Heartless Beloved (North Shore 2) 8 #3
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—Bueno, así que no fuiste al instituto. ¿Qué opinaron tus padres al respecto?

—Mi padre ya no estaba y mi madre no pudo detenerme.

—¿Por qué decidiste no ir?

—Necesitaba ganar dinero de forma rápida. La calle me lo ofrecía y el instituto no.

—¿Para qué necesitabas el dinero?

Se me tensa la mandíbula y entrecierro los ojos cuando me doy cuenta de lo que está pasando.

—No vamos a hacer esto, Alex.

—¿Hacer el qué? —pregunta, inocentemente.

—Profundizar en mi pasado.

—¿Por qué no? —Empieza a jugar con los ñoquis en el plato—. Al fin y al cabo, estás en mi casa a la una de la madrugada, dándome de comer y asegurándote de que me cuide. ¿Qué hay de malo en conocernos un poco?

Ignoro su nuevo intento de hacerme admitir que me gusta y me inclino hacia delante.

—Como no dejes de jugar con la comida, me chivaré a mami y papi de que sigues despierta a las tantas. Ahora, hazme el favor y come.

Ella suelta una risa y empieza a comer otra vez.

—¿Quieres follarme? ¿Por eso estás aquí a estas horas?

«Por supuesto que quiero follarte».

Ignoro su pregunta otra vez, me recuesto en la silla y cruzo los brazos. Siento cómo se me tensan los bíceps cuando clava su mirada en ellos.

—Cuéntame cómo lo haces. Les preparas la cena, ¿y después qué?

—No quieres saberlo.

—Sí quiero —responde—. Quiero estar advertida.

—Tus amigas ya te advirtieron. Eres tú la que no para de sacar el tema. ¿Quieres que te folle, Alex?

—No he dicho eso —replica, con las mejillas encendidas—.

Siempre estás donde yo estoy, pero no quieres conocerme.

Seguro que así es como consigues a las chicas, ¿verdad?

Las haces sentir especiales y, antes de que se den cuenta, te las llevas a la cama.

Pero no te interesa abrirte con ellas, eso es demasiado profundo para ti.

—Me gusta lo profundo, tranquila.

Traga saliva con fuerza mientras deja los cubiertos en el plato.

—He terminado —escupe de forma apresurada.

Se levanta y lleva el plato al fregadero. Abre el agua, coge un estropajo, lo empapa con jabón y empieza a frotar el plato, rápido y con fuerza. Sé que ahora mismo intenta mantenerse ocupada.

Me levanto despacio y avanzo en su dirección hasta colocarme detrás de ella. La agarro por la cintura y acerco los labios a su oído.

—Te diré algo. —La acaricio con los pulgares por encima de la sudadera, y por primera vez en lo que va de noche, me doy cuenta de que es mía.

Lleva puesta mi puta sudadera. Tiene mi olor en su piel.

Joder—. No les preparo la cena, no me aseguro de que descansen y no les cuento que no fui al instituto. Tampoco les pregunto por sus estudios.

—¿Por qué no? —susurra.

—Porque me la suda.

Le concedo un segundo para tomar una bocanada de aire.

—¿Quieres que te folle, Alex? —repito mi pregunta, incapaz de controlarme.

Lo que daría por tirármela sin repercusiones. Simplemente porque me apetece. Para poder abrazarla al acabar, verla dormir y volver a empezar.

Se estremece bajo mi roce y sigue frotando el plato, que ya está limpio.

—¿Podrías soportarlo? —insisto—. ¿Mi manera de follar? —Deslizo las manos hacia la parte de delante y bajo una hasta su coño—. Es salvaje, y a veces me gusta que duela.

Su respiración se acelera a medida que bajo la mano. Le rozo el muslo desnudo. Su piel es incluso más suave que la seda de su pijama. Deslizo los dedos por debajo de la tela y se me acelera el corazón cuando me doy cuenta de que no lleva nada. Se me corta la respiración al sentir su excitación.

—Me gusta castigar a mi chica por haber sido mala. ¿Te gusta que te degraden, Alex? ¿Te gusta que te traten como a una zorra y que te hagan esperar y suplicar antes de darte la satisfacción de tocarme la polla?

Se le escapa un gemido y la humedad le resbala por entre las piernas.

—¿Podrías soportarlo?

La tengo tan dura que me van a explotar los pantalones. Me restriego contra su culo redondo y perfecto antes de presionar la punta del dedo entre sus labios y contra su entrada.

Ella se da la vuelta de golpe, como si mi gesto la hubiera sacado de un trance. Su movimiento me obliga a retirar la mano para apoyarla de nuevo sobre sus caderas.

—Soy virgen —jadea—. Yo… Madre mía.

Abre los ojos de par en par cuando se da cuenta de lo que acaba de decir.

Retrocedo un poco.

¿Por qué me sorprende? Pues claro que es virgen.

Su móvil suena y nos sobresalta a ambos. Ella echa un vistazo a la isla detrás de mí.

—Es mi padre —dice con certeza, sin ni siquiera comprobarlo.

Me rodea, asegurándose de no tocarme, y lo coge.

—Papá. —Me observa y se pone pálida a medida que desaparece por el pasillo—. No, estoy a punto de acabarla, te lo prometo. ¿Qué te parece si…? —Su voz se apaga poco a poco, hasta que escucho una puerta cerrarse.

Alexandra Delacroix es la clase de chica que escribe redacciones hasta la medianoche, que se seca las comisuras de la boca después de cada bocado. Es un angelito precioso que brilla a causa de todas las riquezas con las que nació. Es dulce, inocente… y una puta virgen. Todavía es virgen.

Joder, no puedo destrozarla.

Pero le prometí a Emma y a Vito Luciano que lo haría.