Heartless Beloved (North Shore 2) 7
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ALEXANDRA

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Cojo una botella de agua de la nevera y regreso a la encimera de la cocina.

Mañana tendremos que vaciarla en algún momento para evitar que se ponga mala la comida.

Esta noche no hay nadie en el ático. Hoy hemos llevado todas nuestras cosas a Xi Ep, que es donde están mis amigas, pero yo he decidido pasar una última noche aquí para ponerme al día con los estudios antes de que empiece toda la locura de las iniciaciones.

Mi padre le echó un ojo a todos mis deberes y consideró que no tenía suficientes trabajos en mi clase de Introducción a las Relaciones Internacionales, por lo que le pidió a mi profesor particular que me enviara un par de preguntas.

Suelto un bufido al sentarme de nuevo en la encimera, frente a mi portátil.

En lugar de encender la luz principal, me conformo con la iluminación de las lucecitas que cuelgan sobre la isla de la cocina.

También he encendido un par de velas, y llevo puesto un pantalón corto de seda y la sudadera negra que se dejó Xi en casa.

Han pasado tres días, pero todavía huele a él.

Observo la habitación amueblada que me rodea: la cocina conduce a un salón enorme con una ventana que va desde el techo hasta el suelo y que da al campus.

No parece que nos hayamos mudado. Este ático se quedará vacío todo el año mientras nosotras vivimos en Xi Ep porque a nuestras familias no les importa pagar dos alquileres exorbitantes.

Me recojo el pelo en un moño, con algunos mechones todavía mojados por la ducha que me he dado hace un rato, y abro el correo electrónico que me envió mi profesor particular. Justo en ese momento me suena el móvil y pongo los ojos en blanco al ver el nombre que aparece en la pantalla.

—Hola, papá.

—¿Te ha llegado? Leo me dijo que te envió tres preguntas y que te sugirió que solo escogieras una, pero yo creo que lo mejor sería que hicieras dos. Una esta noche y otra mañana.

—Las chicas de Xi Épsilon han organizado una noche de películas mañana. Esperaba poder ir en lugar de quedarme haciendo deberes. Yo creo que con una es suficiente.

Percibo su decepción y su enfado en su resoplido.

—Alex —me regaña—. Cuando la gente pierde el tiempo con esas noches de películas es justo cuando deberías trabajar. ¿Cómo pretendes ser la mejor si te pasas el día holgazaneando y sin hacer nada? ¿De verdad es eso lo mejor que puedo esperar de ti?

—No, pero…

—¿Pero? —Se produce el silencio y escucho cómo su respiración se vuelve más agresiva—. ¿Acabas de decirme «pero »?

Se me retuerce el estómago de miedo. Un miedo que él mismo me inculcó hace demasiado tiempo como para que sea capaz de controlarlo a día de hoy.

—Lo siento —respondo al instante—. A lo que me refería es que igual estaría bien conocer mejor a mis hermanas. —Me paso el dedo índice por el nacimiento del pelo—. Pero entiendo que hay cosas más importantes que hacer. Por supuesto.

—Sabes que odio la palabra «cosas». Habla con propiedad y usa un término más concreto.

Dios, estoy agotada. Este hombre me chupa hasta la sangre, nunca me da un respiro.

—Sí —cedo—. Debería haber dicho que entiendo que hay asuntos más importantes.

—Mucho mejor. Pues venga, ponte a trabajar. Y no te acuestes muy tarde.

—Vale, papá. Adiós…

El sonido de la línea al cortarse me indica que ya ha colgado.

Aprieto los labios, dejo el móvil sobre la mesa y presiono el pulgar y el índice contra los lagrimales para evitar llorar.

«No está aquí. No puede hacerte daño. Acaba el trabajo y envíaselo esta noche para que se quede contento».

Me recompongo, respiro hondo y leo las preguntas que me envió Leo.

Llevo horas leyendo artículos y estructurando mi redacción cuando un golpe en la puerta principal me sobresalta.

¿Quién podría presentarse aquí ahora que ya nos hemos mudado?

Suspiro y me bajo del taburete de la cocina. Seguro que se trata de alguno de los ligues de Ella, que se habrá dejado algo en casa después de pasar la noche con ella.

Abro la puerta, preparada para decirle que no está en casa, pero entonces me encuentro con unos ojos color canela. Una mezcla de tonalidades otoñales brilla alrededor de sus pupilas; me quedo boquiabierta, sin ser capaz de reaccionar.

—¿Está Peach?

Siento una punzada en el corazón, y saber que es decepción me cabrea. Tengo que dejar de esperar que este hombre me traiga felicidad. Él no es así.

Se me pasan por la cabeza todas las posibilidades.

¿Se habrá acostado con él? ¿ Le habrá gustado tanto que viene a por más? ¿El tío con el que no puedo dejar de pensar y soñar se ha enamorado de mi mejor amiga?

Si existe alguien capaz de conseguir que un golfo deje de ser un picha brava, esa es Peach. Es guapa, divertida y no se achanta con nada. Además, tiene un culazo que es para morirse. Todo el mundo se enamora de Peach.

Xi se ha enamorado de Peach.

Debo de quedarme callada demasiado tiempo, porque él se inclina apenas un poco, como un adulto a punto de explicarle algo a un niño.

—Peach. ¿Está en casa?

Su voz insensible me saca del trance y siento como si me tiraran un cubo de agua fría por encima.

—Eh…, no.

Su expresión molesta se intensifica, como si estuviera perdiendo el tiempo. Revisa su móvil y luego vuelve a mirarme.

—Pues me dijo que quedábamos en su casa.

Aunque mi decepción se convierte en tristeza, fuerzo mi mejor sonrisa falsa.

—Ha sido un malentendido. Esta ya no es su casa. Nos mudamos hoy a Xi Ep, así que… tendrás que buscarla allí. Lo siento.

Lleva una gorra negra de béisbol; la visera le tapa un poco la cara, pero su mirada de cabreo es inconfundible.

Decido cerrarle la puerta en las narices. Me siento la chica más estúpida del mundo por haberme planteado siquiera que el hecho de que hubiera recuperado mi coche y cuidado de mí cuando estaba vulnerable era porque el huraño de Xi sentía algo por mí.

Sin embargo, la puerta se queda trabada justo antes de cerrarse y, al bajar la vista, me encuentro con su mano agarrándola.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que dejes de disculparte?

Empuja la puerta para abrirla de nuevo y me veo obligada a retroceder un par de pasos mientras él entra en el ático sin ser invitado. Cierra la puerta a sus espaldas y cruza el recibidor hasta llegar al salón sin mirar atrás.

«¿Qué coño hace?».

Se detiene al ver mi portátil y mis libretas. La isla de la cocina es un caos de papeles arrugados, bolígrafos, subrayadores y libros de ciencias políticas.

—Una noche de desenfreno por lo que veo —se burla.

Pongo los ojos en blanco y me dirijo al lado de la isla que queda perpendicular al suyo. No quiero estar demasiado cerca. Su olor me vuelve loca. Su energía no hace más que atraerme hacia él.

Vuelvo a sentarme en el taburete.

—Como te acabo de decir, Peach no está aquí —insisto—. ¿Puedo ayudarte con alguna otra cosa?

Se lleva la mano al bolsillo de sus pantalones cargo negros y saca una pequeña bolsa de plástico sellada.

—Dale esto cuando la veas. Ya está pagada —dice antes de arrojarla sobre la mesa.

—Oh. —Peach y Xi no se acostaron. Le está vendiendo drogas—. No, no, no. Yo no pienso tocar eso.

Él se lleva la mano a la boca, como si quisiera ocultar una sonrisa burlona. Me muero por agarrarlo de la muñeca y apartársela para verla.

—¿Tan buenecita eres que no eres capaz de llevarle un poco de coca a tu amiga?

Niego con la cabeza. Bajo la mirada a mi ordenador y finjo concentrarme en mi redacción.

—Soy la hija de un senador. ¿Entiendes las repercusiones que podría tener si me pillan con esto? Lo siento, pero no puedo. Tendrás que llevársela tú a Xi Ep. Lo siento.

Un gruñido le resuena en el pecho a medida que se acerca. Veo mi pantalla moverse y apenas me da tiempo a retirar las manos antes de que me cierre el portátil de golpe.

—Ya me he hartado de tantas putas disculpas.

Puedo sentirlo detrás de mí, su aliento en mi oído y su mano sobre la pantalla de mi ordenador.

Su otra mano se desliza entre mis piernas y agarra el taburete.

Me gira de golpe y suelto un grito ahogado.

Ahora se alza sobre mí, y se me acelera la respiración al saber que su mano está tan cerca de mi entrepierna.

Levanto la mirada con un «perdón» en la punta de la lengua, pero me contengo a tiempo. Me humedezco los labios secos.

—Tienes que llevársela —repito—. Pasará la noche en Xi Ep. Y-yo solo he venido aquí para poder estudiar en paz.

Sus ojos recorren mi rostro con ese ceño fruncido tan habitual. Ambos permanecemos en silencio mientras lo observo deslizar su mirada arrebatadora por todo mi cuerpo; noto cómo se le tensan los músculos del cuello cuando baja la vista a mis muslos desnudos.

—¿Lo harás?

Me mira a los ojos y se me tensa el cuerpo ante su fuerza contenida.

—Llevárselo —insisto al darme cuenta de que ha perdido el hilo de la conversación.

Su expresión se vuelve más cabreada todavía, si es que es posible.

—No —responde al fin.

—Pero te he dicho… que yo no puedo hacerlo.

—Pues que espere.

—De acuerdo —susurro.

La conversación se vuelve increíblemente silenciosa.

—Alexandra —murmura.

Las sílabas de mi nombre parecen olas que acarician la orilla con una presencia impenetrable.

Cada vez que este hombre habla y excava en lo más profundo de mi mente para llevarse un pedazo de mi alma, escucho Wildest Dreams de Taylor resonando en mi cabeza.

—¿Sí?

Se acerca al taburete y mi nariz prácticamente roza su abdomen. Es tan alto que me cuesta mirarlo. Aparta la mano de mi portátil y me agarra del pelo para obligarme a echar la cabeza hacia atrás. La suya baja y nuestros labios casi se rozan. Está tan cerca que puedo sentir todo su ser.

La ira que vive dentro de él, constante, como un fuego ardiente.

El peligro que representa, tentándome y desafiándome.

Y su alma delicada.

Buscando la mía en un intento de encontrar algo tan simple como la fe.