14 #2
—Por favor, no finjas ser una chica dulce e inocente.
—Invade mi espacio personal y me habla a escasos centímetros de la cara—.
No eres más que una zorra que traicionó a su hermana por un tío que te mandará a la mierda a la primera de cambio.
Piensa en lo que hiciste antes de ir llorándole a alguien.
La conversación termina ahí. Sin darme la oportunidad de defenderme, se da media vuelta y regresa al salón. Oigo a algunas de ellas viendo una película en su interior.
Me limpio las lágrimas y me dirijo hacia la puerta.
Que le den.
Que le den a esta tía y a esta sororidad. Lo único que ha hecho Harper es sentirse orgullosa de hacerles la vida imposible a las novatas y alargar las iniciaciones.
Veo el coche de Xi al fondo de la calle y me monto de un salto. Doy un portazo, sin apartar la vista de la ventana para intentar recomponerme antes de volverme hacia él.
—Como no me des un beso en los próximos dos segundos, me voy a cabrear.
El corazón me retumba al oír sus palabras. Todo pasa a un segundo plano cuando Xi está cerca. Debería preocuparme, pero ahora mismo me viene de perlas esa distracción.
Desliza su mano por mi nuca y me atrae hacia él. Me giro por la presión y sus labios se encuentran con los míos en un beso devorador.
—La próxima vez, no me hagas esperar —gruñe al separarse.
Observa mi rostro justo cuando me sorbo los mocos y veo cómo sus cejas gruesas y oscuras se fruncen apenas un poco. Aparece una leve arruga entre ellas y acerco el pulgar para acariciarle ese punto.
—Estás llorando —afirma sin un ápice de preocupación en la voz.
Aun así, lo noto en la forma en que se acerca más a mí. Lo noto bajo mi pulgar.
Siento un hormigueo en la piel.
—Harper es una zorra, pero estaré bien.
—¿Qué ha hecho?
Está igual de harto de ella que yo.
—Vio un vídeo nuestro de la primera noche de iniciaciones. Había cámaras en las habitaciones, y yo… me había olvidado por completo del tema hasta que ella ha tenido la amable idea de recordármelo.
Se produce una breve pausa antes de que se aparte.
—La madre que la parió —resopla, con esa forma tan suya de dejarle claro al mundo que se está cabreando.
Abre la puerta y me lanzo sobre él para agarrarle el brazo.
—¿Qué estás haciendo? —suelto.
—Voy a hablar con ella. Alguien tiene que ponerla en su sitio de una puta vez.
—No, no, no. No vas a hablar con ella. Ya me encargo yo.
— ¿ Tú ? ¿Un pollito bebé? —dice mirándome de arriba abajo—. No me hagas reír.
—¿Reír? Ah, no, tranquilo, todos sabemos que sería mucho pedir.
Levanta las cejas de golpe.
—Vaya, parece que sí que sabes contestar.
—Sí, cuando quiero. Puedo ocuparme de mis propios problemas, Xi. No necesito que me salves todo el tiempo.
Se pasa la lengua por los labios, con la mirada perdida y la mente funcionando a toda velocidad.
—Quizá me gusta salvarte.
Me pongo roja, incapaz de esconder la sonrisa que se me forma en los labios.
Toda mi vida he deseado que alguien me salvara.
De mi casa, de los secuestradores, de mi propia cabeza.
Crecí tragándome cualquier impulso de rebelarme que naciera dentro de mí y aprendí a hacer todo lo que se me decía.
Soñaba con que alguien viniera a rescatarme, con que alguien se diera cuenta de lo que ocurría dentro de las paredes de la preciosa mansión del senador Delacroix.
Perdí mi voz. Mi voluntad para luchar.
Que Xi me diga que le gusta salvarme lo significa todo para mí en este momento.
Tengo la garganta seca cuando intento responder, por lo que carraspeo.
—No debería depender de ti de esa forma.
Me mira fijamente a los ojos y apoya la mano en mi mejilla.
—Sé que puedes cuidarte sola, Alex. Pero quiero que sepas que conmigo siempre estarás a salvo. Pase lo que pase.
Dejo que el momento se alargue y disfruto de que alguien me haga sentir a salvo por primera vez en muchísimo tiempo.
Él era el candidato que menos me imaginaba.
Siempre había pensado en alguien de Stoneview, un hombre adinerado que se hiciera cargo de la empresa de mis padres y que me llevara a Nueva York.
Nos imaginaba trabajando en la ciudad todos los días y volviendo a casa juntos.
Imaginaba los viajes que haríamos y que, al mantenerme alejada de mi padre y de Stoneview, me estaría salvando.
Lo que no me imaginaba era que Xi, un camello de North Shore, sería el hombre que me salvaría.
—Gracias —susurro con voz entrecortada.
Se separa y arranca el coche, y siento el rostro frío ahora que su aliento cálido ya no me acaricia las mejillas.
Respiro hondo, inhalando su aroma.
—¿A dónde me llevas? —le pregunto a medida que se aleja del campus.
—A un lugar especial.
Un hormigueo me recorre todo el cuerpo al saber que Xi cree que merezco un lugar especial.
—¿Un lugar especial para una chica especial? —bromeo, con un deje de esperanza evidente en mis palabras.
—Ni te lo imaginas.
Mantiene la vista clavada en la carretera mientras observo su figura atractiva. La gorra de béisbol oculta su mata de pelo castaño. Lleva la capucha puesta, lo que le da un aspecto siniestro. Vestido de negro de pies a cabeza, podría desaparecer en medio de la noche sin dejar rastro.
—¿Por qué siempre llevas gorra?
Me mira.
—¿Te has puesto una para ir a juego conmigo?
—Sí. —Sonrío orgullosa, como una niñita boba que quiere parecerse a sus padres—. El estilo Xi.
—Lo hago porque me gusta el anonimato. Moverse por North Shore es más fácil cuando la gente no sabe quién eres. No sé yo si ese abrigo que llevas encaja con el estilo Xi.
En efecto, mi gabardina fucsia no ayuda a que se me confunda con la noche como lo hace su ropa.
Bajo la ventanilla y dejo que el viento frío juguetee con mi pelo.
Las noches se están poniendo peliagudas.
Yo soy una chica de verano. Me gusta acampar en Stoneview con mis amigos, ver las estrellas desde nuestro pequeño hogar, las actividades acuáticas…
Sin embargo, mi parte favorita es cuando mis padres se van de vacaciones.
Washington D. C. está a tan solo cuarenta minutos de Stoneview, por eso hay tantos políticos en nuestra ciudad.
Mi padre puede ir y volver con relativa facilidad.
Bueno, mejor dicho, su chófer es quien lo lleva.
Así que, por lo general, suele estar en casa.
Excepto en verano, que es cuando se van.
Esa solía ser mi época favorita de todo el año.
No me gusta el invierno. No soporto el frío, la lluvia ni la nieve. Últimamente no ha estado tan mal, aunque las tardes ya empiezan a oler a otoño; el leve murmullo de las hojas al caer, el mordisco del frío en el aire…
Guardo silencio mientras Xi nos conduce lejos de la universidad y atraviesa carreteras pegadas a los acantilados. Se me llenan los ojos de lágrimas por culpa del viento, pero me gusta la sensación. Con él a mi lado y el sabor de la libertad en los labios, me siento ligera.
Aparcamos al borde de un acantilado, sin nada a nuestro alrededor salvo suelo arenoso y polvoriento y árboles altos.
—¿Dónde estamos? —pregunto al tomar una bocanada de aire.
Él se gira y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—En las cataratas.
—Eso no son las cataratas —me río—. Las he visto, y ya te digo yo que así no son.
Niega con la cabeza.
—Las has visto desde la orilla sur. Estas son las vistas desde North Shore. —Pronuncia las palabras con una frialdad que he aprendido a disfrutar—. Vamos.
Me coge de la mano y me ayuda a bajarme del coche.
A lo lejos se oye el murmullo tenue de las cataratas que le dieron el nombre a esta ciudad. Hay grava y polvo a nuestro alrededor, y solo cabe un coche. Todo lo que nos rodea es bosque. Es un mirador muy pequeño, sin ninguna infraestructura.
Me acerco al borde del acantilado y observo el horizonte.
No veo las cataratas, solo el lago Stoneview.
Es un lago enorme que de noche parece un agujero negro de pura nada.
No hay luces alrededor. Lo único que brilla son algunas de las casas que se encuentran junto al lago, muy lejos de donde estamos.
No son más que pequeños puntos sobre un fondo azul medianoche.
Luciérnagas en la oscuridad. Casi ni distingo mi pequeño pueblo natal al otro lado.
Desde aquí es imposible acceder al agua, los acantilados no están acondicionados como en nuestro lado.
Supongo que se podría saltar y salir trepando sin problema, pero no hay plataformas de madera ni playas de guijarros artificiales como las que tenemos nosotros.
Y, desde luego, no hay casas junto al lago.
Aun así, este lugar tiene algo especial.
Una calma que me invade. No es pretencioso, es naturaleza pura y dura.
Xi me coge de la mano y me arrastra suavemente a un lado.
—Ven, quiero enseñarte algo.
Lo sigo y mis carísimas deportivas blancas empiezan a volverse grises por la cantidad de tierra y polvo que hay.
Me guía por lo que apenas parece un sendero.
No es nada oficial, sino algo que se ha ido formando con los años por el paso de la gente.
Baja de un salto por unas rocas, se gira y me coge por la cintura.
El corazón me da un vuelco y coloco las manos sobre sus hombros cuando me levanta para bajarme hasta su altura.
La falta de luz hace que todo me parezca prohibido y un poco aterrador. Como si algo pudiera abalanzarse sobre nosotros en cualquier momento. Como si alguien estuviera escondido y observándonos. Hace que el corazón se me acelere, pero en el buen sentido.
No tengo miedo. Confío en Xi. Es más bien como ver una película de terror: eres consciente del miedo, pero sabes que no va a pasarte nada.
—¿Se puede estar aquí?
Me suelta la cintura para volver a cogerme la mano.
—Disfruta de la vida, pastelito. Deja de preocuparte por si algo está prohibido o no.
—Vamos, que no.
Ilumina el suelo con la linterna de su móvil y caminamos unos diez minutos mientras el ruido de las cataratas se vuelve cada vez más fuerte. Se abre paso a través de unos arbustos silvestres y espesos, y lo sigo a pesar de que las ramas me arañan los brazos.