6
ALEXANDRA
Sparks Fly Taylor Swift
Freno en seco y, al darme la vuelta, no solo me encuentro a Xi, sino a Xi conduciendo mi coche. El que me robaron.
¿Las drogas me están provocando alucinaciones?
—Estoy muy confundida —admito con mi sinceridad de borracha.
Con su comportamiento habitual de «soy un tío infeliz y cabreado», se inclina sobre el asiento para abrirme la puerta del copiloto.
—Sube.
No me lo pienso dos veces. Después del susto que me acabo de llevar, me alegra ver una cara conocida. Salto al asiento del copiloto de mi coche y me vuelvo hacia él cuando arranca.
—¿Cómo…?
Se pasa la lengua por los dientes.
—Hice un par de preguntas y lo recuper é .
Se gira hacia mí y, a pesar del mareo que tengo, me fijo en su mandíbula marcada y en lo bien que le queda la barba de un día.
—Qué guapo eres. —Cierro los ojos en cuanto se me escapan las palabras—. Perdón.
—No me pidas perdón por halagarme. —Su orden es severa; me está regañando.
—Claro. Qué tonta soy. Perdón.
Él arquea una ceja.
—Y no me pidas perdón por haberte disculpado.
Asiento y me muerdo el labio inferior para asegurarme de no decir nada más.
—Estas borracha —apunta.
—Y colocada —añado.
Frena de golpe y me golpeo la cabeza contra el salpicadero.
—¡Au!
—Cinturón. Ahora.
—Dios —me quejo mientras me lo pongo—. ¿Siempre eres tan mandón?
Me agarra por la barbilla y me obliga a mirarlo.
—¿Qué has tomado? —me pregunta, acercándose a mí.
Me inspecciona ambos ojos, probablemente para comprobar el estado de mis pupilas.
— Tu cocaína.
Niega con la cabeza.
—No te metas esa mierda. Es asquerosa, y tú vales más que eso.
—¿Más que eso? —resoplo—. No me conoces.
Hunde los dedos en mi piel y me quejo.
—No me provoques, Alexandra.
El «o si no…» que no pronuncia me eriza la piel.
—Me emborraché y me drogué. Soy universitaria, a eso nos dedicamos.
No menciono que me obligaron a hacerlo porque es demasiado embarazoso. No puedo admitirle al hombre con el que he estado soñando que no tengo agallas ni que nunca he consumido drogas en mi vida. Soy de Stoneview, seguro que piensa que lo hago todas las semanas.
—Ni siquiera deberías beber —dice cuando me suelta—. No tienes veintiún años.
—¿Cuántos años tienes tú?
—Veinticuatro —responde para demostrar que está en lo cierto.
—Eres un camello. ¿Cuántos años tienes que tener para que eso esté bien?
Me ignora y dejo caer la cabeza contra el asiento.
—Me encuentro fatal —admito con un resoplido.
—Eso es lo que les pasa a las universitarias que no saben controlarse. ¿Ves como tenía razón? Corres el mismo peligro que un pollito bebé. Intenta cuidarte al menos.
—Pollito —bufo—. Pollito bebé es redundante.
Si tuviera que guiarme por su tono de voz, no me atrevería a decir si bromeaba o no.
Pero entonces me mira, y esa diminuta sonrisa vuelve a aparecerle en la comisura de los labios.
Una curva pequeñísima y apenas perceptible.
Es su forma de sonreír y no me había dado cuenta hasta ahora.
Me apuesto a que su sonrisa completa debe de ser deslumbrante.
—Eres muy borde.
Me vuelvo hacia él y le hago un puchero.
Clava de nuevo la vista en la carretera, sin caer en mi trampa.
—Ya casi hemos llegado. No vomites en el coche, que acabo de recuperarlo.
Me trago la bilis y bajo la ventanilla cuando caigo en una cosa.
—¿Rompieron la ventana para robarlo?
—Así es como se suelen robar los coches, sí —responde con sarcasmo.
—Pero… tengo ventanas.
Mi capacidad para construir frases no es que esté en su máximo esplendor ahora mismo. Mi cerebro está demasiado ocupado lidiando con la coca.
—Lo llevé a arreglar.
La sencillez de sus palabras hace que casi se me salga el corazón del pecho.
«Es por las drogas. Por favor, que sea por las drogas».
—¿Por qué?
Se encoge de hombros.
—No todos somos unos cabrones en North Shore, pastelito.
Ese estúpido apodo hace que me derrita. Necesito que no vuelva a usarlo nunca.
Antes de darme cuenta, estamos aparcando frente a mi edificio. Abro la puerta del copiloto, pero en cuanto me pongo de pie, me fallan las piernas y veo el suelo acercarse sin poder evitarlo. Suelto un chillido justo antes de que unos brazos me atrapen.
—Ir tan pedo no te pega. Venga, te llevo a tu habitación.
Se aparta para cogerme a lo que yo llamo «estilo de princesa delicada ». Chester solía cogerme así siempre después de sus partidos de lacrosse . Yo lo animaba desde la banda y, al acabar, me ponía su chaqueta y él me llevaba en brazos hasta su coche.
Pero, por algún razón, mi yo borracha se niega a ser una princesa, por lo que al caer sobre los brazos de Xi le rodeo el cuello con los míos y envuelvo las piernas alrededor de su cadera. Supongo que seré un koala delicado.
—Koala delicado —me río.
—¿Qué cojones? —gruñe a causa de la sorpresa mientras se acomoda para cargar con todo mi peso—. ¿Estás cómoda?
—Sip —respondo y entierro el rostro en su cuello—. Qu é bien hueles.
—Gracias.
—¿Qué colonia usas? —pregunto en lo que él pasa la tarjeta por el lector para entrar al edificio.
—Ni idea. Mi hermano me la regala siempre por mi cumpleaños.
—¿Tienes un hermano? ¿Cómo se llama?
—Malik.
La brevedad de sus respuestas me dice que no está disfrutando precisamente de la conversación. Pero, al mismo tiempo, tampoco me ignora.
—Ziad y Malik —saboreo sus nombres—. Me encantan vuestros nombres. ¿Tienes más hermanos?
Entramos en el ascensor y pulsa el botón del ático.
—Dos hermanastras.
—¿En serio? —pregunto demasiado emocionada—. Me encantaría tener hermanas, pero soy hija única. Supongo que Peach y Ella son como mis hermanas. Creo que mis padres deberían divorciarse. No hay amor en su relación. ¿Cuántos años tenías cuando tus padres se divorciaron?
—No se divorciaron. Mi padre murió. Y tenía trece años.
Dudo que se dé cuenta, pero sus brazos se tensan alrededor de mi cintura. Siento un peso en el estómago.
—Madre mía, lo siento.
—No lo sientas. Fue hace mucho —murmura a la vez que introduce el código para acceder al ático. Su voz no suena triste, aunque, en realidad, tampoco suena a nada .
Entra en el piso y va directo al salón.
—¿Cuál es tu habitación?
Señalo el pasillo a sus espaldas.
—La última a la… Espera. ¿Cómo te sabes el código?
Intento apartarme de su hombro para mirarlo, pero apoya la mano detrás de mi cabeza y me mantiene pegada a él.
—Soy tu guardaespaldas, ¿recuerdas? Lo sé todo, pastelito.
Me río contra su cuello mientras él entra en mi habitación y por fin me deja sobre la cama. No puedo parar de hablar.
—Me encuentro fatal y me sabe la garganta horrible. ¿Es por las drogas? ¿Me voy a morir?
Él arquea una ceja.
—Es la primera vez que te metes coca, ¿verdad?
Asiento y me dejo caer sobre las almohadas.
—Y dudo que haya una segunda.
—Es por el goteo. Se te pasará por la mañana. Te traeré un vaso de agua para que te alivie.
El tiempo pierde sentido. Sale de la habitación y vuelve antes de que me dé cuenta de que se había ido. Se sienta al borde de mi cama y me ayuda a incorporarme antes de darme el vaso.
Bebo un par de sorbos y lo dejo sobre la mesita de noche.
—No paras de salvarme —murmuro.
Me mira a los ojos, pero no responde. Estoy empezando a darme cuenta de que cuando este hombre no quiere hablar de algo, simplemente no lo hace.
A mi cerebro borracho eso no parece importarle.
—Anoche soñé contigo. Fue… interesante.
Muevo las cejas con picardía, pero su mirada de indiferencia no flaquea.
—No me digas que tuviste un sueño erótico conmigo, pastelito.
Me sube un calor repentino del cuello a las mejillas. Soy muy consciente de cómo mi piel de porcelana se sonroja bajo la luz amarillenta y tenue de la habitación.
Se acerca más a mí y su muslo me roza la cadera. Mi vestido ajustado está a escasos centímetros de dejar al descubierto mi ropa interior, y trago saliva cuando sus ojos bajan al espacio entre mis piernas.
—Cuéntame. —Levanta la cabeza y me mira con un brillo en los ojos—. ¿Qué soñaste?
Niego con la cabeza, lo que provoca que la habitación me dé vueltas y se me nuble la vista.
—No puedo.
Se acerca todavía más, tanto que nuestros labios casi se rozan.
—Podría hacerlo realidad —murmura.
¿Dónde está ese vaso de agua? De pronto tengo la garganta sequísima.
«Tus amigas te lo advirtieron, Alex. No dejes que te use para echar un polvo y luego se olvide de ti».
Rompo el contacto visual y giro la cabeza a un lado.
—No —respondo al fin cuando una ola de claridad me pasa por encima—. De verdad, no puedo. Sé que tú y Harper tenéis algo. No quiero ser la clase de chica que se mete en medio de una relación.
Cuando vuelvo a mirarlo, lo veo pasarse una mano por la cara.
—Harper y yo no estamos saliendo.
—Sabes a qué me refiero. —Pongo los ojos en blanco—. Follamigos o como lo quieras llamar. —Fracaso al intentar ocultar los celos en mi voz—. Tenéis algo.
Se pasa la lengua por los labios y me lanza una mirada cómplice. Asumo que él también nota los celos.
—Ni relación, ni polvos esporádicos, ni nada. Solo en su imaginación.
Me muerdo el carrillo y lo miro.
—¿Estás seguro?
—Solo ocurrió una vez. El año pasado. Nada más.
Aprieto los labios; tampoco me hace gracia esa idea. Aunque este hombre no me debe nada, necesito oír de su propia boca que no está pillado por Harper.
«¿Qué estoy haciendo?».
Sacudo un poco la cabeza y le dedico una sonrisa de disculpa.
—No importa. A ella le gustas y ahora formamos parte de la misma sororidad. Las hermanas son lo primero. Lo siento.
Aparentemente, el concepto de «sororidad» también está en la lista de cosas que no le impresionan.
—Te disculpas demasiado. Es agotador.
Me rodea el muslo desnudo con la mano izquierda, justo debajo del dobladillo del vestido.
—¿Por qué mencionaste lo de tu sueño si no me lo ibas a contar? —me pregunta con una curiosidad genuina.
—No lo sé —resoplo—. Estoy borracha y colocada y… me siento segura contigo.
Tensa su agarre y desliza la mano hacia arriba. Es un movimiento leve, pero hace que se me suba un poco la tela antes de detenerse.
—Pues cometes un error, Alexandra.
De golpe, se me baja todo el alcohol.
Fuerzo una risa.
—No tiene gracia.
Su mano sigue subiendo y yo me revuelvo a la vez que me apoyo contra el cabecero.
—Xi…
—Qué ingenua eres. ¿Cómo se te ocurre ponerte hasta el culo de alcohol y permitir que un hombre como yo entre en tu habitación?
Me está… ¿regañando?
Abro los ojos de par en par y un pequeño quejido se me escapa cuando vuelve a subir la mano. Otro movimiento más y me rozará la ropa interior. Se me acelera la respiración y siento una presión en el vientre que se vuelve más intensa cada vez que oigo su voz y noto el calor de su piel contra la mía.
Me imagino la clase de cosas que podría hacerme. Esas con las que sueño a veces.
Si digo que no, ¿me retendrá y me forzará?
Una oleada de placer me invade y hace que me palpite el clítoris.
«¿Qué coño me pasa en la cabeza?».
—No me harías daño —susurro, con miedo de que se dé cuenta de cómo me siento en realidad.
Necesito que se vaya.
—¿De verdad sería hacerte daño si lo estás disfrutando?
Que no te dé miedo admitir que me deseas a pesar de que Harper te advirtió de que te mantuvieras alejada de mí.
—Y entonces aparta sus manos de mi cuerpo y se levanta—.
No dejes entrar a extraños en casa, Alexandra.
Conseguirás que te maten. Ponte a dormir la mona para que se te pase el efecto de las drogas y del alcohol. Ya nos veremos.
Lo miro con los ojos como platos mientras sale de mi habitación.
En cuanto desaparece, suelto todo el aire. Estoy temblando y me castañean los dientes. Cojo lo primero que pillo en la cama para taparme. Me pongo una prenda de ropa y me sorprendo al percibir un olor en ella. Esto no es mío.
Bajo la vista y reconozco la sudadera negra que llevaba puesta Xi. Debe de habérsela quitado en algún momento.
Trago con dificultad. El simple recuerdo de él mezclado con su olor hace que se me tensen los muslos. Me refugio bajo las sábanas y meto las manos en el bolsillo delantero de la sudadera.
Hay algo dentro: un mechero de plástico.
Cierro los ojos y presiono el pulgar contra la rueda y disfruto de la aspereza contra mi piel. Me ayuda a combatir la ansiedad que me está consumiendo ahora mismo.
Xi no es ningún salvador. No es un héroe. ¿Cómo he podido creer siquiera por un segundo que estaba a salvo con él?
Mi última experiencia en North Shore debería haberme servido de escarmiento.