Heartless Beloved (North Shore 2) 9 #2
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Alzo la mirada de nuevo y lo observo a través del parabrisas. Él clava su mirada seria en mí. A veces da un miedo que flipas.

Bueno, que se joda. Me niego a dejar que Xi me arrastre de vuelta hacia él cuando llevo toda la semana intentando sacármelo de la cabeza. Fracasé, pero lo importante es que lo he intentado.

Alex

¿Cómo se llama tu nueva conquista?

Veo cómo levanta las cejas y cómo su mirada se desvía hacia la mía antes de responder.

Xi

Preocúpate por ti y no me toques las narices.

Bufo, entrecierro los ojos y le escribo de nuevo.

Alex

Puedo hacer lo que me dé la gana con Chester. No es asunto tuyo.

Xi

Me desharé de él y luego te castigaré. ¿De verdad crees que ser una cabezota es una buena idea?

Apenas logro contener un jadeo.

Sé que no habla en serio. No puede estar hablando en serio. Por otro lado, Xi es un criminal, y no puedo evitar pensar que podría deshacerse de alguien fácilmente. Además, dijo que le gustaba castigar a sus chicas…

Como no respondo, vuelve a escribirme.

Xi

No me mola nada verte a solas con otro hombre, Alexandra. Bájate del puto coche.

—¿Este tío qué hace?

Me sobresalto cuando Chester habla. Me vuelvo hacia él y abro la boca, pero no me salen las palabras.

—Yo… No sé…

—Creía que se acercaría él, pero igual tengo que ir yo. Es la primera vez que recojo drogas.

—No estoy segura —respondo débilmente.

Me vibra el móvil una vez más.

Xi

Último aviso. Sal del coche o le contaré a Harper lo que pasó entre nosotros.

Se me para el corazón.

Sin pensarlo, me desabrocho el cinturón y me giro hacia Chester de nuevo.

—Ya voy yo.

Cojo el fajo de billetes que había dejado en el salpicadero y me bajo del coche a toda velocidad. Camino con paso decidido hacia la ventanilla de Xi y extiendo la mano cuando él la baja para dejarle claro que espero las pastillas que debía traer.

—Entra —me ordena antes de subir la ventanilla.

Me muerdo el carrillo para no lanzarle una retahíla de insultos y me subo al asiento trasero del coche.

—¿Has acabado con tus jueguecitos? —le espeto—. Dame las putas pastillas.

—Qu é maleducada —susurra.

—¿No me digas? Bueno, tú eres un capullo. Supongo que ambos tenemos defectos.

Al parecer estoy más cabreada de lo que creía por que se marchara de mi apartamento sin despedirse.

A él no parece gustarle mi respuesta, pero la chica que va de copiloto se ríe mientras se mete la mano en el sujetador y saca algo del interior de la copa.

Me quedo boquiabierta cuando extrae una bolsa grande llena de pastillas.

¿Pero cuántas han encargado los de Zeta Nu?

Ahí dentro debe de haber unas treinta como mínimo.

La chica le tiende la bolsa a Xi en silencio y él se vuelve hacia mí.

—Acércate, pastelito.

—Deja de llamarme así —mascullo.

Xi resopla y le lanza a la chica una mirada rápida. Sin necesidad de decir nada, ella abre la guantera y saca una pistola y la coloca sobre su regazo, con la mano en la empuñadura.

—Hostia —suelto, y me pego más al asiento.

—Te encanta obligarme a repetirme, ¿verdad? —dice Xi con frialdad—. Te he dicho que te acerques.

Con el corazón a punto de salírseme por la boca, lo hago. Observo cómo su mano me agarra lentamente por la corbata y me la aparta.

—Te queda de locos este uniforme.

Desvío la mirada hacia la chica, que frunce el ceño. ¿De verdad es necesario que suelte eso teniendo a su supuesta novia al lado?

Me desabrocha el primer botón y se me corta la respiración. El segundo lo desabrocha incluso más rápido y lo miro.

—¿Q-qué estás haciendo?

El tercero salta y llevo mi mano hacia la suya, pero me la aparta.

—Tch, tch —chasquea la lengua—. Yo y mi amiga tenemos una pistola. Tú no tienes nada. Así que, si yo fuera tú, me estaría quietecita.

— Mi amiga y yo —murmuro con un hilo de voz tembloroso—. Al revés.

«¿ Pero a ti qué coño te pasa? ¿De verdad te parece el mejor momento para corregirle la gramática a alguien?».

Estoy muy cabreada conmigo misma, pero esta clase de cosas son un mecanismo de defensa. Cuando no puedo pensar con claridad, los automatismos toman el control. Me han corregido toda la vida, así que yo hago lo mismo. Soy insufrible.

—Pequeña sabelotodo. —Su voz áspera me atraviesa el pecho de la manera más perfecta.

—Xi.

Entro en pánico cuando el cuarto botón cede.

Acerca la bolsa de pastillas a mi pecho mientras me baja una de las copas del sujetador, dejando a la vista mi pezón endurecido.

—Relájate, pastelito. Solo las estoy escondiendo.

No vas a salir de mi coche con una bolsa de pastillas en la mano.

Ahora escúchame bien. Dáselas todas a tu amigo, ¿de acuerdo?

Porque te juro por Dios que como me entere de que te tomas una, te pegaré un azote tan fuerte que no recordarás ni tu puto nombre.

Intento ignorar la tensión que me atraviesa y la humedad que moja mis bragas. Puedo notarla claramente entre mis piernas. Sus ojos marrones se clavan en los míos y asiento despacio.

—No son para mí.

—Buena chica.

Me mete las pastillas en el sujetador antes de coloc ármelo de nuevo, no sin asegurarse de apretarme el pecho en el proceso.

—¿Cómo tienes mi número? —murmuro—. ¿Y por qué tengo yo el tuyo?

Su rostro permanece impasible mientras me abrocha la camisa.

—Soy tu guardaespaldas. Es normal que tengamos nuestros números.

Es la segunda vez que usa esa misma excusa y no me hace ni pizca de gracia.

—Se supone que la función de un guardaespaldas es que me sienta segura con él, y no es el caso.

—Despídeme entonces —responde con total naturalidad, sin parar de acariciarme la mano.

Coge el dinero y se lo pasa a la otra chica. Estoy a punto de decir algo más, pero me interrumpe.

—Llévale las pastis. Después, te vienes conmigo.

—¿Contigo? —pregunto, confundida.

—No pienso permitir que un pollito bebé se monte en el coche de su ex. Los hombres no son de fiar, Alex. ¿O es que no lo sabes? —Su sarcasmo no se me pasa por alto.

No está escrito en su cara ni en su voz, solo en esas palabras que recita con su habitual tono inexpresivo. Le encanta actuar como si fuera una cría que no se entera de nada. Sin embargo, tengo claro que él es el último chico con el que debería subirme a un coche.

Trago saliva antes de asentir y salir del vehículo a toda velocidad para regresar junto Chester.

—Alex —me regaña en cuanto me subo—. ¿Por qué has hecho eso? Ni siquiera conoces a ese tío.

—No te preocupes. —Sonrío. El corazón me va a mil, la adrenalina me recorre todo el cuerpo… y la verdad es que me gusta. Pero me gusta incluso más lo que estoy a punto de hacer—. Arranca.

Él obedece sin vacilar y se aleja justo cuando Xi se da cuenta de que no voy a volver con él. En cuanto cogemos la carretera principal, recibo otro mensaje.

Xi

¿Por qué quieres jugar si ambos sabemos que vas a perder?

La emoción me invade y le respondo al momento.

Alex

No seré otra chica más de tu lista, pero buen intento.

Xi

De acuerdo. Ya veremos si me sale de las narices cuidarte la próxima vez que seas un pollito indefenso.

Alex

Mejor preocúpate por la morena que va contigo en el coche.

Xi

Supongo que si no te tengo a ti…, me tendré que conformar con ella.

Intento ignorar la decepción que se asienta en mi corazón. Me molesta darme cuenta de lo mucho que me gusta que Xi cuide de mí.

Es su modus operandi , ¿no? Persigue, folla y sigue con su vida. No me está esperando.

Intento sentir asco por él con todas mis fuerzas. Su comportamiento debería provocarme lo mismo que a Peach y a Ella: asco y repulsión.

Entonces, ¿por qué lo único que siento son celos? ¿Por qué anhelo su atención?

«Es porque me tocó. Ahí ».

Llevo tanto tiempo ansiando el contacto de alguien que mi cuerpo se aferró con uñas y dientes al primer hombre que casi me dio placer desde aquel que no debería haberlo hecho.

Tomo una bocanada de aire y siento cómo mis muslos se tensan al recordar la noche de mi cumpleaños.

¿Por qué me gustó tanto? ¿Por qué no puedo olvidarme de ello? ¿Por qué tuve que ser yo a quien aquel desconocido le arruinara la vida?

Se me escapa un sollozo y siento que mi cuerpo se vuelve pesado.

No . Ahora no. Por favor, ahora no.

—Chester —intento llamarlo cuando huelo un humo que no existe, pero ya es demasiado tarde.

Lo escucho decir mi nombre presa del pánico. Intento respirar hondo, pero no sirve de nada. Mis músculos empiezan a convulsionar, se me cierra la garganta y la cabeza me cae hacia atrás.

Me pitan los oídos.

Se me nubla la vista.

Y me voy.

Puedo sentirlo ahí mismo, a él y el olor a humo. Me toca y me hace sentir bien. Demasiado bien. Me doy asco.

Se me agita el pecho y se me balancea la cabeza de lado a lado mientras mi cuerpo convulsiona, pero no estoy consciente más de una fracción de segundo; pierdo el conocimiento casi al instante.

Ni siquiera puedo pensar en intentar resistirme. Lo único que sé es que se trata de una convulsión de las gordas.

Cuando recobro el conocimiento, estoy tumbada en la hierba sobre el lado izquierdo de mi cuerpo. Me pesa la cabeza y tengo la sensación de haberme despertado de una pesadilla agotadora.

Dos voces están discutiendo.

—Tío, aléjate de ella, joder —oigo decir a Chester; su voz suena seria.

—No me llames «tío». Te voy a partir las putas piernas.

«Xi».

La niebla mental empieza a disiparse a medida que los escucho.

—Dejé que se marchara en tu coche y mira cómo ha acabado. Quítate de en medio…

—Necesita espacio cuando le da una convulsión. Podría hacerse daño de verdad. Apártate. Ahora. Mismo. —Nunca había oído hablar a Chester con tanta determinación.

Sin saber qué más pasa, lo siguiente que noto es el olor a bergamota y a algo más acercándose a mí.

Una mano se desliza por mi nuca y me levanta un poco la cabeza mientras que la otra me afloja la corbata y me desabrocha el primer botón de la camisa para presionar la palma contra mi pecho con firmeza.

Son ásperas. Sus manos, quiero decir. Me calma sentirlas contra la piel húmeda.

Tomo una bocanada de aire brusca al notar que recupero el control de mi cuerpo.

—Bienvenida de nuevo a la tierra, pollito bebé. —Su voz ronca adquiere una dulzura que no me esperaba.