8 #2
—No es eso —mascullo entre dientes—. Odio a todo el mundo. No es personal.
Me vuelvo hacia la encimera y cojo la bandeja de cristal para echar la salsa y los ñoquis.
—Sabes cómo hacer que una mujer se sienta especial, ¿ eh? Ahora entiendo cómo te has follado a tantas tías.
Se da media vuelta y empieza a andar hacia el sofá mientras yo rayo la mozzarella sobre la comida con rabia.
¿Qué cojones hago aquí… y encima preparándole la cena?
Me cabrea saber que he mentido. No odio a Alex. Ni siquiera un poquito, lo que me fastidia todavía más. ¿Por qué no puede ser como el resto de las chicas de Stoneview? Ricas y estiradas. Exasperantes y egoístas.
No, tiene que ser dulce y agradable y desinteresada y hacer que todos a su alrededor la quieran.
Pongo la bandeja en el horno y me giro para apoyarme contra la encimera. Está en el sofá, recostada contra el reposabrazos con las rodillas encogidas. Al parecer, ha cogido otro libro de alguna parte, porque ahora está leyendo Auge y caída de las grandes potencias .
Suelto un bufido, con los brazos cruzados sobre el pecho, y hago algo de lo que probablemente me arrepentiré: empiezo a conocerla.
—¿De qué trata el libro?
Levanta la cabeza y me mira.
—Relaciones internacionales. Geopolítica, para ser exactos. Estoy escribiendo sobre el lugar de los inmigrantes en los países occidentales cuando escapan de una guerra financiada por Occidente.
—¿Eso es lo que estudias? ¿Política?
—Ciencias políticas, sí. ¿Tú qué estudiaste?
Se me escapa una risa.
—Ni siquiera pisé el instituto.
—Ah, perdona, no lo sabía.
—¿Acabas de disculparte otra vez?
Aprieta los labios. La he pillado.
—Bueno, yo…
—No eres la responsable de mi asistencia escolar. Eso es cosa mía. Tú preocúpate por ti, como, por ejemplo, por el motivo por el que pides perdón todo el tiempo. Joder, ¿quién te enseñó que tenías la culpa de todo?
Baja la mirada al libro y vuelve a subirla.
—Nadie —murmura.
Sabe perfectamente quién, y ojalá me lo dijera. Me gustaría tener una conversación con esa persona.
Se reacomoda en el sofá para girarse por completo hacia mí y cambia de tema.
—No sé qué haces aquí. O sea, sé por qué estás aquí, pero no entiendo por qué sigues aquí. Haciéndome la cena.
Me encojo de hombros, en silencio.
Me gusta cómo habla Alexandra. Es sencilla, elocuente, fácil de escuchar. Es como una dama dirigiéndose a su corte: educada, discreta. Todo lo hace tan ligero como el aire.
—Me gusta que estés aquí, pero me apuesto a que debe de haber una razón por la que siempre cuidas de mí.
«Sí, la hay».
—Quizá… —juguetea con la esquina del libro y dobla la página con la uña— te sientes atraído por mí.
Madre del amor hermoso. No solo le haré daño si sigo adelante con el encargo de Vito, sino que la destrozaré por completo. Es demasiado inocente para este mundo. Debería vivir en una maldita película de Disney.
El temporizador del horno suena y me salva de decirle que, efectivamente, me atrae.
Cojo unos guantes y saco la bandeja.
—Mmm. —La oigo acercarse—. Huele que alimenta. —Cojo un plato y le sirvo una porción de los ñoquis gratinados—. ¿Cocinas a menudo? —me pregunta cuando nos sentamos.
—Vivo solo, así que sí.
—¿No vas a comer?
—Yo he comido en las últimas veinticuatro horas, no como tú.
Desarrimo el taburete y la miro fijamente hasta que se sienta.
Yo me siento en el lado perpendicular al suyo y la observo mientras se coloca una servilleta sobre el regazo y agarra el tenedor y el cuchillo como si estuviéramos cenando en el mejor restaurante de Stoneview.
Corta un trozo del gratinado con delicadeza y le sopla antes de tragárselo como si se tratara de caviar.
Permanece con la boca cerrada y la espalda recta.
Deja los cubiertos sobre la mesa y se limpia la comisura de los labios.
—Está delicioso —dice por fin después de tragarse el primer bocado.
—Como se nota que eres de Stoneview, vaya forma de comer. Sabes que nadie te está observando, ¿verdad?
—Tú sí. —Sonríe con los labios cerrados—.
Siempre estás observando, ¿me equivoco? —El corazón me da un vuelco—.
Si no, ¿cómo sabrías que volvería a casa sola, borracha y colocada en mitad de la noche?
¿Cómo sabrías dónde devolverme el coche?
—Se inclina hacia delante, con las palmas de las manos sobre la mesa—.
¿Cómo sabrías el código para entrar en mi apartamento?
Le brillan los ojos con orgullo antes de volver a centrarse en su plato.
—Eres insufrible —miento.
—Tú también. No soy muy fan de la gente que va por la vida con la típica personalidad de «odio a todo el mundo», pero me gusta creer que no es más que una fachada. Seguro que serías pasable si llego a conocerte.
—¿Pasable? —murmuro—. ¿Eres consciente del tipo de persona con la que estás a solas ahora mismo, Alex? Si fuera tú, yo no intentaría cabrearme.
—Siempre estás cabreado. La vida te frustra, se te nota en la cara. Tienes que hacer algo al respecto o te consumirá por completo. Parece que follarte a media ciudad tampoco te está sirviendo de mucho.
Ser tan espabilada no le traerá nada bueno, de eso estoy seguro.
Se produce una breve pausa antes de que cambie de tema; se nota que la entrenaron para no dejar que una conversación delicada dure más de lo necesario.