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XI
I GUESS IT’S LOVE? The Kid LAROI
Harper me coge de la mano con fuerza y me arrastra por otro pasillo más de la fraternidad. Abre una puerta de golpe, entra y tira de mí antes de cerrarla de un portazo.
Se vuelve hacia mí con una sonrisa tensa y una mirada furiosa.
—Xi. —Hace un puchero mientras se sienta en el borde de la enorme bañera—. No me has hablado en toda la noche.
Me apoyo contra el lavabo doble y me cruzo de brazos en un intento de fingir que estoy escuchando la bronca que me va a soltar.
Sinceramente, me la pela una barbaridad.
He conocido a muchas chicas intensas a lo largo de mi vida, aunque, sin duda, ninguna se compara con Harper.
No tengo ni idea de qué cojones quiere de mí, pero parece que la de superar a alguien no se la sabe.
Joder, ¿quién en su sano juicio necesita superar un único polvo?
Voy a escucharla de todas formas, porque si algo tengo claro es que, cuanto más tiempo esté Harper aquí conmigo, menos probable es que le haga la vida imposible a Alexandra.
—… ¿me estás escuchando?
Me paso la lengua por los dientes y asiento.
—Claro.
Ella pone los ojos en blanco.
—En fin. Como te decía, quizá podamos saltarnos las iniciaciones e ir a tu casa.
¿A mi casa? Si la tía esta cree que la voy a invitar a mi casa lo lleva claro. Nadie va allí excepto yo. Es la casa donde crecí y el último lugar en el que vi a mi padre. No pienso llevarme allí a una cualquiera.
—Podemos salir de fiesta con el resto de tus colegas. ¿Estará Logan? Quizá él, tú y yo podamos tomarnos unas copas juntos o algo.
Ya veo. Piensa que mi casa es a la que ha ido en otras ocasiones. La de mi padrastro, donde hacemos las fiestas de la NSC. También cree que Logan y yo aceptaríamos hacer un trío con ella. Me parto. Ni pagando conseguiría que Logan se follara a una zorra de Stoneview.
Se pone de pie, se acerca a mí y me acaricia los bíceps con las manos antes de intentar descruzarme los brazos.
—¿Por qué no quieres que vayamos a North Shore esta noche? Ya nos has invitado otras veces. Te encanta que las chicas de Stoneview estemos a vuestra disposición.
Dejo que me aparte los brazos y me pega las tetas contra el pecho. Estoy a unos segundos de estamparle la cabeza contra el lavabo.
—Vamos —ronronea—. Sabes que te deseo.
Pues menudo problemón, porque desde que vi a Alex en el coche con su expríncipe encantador y desde que intentó apartarme cuando yo quería acercarme a ella… lo único que quiero es, pues eso, a Alex.
No existe ni la más mínima posibilidad de que le pertenezca a otro. He hecho todo lo posible por contenerme, porque eso significa no hacerle daño. Pero ¿y si eso hace que se enamore de otro? ¿Y si él llega a tocarla mientras que yo me limito a mirar desde lejos?
No. Ni de puta coña.
Ese pequeño y precioso pastelito es mío. Solo yo puedo probarlo y darle un mordisco.
—Son las iniciaciones. ¿No deberías estar con tus novatas?
Ella resopla.
—Esas zorras harán cualquier cosa que les pida. Si les digo que me esperen de rodillas mientras yo me voy de fiesta a North Shore, lo harán sin rechistar. Volveré a por ellas y me las encontraré hechas un desastre y sin parar de sollozar por lo mucho que les duelen las articulaciones.
—Estás fatal —digo, y hago una mueca al recordar que en esas «zorras» también está incluida Alex.
La puta Alexandra Delacroix.
No podía ser como cualquier otra de las chicas que he utilizado en otras ocasiones para mi propio beneficio. No, la tía tenía que ser una calamidad y no parar de ponerse en situaciones vulnerables y activar mi instinto protector.
Joder, debería sudármela. No soy un hombre que sienta remordimientos.
Es culpa de esos inocentes ojos color avellana y la manera en la que observa todo lo que la rodea, como si nunca la hubieran dejado salir de su casa.
Es una mariposa recién salida del capullo y si yo no estoy ahí para vigilarla, se quedará atrapada en la primera red que encuentre, y sus preciosas alas terminarán clavadas en una puta tabla.
Quiero atraparla.
Quiero clavar sus alas.
Solo yo.
—Ay, por favor. Eres de la NSC, has hecho cosas peores.
Miro a Harper con una ceja levantada mientras intento recordar de qué hablábamos. Ah, sí, de hacer cosas bastante cuestionables.
—Por supervivencia, no para dármelas de jefecito en una sororidad.
Ella se encoge de hombros.
—Así es como juegan los ricos a la supervivencia del más apto. —Se le ilumina la mirada con un brillo juguetón y se relame los labios—. ¿Alguna vez has matado a alguien?
La miro. La hija de puta tiene un único objetivo esta noche: ponerme de los nervios. Por suerte para ella, eso es bastante fácil. Todo el mundo me pone de los nervios.
Lentamente, apoyo las manos alrededor de su cintura diminuta y la obligo a sentarse de nuevo en el borde de la bañera. La agarro por la mandíbula con una mano, con la suficiente fuerza como para verla hacer una mueca.
—Sí —respondo en un susurro.
Abre los ojos de par en par y una mezcla de lujuria y miedo se dibuja en ellos.
—He apuñalado a gente y disparado a mucha otra. También he torturado a algunos y los he asfixiado hasta matarlos. —Me inclino hacia delante y acerco los labios a su oído—. A uno lo ahogué en una bañera cuando tenía diecisiete años.
Su inhalación brusca se une al temblor de sus extremidades.
—Harper —murmuro.
—¿S-sí?
—¿Vas a comprarme algo o qué?
Ella niega con la cabeza mientras lucha por respirar.
—Entonces deja de hacerme perder el puto tiempo —gruño, y la empujo hacia atrás.
Cae de espaldas en la bañera vacía y suelta un grito. Me incorporo y salgo del baño.
Menuda zorra.
Intento encontrar a Alex en el piso de abajo, pero no la veo por ninguna parte. Hay tanta gente en esta fiesta que no me cruzo con la misma personas dos veces seguidas.
Alguien me pega un tirón en el brazo, y cuando me doy la vuelta, me encuentro a un tío de la fraternidad.
—Colega —masculla—, nos hemos quedado sin pastis. Ha venido más gente de la que esperábamos. —Me tiende tres billetes de cien dólares—. ¿Me das otras doce?
Doblo los billetes y me los guardo en el bolsillo antes de sacar un par de bolsas pequeñas. Compruebo la cantidad y se las entrego.
—Gracias, colega. Eres el mejor.
Hace el amago de darme una palmada en el hombro a modo de agradecimiento, pero la mirada que le lanzo hace que se lo piense mejor.
Me paran otras dos veces, y al igual que en cualquier otra fiesta, al igual que cualquier otro día de mi vida…, lo único que quiero es que la gente me deje en paz.
Menos una persona a la que no puedo evitar buscar con la mirada otra vez.
—Tío.
Alguien me agarra del brazo. Me doy la vuelta con el puño en alto, preparado para partirle la cara, hasta que reconozco a Zara. Mi mejor amiga. La chica que estaba hoy conmigo en el coche cuando Chester y Alex vinieron a recoger una bolsa de pastillas.
Ha empezado a echarme una mano con el tema de la distribución en la USF ahora que tenemos un montón de mercancía de la que debemos deshacernos para que los Luciano nos tomen en serio.
Zara tiene todo lo que busco en una amiga y en una camella: es discreta, se le dan bien los números y sabe cómo moverse.
Y no es una kamikaze, que suele ser el problema que tengo con la mayoría de mis camellos; se creen que están por encima de todos y que son intocables.
Zara, en cambio, conoce sus propios límites y sus fortalezas.
Sabe cuándo es hora de largarse y no tentar a la suerte.
—Todo vendido, jefe. —Abre los brazos—. ¿Quieres que te eche una mano?
Asiento y le paso un par de bolsas de cocaína y marihuana.
—Pronto empezarán a pedir coca para seguir la noche o algo de hierba para bajar el subidón y convertir esto poco a poco en un after . A los que veas que están demasiado colocados como para saber lo que se gastan súbeles el precio un cincuenta por ciento.
—Entendido. —Señala un sofá—. ¿Te parece un buen sitio?
—Muy buen sitio —confirmo—. Me sentaré contigo.
Ese es mi primer error.
En cuanto me siento, una de las amigas de Harper se coloca justo a mi lado y me quedo aprisionado entre Zara y ella. Mis hombros anchos se chocan con los de ambas, lo que me hace sentir atrapado.
—Xi —me grita en la cara para que pueda oírla por encima de la música. Además, va puesta hasta las cejas, lo cual no ayuda mucho con el volumen de su voz.
Espero a que me diga qué quiere, pero no lo hace. En su lugar, apoya la mano sobre mi muslo.
—Harper está en el jardín —intenta decir con voz seductora—. ¿Me llevas al piso de arriba?
Oigo a Zara tratando de contener la risa.
—Hazme un favor… —Me detengo al darme cuenta de que me he follado a esta chica a espaldas de su amiga y que ni siquiera recuerdo la primera letra de su nombre.
—Tilly —sonríe, radiante.
—Tráeme una birra —resoplo.
Ella se va corriendo y Zara estalla en carcajadas.
—Eres el peor golfo de toda la historia del puterío. Cada vez que te veo hablar con chicas, me caes un poco peor.
—Cállate —gruño, y dejo caer la cabeza hacia atrás—. Creo que ya estoy mayor para esta mierda.
—Xi, nuestro empotrador estrella, quiere retirarse del partido —dice Zara con voz de comentarista deportiva—. Son buenas noticias para el resto de la población masculina, pero ¿qué harán ahora las chicas de Stoneview?
Justo cuando levanto la cabeza para que vea que no me hace ni puta gracia, Harper y Alex entran de nuevo en la habitación, con esta última sosteniendo una bandeja de bebidas mientras camina un paso por detrás de la otra.
Clavo la mirada en Alex, incapaz de fijarme en nadie más.
El cabello rubio oscuro le cae delicadamente hasta la cadera y aprecio la curva de su culo.
Está preciosa. Lleva el uniforme de la USF y unos stilettos negros que me hacen querer hundir la cabeza entre sus piernas para que me clave los tacones en la espalda mientras se lo como.
—Joder, Xi —exclama Zara al seguir mi mirada—. Estás poniendo tu cara de «he encontrado una nueva presa». No me digas que le has echado el ojo a Bambi.
—No se parece en nada a Bambi —me defiendo.