12 #2
Lleva su otra mano a su cinturón para desabrocharlo, seguido del botón de sus pantalones y de la cremallera.
—Demuéstramelo.
Abro los ojos de par en par.
—No sé…
« No sé cómo hacerlo » .
La vergüenza me arde en las mejillas. Xi se ha acostado con infinidad de chicas. A saber la cantidad de tías que se han puesto de rodillas para darle placer. No estoy a su altura y lo sé.
—Ponte de rodillas, nena. Yo te ayudo —susurra mientras su agarre se tensa—. Pero no me hagas esperar.
Obedezco al instante y veo c ó mo sus ojos color canela se iluminan. Se pasa la lengua por los labios antes de hablar.
—Sácala.
Con manos temblorosas, le bajo los calzoncillos para poder agarrarle la polla. Me contengo para evitar soltar un grito ahogado cuando envuelvo mi mano a su alrededor. Es suave y gruesa, y el corazón se me acelera.
Le bajo los calzoncillos un poco más y se la saco. Es grande y tiene una vena que le recorre toda la parte de abajo hasta la punta. La tiene húmeda, y froto el pulgar contra ella por instinto.
Alzo la vista y lo veo con los ojos cerrados antes de volver a mirarme fijamente a los míos.
—Saca la lengua —me ordena despacio, como si intentara no meterme prisa.
Saco la lengua todo lo que puedo y echo la cabeza un poco hacia atrás para dejarla caer contra su mano.
Un gruñido resuena en su garganta y me hace sentir el efecto que provoco sobre él.
Presiona su punta contra mi lengua y un sabor salado invade mis papilas gustativas. Despacio, me la mete en la boca y la frota contra mi lengua. Repite el proceso varias veces antes de sacarla.
—Lámela desde la base hasta la punta, nena —dice con voz entrecortada.
Un tirón en el pelo me empuja a la acción. Con las manos sobre sus muslos, lamo la totalidad de su polla y repito el movimiento hasta que lo oigo gemir.
Me provoca un cosquilleo en el clítoris. Estoy tan mojada que me noto pegajosa entre las piernas. Estar de rodillas frente a Xi después de un castigo me parece el culmen del erotismo. Nunca había hecho nada de esto con un hombre, y nunca pensé en el placer que me provocaría satisfacerlo.
—Rodéala con los labios, Alexandra.
Con un hambre que no sabía que tenía, envuelvo los labios con firmeza alrededor de la punta y empujo hacia delante para metérmela en la boca.
—Joder —jadea—. No dejes de mover la lengua cuando te la comas.
Hago exactamente lo que me pide. Se la chupo mientras subo y bajo la cabeza y sigo el movimiento que me obliga con su agarre.
—Necesito que te la metas entera, nena —murmura.
Siento el deseo en su voz por todo el cuerpo. Me tiemblan los muslos y me reacomodo para colocar el talón entre las piernas y presionarlo contra mi clítoris.
Gimo justo cuando se echa hacia delante y me la mete hasta el fondo. Mi gemido se corta cuando me roza el final de la garganta y me ahogo con su tamaño.
Cierro los ojos con fuerza al darme cuenta de que todavía no me la ha metido entera.
—Respira por la nariz —me ordena, y aunque lo dice con dulzura, no deja de ser una orden.
Intento hacer lo que me dice y se me caen las lágrimas. Cuando no soy capaz de coger más aire, retrocede un poco antes de metérmela de nuevo.
—Trágatela, nena. Sé una buena zorra.
«Una buena zorra».
Quiero morirme y volver a nacer. No había estado tan cachonda en mi vida.
Empuja de nuevo y me provoca una arcada. Tengo los labios completamente estirados debido a lo gorda que la tiene y siento la garganta tensa por lo hasta el fondo que me la está metiendo.
—Muy bien —dice con firmeza—. Eres una buena chica.
Gimo de nuevo y él inspira con brusquedad.
—Joder, Alex.
Sus movimientos se aceleran y, en cuestión de segundos, me está follando la boca mientras me vuelvo loca de necesidad. La saliva me resbala por la barbilla. Los ruidos que estoy haciendo son ridículos y vergonzosos; sin embargo, eso no logra calmar mi deseo.
Con un movimiento brusco, la saca de mi boca, se la agarra con la mano y se toca antes de explotar en mi cara. Suelto un grito ahogado y el semen me cae dentro de la boca.
No sé qué esperaba.
Pero esto no.
Me tira del pelo, obligándome a levantarme, y me empuja sobre la cama.
—Te mereces tu placer —gruñe—. Y yo merezco probarte.
Cojo la sábana para limpiarme la cara, pero me la arranca de las manos.
—Ni se te ocurra. Quiero que tengas la cara llena de mi semen cuando te corras. Pon las manos sobre la cabeza y no te muevas.
Obedezco rápidamente y coloco las manos encima de la cabeza en el colchón.
Me agarra por las caderas para llevar mi culo al fondo de la cama y se arrodilla en el suelo.
—Voy a hacer que te corras, Alexandra. Intenta no despertar a toda la casa.
Jadeo cuando coloca su boca entre mis piernas. Todavía no me ha quitado las bragas, pero siento su lengua cálida lamiendo mi humedad a través del material sedoso.
Se centra en el clítoris y deposita besos húmedos en él.
—Quítamelas —jadeo—. Quítame… quítame las bragas.
Se aparta y levanto la cabeza para ver qu é está haciendo.
—Estás preciosa cuando suplicas —susurra con voz grave—. Pero voy a necesitar que digas las palabras mágica s.
El corazón me da un vuelco en el pecho. Por un segundo, temo estar muerta por la cantidad de emociones que me abruman. Nunca había sentido nada de esto antes, y eso me asusta.
—Por favor —susurro, retorciéndome de deseo.
Como si fuera él quien no puede esperar ni un solo segundo más, me arranca las bragas y presiona su boca contra mi clítoris.
Se desata un fuego indomable dentro de mí.
Ya no puedo controlar mis emociones. Me deshago contra él mientras su lengua recoge toda mi humedad. La empuja dentro de mí y yo gimo.
—Xi —jadeo.
Pierdo el sentido cuando introduce dos dedos y su lengua se centra en mi clítoris.
Sus caricias lentas me desesperan, mi pecho se agita y todo mi cuerpo se enciende.
Se toma su tiempo en devorarme y saborearme como si se tratara de una cena exquisita.
Alarga el placer una y otra vez, hasta que estoy tan excitada que grito de desesperación.
—Por favor —suplico. Los pulmones me arden de puro deseo—. Necesito correrme.
Tengo lágrimas en los ojos por la cantidad de tensión que siento en el cuerpo. Estoy al borde del precipicio y necesito caer; de lo contrario, temo arder en llamas.
Sin ablandarse, me lleva al límite con su lengua y me hace caer, chocar y arder en una explosión de sensaciones. Me retuerzo mientras mis músculos drenan los últimos vestigios de placer antes de caer de espaldas sobre la cama jadeando.
Xi se levanta y se tumba a mi lado. Desliza un brazo por debajo de mi cuerpo y me acerca a él.
—La próxima vez que te vea, te follaré —dice sin ningún ápice de duda.
—¿Habrá una próxima vez? —susurro al apoyar la cabeza contra su hombro.
—¿Quieres que la haya?
El corazón no solo me da un vuelco; da una pirueta como una bailarina de ballet y me pega una patada en el pecho.
—Sí —murmuro.
Se gira y se pone encima de mí, con las manos a ambos lados de mi cabeza, y me mira.
—Lo de hoy no ha sido más que una muestra. Quiero hacerte muchas más cosas. Cosas que te harán daño y te degradarán, pero que también te provocarán muchísimo placer. —Su mirada recorre mi rostro y se detiene en mis labios antes de volver a mis ojos—. ¿Puedes soportar mi lado retorcido, Alex?
A veces siento que Xi tiene acceso directo a lo que siempre he ocultado a todo el mundo. Dice cosas que me hacen querer ponerme de rodillas y suplicarle que cumpla su palabra. Lo deseo más que cualquier otra cosa que haya deseado nunca.
—Puedo soportar cualquier cosa. Siempre y cuando prometas no romperme el corazón.
Se pasa la lengua por los dientes delanteros antes de que se le curven ligeramente las comisuras de la boca en lo que he empezado a entender que se trata de su forma de sonreír.
—No voy a romperte el corazón, Alexandra.
—Eso es justo lo que diría alguien que planea romperme el corazón.
En lugar de responder, sus labios se estrellan contra los míos. Se traga todas mis dudas con un beso celestial. Gimo contra su boca y le cedo el dominio completo de mi alma hasta que se aparta y me besa la punta de la nariz.
—No te romperé el corazón. —Se levanta de la cama y se recompone—. Descansa. Mañana te escribo.
Lo veo salir de mi habitación como si todo esto fuera lo más normal del mundo, como si no acabara de pedirle a un hombre que apenas conozco que no me rompa el corazón.
En realidad, si algo sé sobre él es que es un rompecorazones.