque todavía me escuece.
—Joder, qué apretada estás. Voy a dilatarte bien, ¿de acuerdo, nena?
Cierro los ojos, incapaz de mirarlo cuando asiento con la cabeza.
Retira los dedos y me pega un manotazo en el coño. Chillo de dolor a pesar de que una descarga eléctrica me recorre los nervios.
—Dilo. Di que quieres que dilate este coño apretado.
Vuelve a meterme los dedos lentamente, provocándome antes de detenerse. Soy incapaz de hablar con su pulgar en la boca, pero aun así lo intento, porque necesito ese placer.
—…ero… to…
La humillación de no poder formar ni una sola palabra enciende algo dentro de mí. Le empujo el pulgar con la lengua, pero no puedo mover la mandíbula ni emitir ningún sonido claro.
¿Cómo puede excitarme esto?
Curva los dedos dentro de mí y abro los ojos de par en par cuando un grito de placer se me escapa. Balanceo las caderas para apretarme más contra él y perseguir el orgasmo.
Deja de mover la mano y me dedica una sonrisa burlona.
—Vamos —se mofa—, s é una buena puta y córrete.
Sus guarradas me llevan al límite. Me froto contra su palma y continúo moviéndome para follarme sus dedos.
Estoy a punto de explotar cuando oigo una puerta abrirse y cerrarse en el pasillo. Se me escapa un gemido ahogado; miro hacia la puerta y después a Xi y me quedo inmóvil, pero entonces es él quien retoma el movimiento.
—Por favor —suplico, aunque apenas se me entiende entre que tengo la boca abierta de par en par y la cantidad de gemidos que se me escapan.
Él me mira y los pensamientos maliciosos se reflejan en su semblante.
—¿No quieres que tus amiguitas te oigan correrte, Alex?
Niego con la cabeza, presa del pánico.
—Para —balbuceo, consciente de que estoy a punto de echarme a gritar por el orgasmo.
Acelera el ritmo, retira el pulgar y me tapa la nariz y la boca con la palma de la mano.
Dejo que todo mi cuerpo se rinda al orgasmo arrollador.
Me tiemblan las piernas y se me cierran los muslos alrededor de su mano.
El grito se me queda atrapado en la garganta y me resulta imposible inhalar el aire que de pronto necesito.
Sus dedos no se detienen hasta que se me llenan los ojos de lágrimas.
Le suplico con la mirada, sintiendo que me desvanezco por la falta de aire.
—Estás preciosa cuando tengo tu vida en mis manos.
El miedo se me enrosca alrededor del corazón mientras empieza a latir desbocado. Miro en todas las direcciones a medida que se me nubla la visión. Él saca los dedos de mi coño, pero me doy cuenta de que no pretende dejarme respirar.
Entro en pánico, desesperada por pedir ayuda.
—Qué bien me lo voy a pasar contigo, pastelito. Cada vez que pretendas negarte a hacer algo, recuerda este momento: yo, a escasos segundos de matarte. Yo decido cuándo te corres, yo decido cuándo vives, yo decido cuándo mueres.
Por fin me suelta y engullo el aire que tanto necesitaba.
Toso una y otra vez, el oxígeno me quema los pulmones.
Me hago un ovillo sobre el colchón mientras veo las estrellas.
Se me caen las lágrimas cuando asimilo lo cerca que he estado de palmarla.
La cabeza me da vueltas y las emociones se arremolinan en mi mente.
¿Por qué me ha hecho esto?
—Me estás asustando —digo con la voz rota.
Se me escapa un sollozo y él me acaricia el pelo.
—Shhh —murmura—. Estás bien.
Apenas me da tiempo a asimilar la dulzura de su voz cuando me agarra de las caderas y me tumba boca arriba.
—Abre las piernas.
Se me cae el alma a los pies cuando escucho cómo se desabrocha el cinturón.
—No —lloro—. Xi, no.
Agarra la parte de arriba de mi pijama y me la baja de un tirón. Los tirantes se rompen cuando me la arranca. A continuación, hace lo mismo con los pantalones.
—He dicho que las abras.
Se me caen más lágrimas, pero obedezco. A pesar de haberme corrido hace apenas unos minutos, vuelvo a estar cachonda. Aun así, tengo miedo; no quiero que me duela, aunque he de reconocer que me excito más cada vez que me lleva al límite.
Desliza sus manos hasta mis pechos y juguetea con mis pezones. Me los retuerce y me arranca un gemido de placer.
—Xi…
Intento juntar los muslos, necesito sentir presión en el clítoris, pero su cuerpo entre mis piernas me lo impide. Estoy empapada y siento la humedad en la cara interna de los muslos, lo que hace que el clítoris me palpite por la necesidad de contacto.
Gimo cuando empieza a pellizcarme.
—Me duele —lloriqueo.
—¿Qué te gusta más, nena? ¿Que te haga daño o que te degrade como la puta que eres?
Todo mi cuerpo se enciende. Me derrito por dentro y el deseo se apodera de mí. La respuesta es demasiado obvia, pero, aun así, miento.
—N-no lo sé.
—¿Qué hace que te mojes más, Alexandra? ¿Esto…? —Me pellizca los pezones de nuevo y grito de dolor—. ¿O esto?
Sube la mano a mi rostro y me aprieta las mejillas con fuerza, con el pulgar a un lado y el resto de los dedos en el otro. Me duele la mandíbula y la boca se me abre. Él se inclina sobre mí y, antes de que logre entender lo que está pasando, me escupe en la boca.