Heartless Beloved (North Shore 2) 13
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XI

I Chose Violence iamjakehill

—Estas cosas se evaporan así de la nada, ¿eh? —me dice el dueño de la tienda al darse la vuelta para coger un mechero de plástico.

—Pues sí —murmuro mientras reviso un mensaje en el que Logan me dice que Tamar, Zara y él están en su garaje.

—¿Quieres algún color en específico?

—No. —Pero entonces levanto la vista—. En realidad, dame ese rosa. —Señalo el que quiero.

Me cago en la puta. Soy un perrito enamorado desesperado por estar lo más cerca posible de su dueña.

Y su dueña es Alexandra Delacroix y su obsesión por el rosa.

—Claro. Es un dólar con cincuenta.

Dejo dos dólares sobre el mostrador y me voy.

Una hora más tarde, oficialmente he pasado demasiado tiempo con mis amigos y he ignorado los mensajes que Emma me ha estado enviando.

—¡Joder, no! —grita Zara justo antes de lanzarse hacia un lado con el mando de la PlayStation pegado al pecho.

—Moverte tú no sirve de nada, ¿ eh? —digo—. ¿Por qué no aprendes a jugar en condiciones?

Tamar se ríe detrás de nosotros antes de poner un botellín de cerveza delante de Zara.

Estamos jugando a videojuegos en la parte trasera del garaje de Logan mientras él trabaja en la delantera. Me suena el móvil sobre su escritorio por millonésima vez y Tamar lo coge.

—Emma no está muy contenta —me dice al dejar caer el teléfono sobre mi regazo.

Miro los incontables mensajes que me ha enviado y vuelvo a fijar mi atención en el juego.

—¿Qué quiere? —pregunta Zara antes de volver a morderse la lengua para concentrarse.

—Que la actualice sobre la situación Delacroix —respondo con calma a la vez que la adelanto en el circuito. Dejo caer un plátano justo delante de ella.

—¡Hijo de puta! —grita—. Te odio, joder.

Gano la quinta carrera seguida y lanzo el mando a un lado.

—Creo que ya ha quedado claro quién manda —me río.

—Llevo una pistola encima —me responde—. Ten huevos de repetirlo —gruñe Zara.

—Guau, qué malota —me burlo—. Gánster.

—¿Recuerdas cuando éramos pequeños y eras una persona decente? —Zara me da un empujoncito en el hombro—. Echo de menos a ese tío.

—Yo ni siquiera lo recuerdo —interviene Tamar—. ¿Estamos hablando del mismo Xi?

—Sí, por aquel entonces se llamaba «Ziad». —Pronuncia mi nombre de forma correcta, como mi madre—. Cuando la gente lo pronunciaba bien y todo eso.

—Zi-ad suena tan estadounidense… —se ríe Tamar—. ¿Recuerdas cómo pronunciar tu propio nombre?

—Joder, me había olvidado de lo insoportables que sois cuando os juntáis. —Me levanto y cojo mi móvil antes de pasarme la mano por la cara—. La madre que me parió —murmuro.

—¿Qué pasa? —pregunta Zara con una preocupación sincera.

—No sé qué decirle a Emma.

—Bueno, ¿qué novedades hay? —insiste Tamar.

Me encojo de hombros.

—Todavía ninguna.

—¿Y la fiesta de la NSC? —pregunta Zara.

—Alex no estaba allí.

—Pero dijiste que fuiste a su casa —añade Tamar.

Mierda. Me había olvidado de eso.

—Sí. —Me paso la lengua por los dientes—. No pasó nada. Es una buena chica.

Excepto conmigo.

—Madre mía —resopla Zara.

Intercambian una miradita.

—¿Qué?

Zara le pega un trago a su cerveza y la deja de nuevo sobre la mesa.

—Estás mintiendo.

—No estoy… —Ambas me lanzan una mirada que me advierte de que ni lo intente—. A ver, antes de que Alexandra Delacroix me invite a la casa de su familia para recabar información, tendré que hacer algo más que tontear con ella y darle unos mimitos en su sororidad.

—Mimitos, mis huevos —se carcajea Tamar mientras se dirige al taller con una cerveza para Logan.

—Tío —suspira Zara.

—Ni se te ocurra decirlo.

Me paso la mano por el pelo y le doy la espalda, fingiendo mirar el móvil.

—No pierdas de vista el objetivo, por favor.

—No lo haré.

Ya lo he hecho.

Está a punto de decir algo más cuando un grito pone fin a nuestra tarde tranquila.

—¡Xi!

Tamar.

Llegamos al taller en cuestión de segundos. Logan está en el suelo, gimoteando y frotándose la parte trasera de la cabeza.

Aturdido, pero vivo.

Mi amiga podría no correr la misma suerte, ya que Ethan Torres le está apuntando con su pistola.

—Ni se te ocurra —gruño.

—Xi, qué casualidad. Justo eres la persona a la que estábamos buscando —dice su hermanastro Elliot, quien permanece sentado sobre el capó de un coche con una llave inglesa enorme entre las manos. Debe de haberla usado para golpear a Logan.

—Si queréis hablar conmigo, buscadme a mí, pero no le jodáis el negocio a mi colega y no apuntéis con una pistola a mis amigas.

Elliot salta del capó y clavo la vista de nuevo en Tamar.

Está temblando como un flan. Rara vez sale de su casa, quizá va a alguna fiesta de vez en cuando para pasar un rato con nosotros.

Hoy salió de la seguridad de esconderse detrás de la pantalla de su ordenador y este maldito pueblo no ha desaprovechado la oportunidad.

No me preocupan Ethan y Elliot. Quieren algo que yo tengo, y saben que no lo conseguirán si me matan a mí o a mis amigos.

A mi lado, Zara desliza la mano por detrás de la espalda.

—No, no, preciosidad. —La sonrisa de Elliot es perturbadora—. En este garaje solo hay sitio para un arma, y me da mí que esa es la que está apuntando a tu amiga.

Apoyo una mano tranquilizadora sobre el hombro de Zara para animarla a soltar la pistola que lleva guardada en la parte trasera del pantalón.

—Solo queremos hablar, de verdad.

No le creería ni aunque no estuviera jugueteando con la llave inglesa en el aire.

—Coge a Logan y llévalo a la parte de atrás —le ordeno a Zara.

Si puedo salvar al menos a dos de mis amigos, lo haré.

—Xi —se queja ella.

—Ahora.

Resopla y ayuda a Logan a levantarse. Todavía sigue aturdido por el golpe, como era de esperar. A los hermanos no parece importarles que se vayan. Quizá saben que no hay salida y que no pueden pedir ayuda. O quizá no planean quedarse el tiempo suficiente como para que llegue nuestra banda.

Me resulta aterrador ver lo mucho que este sitio me ha roto. Mi ritmo cardíaco permanece estable. El miedo por la vida de mi mejor amiga es controlable y se ve eclipsado por la necesidad de sobrevivir.

—Hablemos fuera —digo con voz fría.

Ethan clava sus inescrutables ojos negros en mí.

—Si salimos, ¿cómo pretendes que mi hermano amenace a la dulce Tamar mientras yo hago esto?

Golpea el parabrisas del coche sobre el que estaba sentado con la llave inglesa. Tamar suelta un grito ahogado y se lleva las manos a la boca.

—¡No!

Doy un paso hacia Elliot, preparado para acabar con él, pero Ethan da uno hacia mi amiga.

—Tch, tch —me reprende, y presiona la pistola contra su frente.

—Por favor, este garaje es la vida entera de Logan —solloza Tamar—. ¡Es la única forma que tiene de alimentar a su familia!

—Oooh… —Elliot hace un puchero y ladea la cabeza—. ¿Lo has oído, Xi? Es su vida entera.

Estampa la llave inglesa contra el retrovisor y lo arranca del coche.

—¿Dónde cojones está? —Golpea otro coche.

—¿Queréis saber dónde está? —digo con calma—. Os lo diré.

Se detiene y me mira con cara de sorpresa. Este tío es como un libro abierto.

—Después de pelear en la Jaula de la Muerte.

Elliot resopla.

—¿Cómo vas a darme lo que quiero cuando te mate ahí dentro?

—Míralo a mi manera. —Doy otro paso hacia él—. Cuando te mate, le daré la información que quieres a Ethan. Él se unirá encantado a ella cuando North Shore sea mío.

Lo único que tengo que hacer es ganar una pelea en la Jaula de la Muerte para que la NSC se haga con el control.

Las reglas son las reglas, y yo soy una bestia.

Es la única razón por la que los Kings no aceptan mi propuesta.

He ganado todas mis peleas en el almacén.

Les da miedo meterme en la Jaula de la Muerte con uno de los suyos.

—¿Trato? —insisto, y me detengo justo delante de él.

Se le dibuja una sonrisa en los labios, lo opuesto a mi cara inmutable. Como respuesta, levanta el brazo de nuevo. Esta vez estoy lo suficientemente cerca como para agarrarlo por la muñeca, quitarle la llave inglesa y, antes de que pueda reaccionar, golpearlo con ella.

Un. Golpe. Poderoso.

Cae al suelo gruñendo mientras se agarra el costado.

Pero mi movimiento no sirve de nada.

—¡Xi!

El grito de Tamar capta mi atención. Ethan está detrás de ella y le apunta con la pistola en la sien.

—Creo que no entiendes cómo funciona esto —gruñe—. Retrocede.

Aprieto los labios y resoplo por la nariz como un puto toro enfurecido.

Doy un paso atrás solo para ver a Elliot levantarse de nuevo, sin parar de reír.

—Cómo me lo voy a gozar.

A estas alturas, lo único que puedo hacer para salvarle la vida a mi mejor amiga es quedarme aquí plantado, impotente, mientras Elliot Pearson destruye el garaje de Logan.

Tarda mucho. Cada golpe es un puñetazo en el pecho. Cada puñetazo hace que sea más difícil seguir ocultándoles información.

En North Shore se deben hacer sacrificios todo el tiempo. El objetivo de la NSC es recuperar nuestro territorio y, mientras tenga algo contra los hermanos, cuento con una ventaja que vale más que este garaje.

Elliot está jadeando cuando termina, claramente cabreado porque todavía no he abierto la boca. Odia que ni siquiera me haya inmutado. Él y Ethan se miran y comprenden que no sirve de nada, así que se alejan despacio.

—Tómate tu tiempo —dice Elliot antes de abandonar el taller—. Todavía no he terminado.

En cuanto se van, corro hacia mi coche.

—¡Xi, no! —grita Tamar detrás de mí—. ¡Zara!

Intentarán detenerme, pero la llevan clara.

Zara corre hacia mí y apoya una mano en mi puerta cuando intento abrirla.

—No me hagas perder el puto tiempo —gruño.

—No lo hagas. Vamos a hablar con Emma.

—Que le den por culo a Emma.

La aparto y me subo al coche. Salgo a toda velocidad del diminuto aparcamiento que hay fuera del garaje de Logan. Acelero por las calles de North Shore y, sin vacilar ni un solo segundo, me adentro en su territorio. Que me disparen si tienen huevos.

La casa de los hermanos está en pleno territorio de los Kings. Es imposible que me haya equivocado de camino. Llego antes que ellos. Aparco en otra calle para que no se percaten de la presencia de mi coche en cuanto aparezcan y reviso que esté todo despejado antes de bajarme.

Tras sentir el mechero rosa que compré antes en el bolsillo de la sudadera, me pongo la gorra y la capucha por encima.

Cojo la palanqueta que guardo en la camioneta y echo a correr en dirección a su patio trasero.

Después, me deslizo entre dos cubos de basura que usan para delimitar la propiedad y cruzo el pasto amarillento.

Intento abrir la ventana del dormitorio por si no tiene seguro, pero sí lo tiene.

Con un movimiento rápido, rompo el cristal y le quito el pestillo antes de abrirla.

Me cuelo en su casa como un ladrón en plena noche.

Excepto que soy una bestia furiosa en pleno día.

No pierdo el tiempo en destruir la casa. Voy directo a la cocina y abro la puerta del sótano de una patada. Corro escaleras abajo y encuentro lo que quiero al momento: un bidón de gasolina enorme. Vuelvo a subir a toda velocidad, consciente de que tengo poco tiempo.

Termino en menos de un minuto.

Y cuando los oigo aparcar el coche delante de la casa, mi cuerpo por fin se despierta. Creo que es emoción.

La puerta se abre y ambos se detienen en el pasillo nada más entrar.

Elliot baja la mirada hacia el líquido aceitoso que cubre el trozo de suelo que nos separa.

—¿Qué tal el viaje? —pregunto con una compostura que ya le gustaría tener a él.

Cojo mi paquete de tabaco y el mechero rosa; me tomo mi tiempo en llevarme un cigarrillo a los labios. Lo enciendo y los miro a ambos, la euforia alimentando mi corazón.

—No deberíais meteros con mis amigos. —Mi voz baja es una amenaza clarísima—. Nunca.

Sujeto el cigarro entre el pulgar y el índice. Lo aparto de mis labios con toda la calma del mundo mientras lo provoco para que se abalance sobre mí.

Y funciona.

—¡Hijo de puta!

Elliot está a punto de saltarme encima, pero Ethan tiene dos dedos de frente y lo agarra por la camiseta; tira de él con fuerza un segundo antes de que yo lance mi cigarro al suelo.

Todos damos un paso atrás cuando el calor nos golpea la cara.

Si hubiera dejado que se abalanzara sobre mí, habría visto a Elliot arder vivo y por fin habría sonreído.

En fin, me conformaré con que su casa se queme hasta los cimientos. El humo empieza a irritarme los ojos; aun así, mantengo la mirada clavada en los hermanos.

—Volved a tocarme los cojones y veréis qué es lo que pasa —les advierto.

Y después de decir eso, me voy. Salgo por la ventana del dormitorio y corro de vuelta a mi coche mientras ellos salen por la puerta principal.

Tomo una bocanada de aire en cuanto me adentro de nuevo en las calles de la NSC. Aparco delante de mi casa y dejo caer la cabeza contra el asiento.

Solo existe una persona a la que quiera ver ahora mismo, una mujer a la que quiero tener entre mis brazos para calmarme.