Heartless Beloved (North Shore 2) 14 #4
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—Esta noche —murmura contra mis labios—. Te concedo esta noche, Alexandra. Voy a hacerte el amor y a venerarte como la reina que eres.

Me besa de nuevo y se deshace por completo de mis mallas. Me quita su sudadera por encima de la cabeza, al igual que la gorra y el abrigo, asegurándose de que me quedo completamente desnuda.

—Esta noche vivimos en tu cuento de hadas.

Su boca desciende hasta mis pechos; me lame uno y después el otro. Me mordisquea los pezones, provocando que me retuerza contra su boca.

—Pero, después, volverás a ser mi puta, ¿entendido?

—Sí —gimo.

Deposita un camino de besos por todo mi abdomen hasta colocarse entre mis piernas. Me besa el interior de los muslos, devorándome y provocándome hasta que por fin se acerca a mi sexo.

Me separa los labios y me lame desde la entrada hasta el clítoris.

—Eres mi sabor favorito. —Le comparte su secreto a la noche.

Entierra el rostro entre mis piernas y me acerca a una explosión como solo él sabe. Su lengua juguetea con mi entrada antes de reemplazarla con un dedo. Después, dos. La sensación que tuve antes vuelve, esa necesidad de que me llene con algo grueso y duro.

—Xi —gimoteo—. Hazlo.

Se desabrocha los vaqueros y se saca la polla. Sube y baja la mano por todo el miembro sin apartar los ojos de mi coño.

—Precioso —murmura para sí mismo.

Se alinea con mi entrada empapada y me froto contra su punta. La presiona dentro de mí lo mínimo posible, coronándome.

—Eres todo lo que quiero tener cerca. Eres mi lugar seguro, Alex.

Y se hunde dentro de mí. Despacio, con un erotismo que nunca consideré posible más allá de la violencia y la humillación. Destruye mi sucio secreto y me demuestra que puedo sentir placer con cosas distintas a aquello que yo creía que era lo único que me gustaba.

Empuja hasta que me siento completamente abierta. Noto una presión entre las piernas, pero el placer es tan intenso que no me importa. Él gime una vez me la mete hasta el fondo y se queda dentro de mí, sin moverse.

—Nena, qué apretada estás —gruñe, y deja caer la cabeza contra mi cuello—. Ya está. Ahora este precioso coño me pertenece.

La saca y vuelve a metérmela. Al principio no son más que pequeños movimientos que me hacen jadear con necesidad, hasta que empieza a aumentar la velocidad.

Mueve las caderas y me hace gritar al ritmo que elige.

Mi cuerpo ya no me pertenece. Mi respiración está bajo su dominio y sus movimientos controlan mi placer.

Me acaricia de nuevo el clítoris con el pulgar, y juro que veo otro millón de estrellas unirse a las que ya coronan el cielo. Todo a nuestro alrededor desaparece: el río, el cielo resplandeciente, el sonido de las cataratas no muy lejos de nosotros, la dureza de las rocas bajo mi espalda…

Solo estamos Xi y yo. La forma en la que se mueve, el sonido de su aliento en mi oído y el sentimiento de tenerlo dentro.

Exploto a su alrededor, alcanzando el cielo, rozando las estrellas y volviendo lentamente a la tierra mientras él se corre dentro de mí.

Siento su corazón desbocado contra mi pecho a través de su sudadera. Se le ha caído la gorra. Su cuerpo me resulta pesado sobre el mío y me estremezco ante la brisa repentina. O quizá ya estaba ahí antes, pero estaba demasiado ocupada perdiendo mi virginidad con el hombre de mis sueños.

—Volvamos al coche —dice con la voz entrecortada, como si esto lo hubiera dejado agotado. Contenerse, me refiero.

Sale de mí y me concede espacio para moverme. Me incorporo y abro los ojos de par en par.

—Oh —suelto.

—¿Estás bien? —me pregunta a la vez que se abrocha los vaqueros y coge su gorra.

—Pues… Es que… —Bajo la vista hacia mis piernas cuando siento la humedad saliendo de mí—. Necesito un baño.

Se pasa una mano por la cara.

—Eres la chica más inocente que he conocido.

—No lo soy —protesto—. Es que… no sabía…

—¿No sabías que luego vuelve a salir?

Me arden las mejillas.

—Deja de mirarme como si fuera una inexperta. Simplemente… nunca lo había pensado.

—Eres inexperta, no pasa nada. Así podré enseñártelo todo. —Me coge de la mano y me ayuda a levantarme—. Eres toda mía y podré moldearte a mi antojo, nena.

Recoge mi ropa. Primero se arrodilla frente a mí y uso sus hombros de apoyo mientras me ayuda a volver a ponerme las mallas.

Me da un beso en el clítoris antes de subírmelas por el culo.

Se levanta, me da otro beso en la mejilla, me pasa de nuevo la sudadera por la cabeza y me ayuda a ponerme el abrigo.

Por último, coge el cinturón fucsia y me lo ata alrededor de la cintura antes de darme un beso en la coronilla.

Recojo mis zapatos y echo un vistazo a mi alrededor. Me incorporo y lo miro con una ceja levantada.

—Mis bragas, Xi.

—Fóllate a la chica y quédate con sus bragas.

—Xi —estallo en una risa incontrolable.

—Ahora son mías —responde con un tono completamente neutro.

—¿Ah, sí? Me muero de ganas de verte con ellas puestas.

—Ya lo verás.

Una broma. No muy evidente, pero una broma al fin y al cabo. Y me encanta cuando bromea.

Cruzo la puerta principal de Xi Ep y subo las escaleras corriendo para quitarle el seguro a la ventana de mi habitación para Xi. Lo observo trepar por la celosía hasta llegar a mí, y lo ayudo a entrar antes de volver a cerrarla.

—Oh, Romeo. —Aleteo las pestañas con una sonrisa.

—A la ducha —me ordena en voz baja y se deja caer sobre mi cama.

—¿Sabías que Shakespeare no fue el primero en escribir sobre los Capuleto y los Montesco? Se los menciona en La divina comedia de Dante, doscientos cincuenta años antes de que Shakespeare escribiera su obra.

Me mira desde la cama.

—¿Cuántos datos aleatorios como ese te sabes?

—Bastantes. —Sonrío con orgullo—. ¿Sabías que desde el momento en que Julieta y Romeo se conocen hasta que se casan solo pasan veinticuatro horas? Eso sí que es amor a primera vista.

Gatea hasta el borde de la cama, se pone de rodillas y me atrae hacia él por la cintura.

—Vale, mi pequeña sabelotodo, prometo escuchar más datos sobre Romeo y Julieta después de que te duches y te prepares para dormir. O sobre cualquier otra cosa, en realidad.

Me besa, y yo sonrío contra sus labios.

Se niega a acompañarme, pero no me importa. Está aquí. Nos hemos acostado y sigue aquí. Hay algo que me retuerce por dentro, una pesadez que me recuerda constantemente que Xi es de esos hombres que desaparecen, que te folla y se va.

Pero esta vez no.

Sigue aquí.

Aun así, me ducho a toda velocidad y me pongo una camisola fucsia de seda y unos pantalones cortos a juego antes de volver corriendo a la cama.

—He vuelto —exclamo al saltar a la cama.

El corazón me late con fuerza. Me avergüenza admitir en voz alta que tenía miedo de que no siguiera aquí cuando saliera del baño.

Siento un delicioso dolor dentro de mí, un escozor en mi entrada, pero me encanta al saber que me lo provocó él.

—No había sangre —susurro sin dejar de mirarlo.

Presiona los labios contra mi frente y los baja hasta llegar a mi oído.

—Yo no soy como esos niñatos de la fraternidad, Alexandra. Sé cómo follar a una mujer y hacer que todo gire en torno al placer.

—No usamos preservativo, tienes suerte de que tomo la píldora.

Debe de percibir la otra frase que me guardo.

—Me hice pruebas la semana pasada y estoy limpio. Siempre uso protección.

—Pero no conmigo.

—No contigo.

—Porque soy una chica especial.

Ese pequeño gesto que interpreto como su sonrisa regresa e ilumina todo mi mundo.

—Sí —afirma—. Eres mi chica especial. —Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y observo cómo se le oscurecen los ojos mientras se pasa la lengua por los labios—. Mi chica especial y mi preciosa zorra. Te hice el amor, Alex, pero ahora quiero enseñarte cómo te follo.

El corazón me da un vuelco y el estómago se me contrae; una sequedad repentina se apodera de mi garganta y el deseo hace que me tiemblen los muslos.

—¿Ahora? —jadeo.

—Ahora —murmura—. Túmbate.

—Me da miedo que nos oigan —admito en un susurro—. Mejor mañana. ¿Qué te parece en tu casa?

¿Estoy planeando cuándo me va a follar? ¿De verdad quiero jugar así? «Deja que te anot e en mi agenda para las cinco y media».

Me siento ridícula, pero, al mismo tiempo, estamos rodeados de chicas de Xi Ep en las otras habitaciones, y podría traerme más problemas.

Sin embargo, Xi ya se ha cansado de jugar según mis reglas. Me entregué a él, así que ahora el juego ha cambiado: él manda.

Su mano vuela a mi garganta, me empuja hacia atrás y caigo contra el colchón.

—Cuando digo algo, Alexandra, me escuchas. Cuando te doy una orden, obedeces. —Me suelta—. No te muevas.

Se pone de rodillas y se coloca a mi lado.

Todavía en shock por lo que acaba de hacer y de decir, me quedo quieta; se me encoge el estómago y la excitación se me acumula entre las piernas.

Sube la mano hasta mi pecho y me roza los pezones lentamente con los nudillos, uno después del otro.

Luego desliza la mano hasta mi sexo y me acaricia a través de la seda de los pantalones.

Presiona con fuerza, casi empujando el material dentro de mí y haciéndome sisear.

—Abre las piernas —me ordena.

—Xi —gimo cuando empuja de nuevo. Cierro los ojos, cada vez estoy más mojada—. No quiero tener problemas con las otras chicas. Harper…

—Como vuelvas a mencionar a Harper, te tumbaré bocabajo y me follaré ese coño con tanta fuerza que mañana no podrás caminar.

Intento tomar aire a pesar del placer que me atraviesa el cuerpo y me retuerce los pulmones.

—No se trata solo de ella. —Me cuesta horrores que me salgan las palabras. Tengo los músculos tensos y el estómago revuelto—. Si… Si las otras chicas nos oyen…

—Te lo pediré amablemente una última vez, Alexandra. Abre las piernas.

Con el corazón retumbándome con fuerza en los oídos, las separo.

—Eso es, buena chica —dice, y la aspereza de su voz refleja la lujuria que lo domina—. Mírate, estás empapada.

Me aparta el pantalón a un lado y me roza el clítoris con la yema del pulgar. Me estremezco, se me escapa un pequeño gemido y me muerdo el labio. Él sube la otra mano a mi boca y lo libera antes de meterme un dedo dentro.