Heartless Beloved (North Shore 2) 14 #3
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Y menos mal que lo hago.

—Madre mía —exclamo por encima del estruendo que provoca el agua al caer y golpear el río muchos metros más abajo.

—¿Te gustan las vistas?

Xi se sienta delante de mí y da unas palmaditas en el suelo a su lado.

Deja colgar las piernas sobre el vacío y siento una punzada en el estómago al ver el fondo de las cataratas.

No es fácil distinguirlas, apenas están iluminadas por la luz de la luna, pero mis ojos se adaptan rápidamente a la oscuridad, como los de un depredador nocturno.

Son gigantescas. Al otro lado se encuentra el sendero de la orilla sur.

Es una caminata agradable, perfecta para un fin de semana y con unas vistas espectaculares.

Pero no tienen ni punto de comparación con estas.

Nunca me había sentido tan viva.

—Ten cuidado —me dice Xi al sentarme a su lado—. Aquí no hay barreras.

Cuando por fin me arrimo al borde, me doy cuenta de que hay algo debajo de nosotros. Otra capa de rocas que nos detendría si nos resbaláramos. No es tan peligroso como pensaba, por lo que me relajo.

Juego con un par de piedrecitas mientras permanecemos en silencio, escuchando el sonido de las cataratas.

—Dijiste que has tenido un mal día. —Mi voz suena un poco áspera, pero me oye incluso por encima del estruendo del agua porque me está escuchando.

Eso es lo que me vuelve loca de este hombre. Me escucha. Es precioso y peligroso al mismo tiempo; debo tener cuidado con lo que deseo.

—Sí —resopla.

Se quita la gorra y se pasa los dedos por el pelo antes de volver a ponérsela.

—¿Quieres hablar de ello?

En la oscuridad de la noche y con el ruido de las cataratas, espero que se permita abrirse conmigo. Cree que no puedo apañármelas, que probablemente no duraría ni un minuto en su mundo, con sus problemas. Y tiene razón, pero eso no quita que pueda estar aquí para él.

Levanta mi mano del suelo polvoriento y entrelaza sus dedos con los míos.

—Están pasando cosas chungas en North Shore. Cosas que nos ponen a todos en peligro.

«Cosas» es un término abstracto que siempre puede definirse, pero Xi lo está evitando a propósito.

Por un momento había olvidado que este precioso paraíso está en North Shore. El recordatorio me revuelve el estómago.

—¿Y estás involucrado en ellas? —le pregunto en un susurro.

Sé a qué se dedica. Sé que es camello. Tampoco es el fin del mundo. Puede que sea ilegal, sí, pero seguro que no es más que un peón. No forma parte de ninguna de las bandas que invaden North Shore con sus actividades delictivas.

De lo contrario, lo sabría…, ¿no?

Su falta de respuesta me hace dudar.

—Xi —digo con un tono que deja al descubierto mi miedo—. No estás… No estás involucrado, ¿verdad? En esas… movidas peligrosas. —A falta de una palabra mejor, y teniendo en cuenta lo ignorante que soy, es la mejor forma que se me ocurre de formular la pregunta.

En Stoneview se oyen toda clase de historias sórdidas, y es complicado diferenciar los rumores estúpidos de lo que realmente ocurre en esta ciudad. Lo único que sabemos con certeza es que hay dos bandas, y ambas son igual de malvadas.

Ignora mi pregunta y clava la mirada en el agua plateada que se extiende a nuestros pies.

—¿De verdad te da tanto miedo North Shore?

Decido que, si uno de los dos empieza a ser sincero, eso nos ayudará avanzar, así que opto por decirle la verdad.

—Sí. Tengo malos recuerdos de este lugar.

No me pregunta cuáles, se limita a asimilar mi respuesta en silencio.

—A veces —susurra—, a mí también me da miedo.

Siento cómo se me tensan los músculos ante su confesión.

—¿Por lo que podría pasarte?

Niega con la cabeza.

—Por el hombre en el que me está convirtiendo.

Le acaricio la mejilla y lo obligo a mirarme.

—Un lugar no te define. Lo que te define es aquello que albergas dentro: tus esperanzas y tus sueños.

Resopla y aparta la mirada.

—Ya no existen, Alex. Me los destrozaron. Lo único que tengo dentro es amargura.

—Pues menos mal que soy igual de dulce que un pastelito, ¿no?

Sonrío, y le ofrezco la bondad que tan desesperadamente necesita.

Sin previo aviso, me agarra por la cintura y me sienta sobre su regazo.

La conversación se termina porque él así lo ha decidido. Apenas me ha concedido un atisbo de lo que siente.

—Llevas mallas —susurra al deslizar la mano bajo mi gabardina y colar el pulgar por debajo de la goma elástica—. Prefiero las faldas.

—No puedo llevar falda todo el tiempo. Las mallas son más cómodas y me quedan bien.

—A ti todo te queda bien, nena. —Desliza la mano por debajo de mis bragas—. Pero me facilitan el acceso a este precioso coño.

Presiona dos dedos contra mi clítoris y suelto un grito ahogado.

—¿Me entiendes ahora? —insiste, y empieza a tocarme.

—Sí —suspiro.

—Pero no importa, nada puede detenerme. —Sus movimientos son lentos; se toma su tiempo en provocarme placer—. Siento lo de tu nota.

—N-no pasa nada.

Echo las caderas hacia delante con brusquedad para obligarlo a acelerar.

—Esas cosas son importantes para ti. Las notas, la universidad, la sororidad… Lo entiendo.

—Ajá…

Apenas lo escucho. De pronto, el aire se vuelve sofocante y mi cuerpo está en llamas.

—No debería robarte tanto tiempo. Colarme en tu habitación por la noche, hacerte disfrutar…

—Sí —gimo—. Hazlo.

No se detiene; me acaricia el clítoris mientras me deleito en su calidez. Su voz me transporta a otro universo, uno donde lo único que importa es alcanzar el nirvana. Estoy muy cerca.

—Dios… —jadeo—. Xi…

Con la otra mano me aparta el pelo del cuello y me besa el hombro; asciende lentamente por mi piel sensible y me chupa justo debajo de la oreja.

—Córrete para mí, nena —me susurra con dulzura—. Estás preciosa cuando te deshaces en mis dedos.

—¡Joder! —grito, y hago justo lo que me pide. Me froto contra él y me dejo caer para disfrutar cada segundo de mi orgasmo—. Joder —gimo de nuevo.

—Preciosa.

Estoy empapada. Siento el coño hinchado y necesito más. Estoy destrozada por el orgasmo, pero quiero mucho más.

—Venga —dice dándome un golpecito en los muslos—. Vamos a caminar por el río.

Siento su erección contra mis nalgas, y me aseguro de restregarme bien contra él antes de levantarme.

—No me provoques. —Una orden más que un comentario juguetón.

Salta a la capa de rocas que se encuentra debajo de nosotros y se da la vuelta. Me agarra por la cintura y me baja con él.

—Me encanta cuando haces eso —admito, todavía embelesada por el orgasmo.

—¿Cuando te cojo?

Me encojo de hombros.

—Sí, cuando me guías y me coges y me traes a lugares especiales.

Me toma de la mano y me conduce por un sendero descendente.

—Eres adorable, ¿lo sabías?

—Sí —respondo de forma juguetona—. Yo soy una princesa adorable y tú eres el villano rudo que me lleva lejos del castillo. —Imito su voz plana—: Nunca estoy contento. Tengo problemas de verdad, Alex. No me van los cuentos de hadas.

Se detiene, se da la vuelta y ahí está: ese pequeño tirón en las comisuras de la boca. Es un movimiento muy sutil.

—Sé que te parezco graciosa, Xi. No hay necesidad de ocultarlo.

— « Insufrible » sería un término más acertado.

—Lo dudo.

Levanto el mentón y le doy un empujoncito para que siga caminando.

Bajamos hacia el río y, en cuanto llegamos a donde corre el agua, Xi se tumba en la orilla húmeda, sobre una capa de rocas del tamaño de mi cabeza, mojadas y visiblemente incómodas.

Aun así, no dudo ni un segundo antes de unirme a él.

Acomoda los brazos detrás de la cabeza y me tumbo a su lado.

Me quedo con la boca abierta al observar el cielo. Un velo de diamantes cubre el azul medianoche, iluminándonos y convirtiendo este momento en mágico.

— Wonderland… —murmuro.

—¿Qué?

—Nada.

Intento quitarme la canción de Taylor Swift de la cabeza.

Saco mi cámara Polaroid del bolso y nos hacemos un selfi.

La foto se imprime y la sacudo un par de veces antes de mirarla.

El flash ilumina mi piel pálida en la noche.

No llevo la gorra lo suficientemente baja como para ocultar el rostro, por lo que se ve a la perfección lo feliz que estoy.

Mi abrigo también llama la atención. La combinación de todos los elementos hace que sea la sombra que más destaca en la foto.

Y a mi lado aparece mi chico melancólico, con el rostro oculto por la capucha y la gorra.

Apenas se lo reconoce, pero yo sé que es él.

Guardo la cámara y la foto en el bolso y me tumbo de nuevo.

Vuelvo a clavar la vista en las estrellas.

Es la primera vez desde que empecé con esta tradición que hago dos fotos de recuerdo en un mismo mes: una con mis mejores amigas y otra con el hombre del que, sin lugar a dudas, me estoy enamorando.

—Es lo más bonito que he visto nunca.

—Como esto.

Giro el rostro hacia él y lo veo mirándome fijamente. Abro la boca para decir algo; quiero reírme, decirle que es un moñas. Algo. Lo que sea.

No puedo, porque las estrellas se reflejan en sus cautivadores iris y lo único que veo en ellos es verdad en sus palabras.

Se me calienta el pecho y me sonrojo hasta las orejas.

—Es la mejor noche de mi vida —susurro.

—Solo son… —Se queda callado.

Solo son estrellas.

Solo estamos tumbados a la orilla del río.

Solo es un paseo nocturno con el hombre que me está cambiando la vida para mejor.

Veo cómo se le mueve la garganta al tragar.

—Alex, tengo que decirte algo.

Tiene una verdad en la punta de la lengua. Algo fuerte. Una revelación que no quiero escuchar.

«Por favor, no eches a perder este momento».

Niego con la cabeza. No lo digas.

Me acerco a él, me muevo y coloco una mano sobre su sudadera antes de capturar su boca. Le lamo los labios para que los separe, me aferro con fuerza a su sudadera y siento cómo sus músculos se tensan.

Desliza una mano por debajo de mi gabardina, agarra la cinturilla de mis mallas y me pega más a él. Nuestro beso sube de temperatura y su personalidad dominante regresa. Gruñe contra mi boca mientras me baja las mallas y las bragas al mismo tiempo.