12
ALEXANDRA
Manipulate Mxze, Clarei
El dolor de rodillas y muñecas me está matando. En cuanto Harper me alejó de Xi, me echó la bronca por hablar. Ella fue quien me pidió que nos colara en la fiesta de North Shore, y aun así me castigó por abrir la boca. Al parecer, iba contra las reglas y debería haber sabido que no podía hablar.
No hablé mucho. Me pasé más tiempo besando.
Solo de pensar en los labios de Xi contra los míos me pongo a temblar. Ese beso fue tan dominante que podría haberme ahogado en él durante toda la noche.
Harper se aseguró de castigarme igual que al resto y acabó tapándome la boca con cinta adhesiva por haber hablado con alguien. Pero me dijo que, aun así, podía ir a la fiesta.
No podía. Y menos en la posición humillante en la que me encontraba.
De todas formas, tampoco me apetecía ir. No quería estar en North Shore y verme asediada por recuerdos de aquella noche. Quién sabe cuánta gente en esa fiesta forma parte de una banda. Quién sabe si los hombres que me secuestraron aquella noche estarían merodeando por allí.
La promesa de Xi casi me hizo cambiar de opinión.
No sé cómo lo hace, pero siempre consigue que quiera hacer cosas que no debería.
Es esa parte controladora la que me empuja a obedecer cada una de sus órdenes.
La promesa de ser suya durante una noche hace que algo dentro de mí se retuerza de placer.
El sonido de la puerta de mi habitación abriéndose me devuelve a la realidad.
Harper debe de haber vuelto de la fiesta.
Llevo horas de rodillas con la pala al lado.
Tengo la falda levantada, tal y como me pidió, y sigo con la boca tapada.
Estoy agotada. Me muero de dolor y de sed.
Aun así, no permitiré que mis hermanas de Xi Ep encuentren otra excusa para castigarme.
Todo esto es parte del proceso de iniciación, y lo aguantaré como todas las demás.
Sus pasos resuenan detrás de mí, pesados, en la oscuridad de la habitación. No me atrevo a girarme cuando siento que se detiene junto a mí. Espero a que se burle del castigo, pero no dice nada.
Una mano me acaricia la columna vertebral hasta rodearme la nuca.
Mi cerebro entiende de quién se trata en cuestión de segundos antes de que Xi me empuje la cabeza contra el suelo. Mis brazos cansados ceden al momento.
El olor a bergamota me golpea. También percibo ese aroma terroso parecido al pino. Por eso sé que es él.
Su mano es grande y poderosa. Por eso sé que es él.
Y mi corazón… Mi corazón se está volviendo loco. Lo hizo en cuanto entró en la habitación. Por eso sé que es él.
Cuando sus palabras roncas, que son apenas un susurro, me llegan a los oídos, siento que me derrito.
—¿Te has olvidado de nuestro trato, Alexandra?
Alargo la mano izquierda para quitarme la cinta de la boca, pero él me agarra la muñeca con violencia.
Chasquea la lengua y su tono de reproche me da ganas de encogerme.
—Tu palabra lo es todo. No cumplirla me da derecho a castigarte como quiera. —Intento negar con la cabeza, pero me aprieta la nuca con más fuerza—. Te dije que me encantaría ver esa preciosa boca tapada. Ahora ninguna de tus hermanas podrá oírte mientras yo me salgo con la mía.
Respiro hondo por la nariz e intento relajarme. No tengo miedo. No siento el pánico que normalmente siento cuando sé que no puedo defenderme. Hay una parte de mí que es consciente de que Xi podría hacerme daño, pero también hay otra que quiere que lo haga.
—Voy a soltarte y vas a volver a ponerte a cuatro patas. ¿Me has oído?
Ahora es el momento de tomar una decisión. Se me está dando la oportunidad de decidir qué quiero en mi vida. Nunca tuve la oportunidad de hacerlo con mi educación. No tuve la oportunidad de hacerlo cuando me secuestraron. Disfruté de lo que me hizo aquel hombre, pero no tuve opción.
Esta noche, puedo elegir.
Puedo decirle que no a Xi, y él se olvidará de mí y pasará a la siguiente chica. Me dejar á en paz. O podría decirle que sí y finalmente disfrutar de las cosas humillantes que sé que me gustan…, de mis deseos más oscuros.
No dudo ni un solo segundo.
Asiento, con el corazón latiéndome en los oídos y la cabeza dándome vueltas por el deseo. Ya me noto mojada y apenas me ha tocado. Aunque tampoco hace falta. Su voz autoritaria y su presencia arrolladora provocan un efecto irrevocable sobre mí.
Me suelta la muñeca y el cuello y vuelvo a ponerme a cuatro.
Me acaricia las nalgas y suelta un gruñido cuando coloca su mano entre mis piernas.
La presiona contra mí y se me escapa un jadeo.
Me echo hacia atrás y disfruto de cómo sus dedos se deslizan contra la tela.
Apenas se mueve, soy yo la que está fuera de control.
Muevo las caderas hacia delante y hacia atrás, consciente de que el solo roce de Xi puede darme todo lo que necesito.
Nunca he tenido que compartir mi repugnante secreto con él; es como si ya lo supiera, como si pudiera leer en mis ojos que necesito que me obligue a humillarme por él para sentir ese placer. Necesito que me imponga sus reglas y que no me dé opción.
Aparta la mano y ahogo un lloriqueo. Lo miro, pero él me agarra por la mandíbula y me obliga a mirar hacia delate de nuevo.
—Quédate quieta. El placer llegará, pero tendrás que aceptar el castigo primero.
Otra oleada de excitación empapa mi ropa interior.
¿Castigo?
Se me tensan los muslos y él se ríe entre dientes. Dios, esa risa. No es más que una risita, pero lo es todo viniendo del hombre que ni siquiera se permite una sonrisa.
—Los castigos no son para que los disfrutes. Abre las piernas.
Algo me golpea la cara interna de los muslos. Me muevo de rodillas, separo las piernas y me expongo un poco más a él.
—Creo que por fin he encontrado algo que me gusta de las sororidades.
Me acaricia las nalgas con el objeto y finalmente me doy cuenta de qué es.
El primer golpe de la pala me pilla de sorpresa.
—¿No fui claro cuando te dije que había dos condiciones en nuestro trato, Alexandra?
Niego, preocupada por la fuerza que planea emplear en sus golpes. Xi es un tío grande, tiene unos brazos fuertes, y estoy segura de que podría hacerme daño de verdad.
La pala me golpea la nalga izquierda y me trago un grito que de todas formas no puede atravesar mis labios.
—Acepté invitar a tus amigas a North Shore y te pedí algo a cambio. Un beso.
Golpe.
La violencia de este me hace caer. Lloriqueo con la boca tapada cuando mi pecho impacta contra el suelo.
—Ponte a cuatro patas otra vez —me ordena con calma—. Tu castigo no acabará hasta que no vea cómo se te caen las lágrimas y tu expresión de arrepentimiento.
Me recoloco, con el culo ardiendo.
—Te pedí un beso y que fueras mía durante el resto de la noche. Recuerdo decirte claramente que eras mía .
Golpe.
Suelto un chillido que se queda atrapado dentro de mi boca. Me empiezan a temblar los muslos y siento que tengo el culo hinchado.
En comparación a sus golpes, su voz suena suave, y mi cerebro apenas puede procesar lo que está pasando. Quiero más de él, pero menos dolor del que me está infligiendo.
—¿Creías que te habías librado de mí?
Golpe.
—Puedes intentarlo, pastelito.
Golpe.
—Pero nunca.
Golpe.
—Nunca.
Golpe.
—Nunca te me escaparás.
¡Golpe!
Se me escapa un sollozo; me tiembla el pecho y las lágrimas me resbalan por las mejillas. No sé si tengo la piel cada vez más sensible o si él se está cabreando cada vez más, pero el dolor se está volviendo insoportable.
—Alexandra —gruñe a mis espaldas, y su rabia ahora sí encaja con la brutalidad de sus gestos—. ¿Te haces una idea de con qué frecuencia me obsesiono con algo?
Me rodea hasta colocarse justo delante. Sus piernas están frente a mis ojos, y él se agacha y me levanta la barbilla para mirarlo a la cara. La tengo hinchada por las lágrimas, pero me da igual. Solo puedo pensar una y otra vez en que, en cuanto acabe con el dolor, me prometió placer.
Niego con la cabeza para responder a su pregunta. No lo sé porque no lo conozco. No conozco a Xi como persona, solo como el hombre que da vida a mis sucias fantasías sin ni siquiera saberlo.
—Nunca —responde finalmente—. Pero cuando lo hago, nadie puede arrebatármelo. Me he obsesionado dos veces en mi vida, y tú eres una de ellas.
Trago saliva con dificultad debido a la incómoda posición de mi cuello.
—No volverás a desobedecerme. —Me acaricia la mejilla con el pulgar para limpiarme las lágrimas. El hecho de tocarlas parece calmarlo, como si supiera que estas lágrimas son por él. El dolor es suyo—. ¿Te queda claro?
Me siento drogada, peor que cuando me obligaron a tomar cocaína. El dolor, combinado con el deseo, ha llevado a mi cuerpo más allá de lo que puedo soportar. Se me cierran los ojos antes de obligarme a abrirlos de nuevo.
—¿Te queda claro, Alexandra? —repite—. Cuando digo que eres mía, quiero decir que cada centímetro de ti me pertenece.
Así que la próxima vez que espere encontrarte en un lugar, más te vale estar allí.
Porque como tenga que venir a buscarte de nuevo, lo de esta noche te parecerá un puto viaje a Disneyland en comparación con lo que te haré.
Su rostro se ilumina cuando sus palabras me hacen temblar; mi pecho se agita al ritmo de unos sollozos silenciosos.
—¿Te queda claro?
Siento una mezcla de miedo e inquietud dentro de mí.
Algo que me advierte de que lo que está diciendo no puede ser cierto.
Nadie se obsesiona tanto con otra persona en tan poco tiempo.
De todas formas, asiento, con mi barbilla todavía entre sus dedos, porque siempre he ansiado que alguien me desee tanto que exija cada centímetro de mi ser.
—¿Te arrepientes de haber sido una niña mala, Alexandra?
Asiento de nuevo mientras me retuerzo de placer.
—Bien.
Lentamente, me arranca la cinta adhesiva y yo tomo una profunda bocanada de aire que me hace temblar. Tira el trozo de cinta al suelo y desliza la mano por mi pelo para agarrarlo.
—Dime que lo sientes —me ordena en voz baja.
—L-lo siento —balbuceo.