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Parpadeo y veo el rostro de Xi justo encima del mío. Coloca mi cabeza sobre su regazo y me aparta el pelo de la frente sudada con delicadeza. El sol brilla demasiado fuerte, por lo que me veo obligada a poner la mano delante de los ojos.
Me siento letárgica, como si alguien me hubiera metido en una lavadora y hubiera estado dando vueltas durante horas.
—Estás bien —me dice con suavidad, más como una orden que otra cosa.
Lo miro y lucho por formar alguna palabra.
—¿Recuerdas lo que pasó?
Asiento. Quiero incorporarme, pero no tengo fuerzas.
—Alex. —La voz preocupada de Chester contrasta con la calma firme que refleja Xi en este momento. Desvío la mirada en su dirección; permanece de pie justo a nuestro lado—. Voy al coche a por agua. No te muevas. Estamos en el arcén y no quiero que te pase nada.
Echo un vistazo a mi alrededor y veo que ha aparcado el coche cerca de la entrada de un parque, de ahí que haya un césped tan frondoso.
Chester vuelve trotando con una botella de agua en la mano.
—Deja que se siente —le gruñe a Xi—. Necesita beber.
Xi me ayuda a incorporarme. Después me agarra por la cintura y me coloca entre sus piernas para que mi espalda quede apoyada contra su pecho.
—Te he dicho que te pires —gruñe Chester al agacharse a mi lado. Me llevo la botella a los labios y bebo con dificultad—. He llamado a Ella —me explica—. La última vez me dijiste que no llamara al 911, así que eso hice. ¿Te parece bien?
Asiento cuando me aparta la botella.
—Gracias. —Mi respuesta no es más que un susurro sin fuerza.
No tiene sentido llamar al 911 porque los ataques siempre pasan. Mientras no me haya hecho daño al caer o me haya golpeado con algo, lo único que queda es esperar.
—Te saqué del coche y te tumbé en posición de seguridad para que no te hicieras daño. ¿Lo… lo he hecho bien?
Madre del amor hermoso. La última vez que tuve una convulsión por un ataque de pánico delante de él, Ella y Peach estaban presentes. Ellas saben perfectamente qué deben hacer. No me puedo ni imaginar el miedo que ha debido de sentir al tener que encargarse de todo él solo.
Parpadeo e intento reunir fuerzas para responderle.
—Gracias. —Respiro hondo—. ¿Puedes llevarme a casa, por favor?
Él fulmina con la mirada a Xi.
—Quiere que la lleve a casa —repite—. Suéltala.
El agarre de Xi se aprieta un poco más alrededor de mi cintura antes de soltarme. Se pone de pie y me ayuda a levantarme. De repente me fallan las rodillas y él me sujeta por la cintura de nuevo.
—Ya te llevo yo en brazos. —Su tono, tan simple y directo, me hace negar con la cabeza varias veces.
—Estoy bien. No quiero que me lleve nadie.
Estoy agotada y sin fuerzas, pero siempre me siento así después de un ataque. Ya estoy acostumbrada.
Los dos hombres me ayudan a llegar al coche y me acomodan dentro. Xi me abrocha el cinturón.
—Puedo acompañarte a casa.
—No necesita que la acompañes a casa —le espeta Chester.
Observo cómo los rasgos de Xi pasan de su habitual expresión de indiferencia a un ceño fruncido y serio. Por un segundo, temo que vaya a darse la vuelta y a meterle un puñetazo a Chester en toda la cara, así que intervengo.
—Estoy bien, de verdad. Solo necesito descansar. Chester me llevará.
Su labio superior se curva, pero no dice nada; se limita a retroceder y a volver a su coche. El portazo me sobresalta.
¿Por qué le importa tanto lo que me pase?
El trayecto es rápido y silencioso. Chester no para de mirarme, y yo me esfuerzo por dedicarle una sonrisa tranquilizadora cada vez que lo hace. Odio convertirme en su responsabilidad. No lo soy. Ya no.
Aparca frente a la casa Xi Ep y llama a Ella, que aparece en cuestión de segundos y me abre la puerta del coche.
—Hola, cielo —me saluda con una sonrisa dulce—. ¿Te encuentras bien?
Asiento, pero me pesan mucho los párpados.
—Agotada —respondo con voz ronca.
—Vamos a llevarte a la cama.
Chester sale del coche y ayuda a Ella a llevarme hasta la entrada.
—¿Quieres que me quede? —murmura mientras me acaricia el pelo.
Niego, pero le sonrío.
—No se permiten chicos en casa.
—Yo me encargo, no te preocupes —interviene Ella—. Tú vuelve a la fraternidad antes de meterte en líos. Wren dijo que te están esperando.
—Me da igual.
—Yo me encargo, Chester. Vete.
Ella me ayuda a llegar a mi habitación. Peach nos está esperando dentro, con una taza en las manos.
—Hola, preciosa —sonríe—. Te he preparado un chocolate caliente y un baño.
Asiento, con los ojos llenos de lágrimas.
—No, no —responde Ella de forma apresurada—. Lo hacemos porque te queremos, no para hacerte llorar.
—No os merezco, chicas —sollozo.
Las lágrimas me resbalan por las mejillas y mis dos mejores amigas se acercan a abrazarme.
—Ninguna de nosotras se merece a las demás —se ríe Peach—. Por eso nos merecemos.
Me río entre lágrimas y sollozo un poco más fuerte a la vez que las abrazo con fuerza.
El baño me ayuda mucho, y el chocolate caliente todavía más.
Me lavo el pelo y me relajo entre las burbujas.
También me aseguro de responder cada vez que alguna de mis amigas llama a la puerta para cerciorarse de que no me he quedado dormida.
Me enjuago, me envuelvo en un albornoz y el pelo en una toalla limpia, y anuncio que voy a echarme una siesta.
Las chicas me dan un beso y salen de mi habitación.
Respiro hondo, me meto en la cama y me dejo ir. Me quedo frita antes siquiera de darme cuenta, exhausta por el ataque.
Aun así, en mis sueños, la única persona que aparece es aquella en la que no debería estar pensando.
Xi está ahí, tocándome y besándome. Fue él quien logró sacarme de mi ataque de pánico.
Recuerdo cómo lo detuvo cuando estábamos en North Shore.
Recuerdo la forma en la que me tocó e hizo que todo mejorara.
Y, por alguna razón, duermo como nunca antes lo había hecho.