Heartless Beloved (North Shore 2) 8
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XI

Falling Slowly Vwillz

«¿Qué cojones estoy haciendo?».

Me muero por besarla. Una pequeña muestra del sabor de sus labios y estoy seguro de que todo cambiaría.

Nunca me ha supuesto ningún problema hacer lo que fuera necesario para conseguir mis objetivos.

¿Apuñalar a alguien que amenazó a uno de mis camellos? Hecho.

¿Incendiar la casa de los Kings para proteger a mi familia? Hecho.

¿Matar a miembros de la banda de los Kings que intentaron apoderarse de uno de nuestro territorios y dejar vivo solo a uno de ellos para que advierta a los demás? Hecho.

Colarme en la mente de Alexandra Delacroix para descubrir información sobre su padre debería ser igual de fácil que robarle un caramelo a un niño.

Pero ese es justo el puto problema.

Es igual de fácil que robarle un caramelo a un niño.

Me jode lo inocente e ingenua que es. Se mete en movidas de las que necesito protegerla.

Joder…, quiero protegerla.

—Alexandra.

Debería besarla. Besarla, follármela, hacer que se derrita por mí y sacarle toda la información que necesito.

Después podré romperle el maldito corazón en paz y nosotros obtendremos la protección que necesitamos por parte de Vito.

En cuanto estemos a salvo de la policía, el reinado de los Kings habrá llegado a su fin.

Pero aquí estoy, a apenas un centímetro de sus labios, sintiendo su aliento en mi cara e inhalando su aroma a jazmín.

—¿Sí?

Y no puedo hacerlo, joder.

Porque ¿quién tiene una voz así de suave?

Como la seda acariciándote la mejilla. Como una mañana de domingo.

El invierno en la puerta, la lluvia en la ventana.

Alexandra es la clase de chica a la que abrazas en la cama.

Es la brisa en un día caluroso de verano, que te acaricia la espalda y te provoca escalofríos de alivio en la piel.

Mi asquerosa conciencia me impide hacerle daño a esta chica.

—Son las doce menos cuarto de la noche —digo en voz baja—. ¿Qué cojones haces despierta y trabajando a estas horas?

Quiero darme una bofetada en la puta cara.

Me conozco desde hace veinticuatro años y he aprendido que, a pesar de odiar a todo el mundo, sé lo que significa cuando quiero proteger a alguien.

Sé lo que significa cuando siento la incontrolable necesidad de que estén a salvo.

Me pasó una vez, y no permitiré que me ocurra una segunda. Aprendí la lección.

Entonces, ¿qué cojones me importa si está durmiendo o friéndose el cerebro hasta las tantas?

Joder.

Debería haberla dejado en aquel aparcamiento.

Debería haber dejado que volviera sola a casa, borracha y colocada hasta las putas cejas.

Debería haber ido a Xi Ep en cuanto me dijo que Peach estaba allí.

Alex no se mete cocaína. Alex ni siquiera quiere acercarse a ella. Es demasiado dulce para eso. Demasiado inocente.

Abre los ojos ligeramente, como siempre que se siente confundida, cuando no sabe qu é responder.

¿Por qué se sorprende tanto de que alguien se preocupe por ella?

—Yo… —Su voz se desvanece y su mirada recorre mi rostro antes de bajar a su regazo. Mi mano sigue entre sus piernas, sujeta al taburete de madera para asegurarme de que no vaya a ninguna parte—. ¿Tengo deberes?

¿Es una pregunta?

—Mi… Mi padre me ha pedido que escriba una redacción.

—Tu padre te ha pedido… —¿Pero en qué mundo vive ese tío? ¿Quién le exige tanto a su hija?—. Te vas a freír el cerebro como te quedes despierta hasta tarde por esta mierda. ¿Cuándo fue la última vez que te tomaste un descanso?

Echa un vistazo por encima del hombro en dirección al reloj del horno.

—Creo que empecé sobre las ocho.

Entrecierro los ojos. Lleva casi cuatro horas sin parar.

«Te la suda».

Me percato de la oscuridad de sus ojeras en su preciosa piel.

«Te la suda».

Y tiene los labios un poco secos, casi seguro que porque se olvidó de hidratarse al estar tan concentrada en escribir.

«¡Te la suda!».

—Pues a descansar.

Finalmente me aparto, me quito la gorra y me paso la mano por el pelo. Le doy la espalda y la oigo soltar un suspiro. Camino alrededor de la isla antes de abrir la nevera y coger una botellita de agua. La destapo, le doy un trago y regreso a su lado para dársela.

Ella observa la boca de la botella y después me mira.

—Gracias —murmura a la vez que la coge.

Observo cómo sus labios rodean el plástico y la veo beber; se le mueve la garganta al tragar, al igual que el pecho.

Me cago en la puta. Me estoy poniendo cachondo viendo beber a una chica.

—Vale, suficiente.

Le quito la botella, derramo un poco de agua sobre ella y la cierro de nuevo.

—¿Qué…? —Me mira boquiabierta otra vez mientras se limpia—. ¿Qué haces?

—Te va a doler la barriga de beber tan rápido.

Una excusa de mierda para ocultar el «se me estaba poniendo dura solo de verte beber».

Frunce el ceño ligeramente y entreabre los labios al respirar. Soy hiperconsciente de cada uno de sus movimientos. Siento que el corazón se me acelera cada vez que sus ojos se mueven.

—Eh… —vacila, y se pasa la lengua por los labios antes de volver a hablar—. ¿Qué vas a hacer?

—Pues estaba trabajando, pero ahora necesito asegurarme de que no te mates antes de volver a los negocios.

—Sé cuidar de mí misma —resopla.

—¿En serio? ¿Cuándo pensabas tomarte un descanso?

—No sé, pero…

—¿A qué hora te levantas mañana? ¿Cuántas horas ibas a dormir?

—No sé, cinco…

—¿Cuándo fue la última vez que comiste?

Aprieta los labios.

—Alex. —Intento actuar como si no me estuviera cabreando, pero lo único que me sale de dentro es mi voz de regañina—. ¿Cuándo fue la última vez que comiste?

Masculla algo y aparta la mirada.

—Mírame y habla con claridad.

Sus ojos vuelven a los míos de inmediato. Distingo un brillo nuevo en su mirada al obedecer mi orden. Se revuelve en su asiento y junta los muslos.

—Anoche —responde un poco más alto.

Parpadeo despacio, respiro hondo y aprieto la mandíbula. Hago todo lo posible para no explotar ahora mismo. Me cabrea que me cabree. Joder, si cuidara de sí misma, no tendría que hacerlo yo.

—Lo que yo decía, un pollito bebé —susurro.

Lo que más me gusta de Alex es ver cómo aprieta los labios hasta formar una línea delgada cuando alguien dice algo que es gramaticalmente incorrecto, c ómo permanece callada para no parecer una sabelotodo pesada y cómo se muerde la lengua para no corregir a los demás por accidente.

A veces no puede evitarlo, y me parece adorable.

Todo el mundo tiene defectos, pero los suyos, por alguna razón, me dan ganas de sonreír.

—Es que no he tenido tiempo. Esta mañana tuve clase demasiado temprano y el resto del día he estado liada con la mudanza.

—Olvídate de los deberes. Vas a comer.

—Iba a comer cuando volviera a Xi Ep. Mira, te agradezco… lo que quiera que sea esto, pero, de verdad, tengo que terminar esta redacción. Odio ser una carga, y puedo cuidarme yo solita…

Se calla en cuanto cruzo los brazos sobre el pecho y mi expresión se endurece. Toma una profunda bocanada de aire y a continuación suelta un largo suspiro.

—No te entiendo.

«Yo tampoco».

Se levanta de golpe, se lleva las manos al rostro y suelta una risa sarcástica.

—Madre mía. —Se pasa los dedos por el pelo—. ¡Me estás tirando la caña! Crees… ¡Crees que vas a acostarte conmigo!

Joder, lo que haría por acostarme con ella ahora mismo. Que se piense que la estoy seduciendo cuando en realidad estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para contenerme me parece absurdo.

—No voy a acostarme contigo. Solo intento que comas algo para no tener que levantar tu cuerpo inconsciente del suelo antes de irme.

—A mí me suena a excusa para quedarte. —Entrecierra los ojos con tanta inocencia que sería capaz de matar a alguien con ese nivel de ternura—. Suena como si el tío al que le encanta acostarse con las chicas de Stoneview hubiera encontrado a una nueva.

La niñita cree que puede provocarme.

—Puedes llamarlo « follar » , Alex. Te aseguro que eso es lo que hago. —Abre la boca y disfruto de su expresión de sorpresa. Sorprendida, pero presa de la curiosidad—. Y no. No es lo que intento hacer. Te daré de comer y después me iré.

—¿Ahora llega la parte en la que dices que el menú es tu polla? Mi amiga me advirtió sobre ti.

Joder, la pobre es demasiado inocente. Está descubriendo el mundo poco a poco, y eso me mata.

—No me la vas a comer. No quiero que te atragantes con tu cena.

—¡Xi! —grita.

Pongo los ojos en blanco. Pese a que quiere jugar, no estamos en el mismo nivel.

—Despeja la puta mesa, ¿vale? —le ordeno con dureza.

Quiero repetírselo de una forma más suave, pero entonces se mueve y empieza a guardar las cosas, obedeciéndome como la buena chica que es.

Echo otro vistazo al interior de su nevera y saco un paquete de ñoquis frescos y la mozzarella .

Luego me dirijo a la despensa y encuentro salsa de tomate y especias.

Ya estoy cocinando los ñoquis en salsa y añadiéndole un par de cebollas y especias cuando se pone a mi lado.

—¿Me estás cocinando algo?

—Eso parece.

—Huele increíble. ¿Qué es?

—Ñoquis gratinados con mozzarella .

—Siempre es un placer hablar contigo, Xi.

Su tono sarcástico me obliga a mirarla. Dejo de remover la salsa para poder concentrarme en fruncirle el ceño.

—Creía haberte dicho que descansaras. Juzgar mis habilidades comunicativas no me parece tomarse un descanso, ¿ eh? Entretente con otra cosa. ¿Qué haces para divertirte? ¿Contar los dólares que tienes en la cuenta del banco? ¿Hablar por videollamada con tu poni?

Lleva un libro en la mano derecha y lo sube a la altura de sus ojos, ocultando la mitad inferior de su rostros mientras bate las pestañas de forma exagerada.

—Leo.

—«Introducción a la filosofía política» —leo en la portada—. Joder, no sabes lo que es descansar. Dame eso. —Le arrebato el libro de la mano y señalo el sofá al otro extremo de la habitación con la cuchara de madera—. Vete a ver alguna estupidez en la tele.

—No quiero ver nada en la tele —gimotea—. ¿No puedo hablar contigo?

—No.

El brillo de sus preciosos ojos color avellana se apaga un poco.

—¿Me odias o algo? ¿Por qué me cocinas si no te caigo bien?